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SOBRINOS AGRADECIDOS

Cuento de Enrique Arenz

Dedicado a Anton Barreneche
que me dio la idea para este cuento

 

En la década de los noventas, a los empleados públicos se les ofreció el retiro voluntario con una importante indemnización.

Ezequiel Hernández era en ese tiempo empleado jerárquico del Teatro Colón de Buenos Aires. Con cincuenta años de edad, veinte de antigüedad, soltero y sin nadie a cargo, decidió acogerse a ese retiro con la intención de invertir la indemnización y obtener una renta que le permitiera vivir y seguir pagando los aportes previsionales para poder jubilarse cuando llegara a los sesenta y cinco años.

Encontró en Lugano una casita recién construida, con tres habitaciones y garaje a un precio muy razonable. La compró y la puso inmediatamente en alquiler.

Pero apareció su adorada sobrina Sofía, de veintidós años, casada con Damián, de veinticinco, y madre de un chiquito amoroso de seis meses a quien le habían puesto el nombre Ezequiel en homenaje a su querido tío.

Dio la casualidad de que Sofía y Damián tenían que dejar el departamento que alquilaban porque el dueño no quiso renovarles el contrato, y no les quedaba tiempo para ponerse a buscar una nueva vivienda. Sofía le pidió a su tío que le prestara su nueva casa de Lugano por un breve período, tal vez sólo algunas semanas, hasta que pudieran alquilar algo. Ambos trabajaban y podían pagar un departamento bien ubicado, pero necesitaban tiempo para buscar.

Ezequiel tenía una predilección casi paternal por su querida sobrina, y se llevaba bien con el esposo de ella, así que no tuvo que pensarlo mucho. Suspendió la oferta de alquiler y le dio las llaves para que se mudaran.

Con lo que le había sobrado de la indemnización y algunos ahorros en dólares que tenía, podía vivir sin problema hasta que su sobrina le devolviera el inmueble.

Pasó un mes, pasaron dos meses, y Ezequiel no tenía noticias de sus sobrinos, así que un día se tomó el micro y se fue hasta la casa de Lugano.

—Ay, tío, tenés que disculparnos —le explicó Sofía con tono compungido, pero nos han ocurrido cosas muy ingratas.

—¿Qué pasó?

—A Damián lo echaron del trabajo y nos estamos arreglando con mi sueldo. Pero eso no es nada, se nos enfermó Ezequiel, le dio bronquiolitis y estuvimos los dos atareados de acá para allá.

—Pero, Sofía, qué mala suerte. ¿Y cómo está el nene?

—Ya se recuperó, gracias a Dios. Ahora fue con Damián a hacer unas compras en el super.

—Bueno, querida, no te hagas problema. ¿Cuánto tiempo van a necesitar hasta que alquilen algo?

—Y tío… qué sé yo. Él está buscando trabajo, no bien consiga algo nos pondremos en campaña.

—Pero mirá que yo necesito disponer de esta casa porque invertí en ella todo lo que tenía.

—Tío, danos dos meses más y te prometo que nos iremos.

Ezequiel sonrió amoroso porque estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio por su sobrina, hija única de su hermano muerto, a quien le había prometido que ella contaría siempre con su apoyo.

—Está bien, Sofía. Tómense no dos sino tres meses. Resuelvan su problema tranquilos. Para mí va a ser duro porque casi no tengo para mis gastos diarios. Pero vivo solo, no tengo mujer ni hijos, así que me puedo arreglar.

—Gracias, tío querido. Te quiero tanto. Fuiste siempre muy bueno conmigo desde que falleció papá. Nunca podré agradecerte lo que has significado para mí, y ahora también para tu sobrinito nieto.

—Bah, no es para tanto. Cuídenlo al chiquito, que no tome frío. Ahora me tengo que ir, pero decile a tu marido que lo puedo recomendar para algún trabajo en la empresa constructora de un amigo mío. Si no consigue otra cosa, que me llame.

Pasó un mes y de Damián ni noticias. Entonces él la llamó por WhatsApp a su sobrina para preguntarle cómo iban sus cosas. Ella lo saludó muy efusiva y lo invitó a que pasara por su casa de Lugano cualquier día para cenar juntos. Le explicó que Damián había conseguido un trabajo precario de dos días por semana, y que estaba intentando conseguir algo más estable. Cuando Ezequiel le preguntó por qué no lo había llamado por el trabajo que le ofreció, Sofía, titubeó un poco, y le dijo que su marido no podía hacer trabajos duros como los de la construcción porque sufría de lumbalgia y eso le impedía hacer esfuerzos.

—Ah… —respondió Ezequiel algo confundido y en el fondo un poco decepcionado—. Bueno, Sofía, no olvides que en sesenta días me tienen que entregar la casa porque estoy en una situación muy difícil. Ya no puedo prorrogarles más la ocupación.

—Sí, tío, sí. De una forma u otra, en sesenta días estaremos fuera de aquí. Ya nos arreglaremos. Quedate tranquilo.

Pasaron los sesenta días y Ezequiel esperó la llamada de su sobrina que nunca llegó.

Volvió a tomarse el micro y se fue hasta la casa de ellos. Estaban Damián y el pequeño Ezequiel que lo recibió con grandes sonrisas y cariñosos abrazos.

Lo invitaron a cenar.

Damián todavía no tenía trabajo y Sofía estaba haciendo horas extras, por lo cual su marido, según la impresión que se llevó, en lugar de salir a buscar trabajo, se ocupaba del chiquito y de otras tareas domésticas y permanecía todo el día en la casa.

Cuando se sentaron para cenar, Damián descorchó un vino caro, demasiado caro para alguien que está desempleado.

—Vaya… —exclamó Ezequiel, disimulando el malestar que le causó ese gasto superfluo.

—Un pequeño gusto que me doy —explicó Damián—, si no es un buen vino, prefiero tomar Coca-Cola.


Ese día, Ezequiel no quiso hablar del tema de la casa esperando durante toda la cena que ellos sacaran la conversación. Pero no lo hicieron. Damián habló de fútbol y Sofía, de chimentos del trabajo.

Esa noche se despidió de ellos, agradeció la cena y no dijo una palabra. Amargado, emprendió el viaje de regreso a su departamento y se dijo que ese Damián era por lo visto un holgazán irresponsable que no tenía mucho interés en trabajar, y que la pobre Sofía se veía obligada a cumplir extensos horarios para poder mantener la casa.

Pero de una cosa estaba en absoluto convencido: no podía intimarlos a abandonar su propiedad de Lugano porque, en la situación en que estaban, los exponía a que algún mafioso les alquilara un cuartucho sin revocar en una villa de emergencia del conurbano.

Decidió entonces que no les haría más reclamos y que esperaría a que algún día resolvieran su situación y fueran ellos los que le ofrecieran la devolución de la casa. Pensó: Yo no le puedo hacerle un juicio de desalojo a mi sobrina. No lo haré jamás, esperaré a que su propia conciencia y la de su marido los hagan reflexionar y los dos se esfuercen por cumplir con su palabra.

Entonces fue el pobre Ezequiel el que debió salir a buscar trabajo, porque ya se había gastado casi todos sus ahorros y necesitaba tener ingresos mínimos para los gastos de su vida. Hablando con sus viejos amigos consiguió un empleo (en negro) de cajero en un pequeño comercio de electricidad. Ocho o diez horas tenía que estar metido en ese negocio para ganar un modestísimo sueldo que algunos meses se atrasaba por falta de ventas. 

Un día se sintió muy enfermo, llamó al SAME y pidió que lo llevaran al Hospital Regional porque ya no tenía obra social. Le diagnosticaron una avanzada apendicitis con filtraciones en el peritoneo y una insuficiencia cardíaca. Lo operaron de urgencia y lo tuvieron varios días en terapia intensiva con antibióticos, y al mismo tiempo le realizaron diversos estudios del corazón. Su sobrina se enteró porque al ser su único familiar la llamaron desde el hospital. Sofía fue corriendo a ver a su tío. Pidió permiso en su trabajo y se mantuvo junto a él durante todo el tiempo que permaneció internado, haciéndose cargo de todo lo que el enfermo pudiera necesitar. Cuando por fin le dieron de alta lo llevó en un taxi, que pagó ella, hasta su departamento, y durante una semana estuvo yendo todos los días a la salida de su trabajo para ver cómo estaba y comprarle alimentos o prepararle la comida.

Ezequiel estaba agradecidísimo con su amada sobrina por las molestias que se había tomado, pero cuando pudo valerse por sí mismo le dijo que siguiera con su vida porque él ya se sentía bien y volvería al trabajo.

Fue entonces cuando Sofía, luego de algunas vacilaciones, le habló de la casa de Lugano.

—Tío, estoy en deuda con vos. No te hemos devuelto tu casa como nos habíamos comprometido.

Ezequiel asintió con la cabeza y con un exagerado mohín de tristeza. Ella siguió:

—Las cosas salieron mal. Damián se compró una moto…

—¿Se compró una moto? —la interrumpió su tío escandalizado—. ¿Con qué plata?

—No, pero esperá, tío, es para trabajar. Pedí un préstamo en la empresa donde trabajo. Damián se comprometió a pagar las cuotas con lo que saque con la moto.

—Pero Sofía, ¿cómo te endeudas para que se compre una moto? ¿No tiene trabajo todavía?

—Consiguió algo, pero… lo echaron a la semana. Fue una injusticia, una alcahuetería de un mal compañero.

Ezequiel se agarró la cabeza.

—¿Y qué va a hacer con la moto?

—Repartos para delibery. Vamos a ver si resulta. Si no, tendrá que vender la moto. Pero volviendo a tu casa. Danos un tiempo más y te la vamos a devolver, confiá en mí, tío.

—Está bien, Sofía, pero no olvides que estoy muy mal por no disponer de la renta que podría darme el alquiler de esa casa. Ni siquiera pude pagar los aportes previsionales para jubilarme cuando tenga la edad. Pero no te preocupes. Gracias por haberme ayudado estos días. Sin vos no sé qué habría hecho.

—Estoy para ayudarte en lo que necesites, tío. Bueno, me voy, y cuidate, por favor. Mañana te llamo.

Ezequiel volvió a su trabajo y su vida continuó como siempre, aunque ahora debía hacerse controles periódicos con el cardiólogo del hospital y solicitar todos los meses las muestras gratis de los medicamentos que le daban en el hospital, cuando había, porque si no, debía comprarlas en la farmacia, y eran todos remedios muy caros.

El tiempo siguió pasando y Ezequiel fue envejeciendo. Pasó un año, pasaron dos, pasaron tres y él seguía con una sola obsesión en su cabeza: ¿Cuándo me devolverán esa casa? Ahora, directamente para venderla, ya que necesitaba ponerse al día en la moratoria previsional y pagar otras deudas acumuladas.

No dormía de noche pensando en recuperar ese bien tan indispensable para él. La última vez que estuvo en la casa de Lugano, cuando lo invitaron para la cena de una Nochebuena, vio que la casa estaba hecha un desastre. Filtraciones de humedad, puertas que no cerraban, pintura descascarada, las canillas del baño y la cocina, más que gotear, chorreaban, una cortina de enrollar se exhibía trabada y torcida en la mitad de su recorrido. Era evidente que Damián no había movido un dedo para hacer algún mínimo y sencillo trabajo de mantenimiento.

Ya no quiso ir más a ver a sus sobrinos ni al pequeño Ezequiel. Cuando Sofía lo invitaba, él se excusaba con que no podía andar saliendo, que lo disculpara, pero su salud le exigía cuidarse mucho del frío o de posibles caídas.

Pasaron diez años. Y en un soplo de velitas, otros diez. ¡Veinte años desde que les entregó las llaves de la casa nueva que había comprado en Lugano. Ezequiel tenía ahora setenta años. Había logrado jubilarse con la pensión mínima que no le alcanzaba para nada, aunque ahora tenía al menos a PAMI que le daba muchos medicamentos cardiológicos gratis.

Cada tanto, Sofía lo llamaba o iba sola a visitarlo a su departamento. Por ella se fue enterando de ingratas novedades. Primero, Damián usó su moto para asaltar a un tipo que había sacado dinero de un banco, pero tuvo mala suerte y lo metieron preso. Salió en libertad porque la tentativa se perpetró sin armas. Sofía intentó justificarlo diciendo que lo hizo por desesperación, porque no podía trabajar honradamente, y que estaba arrepentido. Segundo: el pequeño Ezequiel ya era un hombre, había embarazado a su novia y nacieron mellizos. Ahora estaban viviendo todos en la casa de Lugano. «Por suerte la vivienda tiene tres habitaciones», le dijo Sofía con cierta inocencia que bien podría confundirse con cinismo. Para completarla, le dijo con tristeza que su sobrino nieto y su pareja no estudiaban ni trabajaban. Sofía seguía manteniendo a la familia ahora con dos trabajos: el de siempre, y otro, como empleada doméstico en una casa de familia.

Esa noche, un Ezequiel ya anciano, achacoso y con la apariencia de ser diez años más viejo, se sintió descorazonado y abatido. Las últimas noticias que le trajo su sobrina terminaron de convencerlo de que nunca recuperaría su casa de Lugano.

Se acostó luego de tomar sus medicamentos. Lloró casi toda la noche. Lo que le habían hecho no tenía perdón de Dios. Veinte años le ocuparon y casi destruyeron su casa nueva que le habría servido para darle una vida mejor y una buena vejez. ¡Veinte años de su vida, que quedaron aniquilados por la ingratitud o indolencia de una sobrina a la que ayudó con generosidad y que nunca se puso en el lugar de su tío ni llegó a comprender el daño irreparable que le estaba haciendo!

 

Habrán pasado dos o tres meses desde esta última visita, cuando una llamada a su celular le devolvió la sonrisa y la tranquilidad. Era Sofía.

—Tío, como estás,  tengo buenas noticias.

—Hola, Sofía. ¿Qué noticias son esas?

—¡Te vamos a devolver la casa, tío!

—No lo puedo creer. ¿Qué pasó?

—Damián consiguió un buen empleo y ya encontramos un departamentito en el mismo barrio. Por otra parte, nuestro Ezequiel se separó de su pareja que se llevó los mellizos a la casa de sus padres. Y él se fue a Brasil, para probar suerte.

—¡Qué bien, Sofía, cuanto me alegro!

—La casa te la devolvemos la semana que viene, cuando nos hayamos mudado. Pero antes, Damián quiere que vengas a almorzar este domingo para agradecerte la paciencia que tuviste con nosotros. Va a preparar un asado.

—¡Cuánto hace que no como asado! Bueno, muchas gracias. El domingo estaré allí a eso de las doce. ¿Te parece bien?

—Perfecto, tío. Te esperamos.

Ezequiel volvió a llorar, pero esta vez de alivio y desahogo de tanta angustia prolongada por dos décadas. Esa noche durmió como un bebé, y se sintió tan contento que al otro día se puso a limpiar todo el departamento. «Al final —pensó sin resentimiento y con una sonrisa— este departamento va a quedar para ellos, ya que no tengo otros herederos».

 

Ese domingo, Ezequiel compró un postre Balcarce y se tomó el micro que lo llevaba hasta la casa de Lugano. Era una hermosa mañana primaveral y el ánimo de Ezequiel andaba por las nubes.

Lo recibieron con grandes demostraciones de afecto. Comieron un excelente asado acompañado por el buen vino de siempre, y después, sirvieron el postre que había llevado Ezequiel.

—Pero para el postre tomaremos un rico oporto— dijo Damián, y trajo una bandeja con tres copas de licor ya servidas.

—Brindemos por mi tío, que fue tan paciente y bondadoso con nosotros— dijo Sofía levantando su copa.

—Salud —contestó Ezequiel, y se mandó de un trago la copa de oporto.

No pasaron ni dos minutos hasta que el anciano comenzó a sentir un fuerte malestar, mareos, sudoración y un intenso dolor en el pecho.

—Me… me siento mal. Creo que es el corazón. Por favor, llamen una ambulancia…

Sofía y Damián lo miraban sin moverse ni decir una palabra. Ezequiel, desconcertado al observar la indiferencia de sus sobrinos, les suplicó que lo ayudaran, pero ellos se quedaron sentados observándolo. El anciano, aterrorizado y ya consciente de que le esperaba una muerte segura, se puso de pie con gran dificultad y caminó tambaleando con la intención desesperada de salir a la calle, pero se desplomó pesadamente antes de llegar a la puerta.

Damián se levantó con lentitud y se acercó a él, le tomó el pulso en la carótida y le dijo a Sofía que observaba la escena con frialdad:

—Casi no tiene pulso. Esperemos un poco. Cuando esté muerto, llamamos al SAME.

© 2026 Enrique Arenz
(Prohibida su reproducción por cualquier medio)


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