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Las dos monjas

Salí de casa y caminé hasta la parada del ómnibus.

Nada fuera de lo común. Subirse a un ómnibus y hacer un corto y placentero viaje hasta el centro de la ciudad, es para un viejo viudo como yo, la cosa más normal del mundo.

Era media mañana, poca gente en el vehículo, dos señoras de edad, una madre con su hijo pequeño y un par de monjitas en el fondo. Como hago siempre, me acomodé en el primer asiento y me abstraje de todo lo que me rodeaba para dejar vagar mis pensamientos por imaginarios mundos futuros que no llegaré a ver.

No sé cuánto tiempo habrá pasado hasta que escuché los primeros gritos. Me di vuelta sobresaltado y vi que las monjas del último asiento se estaban peleando. Gritaban, se arañaban, se propinaban golpes con las manos y se insultaban con palabras impropias de dos religiosas.

El chofer detuvo el colectivo asombrado por el insólito episodio y se quedó mirando el espectáculo por el espejo sin saber qué hacer.

—¡Hija de puta, traidora!— gritaba una.

—¡A mí no me vas a insultar, la puta que te parió!— le contestaba la otra.

Eran dos religiosas jóvenes que no pasaban de los veintitantos, ni feas ni lindas, como suelen ser todas las monjas. En la riña, cada una le arrancó a la otra entre sendos manotazos el velo y el griñón blanco. Quedaron al descubierto dos cabelleras desordenadas y opa­cas, una castaña, lacia, y otra renegrida, muy enrulada. ¿Pelearán por un hombre?, pensé con una lógica (reconozco) muy machista. Tal vez por el cura que las confiesa, me dije como haciéndome un chiste irreverente. Entretanto, el chofer y los pocos pasajeros seguíamos inmóviles viendo cómo se abofeteaban, se insultaban y se arrancaban girones de sus hábitos con las uñas y los puños. Los insultos se alternaban con gritos y admoniciones celestiales:

—Dios te va a castigar por lo que me hiciste, yegua de mierda.

—A vos te va a coger otra vez el Demonio, puta relajada.

Y seguían sin amainar los insultos, los gritos y los bofetones.

—Chofer, ¿por qué no sigue?—preguntó una mujer mayor, impaciente porque tenía que llegar no sé a dónde.

—Es que… —tartamudeó el conductor—, tendríamos que separarlas… ¡se están matando!

Yo, que siempre me meto en donde no me llaman, me levanté de mi asiento y me acerqué a las dos mujeres. Eran menuditas y pensé que podría hacerlas entrar en razón, e incluso, si fuera necesario, separarlas con mis manos.

—Hermanas, hermanas, por favor, dejen de pelear —les dije con tono paternal.

Interrumpieron su reyerta como si mi voz les resultara familiar. Me miraron estáticas, primero con sorpresa, y después, con un odio que me estremeció.

Fueron unos pocos segundos de silencio en los que presentí un suceso terrible. El pánico me paralizó. Mi instinto de supervivencia me dijo: ¡Rajá de acá, Alberto, rajá! Tarde. Las dos se me abalanzaron como fieras rabiosas y me tiraron al piso del vehículo. No recuerdo más nada porque me golpee la cabeza y perdí el conocimiento.

Me desperté en el hospital, en la sala de terapia intensiva, con golpes, magullones, un par de fracturas en las costillas, un hematoma subdural por el golpe en la cabeza y una conmoción cerebral que me mantuvo tres días en coma.

Mi hija y mis amigos estaban consternados. Los testigo declararon que las dos monjas me golpearon y me patearon estando inconsciente, que nadie se atrevió ni a acercarse y que sólo llamaron al 911. Fue la policía la que me las sacó de encima con un gran esfuerzo por la resistencia colérica de las dos mujeres. Finalmente pudieron esposarlas y llevárselas detenidas.

Debí soportar una operación para drenar el hematoma, las múltiples y dolorosas curaciones de todos los arañazos profundos que me dejaron en la cara, el cuello en el pecho y en la zona genital. Sí, la zona genital, porque dicen que las monjas me bajaron los pantalones y le dieron con todo a mi pobre pene jubilado que quedó todo arañado y cubierto de moretones. Sin contar que me arrancaron mechones de vello púbico. Por semanas tuve esa parte vendada con un catéter para orinar.

Pero lo peor de esos días en el hospital fue el miedo que me producía no saber qué había pasado, cuál había sido la causa de ese ataque no provocado y absolutamente injustificado. Yo sólo me acerqué a ellas para pedirles amablemente que dejaran de pelear. ¿Cómo pudieron ser tan salvajes dos menudas monjitas contra un hombre mayor que sólo quiso evitar que se lastimaran?

Pero lo que me aterrorizaba era lo que me había advertido el chofer del ómnibus cuando vino a verme al hospital: «Tenga cuidado, don, porque esas dos locas gritaban que no habían terminado con usted y que lo iban a matar. Lo gritaban como descosidas mientras las subían esposadas al patrullero».

El insólito episodio tomó estado público y fue muy comentado por los medios televisivos y redes sociales. Todos se preguntaban qué les habría hecho yo para que reaccionaran así. Dijeron que yo era un anticlerical que insultó a las pobres monjas por el solo hecho de llevar un hábito y un crucifijo, otros opinaron que me burlé de ellas, y hasta hubo quienes teorizaron sobre posibles abusos de mi parte en tiempos pasados, cuando ellas eran niñas. Sufrí mucho con todas esas habladurías injustas. Tan grande fue el escándalo que hasta el propio obispo de la ciudad vino a verme al hospital.

—Don Alberto, en nombre de la Iglesia tengo que pedirle disculpas por la conducta de estas dos religiosas.

—Gracias, monseñor, pero no necesita disculparse. Sólo quiero una explicación razonable de lo que pasó.

El prelado titubeó.

—Es que usted intentó separarlas cuando ellas estaban atravesando una de esas crisis…

—¿Qué crisis?

—Eh…, vea, las religiosas de esa orden tienen momentos de éxtasis que las libera de recuerdos atormentadores. Pero cuando salen de ese estado espiritual suelen entrar en crisis de fe que las vuelva transitoriamente vengativas y violentas.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—Es que todas ellas han sido rescatadas de situaciones muy atroces… Tal vez lo confundieron con otra persona, no sé… Déjeme que averigüe bien lo que pasó. La Iglesia va a asumir su responsabilidad. ¿Usted va a iniciar una demanda legal?

—No he pensado en eso, todavía.

—No se preocupe, la Iglesia lo va a indemnizar. Tenemos un seguro para estos casos desdichados que muy raramente se escapan de nuestro muy severo control. Si nos manda a su abogado podremos llegar a un acuerdo.

Yo todavía estaba muy mal y muy confundido. No insistí en que me explicara lo que aún no tenía respuesta. Sólo le pregunté impulsado por el miedo que sentía ante las amenazas de las monjas:

—¿Dónde están ellas ahora?

—El juez las dejó en libertad condicional bajo la responsabilidad de la orden a la que pertenecen.

—¡Pero me amenazaron!¡Dijeron que me iban a matar!

—No se preocupe, están ahora bajo vigilancia de la orden. No pueden salir a la calle mientras estén en ese estado. Después, cuando se les pase, ni se acordarán de usted. Y si se acuerdan, no creo que le guarden rencor. Allí les enseñan a perdonar.

El obispo se fue casi escapándose sin aclararme nada. Sólo me dejó sospechas de cosas oscuras que aumentaron mi temor y mi incertidumbre.

Estuve una semana internado y regresé a mi vida solitaria en mi casa suburbana.

Cuando se curaron mis costillas y las graves lesiones en la entrepierna, pude volver a mi vida normal. Pero durante un tiempo dejé de viajar seguido en ómnibus. Solía encerrarme en casa y mirar televisión. Y las pocas veces que subía a un transporte público, miraba que no hubiera ninguna monja entre el pasaje. Ya no podía distraerme como antes en mis pensamientos futuristas y me mantenía alerta durante todo el viaje.

En el obispado no me quisieron recibir nunca y nadie me explicó lo que pasó. Mi abogado rechazó el arreglo que le propusieron e inició una demanda millonaria que seguramente demorará años. También me dijo que a las monjas las sobreseyeron luego de una reunión reservada entre el juez, el obispo y la madre superiora de las monjas.

Mi vida cambió por completo, pero con el tiempo dejé de pensar en aquel penoso incidente y todo volvió a ser casi normal.

Hasta que un día, al doblar la esquina de mi casa para llegar a la parada del ómnibus, me las encontré frente a mí. Las dos monjas estaban allí, inmóviles, como esperándome.

Di media vuelta y me volví a mi casa. Ellas no me siguieron.

Desde entonces, cada tanto me las encuentro en algún lugar, incluso las he visto dentro de mi casa, y hasta sentadas en el consultorio de mi dentista; siempre muy juntas, inanimadas, como dos figuras de cera cuyos inexpresivos ojos de vidrio me miran fijamente. Pero aprendí un truco que me devolvió la tranquilidad: cuando las veo, cierro los ojos y al volver a abrirlos, las dos monjas ya han desaparecido.

Lo que no desaparece en ningún momento de mi vida, lo que me inquieta día y noche sin darme un minuto de paz, es esa sospecha punzante acerca de mi pasado, un pasado completamente brumoso que se ha borrado hace años de mi memoria.

 

© 2026 – Enrique Arenz
Prohibida su reproducción por todos los medios

 

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