Que no se te metan en tu casa

Cuento de Enrique Arenz
Eran las dos de la madrugada cuando nos despertaron las luces de unas linternas y los gritos de cuatro tipos con sus caras tapadas. Encendí aterrado el velador y ahí estaban los cuatro forajidos apuntándonos con dos revólveres.
Tengo ochenta y dos años y mi esposa setenta y ocho. Los dos tenemos problemas de salud y necesitamos tomar ansiolíticos para poder dormir. Que te despierten los gritos de cuatro tipos en tu dormitorio cuando estas profundamente dormido es una experiencia, como pocas, terriblemente traumática. Te espanta de una manera tal que por varios minutos no podés pensar ni tomar conciencia clara de la dimensión del drama que se te ha caído encima.
Pensé antes que nada en mi pobre Dalma, que está muy frágil de los huesos y con cualquier golpe se fractura. Los cuatro salvajes que se metieron en nuestra casa luego de sortear, no sabemos cómo, el sistema de alarma, la sacaron violentamente de la cama, le ataron las manos a la espalda y la sentaron en una silla. A mí me apuntaron a la cabeza y me exigieron que les diera todos los dólares que tenía escondidos.
—Llévense todo lo que quieran, hay algunas joyas en ese alhajero y el dinero que está en la mesa de luz, pero dólares no tenemos.
Uno de los sujetos, el que parecía el cabecilla, me dio un golpe en la cara que me dejó aturdido. Por un momento pensé que me había fracturado la mandíbula. Comprendí entonces que eran ladrones desalmados dispuestos a cualquier cosa.
—Tenemos información de que cobraste cincuenta mil dólares por la venta de una propiedad y que los tenés escondidos en esta casa.
—Es verdad que cobré una suma de dinero parecida, pero la tenemos en pesos depositada en el banco. Aquí no guardamos nada.
Me dio otro golpe más fuerte y por un segundo sentí que me desvanecía. Mi mujer gritó angustiada:
—No lo golpeen, es un hombre viejo, lo van a matar. Es cierto lo que dice, nosotros tenemos nuestros ahorros en el banco.
El sujeto la miró y luego les dijo a los otros tres. La casa no es tan grande, comiencen a revolverlo todo hasta que encuentren la guita. Dicho esto, trajo una silla del comedor, la puso al lado de la de Dalma, me sentó de un violento empujón y me ató las manos detrás del respaldo con un precinto. Yo estaba con un pijama y Dalma con un camisón. Los dos muertos de frío porque nos acababan de arrancar de debajo de varias frazadas.
Los cuatro se pusieron a revisar toda la casa. Sacaron todos los cajones y volcaron en el piso el contenido. Vaciaron los dos roperos, el nuestro y el de la otra habitación de la casa. No se salvó un cajón. Miraron bajo los colchones, revisaron la heladero y el frízer, el bajo mesada y la alacena. Se guardaron las pocas joyas que yo les señalé y el dinero que teníamos en nuestra mesa de luz para los gastos diarios. Dos de ellos se llevaron los dos televisores que teníamos, mi reloj pulsera, nuestros dos celulares, varios electrodomésticos y una computadora de escritorio, y, después lo supimos, los cargaron en un vehículo en el que permanecía un quinto delincuente haciendo de campana.
Todo esto les demandó dos horas de trabajo ininterrumpido. Cuando cargaron todo lo que había en la casa de algún valor, el que parecía ser el cabecilla volvió sobre los dólares. Me dijo:
—Mirá, viejo de mierda, tenemos datos precisos de que vos guardas los dólares en esta casa porque no los querés declarar. O me decís donde carajo los escondiste o me la voy a agarrar con tu mujer y le voy a romper todos los huesos.
—¡No, por favor, con ella no!¡Está muy débil! No la lastimes, por favor.
—Es muy fácil, viejito. Me das los dólares y no le hago nada.
—Es que no tengo esos dólares, te juro que no los tengo.
Y me puse a llorar como un chico, por el miedo, por la humillación y por la impotencia. En eso vi que Dalma se estaba orinando encima. Estaba tan pálida, temblorosa y aterrorizada que temí le diera un infarto o un ACV.
Sin decir una palabra, el delincuente fue hasta Dalma y le propinó una feroz trompada en el pecho que la hizo caer de espaldas junto con la silla a la que estaba atada. Quedó con la cara sobre el piso tosiendo y con dificultades para respirar.
—¡Basta, por piedad! —grité yo desesperado— ¡La vas a matar!¡Esto es inútil porque es verdad que no tenemos acá los dólares! ¿No tenés un poco de compasión por dos viejos que podrían ser tus abuelos?
El forajido me miró unos segundos con desprecio y me contestó:
—Mirá que compasión le tango a mi abuelita.
Y amagó con patearle la cabeza en el piso.
—¡Esperá! —le grité— ¡Se me ocurre una idea para que te hagas de ese dinero!
Palabras mágicas. Se detuvo y me miró.
—Hablá.
—Traeme mi celular.
—¿Para qué?
—Si me das un alias te hago una transferencia. ¿Tenés alguna cuenta en una billetera virtual?
—Sí, tengo, pero es en pesos.
—Yo también lo tengo todo en pesos. Son setenta millones.
—A ver… —se puso a calcular mentalmente— setenta millones, al cambio de mil cuatrocientos pesos por dólar. Sí, está bien. Si tenés eso en el banco la idea es buena, pero vos una vez que abrís tu cuenta, me das el celular a mí. Si compruebo que tenés esa plata me encargo de hacer yo mismo la transferencia.
—Está bien.
Trajeron mi celular, me desataron las manos y me lo dieron. Fui a la aplicación de mi banco y puse la clave y el usuario para abrir mi cuenta. Hecho esto, el tipo me arrebató el celular. Buscó mi saldo y cuando lo encontró se le iluminaron los ojos. Quiso transferir el total a su cuenta, pero el banco le rechazó la operación porque el monto era excesivo. Nervioso, bajo la cantidad a transferir y el banco volvió a rechazárselo. Fue bajando y bajando hasta que apenas pudo transferir cinco millones. Intentó repetir la operación pero la cuenta se bloqueó.
—La reputa que los parió —estalló furioso. Y dirigiéndose a los demás, les dijo—. No importa, ya tengo anotada la clave y el usuario. Cuando sea el horario bancario intento desbloquearlo y saco otro tanto.
—Pero Mocho —lo alertó uno de los enmascarados—, este viejo va a denunciar todo al banco apenas nos vayamos y ya no podremos transferir más nada.
—Eso no sucederá porque los vamos a matar.
Se me congeló el corazón. Estábamos sufriendo un tormento físico y psicológico extremo desde hacía ya por lo menos tres horas, mi pobre Dalma estaba en el piso toda mojada en su propio orín, llorando y quejándose del dolor y del frío, y yo debería tener la presión arterial por la nubes, temblando de miedo más por ella que por mí, y cuando creía haber encontrado una salida aún a costa de perder todo nuestro dinero, estos tipos se proponen liquidarnos a los dos.
—Escuchá, Mocho —le dije al tipo nombrándolo por su apodo—, no es necesario que nos maten. Se quedan acá, esperamos que se haga la hora en que abren los bancos, yo me comunico con ellos por teléfono y solicito el desbloqueo de mi cuenta.
—Pero eso lo puedo hacer yo mismo.
—No, sabés que no es tan fácil. En cambio yo soy amigo personal del gerente, y hasta le puedo pedir que me autorice a transferir el total de mi saldo.
—¿Eso podés hacer?
Asentí con la cabeza. Pero dije:
—Sólo te pongo una condición, y si no, podés matarnos y te perdés mucha guita.
—Está bien, ¿cuál es la condición?
—Primero, que la levanten a mi mujer y la acueste con suavidad sobre la cama y la tapen, y segundo, que me dejes ir al baño porque me estoy meando.
El forajido aceptó, entre dos levantaron a Dalma, la separaron de la silla y la acostaron en la cama de costado porque sus manos seguían atadas en la espalda. La cubrieron con las frazadas y a mí me dejaron ir al baño.
Tuvimos que esperar hasta las 10, cuando el banco abría. Mientras tanto los cuatro malvivientes se comieron todo lo que teníamos en la cocina, y hasta se hicieron café.
A las diez estaba sentado en mi silla con el teléfono en la mano y los cuatro sujetos rodeándome. Llamé al banco y cuando me atendieron pedí hablar con el gerente.
—Deme con el gerente del banco, el señor Dalmiro Pérez (…) De un amigo, dígale por favor que soy Ernesto, un amigo de toda la vida (…) Si, sí, así es, Alberto, el que vive en la calle Rivadavia 2676 (…) ¿Cómo que no me puede atender? (… ) No, pero dígale que necesito que me desbloquee la cuenta y me autorice transferir un depósito en pesos a unos señores que están conmigo en mi casa. (…) Bueno, espero, vaya a decirle. ¿Me entendió, no? Tengo que transferir todo el saldo. Sí, sí, Alberto Algañaraz, nos conocemos desde la escuela primaria. (…)
Los cuatro criminales estaban tensos escuchando mi conversación con el empleado bancario.
—Le van a avisar, está muy ocupado —les comenté. A los cinco minutos volvió mi interlocutor del banco—. ¿Cómo? A ver si lo entendí bien, ¿qué mi amigo dice que no hay problema pero que lo intente dentro de una hora porque tienen un problema en el sistema? (…) Ahá, ¿hago la operación directamente desde mi teléfono? (…) Sí, entendí, a partir de las once, bueno, esperaremos. Muchas gracias, señor.
Corté la comunicación y le dije a ese tal Mocho. En una hora va a estar la cuenta desbloqueada y podremos hacer la transferencia del total.
—Tendremos que esperar. Bueno, metete en la cama con tu mujer y no te muevas. Dentro de una hora vuelvo a darte el teléfono y será mejor que logres pasarme toda esa plata.
Me metí en la cama, besé a mi esposa que estaba un poco más tranquila y le dije que no se preocupara, que les iba a dar toda la plata a esas personas para que nos dejaran en paz.
No habrán pasado ni diez minutos cuando los cuatro bandidos se sobresaltan con el sonido estridente y sorpresivo de las sirenas de varios móviles policiales que a toda velocidad se posicionaron frente a nuestra casa. Alarmados, corrieron los cuatro hacia el comedor. Sin muchas vueltas, los policías abrieron la puerta de entrada con un ariete y un grupo de asalto entró en la casa a los gritos de ¡Policía!¡Policía! Al suelo todo el mundo. ¡Al suelo!¡Al suelo! Los cuatro asaltantes, desconcertados y asustados (no hay gente más cobarde que esta clase de tipos) se vieron enfrentados con los agentes que, después me enteré, los apuntaban con armas largas. Tres, se pusieron de rodillas con las manos levantadas; el cuarto (después supe que era el tal Mocho, el que nos había maltratado), levantó su arma tal vez con la intención de entregarla, y lo acribillaron a balazos. A los otros los esposaron y los subieron a un camión celular. Al primero que habían agarrado es al que estaba de vigilancia en el auto de ellos. A Dalma y a mí nos atendieron los paramédicos y nos subieron a una ambulancia. El comisario a cargo del operativo me dijo que habían secuestrado el vehículo de los asaltantes con todo lo que nos habían robado y que dejarían una consigna para custodiar nuestra casa. Dalma iba acostada en la camilla con oxígeno, y yo, sentado a su lado. Es probable que ella tenga alguna costilla rota o el esternón. Yo solamente tengo un corte y un hematoma en la mejilla. Me dieron hielo para que me ponga y una pastilla para bajarme la presión que era casi de 200.
Cuando íbamos en camino a nuestra atención médica Dalma se recuperó gracias al oxígeno y quitándose la máscara me preguntó:
—¿Se puede saber qué pasó?¿Cómo llegó la policía?
—Los engañé, Dalma, eso pasó. En vez de llamar al banco marqué el 911.
—Cuando te escuché decir que eras amigo íntimo del gerente pensé que estabas desvariando, pero sólo fue una estratagema.
—Estaban tan desesperados por la guita que se habrían creído cualquier sanata. Cuando el agente que me atendió me escuchó decir que quería hablar con mi amigo el gerente del banco, me hizo saber que estaba comunicado con el 911. Pero como yo seguí hablando como si lo hiciera con un empleado bancario, el tipo sospechó que yo podía estar en peligro y me preguntó: «¿Está en problemas en su casa?» Y yo le dije «Sí, sí, así es, dígale que soy el amigo que vive en la calle tal y tal». Esos agentes están muy entrenados. Entendió enseguida la situación. Me dijo que siguiera hablando y me dio instrucciones sobre lo que tenía que decirles a los asaltantes. Y eso fue todo.
—¿Cómo pudiste pensar en todo eso en el estado de desesperación en que estábamos los dos?
—Mirá, yo estaba aterrorizado, no creas que soy un valiente, pero cuando me convencí de que nos esperaba una muerte segura, me dije: perdido por perdido, olvidate del miedo, Alberto, usá tu inteligencia que al lado de estos brutos vos sos Einstein.
©2026 Enrique Arenz
(Prohibida su reproducción por cualquier medio)
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