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Capítulo 1º » El síndrome izquierdoso

Capítulo 1º » El síndrome izquierdoso

El error de los intelectuales
Ensayo del escritor argentino Enrique Arenz

 

Capítulo 1º

 

El mundo comunista se desintegró como lo que fue: una larga pesadilla kafkiana. Cayó el muro de Berlín, la hoz y el martillo fueron descuajados de las banderas de sufridas naciones del Este, el tirano rumano Ceausescu fue llevado al paredón, desapareció la URSS, China se vuelve capitalista (aunque sin democracia) y Cuba languidece en una crepuscular dictadura sin destino ni gloria.

Fue como el alba que barre las sombras y disipa los miedos nocturnos. Y sin embargo, como insensible ante estos dramáticos acontecimientos, parte importante de la sociedad occidental, pero particularmente de nuestra sociedad, sigue padeciendo el síndrome izquierdoso.

¿Qué es el tal síndrome izquierdoso? Se me ocurrió denominar así a cierta perturbación colectiva que debilita la capacidad de discernimiento del hombre medio y lo inclina hacia la gradual aceptación —irreflexiva, contradictoria, casi infantil— de formas, proyectos, ideas y soluciones utópicas de índole socialista.

Esta transubstanciación deriva, en los distintas grupos sociales, de al menos una de las siguientes causalidades:

1. La causalidad psicológica;

2. El rechazo de la igualdad ante la ley; y

3. El error de los intelectuales.

Analizaremos cada una de ellas.


1. La causalidad psicológica

Empecemos por los militantes y activistas de esos grupos minoritarios de ultraizquierda que son los trostkistas, los maoístas, los comunistas ortodoxos (o stalinistas), los castristas y algunos anarquistas violentos. Como ajenos a la realidad del gran fracaso mundial del marxismo, miles de argentinos honestos y bien intencionados entregados a estas ideologías, apasionados exégetas de los derechos humanos pero al mismo tiempo incondicionales admiradores y defensores de Fidel Castro, el peor violador de tales derechos en nuestro tiempo, siguen obsesionados con la paciente obra de demolición de eso que Antonio Gramnsi llamó la superestructura, es decir, todo aquel conjunto de valores y jerarquías que forman parte de nuestra cultura y estilo occidental de vida: nuestras creencias profundas, nuestra fe religiosa, el concepto de familia cristiana, etcétera.

Curiosamente estos pequeños partidos son altamente fraccionables, en parte por el excluyente protagonismo de sus caciques, pero sobre todo por su cerrado dogmatismo que no admite matices ni opiniones divergentes entre sus propios militantes.

Una advertencia: no estamos hablando de los tenebrosos y siempre anónimos cerebros del terrorismo internacional, esos gélidos y deshumanizados profesionales de la revolución permanente cuyo grito de guerra es y ha sido siempre «¡Viva la muerte!» (ETA, Sendero luminoso, las FARC colombianas, Brigadas Rojas y los temibles grupos integristas islámicos, entre otros; como lo fueron en nuestro país el ERP, Montoneros y otras organizaciones subversivas en los años ‘60 y ‘70), que tanto ponen un arma en las manos de un jovencito idealista como se infiltran en las instituciones religiosas o se asocian con el narcotráfico internacional. Estas elites siempre actúan en la oscuridad, disponen de santuarios para descansar y entrenarse y pasan astutamente inadvertidas en las sociedades democráticas donde conviven en círculos áulicos y disfrutan de una buen vida y mucho dinero.

No, a lo que me refiero es a ese otro grupo de activistas que todos conocemos, esos que dan valientemente la cara, que arengan a los obreros en las fábricas, que pintan paredes en agotadoras jornadas nocturnas y que distribuyen panfletos crispados y apocalípticos y sueñan con la revolución proletaria. Hablo de algunos amigos míos echados a perder (hoy ya hombres grandes y tan necios, amargados y candorosos como siempre) y de tantos otros, jóvenes y viejos bien intencionados, honestos, auténticos en su equivocada causa. ¿Qué los lleva a transformarse en dóciles instrumentos de aquellas siniestras elites, cuyos crímenes y violaciones sistemáticas de los derechos humanos jamás repudian ni denuncian?

El filósofo y economista austríaco Ludwig von Mises advirtió en 1927 que la tendencia de muchas personas hacia la militancia de ultraizquierda tiene raíces profundamente psicológicas. En su libro Liberalismo este notable pensador afirma que las raíces del antiliberalismo no son de orden racional sino producto de cierta disposición mental generada por dos patologías: el resentimiento, por una parte, y lo que él llamó el complejo de Fourier, por la otra. A la primera patología Mises no le atribuye mucha peligrosidad. La describe de la siguiente manera:

«Está uno resentido cuando odia tanto que no le preocupa soportar daño personal grave con tal de que otro sufra también. Gran número de los enemigos del capitalismo saben perfectamente que su personal situación se perjudicaría bajo cualquier otro orden económico. Propugnan, sin embargo, la reforma, es decir, el socialismo, con pleno conocimiento de lo anterior, por suponer que los ricos, a quienes envidian, también padecerán. ¡Cuántas veces oímos decir que la penuria socialista resultará fácilmente soportable ya que, bajo tal sistema, todos sabrán que nadie disfruta de mayor bienestar!»

Esta actitud mental, sin embargo, puede ser combatida por medio de la lógica, según nos lo explica el propio Mises, haciéndole ver al resentido que lo que a él le interesa es en verdad mejorar su propia posición, sin tener en cuenta que los otros prosperen aún más.

El complejo de Fourier, en cambio, es cosa mucho más seria, ya que se trata de una verdadera enfermedad mental. Von Mises, que no era psicólogo pero sí un agudo observador de las acciones y conductas humanas, estudió esta perturbación mental (apenas advertida por el propio Freud) y la describió de la siguiente manera:

«Muy difícil es alcanzar en esta vida todo lo que ambicionamos. Ni uno por millón lo consigue. Los grandiosos proyectos juveniles, aunque la suerte acompañe, cristalizan con el tiempo muy por debajo de lo ambicionado. Mil obstáculos destrozan planes y ambiciones, la personal capacidad resulta insuficiente para conseguir aquellas altas cumbres que uno pensó escalar fácilmente. Diario drama es para el hombre ese fracaso de las más queridas esperanzas, esa paralización de los más ambicionados planes y la percepción de la propia incapacidad para conseguir las tan apetecidas metas. Pero eso a todos nos sucede.
«Ante esta situación, uno puede reaccionar de dos maneras: odiando la vida por haberle negado la realización de los sueños juveniles, o siguiendo adelante con renovadas esperanzas. Aquellos que aceptan la vida como en realidad es no necesitan recurrir a piadosas mentiras que gratifiquen su atormentado ego (…) Si el triunfo tan largamente añorado no llega, si los hados, en un abrir y cerrar de ojos, desarticulan lo que tantos años de duro trabajo costó estructurar, no hay más solución que seguir trabajando como si nada hubiera pasado. El neurótico, en cambio, no puede soportar la vida como en verdad es. La realidad resulta pa ra él demasiado dura, agria, grosera. Carece, en efecto, a diferencia de las personas saludables, de la capacidad para seguir adelante, como si tal cosa. Su debilidad se lo impide. Prefiere escudarse tras meras ilusiones».

Tras lo cual von Mises llega a la conclusión de que la teoría de la neurosis es la única que puede explicar el éxito de las absurdas ideas de Fourier, aquel socialista loco que sostenía en sus escritos que los bienes ofrecidos por la naturaleza eran superabundantes y no necesitaban ser economizados para asegurar a todos la abundancia y prosperidad. De allí deriva la confianza marxista en la posibilidad de un ilimitado incremento de la producción sin otro requisito que suprimir la propiedad privada.

Pero Mises va aún más lejos. Sostiene que la mentira piadosa tiene doble finalidad para el neurótico. Lo consuela, por un lado, de sus pasados fracasos, abriéndole, por otro, la perspectiva de futuros éxitos. El enfermo se consuela con la idea de que si fracasó en sus ambiciones, la culpa no fue suya sino del defectuoso orden social prevalente. Espera que con la desaparición del injusto sistema logrará el éxito que anteriormente no consiguiera (1).

Contra esto no se puede emplear la lógica. Ello explicaría el por qué es imposible convencer a un marxista aún cuando utilicemos los más sólidos argumentos para demostrarle su error. El neurótico se aferra de tal manera a su utopía que de tener que optar entre la ensoñación y la lógica, no vacila en sacrificar esta última, pues la vida, sin el consuelo que el ideario socialista le proporciona, resultaría insoportable.

Efectivamente, el marxismo le dice al fracasado que de su fracaso él no es responsable, sino la sociedad. Este consuelo le permite recuperar su perdida autoestima, liberándolo del sentimiento de inferioridad que, en otro caso, lo atormentaría.

Recordemos que los textos socialistas no sólo prometen riqueza para todos, sino también amor y felicidad, pleno desarrollo físico y espiritual y, oh sorpresa, la aparición de abundantes talentos artísticos y científicos. Precisamente León Trostsky escribió lo siguiente en su ensayo Literatura y revolución:

«En la sociedad socialista el hombre medio llegará a igualarse a un Aristóteles, un Goethe o un Marx. Y por encima de tales cumbres, picos aún mayores se alzarán».


2. El rechazo de la igualdad ante la ley

Analicemos ahora cómo afecta el síndrome izquierdoso a la clase dirigente argentina, sector social que orienta y moldea la tendencia ideológica predominante del resto de la sociedad.

Pero a diferencia de los ingenuos activistas de izquierda y ultraizquierda, nuestra clase dirigente tiene mucha responsabilidad en su descuidada y, según veremos, egoísta manera de pensar.

Cuando las personas comunes, sobre todo las que pertenecen a la gravitante clase media, reciben la influencia de dirigentes afectados por el síndrome izquierdoso, actúan maquinalmente contra sus propios intereses, concepciones y formas preferidas de vida. Cada persona así condicionada se transforma en un destructor inconsciente de su propia libertad individual y de la cultura occidental.

Si escuchamos los discursos, opiniones o simples comentarios de los dirigentes -particularmente juveniles y estudiantiles- de partidos políticos democráticos como la Unión Cívica Radical y el Justicialismo, por mencionar a los dos históricamente más importantes, advertimos la fuerte carga de resentimiento, prejuicio e ideologismo de izquierda que pesa abrumadamente sobre todos sus pensamientos y proyectos. Desde el antinorteamericanismo más cerril hasta la antiglobalización y otras fobias absurdas que forman parte cotidiana del paisaje ideológico de los argentinos, son una prueba de cómo por influencia de sus dirigentes el argentino medio se apasiona en la defensa de posiciones que lo perjudican como integrante de una sociedad libre.

Pero no solamente los políticos tienen este problema. Los intelectuales, que analizo más adelante, piensan mayoritariamente así. Toda la clase rectora argentina es, en términos generales, portadora semiconsciente, en mayor o menor medida, del síndrome izquierdoso. Y digo semiconsciente porque en parte no saben lo que hacen y en parte sí lo saben, aunque no lo digan en voz alta. Y hasta quizás lleguen a engañarse a sí mismos.

Piense el lector que políticos, periodistas, intelectuales, sindicalistas, empresarios, ejecutivos y gerentes de empresas privadas, funcionarios públicos, eclesiásticos, etcétera, componen el grupo de conducción de la sociedad. Se trata de gente con ciertas cualidades: creatividad, ambición, dinamismo, afán de perfección y personalidad afirmada. Si ellos fallan, toda la sociedad tambalea.

Pues bien, la clase dirigente argentina, en términos genéricos, exhibe una tendencia como natural a rechazar el sistema capitalista porque cree que en este sistema no son las personas de mayor mérito quienes alcanzan la riqueza y el prestigio. Como por lo general estas personas se sobrestiman, tienen mucho miedo al fracaso y a la humillación de la derrota. Por eso se resisten a admitir que en el sistema capitalista los únicos que habrán de decidir su suerte son los consumidores soberanos, y que esos consumidores no juzgan los supuestos méritos de las personas sino los servicios concretos que reciben de ellas.

Von Mises escribió en otro ensayo titulado La mentalidad anticapitalista:

«Al descontento que se queja de la injusticia del sistema de mercado cabría replicarles a manera de consejo: Si usted desea hacerse rico procure complacer al público ofreciéndole algo que le resulte más barato o que lo apetezca más. Intente superar la bebida Pinka-Pinka elaborando otra mejor. La igualdad ante la ley lo faculta para competir con cualquier millonario. En un mercado no perturbado por medidas restrictivas del gobierno, sólo de usted depende superar al rey del chocolate, a la estrella de cine o al campeón de boxeo. Ahora bien, usted no es menos libre, si así lo estima mejor, para despreciar la riqueza que podría alcanzar en la industria textil o en el boxeo profesional a cambio de la satisfacción que tal vez obtenga componiendo poemas o redactando ensayos filosóficos. En este caso, naturalmente, no reunirá usted tanto dinero como ganan quienes se ponen al servicio de la mayoría».

Efectivamente, esa es la dura y a la vez justa ley del mercado. Los que satisfacen las apetencias de las minorías obtienen menos ganancia que aquéllos que buscan complacer los deseos del mayor número de personas. Guste o no a quien se cree un genio o pretende estar dotado de cualidades, misiones o virtudes superiores a las de los demás, cuando se trata de ganar dinero el gran deportista supera al filósofo y el libretista de tiras televisivas al profundo ensayista.

Conviene aclarar, sin embargo, que el capitalismo es un justo y equilibrado sistema de organización social que exige una alta eficiencia a los que van arriba, pero al mismo tiempo hace que los beneficiarios de esa eficiencia sean los que han quedado debajo.
En el sistema capitalista los individuos y empresas menos eficientes son subsidiados por los individuos y empresas más eficientes. Los más productivos ayudan a elevarse a los menos productivos, aún cuando esta generosa transferencia de recursos iguale hacia abajo el nivel de vida general en desmedro de los más eficientes.

Se trata de una curiosa y espontánea forma de solidaridad social propia del mercado libre cuyo principio es buscar la ganancia personal por el único medio posible de servir eficientemente a los demás.

El economista norteamericano Raymond Ruyer demuestra en su libro Elogio de la Sociedad de consumo que toda empresa de baja productividad que no sea barrida por la competencia, extrae automáticamente una especie de renta de las empresas más productivas. Este hecho puede observarse en la tendencia de todo mercado libre a la igualación de los salarios. Si no ocurriera así, un obrero de una fábrica de automóviles altamente automatizada y de gran productividad, debería ganar mucho más que un profesor de gramática que no ha aumentado su rendimiento desde hace siglos, lo cual no ocurre en las sociedades más desarrolladas.

La explicación es simple: por un lado, es necesario sustraer al profesor de gramática del mercado laboral de las fábricas de automotores, y la única forma de hacerlo es elevando su salario; por el otro lado, en el mercado libre impera la ley de los menores costos, y cuando las empresas reducen sus costos de producción acicateados por la competencia e impulsadas por el afán de lucro, los ahorros de capital así logrados benefician generosamente al conjunto de consumidores sin discriminar entre quienes han sido más o menos productivos en sus respectivas actividades laborales o empresariales. «Un profesor de gramática -explica Ruyer- puede comprar ahora un automóvil no porque haya aumentado su rendimiento como profesor, sino porque los productores de automóviles han aumentado su rendimiento como productores»

El capitalismo es, en definitiva, la aplicación acabada del principio de la igualdad ante la ley. Y el rechazo que sienten particularmente los ricos por este sistema se debe a que la igualdad ante la ley los expone al fracaso. Efectivamente, saben que su posición en la vida depende pura y exclusivamente de ellos mismos, y que es precisamente el sistema de la igualdad ante la ley el que hace resaltar las desigualdades naturales existentes entre los hombres. Si fracasan es pura y exclusivamente culpa de ellos. Por eso siempre los sorprendemos exteriorizando cierta preferencia por el intervencionismo estatal al cual pueden culpar si las cosas les van mal.

En la Argentina, la clase dirigente fue la principal culpable de que por décadas se mantuviera un sistema estatista-corporativo- inflacionario-prebendario que finalmente estalló en la hiperinflación de 1989. Es que en este sistema todos dependíamos de factores exógenos y no de nuestros propios méritos.
La crisis de 1989 que obligó al gobierno socialdemócrata de Raúl Alfonsín a abandonar el poder seis meses antes de finalizar su mandato constitucional, convenció a buena parte de la clase dirigente argentina de la conveniencia de aceptar las ideas liberales que venían predicando en soledad unos pocos políticos, economistas y pensadores lúcidos.

Pero, como era de esperar, quisieron cambiar tan sólo algunas cosas y dejar las otras como estaban. Aprobaban las privatizaciones, la apertura económica, la estabilidad monetaria y las desregulaciones que llevó a cabo el presidente justicialista Carlos Menem a partir de julio de 1989, pero cuando estas transformaciones les afectó algún privilegio individual o corporativo reaccionaron mostrando la hilacha de su preferencia por la adulteración del mercado y la supresión de libertades individuales siempre que sea en propio beneficio (2).

Podemos comprender racionalmente que el sistema capitalista es el más justo y beneficioso para toda la sociedad, sobre todo para los menos dotados y los que menos tienen. Sin embargo, en el momento decisivo aflora la poca confianza que parecemos tener en nosotros mismos y preferimos conservar los pequeños o grandes privilegios que todos hemos ido obteniendo -siempre a cosa de los más pobres- del perverso y antisocial sistema con el que convivimos por más de medio siglo.

El síndrome izquierdoso nos induce a resistir los profundos cambios que deben realizarse. Con lo cual no hacemos otra cosa que exteriorizar nuestro miedo a quedar expuestos a ocupar en la vida el verdadero lugar que nos merecemos. La mediocridad servil, pero ilusoriamente estable y exenta de sobresaltos, parece preferible a la libertad con sus riesgos e incertidumbres.

 

3. El error de los intelectuales

Pero es en nuestros intelectuales donde este fenómeno cala en mayor profundidad. En unos por su docta ignorantia -según el sutil concepto de Nicolás de Cusa-; en otros, a causa de su excesivo especialismo, que no les permite ver lo que ocurre fuera de su estrechísimo campo de conocimientos; y en los más, por sus pequeños egoísmos y resentimientos personales.

«El socialismo es un error de los intelectuales». La contundente afirmación pertenece al economista y jurista austríaco, premio Nobel de Economía, Friedrich A. Hayek. Por su parte Mises ya había demostrado la absoluta inviabilidad de la economía marxista en su monumental obra El Socialismo, con argumentos que nadie ha logrado refutar hasta hoy.

Ante todo reconozcamos que entre nuestros intelectuales no hay casi liberales. Unos pocos son marxistas-leninistas-stalinistas; otros son socialistas de derecha (un nazi, un neonazi, un fascista y ciertos nacionalistas ultracatólicos, son socialistas de derecha, con notables coincidencias ideológicas con sus mortales enemigos de la izquierda), pero la mayoría profesa un ambiguo, desteñido y contradictorio socialismo de izquierda, aunque se autocalifiquen de independientes, peronistas o radicales.

Veamos como el síndrome izquierdoso hace estragos en ellos.

Nuestra clase pensante (3) está integrada -al igual que en todo el mundo- por una minoría talentosa y por miles de ilusos que escriben, componen música, dictan clases, dan conferencias, actúan en algún organismo científico del gobierno o investigan en un laboratorio, pero carecen de las cualidades indispensables para emerger del anonimato.

Todos ellos aspiran, como es propio de este tipo de personalidades, a cierta notoriedad y reconocimiento, por lo menos dentro del ambiente académico en el que se desempeñan. Pero la mayoría no lo consigue. Quizás sus obras adolecen de falta de originalidad, o sus estilos resultan aburridos y ripiosos, o simplemente son de esos haraganes pintorescos que parlan y parlan pero nunca producen nada. Tal vez debieran dedicarse a otra cosa. Pero ellos no lo creen así, y nadie podría negarles el derecho a persistir obstinadamente en una vocación equivocada.

Lo malo es que el fracaso crónico los vuelve resentidos. Y la primera objeción que estos intelectuales formulan contra el sistema capitalista proviene, precisamente, de ese resentimiento: piensan que en una economía de mercado la sociedad es injusta con ellos al no reconocerles los méritos y altos valores que se atribuyen a sí mismos.

El escriba mediocre se resiste a aceptar que sus trabajos no despierten ningún interés en el público, apatía que en un país libre se manifiesta a través del rechazo de los editores. Estos pueden cometer errores -¡y de hecho esto ha ocurrido y seguirá ocurriendo con grandes autores!-, pero hay que admitir que el interés de los editores está en saber lo que el público quiere. Y es natural y lógico que antes de arriesgar sus capitales deban conocer los gustos y preferencias de la gente que compra libros.

Pero como los intelectuales tienen el prejuicio de que su actividad es superior en jerarquía a las otras actividades meramente económicas, no aceptan subordinar el éxito o fracaso de sus carreras a la decisión de los empresarios.
Es que el intelectual medio, encerrado en su reducido mundo (un intelectual no es necesariamente una persona culta), no alcanza a percibir el mecanismo de la interdependencia social que dinamiza a la civilización occidental contemporánea. Ignoran que en esta compleja interdependencia no hay fines últimos económicos, pues la economía se ocupa sólo de los medios para alcanzar nuestros fines superiores. Vean lo que escribió ese genio de la libertad que fue Juan Bautista Alberdi:

«No es el materialismo, es el espiritualismo ilustrado lo que nos induce a colocar los intereses económicos como fines de primer rango en el derecho constitucional argentino».

Los intelectuales por lo general desconocen que el empresario moderno está dotado de una insospechada dimensión intelectual -producto de la gimnasia de la competencia capitalista-, y que sus facultades mentales suelen alcanzar un desarrollo y exigencia superiores a las del escritor o artista medios.
Esto lo afirma Ludwig von Mises en su obra anteriormente citada, quien además hace allí una descripción asombrosa de la tendencia filomarxista de los grandes actores de Hollywood de su época, causada fundamentalmente por su miedo a la competencia que los expone a perder el favor del público y su fastuosa vida de millonarios.

«La incapacidad de muchos de los que a sí mismos se califican de intelectuales –escribió este autor– queda evidenciada en su limitación para apreciar las condiciones personales e intelectuales que se necesitan para dirigir con éxito cualquier empresa mercantil».

Miles de libros editados durante décadas por una editorial universitaria estatal con prescindencia de las preferencias del mercado, duermen invendibles en las mesas de saldos, lo cual demuestra que no se puede obligar a la gente a leer lo que no desea leer. Como tampoco se puede inducir a nadie a escuchar la música que no le gusta o ver los aburridos programas de la televisión oficial.

La libertad económica no es libertad para los empresarios y capitalistas, es esencialmente libertad del público para elegir y decidir con su elección qué es lo que debe producirse, editarse o filmarse para satisfacer sus deseos y necesidades.

Pero por lo general los intelectuales prefieren el mecenazgo del Estado a tener que esforzarse por conquistar el interés del público, y atribuyen a injusticias del sistema el que los ciudadanos libres no se molesten en cambiarse para asistir a tal o cual representación teatral, o que corran el dial cuando no les gusta la orquesta que está tocando.

¿Qué es lo que pretenden entonces? No lo saben muy bien, pero sueñan con una especie de «socialización de la cultura» en donde un Estado justo, sensible a las manifestaciones del espíritu, se ocupe de difundir sus obras para beneficio de toda la sociedad. Creen que una organización gubernamental exenta de fines comerciales reconocería los méritos de cada artista, poeta o investigador, y lo lanzaría a la fama prodigándole halagos académicos y una vida sin sobresaltos económicos dedicada pura y exclusivamente a su misión superior.

Dejando de lado el hecho nada justo de que toda la sociedad debería mantener a miles de becados ignotos cuyos supuesto méritos no han sido evaluados por ella a través del mercado sino por burócratas anónimos, los mismos intelectuales beneficiados por tal sistema serían sus principales damnificados.

¿Acaso el paraíso que prometía la ex unión Soviética en los tiempos de Stalin no era algo parecido a esto? ¿Y qué pasó con Boris Pasternak, Solzhenitsyn y el poeta Josef Brodsky, los tres galardonados con el premio Nobel de literatura, y cuyas geniales obras fueron prohibidas por el Sindicato de Escritores Soviéticos y rescatadas para la cultura universal por los sagaces editores privados de Occidente? El primero murió ignorado y marginado en su propia patria, el segundo debió optar por el exilio y el tercero fue encarcelado bajo el cargo de parásito social.

Lo dramático es que aun con sus lacras y limitaciones, esta comunidad heterogénea ejerce una influencia decisiva sobre el resto de la sociedad. Son los orientadores de la opinión pública, los que ponen de moda las ideologías dominantes, las buenas y las malas, e influyen sobre las decisiones políticas trascendentales.

Sus pensamientos se divulgan en las aulas donde enseñan, en los círculos que frecuentan, en los medios periodísticos (de dueños capitalistas) que logran dominar y a través de los organismos internacionales donde están representados por sus colegas más afortunados: la OEA, la UNESCO, la CEPAL, algunas famosas universidades norteamericanas, etcétera.

Nada más peligroso que un intelectual resentido temeroso de la libertad. Aunque sea un don nadie, oficia de lazarillo del mundo, para bien o para mal. Sus ideas serán asimiladas por la opinión pública que las trasladará al sistema de mando.

Recuérdese que el poder se funda siempre en el consentimiento de la opinión pública, no en la fuerza ni en el dinero, como creen los intelectuales que desconocen así su propio poder social.

Pues bien, el socialismo, el estatismo y el corporativismo siguen prevaleciendo en nuestro sistema de poder porque nuestros intelectuales todavía se aferran -por error o por temor- a los dogmas y mitos que sostienen aquellas fracasadas formas de organización social.

Conclusión para intelectuales no izquierdistas
De lo cual se deduce que es insuficiente entusiasmar al público con el novedoso cambio que prometen los conceptos básicos del liberalismo, tal como se logró, en parte y muy endeblemente, durante los años noventa. Es necesario convencer a los intelectuales.

Si los pocos intelectuales que estamos del otro lado lográramos hacerles comprender a nuestros colegas izquierdosos que en el sistema capitalista hasta los menos aptos tienen posibilidades de llegar a algún sector del público, porque la libertad económica acumula abundantes capitales y genera un mercado consumidor ávido de nuevas emociones y con capacidad económica para comprar libros, asistir a conciertos y llenar salas de teatro, probablemente se entusiasmarían en predicar las ideas de la libertad.
______

(1) En nuestro país, en la trágica década de los setenta, muchos
psicólogos y psicoanalistas comprometidos con la subversión, inducían a sus pacientes a luchar contra el «sistema», causante, según ellos, de sus neurosis y fracasos personales.

(2) Vean lo que sucedió con la industria automotriz: Las terminales le exigían a Menem libertad para importar autopartes porque así abarataban sus costos de fabricación, pero al mismo tiempo exigían restricciones para la importación de automóviles y, con el pretexto de que la industria automotriz representaba el 10 por ciento de nuestro PBI lograron un régimen de privilegio con cupos de importación. Por su parte, los autopartistas (aunque con menos suerte) pretendían el mismo privilegio.

(3) En 2004 se produjo un acontecimiento inédito y alentador: un grupo de intelectuales argentinos encabezados por los izquierdistas moderados Marcos Aguinis y Juan José Sebrelli firmaron una declaración de condena al régimen de Fidel Castro por sus últimas violaciones a los derechos humanos (encarcelamientos de periodistas disidentes y fusilamientos de tres desdichados que secuestraron una nave para huir de la isla). Lo curioso fue que durante una reunión pública que estos escritores organizaron para debatir democráticamente sobre el tema, grupos de activistas de ultraizquierda impidieron su normal desarrollo con insultos, amenazas y actos de violencia incalificables, entre ellos la cobarde agresión que debió soportar el doctor Roberto Alemann que caminaba casualmente por el lugar. Ante las cámaras de televisión que registraban los acontecimientos, uno de los cabecillas, un hombre maduro con barba canosa, trató de «gusanos», entre otros epítetos, a los intelectuales que defendían el derecho de los cubanos de pensar diferente y de expresar libremente sus ideas. Y sobre la agresión al doctor Alemann dijo que éste se lo merecía porque había ido arrogantemente a provocarlos. ¡Imagínese el lector a un caballero como Alemann yendo deliberadamente a desafiar con su presencia a esos facinerosos!



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