UN PSICÓPATA VICTIMIZADO

Juan Surfide era un psicópata. ¿Qué es un psicópata? Una persona que nace con un incurable trastorno de la personalidad caracterizado por la falta de empatía, comportamiento antisocial, carencia de emociones, conducta manipuladora, propensión a hacer daño por puro placer y ausencia absoluta de culpa y arrepentimiento. En los manuales de psicología se describe a esta patología como la típica mente criminal.
A veces los psicópatas, si son jefes de oficina, se limitan a hacerles la vida imposible a sus subordinados; otros, traman maldades a sus vecinos, como envenenarles el gato o incendiarles el auto estacionado en la calle. Pero en muchos casos, son violadores, sicarios, torturadores en las comisarías, asesinos seriales, o soldados mercenarios capaces de matar civiles desarmados o de quemar gente viva con un lanzallamas.
Y Juan Surfide fue un psicópata de los peores. Durante la dictadura había picaneado y matado a varias personas a quienes no conocía. Cumplía órdenes de sus superiores, pero lo hacía con mucho placer. Jamás sintió compasión por sus víctimas, porque los psicópatas carecen de sentimientos humanitarios.
Pero un día, cuando ya tenía setenta años cayó preso y la Justicia lo condenó a cadena perpetua sin derecho a prisión domiciliaria. Los psicópatas, pese a su terrible enfermedad, son personas imputables, porque saben lo que hacen, son conscientes de sus actos. Suelen ser muy inteligentes, muy lúcidos, y conocen el peligro al que se exponen por las perversidades que cometen. Por eso son muy cuidadosos y tratan de no caer en el radar de la Justicia.
La cuestión es que Juan Surfide, como tantos otros psicópatas, un día se descuidó y terminó en una cárcel de máxima seguridad llena de asesinos y violadores como él. Desde los primeros días la pasó muy mal con sus compañeros de encierro más jóvenes. Lo golpearon, lo humillaron, lo amenazaron, le quitaron la comida y le hicieron zancadillas en las duchas para que se rompiera algún hueso con apariencia de accidente. Y si no lo violaron aquellos degenerados fue porque era viejo y feo.
Al cuarto día, el director de la penitenciaría, el doctor Florencio Rubianes —otro psicópata, pero institucionalizado en un alto cargo que lo hacía impune y omnipotente—, lo hizo llevar a su despacho. Pidió a los dos guardias que lo dejaran solo con él y esperaran afuera. Cuando los guardias se retiraron, el director le preguntó con tono de burla:
—¿Y, Juan, cómo la estás pasando con los muchachos?
—Bastante mal…
—Te anticipo que acá los tipos como vos terminan muertos o en silla de ruedas. Y la atención médica es muy pobre.
—Si me permite, señor, con todo respeto, no me parece justo estar en esta prisión cuando yo no hice nada malo en mi vida.
—Mirá. Juan. Me importa un carajo lo que hiciste. Estuve leyendo tu expediente y me di cuenta de que sos la persona que yo necesito aquí dentro.
—No sé a qué se refiere.
—Escuchá. Te necesito para que me pases información sobre lo que sucede en el penal. El tema drogas, robos y extorsiones organizados desde aquí dentro, además de otros trabajos especiales. ¿Te gustaría ser mi colaborador?
—¿Y qué ganaría yo con eso? —preguntó Juan, desconfiado y al mismo tiempo interesado en la inesperada propuesta.
—Mirá, vas a tener privilegios secretos, cosas entre vos y yo. Te pondría una guardia discreta para que no te maltraten, te dejaré tener un celular escondido, y con el tiempo, si sos un tipo leal y cumplidor, podremos organizar alguna que otra salida con el pretexto de una revisación médica en el hospital local, o lo que sea, y estarás libre unos días sin vigilancia. Así podrás visitar a esa puta amiga tuya especialista en violadores, ¿cómo se llama?
—Alya. ¿Cómo sabe usted eso?
—Sé todo, Juan. Sobre vos, sé todo. Esa Alya parece una adolescente ingenua, es menudita y se viste como una nena, aunque ya tiene más de treinta; entonces vos fingís forzarla y ella simula resistirse a una violación. Dicen que es una artista para complacer a tipos como vos que no se pueden excitar con relaciones normales. Pero eso a mí no me interesa. Te dejo salir para que hagas lo que quieras, pero tengo que confiar plenamente en vos y estar seguro de que vas a estar a la hora fijada en la puerta del hospital para que el mismo camión que te llevó, te pase a buscar.
—Son demasiados privilegios por traerle alcahueterías. Ese es un trabajo menor que pude hacer cualquiera de acá. ¿por qué me elije a mí, doctor?
—De hecho tengo a varios informantes entre los presos. Pero vos tendrás que hacer algo más que traerme alcahueterías.
—Explíquese, por favor.
—Vas a tener que matar gente.
—Yo no soy un asesino…
—Vamos, Juan, tenemos el dictamen del cuerpo psiquiátrico de la Suprema Corte. ¿Querés que te muestre la batería de test que te hicieron y su resultado?
—No hace falta.
—Para vos, matar es más placentero que la violación, por eso hasta has matado a mujeres después de abusar de ellas. Así que no me hagas perder tiempo y decime si aceptás lo que te propongo o preferís volver a la jauría que te está esperando ahí afuera.
—Está bien, acepto. Pero tienen que facilitarme los medios. Ya estoy viejo y no puedo liquidar a un tipo más joven con mis propias manos. Necesitaré armas, apoyo,
—Tendrás todo lo que necesites. Hay un guardiacárcel que se llama Ariel. Grabate este nombre y no lo pronuncies nunca. Es mi mano derecha aquí dentro. Muy pocos informantes saben lo de Ariel. La reserva tiene que ser absoluta, ¿está claro, Juan?
—Perfectamente, puede confiar en mí.
—Bueno. Cuando yo no te llame, será Ariel el que te va a dar instrucciones de mi parte. Lo vas a conocer en cualquier momento. También será el encargado de proveerte los medios que necesites, un cuchillo, una soga si es que queremos simular un suicidio por ahorcamiento dentro de alguna celda, o alguna droga para provocarle una sobredosis a alguien.
Florencio Rubianes le entregó un celular de última generación.
—Tomá, Juan —le dijo—, este es un pago anticipado por tus servicios. Que no te lo vea nadie.
—Gracias, pero en mi celda… Estoy compartiendo mi celda con un tipo muy prepotente y provocador, ese tal Culata.
—Bueno, ese es el primero al que hay que liquidar. Pero lo vamos a hacer nosotros, aunque con tu ayuda. Escuchá el plan: esta misma noche, cuando los dos estén en el calabozo para dormir, vos lo tenés que provocar para que él te quiera golpear. Los guardiacárceles van a estar cerca, de eso me ocupo yo. Vos tratá de defenderte, gritá pidiendo ayuda y aguántate algún golpe. Los guardias van a entrar enseguida con el pretexto de parar la trifulca y lo van a golpear feo a este hijo de puta. Quedate tranquilo que a vos no te va a pasar nada. Todo quedará como un incidente de agresión y resistencia a la autoridad, y se informará sobre la desgracia de que en el forcejeo el tipo se golpeó en la cabeza. Después de eso, te pondremos como compañero al viejo Terencio, que tiene más de ochenta años y se ocupa de la biblioteca. Es un tipo ahora inofensivo y muy amigable.
—¿Y por qué hay que matarlo al Culata?¿No se lo puede cambiar de celda?
—En primer lugar, es uno de los tipos más jodidos del penal, y me tiene podrido con las peleas que causa vuelta a vuelta. Y después, porque una vez se atrevió a faltarme el respeto y eso no se lo perdono a ningún penado. Quiero verlo muerto y que su muerte sea lenta y dolorosa, a golpes no demasiado fuertes para que la agonía dure lo más posible. A vos te va a divertir mucho ver eso.
—Está bien. Esta noche empezamos, entonces.
Todo salió como lo había planeado el director. Juan Surfide escondió primero su celular nuevo, y después insultó sin mucho preámbulo a su compañero de celda. Tuvo que soportar un par de golpes en el pecho y en la cara. Gritó pidiendo ayuda y enseguida entraron a la celda tres fornidos agentes penitenciarios blandiendo sus tonfas. Juan se corrió hacia un costado y los tres uniformados comenzaron a golpearlo al Culata en todo el cuerpo menos en la cabeza. El matón trató de defenderse y repartió algunas trompadas pero finalmente cayó de rodillas con varias costillas rotas llorisqueando y rogando que paren de golpearlo. Juan disfrutó mucho de la interminable golpiza de ese matón que ahora parecía un guiñapo lastimero. Cuando los agentes se cansaron de golpearlo y patearlo en el piso, lo levantaron entre dos y lo apoyaron de espaldas en el ángulo de los dos camastros superpuestos, el tercero lo tomó con una mano por el cabello, puso su otra mano abierta en su cara y se la empujó violentamente hacia atrás para que su cabeza se golpeara contra un ángulo de hierro. Un solo golpe, pero tan potente que le hundió el cráneo y lo mató en el acto. Se llevaron el cuerpo a la enfermería y Juan quedó solo en su celda, muerto de risa y feliz por haber visto tan emocionante espectáculo. Por primera vez pudo dormir tranquilo luego de navegar por internet con su nuevo móvil sin que nadie lo molestara.
Al otro día lo llevaron a la oficina de asuntos legales y allí declaró según las instrucciones del director: «El culata me provocó, me golpeó, yo grité pidiendo ayuda y cuando los guardias quisieron defenderme, el tipo la emprendió contra ellos. Los guardias debieron defenderse con sus tonfas. El Culata, que no dejaba de repartir trompadas, tropezó y se golpeó la cabeza contra el camastro de hierro».
Cerraron el caso y no se habló más del asunto.
Ese mismo día llevaron a esa celda a Terencio, un anciano muy simpático que tenía el privilegio de estar todo el día en la biblioteca ordenando libros y entregando ejemplares a los presidiarios que los solicitaban.
Juan conoció a su contacto, el guardiacárcel Ariel, quien se mantuvo siempre cerca de él por si era agredido o provocado.
Con el paso del tiempo, Juan se fue amigando con algunos de los peores personajes del penal y su vida entre esos criminales se hizo llevadera. Ahora participaba de conversaciones grupales y cada tanto se enteraba de algún plan urdido para cometer crímenes en el exterior. Entonces iba al baño, se encontraba con Ariel en una hora determinada y lo ponía al tanto de lo que sabía.
La segunda vez que el doctor Rubianes lo hizo ir a su despacho fue para encargarle la muerte de un recluso que, según los informes previos de Juan, organizaba secuestros extorsivos junto a otros presidiarios y tenía varios celulares ocultos.
Juan estaba ansioso por entrar en acción, así que se preparó para cumplir con su trabajo. Le dieron un cuchillo pequeño para que pudiera esconderlo en la mano cuando estuviera desnudo en el duchador. A la hora del baño, Juan se metió entre todos los que se estaban duchando amontonados, buscó a la víctima entre los cuerpos enjabonados y las brumas del vapor y, cuando lo detectó, se le puso detrás. Con habilidad, le atravesó primero un riñón y después el otro. Fue un segundo, Juan de inmediato se escabulló del lugar mientras el apuñalado que había permanecido un instante de pie, se desplomaba empujando y haciendo caer desordenadamente a otros cuerpos desnudos. Juan entregó con disimulo el cuchillo a Ariel, que se había acercado a él, se terminó de duchar, se vistió y volvió a su celda cumpliendo las rutinas reglamentarias habituales.
Una investigación más por homicidio dentro de la penitenciaría, en la que, como siempre, el fiscal interviniente no logró esclarecer nada. Otro típico ajuste de cuentas entre presidiarios. «No se perdió nada», habrá comentado el juez.
En síntesis: Juan cumplió todas las órdenes del doctor Florencio Rubianes y durante casi un año disfrutó de los privilegios y ventajas prometidos dentro del penal, entre ellas, salir cada tanto y quedar fuera unos dos o tres días, que aprovechaba para visitar a la prostituta Alya que con su habilidad para simular que se defendía de una violación, lograba relajar a Juan.
También, sin comentarle nada al doctor Rubianes, Juan aprovechaba para hacer algún «trabajo» extra por encargo de un jefe narco que le pagaba muy bien sus servicios de sicario.
Dentro de la prisión, llegó a liquidar a más de ocho presidiarios por orden del director.
Todo anduvo bien para Juan Surfide hasta que el doctor Rubianes dejó de llamarlo y agente Ariel desapareció de su vista.
Un par de veces pidió hablar con el director, extrañado por esta desconexión repentina, pero le dijeron que el doctor estaba muy ocupado y no podía atenderlo.
Juan se había hecho muy amigo del viejito Terencio. Una mañana, éste le comentó, muy serio y con cara de preocupado, que había oído ciertas cosas entre los penados.
—¿Qué fue lo que oíste, Terencio? —preguntó Juan con un presentimiento sombrío.
—Los muchachos están haciendo correr que un guardiacárcel le habría dicho a uno de ellos que vos sos el ortiva que le cuenta las cosas al director.
—¿Un guardiacárcel les dijo eso? ¿Sabés quién es?
—Si, Ariel. Yo no sé si eso que dicen de vos es verdad o no. Tampoco me interesa, Juan. Yo vivo en otro mundo aquí dentro. Pero te aprecio, has sido un buen compañero de celda y te lo tenía que decir. Creo que tu vida está en peligro.
Juan se dio cuenta en ese momento de que el doctor Florencio Rubianes ya no lo necesitaba después de haberlo usado durante un año, y que ahora se lo querían sacar de encima porque no dejaba de ser un testigo muy peligroso. Era candidato a ser asesinado por otros presos, tenía que hacer algo.
Inmediatamente trazó un plan de fuga para salvar su vida. Le pidió a Terencio que no hablara con nadie sobre lo que le había dicho. Lo buscó a Ariel por todos los rincones hasta que lo encontró. Lo encaró como lo hacía siempre, como si nada hubiera cambiado.
—Che, Ariel. Vos sabés que no pude hablar con el doctor. ¿Me hacés un favor? Necesitaría salir un par de días para encontrarme con una mina que me levanté por teléfono. ¿Podemos arreglarlo?
—Sí, Juan, no hay problema. Luego lo hablo con el dire. Presentate mañana en la enfermería diciendo que tenés un dolor de estómago muy fuerte. Así te hago llevar al hospital.
Juan hizo lo que le dijo Ariel y ese mismo día estaba en la calle. Aliviado, y un poco sorprendido por lo fácil que había resultado su plan, fue a ver a su amigo y cliente narco para que lo ayudara a salir del país a cambio de trabajar para él.
Se encontró con el jefe en su oficina oculta y comenzaron a hablar como viejos amigos. Le explicó cuál era su idea y cómo podría serle útil residiendo en algún país a los que él exporta anfetaminas y drogas de diseño. Sólo tenía que conseguirle nuevos documentos y algo de dinero. El narco se mostró interesado y dispuesto a facilitarle la fuga a Juan Surfide.
Como era costumbre, detrás de todo visitante que hablaba con el capo, siempre permanecían alerta dos custodios armados. Algo de lo más normal en el mundo de la narco criminalidad. Lo que nunca imaginó Juan, ni jamás se le habría pasado por la cabeza, es que, mientras conversaba tan amable y despreocupadamente con su amigo, uno de los custodios se le acercaría cauteloso por detrás, le pondría una cuerda alrededor del cuello y lo ahorcaría bajo la mirada complacida del jefe, que observaba sonriente las muecas agónicos del sicario.
Cuando se llevaron el cadáver, el capo narco tomó su móvil e hizo una llamada.
—¿Florencio? Hola, viejo amigo, como estás. Lo que me pediste ya está hecho. Podés denunciarlo como fugado que no lo van a encontrar nunca. No, no es nada, olvidate hermano, cuando yo necesite algo de ahí dentro te llamo y quedamos a mano. Un abrazo.
© 2026 Enrique Arenz
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