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No abras esa puerta

 

 

El despertador digital sonó a las 3:17 de la madrugada. Martín supuso que lo había puesto a esa hora distraído, sin darse cuen­ta. Lo apagó de un manotazo y volvió a dormirse. A la mañana siguiente recordó el suceso y se dijo que aquello era imposible: la alarma llevaba semanas estropeada y el reloj sólo marca la hora. ¿Lo habré soñado? Se quedó un momento observándolo sobre la mesita de noche. Ahí estaba, inmóvil y silencioso como diciendo yo no fui. Martín se encogió de hombros y se fue a trabajar.

A la noche siguiente, el despertador volvió a sonar, exactamente a las 3,17.

Esta vez preocupado, encendió el velador, se sentó en la cama, tomó el reloj y lo estuvo examinando mientras continuaba emitiendo su sonido repetitivo. Pero lo que lo estremeció fue descubrir en un ángulo del visor que el aparato había sido programado para sonar a esa hora, y él sabía que no había hecho eso nunca. Apagó el sonido y quitó la programación, pero ya no pudo volver a dormirse. Desde la cama observó en su habitación pequeños detalles que lo alarmaron. En la mesa de luz había un libro que él no había puesto allí; un libro que ni siquiera conocía: La lucha con el demonio de Stefan Zweig. Le dio una ojeada por curiosidad. Era un ensayo con letra diminuta que tenía como subtítulo: Hölderling – Kleist – Nietzsche; y una curiosa (y enigmática) frase de este último: «Amo a los que no saben vivir sino para ir hacia su ocaso, porque son los que llegan al otro lado».

Una puerta del placar estaba totalmente abierta, algo imposible si se considera que él es casi un maniático de cerrar siempre esas puertas porque no soporta verlas colgando hacia afuera.

Se levantó atemorizado ante la posibilidad de que alguien haya entrado en su departamento. En la cocina encontró una luz encendida, en el comedor le pareció que uno de los dos sillones estaba unos centímetros desplazado y un cuadro en la pared aparecía torcido. ¿Cuándo él iba a dejar un cuadro torcido?

Sin embargo, la puerta de entrada al departamento permanecía bien cerrada, con doble cerradura y un cerrojo interior.

¿Hubo un intruso en la casa, o yo mismo he causado estos pequeños cambios inadvertidamente, sin pensar en lo que estaba haciendo?, se preguntó inquieto. ¿Estaré perdiendo el juicio por empeñarme en vivir en soledad? ¿Tuve acaso episodios de sonambulismo? ¿O se trata de una presencia sobrenatural la que está intentando darme algún mensaje?

Se vistió y aprovechó las horas de sueño perdidas para pasar la aspiradora por todo el departamento, acomodar bien todas las cosas, llevar la ropa sucia al lavadero y acomodar todos los objetos, portarretratos, adornos y muebles en su exacta posición.

Cuando terminó, ya eran las 7,30 y debió salir para su trabajo. Antes se aseguró de que todo estaba limpio y en orden.

Cuando regresó por la noche, se preparó algo para cenar, escuchó algunas noticias en la televisión y pensó, mientras se lavaba los dientes, qué era lo que debería hacer ahora con respecto a esos fenómenos aparentemente paranormales que estaban ocurriendo en su departamento.

Martín se estaba cayendo de sueño, pero decidió no acostarse. Iba a permanecer sentado en el borde de la cama hasta las 3,17. Quería ver con sus propios ojos qué es lo que sucede a esa hora. Verificó que la programación de la alarma estuviera quitada, tal como la dejó la noche anterior.

Por momentos el sueño parecía vencerlo, pero él se sobreponía en seguida. Cada vez que su cabeza se le caía sobre el pecho envuelta por la somnolencia, él reaccionaba levantándola rápidamente y abrien­do los ojos. Y fue en uno de esos movimientos de reacción veloz cuando al abrir los ojos vio una imagen recortada en al vano de la puerta del dormitorio. Aterrado, Martín se puso de pie de un salto. Frente a él había un hombre anciano que lo miraba fijo a los ojos. A Martín se le heló la sangre. Con voz temblorosa preguntó:

—¿Quién… es usted?

El anciano apoyó una mano vacilante en el marco de la puerta. Estaba pálido, agotado, como si llevara días sin dormir.

—No tenés mucho tiempo, Martín.

—¿Cómo entró en mi casa?

—Martín, escuchame.

El hombre pronunció su nombre con una familiaridad que a Martín le resultó inquietante.

—¿Quién es usted?

El anciano sonrió con tristeza.

—Hace cuarenta años yo habría hecho exactamente esa misma pregunta.

Se produjo un silencio pesado. Cuando Martín lo miró bien, murmuró en voz muy baja:

—Vos… ¿sos…?

—Sí, lo soy.

—Eso es imposible. Debo de estar soñando.

—Lo sé, pero no estás soñando. Yo también lo dije cuando tuve tu edad.

Martín observó los rasgos de ese viejo con atención. La nariz, la forma de la mandíbula, la pequeña cicatriz sobre la ceja derecha. ¡Era él mismo, pero con cuarenta años más!

—¿Qué querés de mí?

El anciano levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de ansiedad y temor.

—Quiero una sola cosa, que cuando suene el despertador a las 3:17 y llamen a la puerta, no la abras. Pase lo que pase, no la abras.

—¿Por qué?

La expresión del viejo se tornó desesperada.

—Porque yo la abrí cuando pasé por este mismo trance. Y desde entonces llevo toda una vida intentando volver hacia atrás en el tiempo para impedirlo. Para salvarte a vos, que es como si me salvara a mí mismo.

A las 3,17 comenzó a sonar el despertador, y al mismo tiempo se escuchó débilmente el timbre de la puerta de entrada.

—No abras esa puerta, por favor, no la abras…

A pesar de esa advertencia, Martín se dirige resueltamente a la puerta de entrada. El anciano, tambaleando en su fragilidad, se hace a un lado para dejarlo pasar, pero va detrás de él suplicándole que no abra. Pero Martín, empujado por la curiosidad y también por su instinto desobediente, haciendo esfuerzos por no caer en el pánico, no lo escucha, quita todos los cerrojos y abre la puerta.

Frente a él hay otra versión de sí mismo pero mucho más anciana que la otra. Con voz cascada y trémula el nuevo visitante le dice:

—No le hagas caso, Martín, yo soy el que intenta salvarte.

En ese momento, Martín creyó entender que su vida todavía joven estaba rodeada por una cadena de versiones de él mismo, cada una convencida de ser auténtica y de estar evitándole una catástrofe distinta, generada por los errores, malas acciones, indefiniciones y chifladuras que estaba cometiendo y que habría de cometer a lo largo de su vida presente y futura.

Esa mañana se despertó recostado sobre la almohada en el borde de la cama donde había intentado permanecer despierto. Nunca supo si todo aquello fue un sueño o lo visitaron dos versiones diferentes de su yo en tiempos diferentes de su futuro. Pero sabía que al menos su inconsciente le estaba diciendo algo. Sueño o no, un solo hecho real lo dejaría con una duda permanente: el reloj estaba otra vez programado para sonar a las 3,17.

No lo pensó más. Hacía más de ocho años que andaba de novio con la misma chica. No era justo que postergara tanto esa boda formalmente comprometida. La llamó, quedaron en encontrarse a la noche y cuando estuvo con ella, le preguntó:

—¿Cuándo querés que nos casemos?

©2026 Enrique Arenz
(Prohibida su reproducción por cualquier medio)

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Comentarios por correo al autor: enriquearenz@gmail.com