Las dos monjas

Salí de casa y caminé hasta la parada del autobús.
Nada fuera de lo común. Subirse a un transporte público y hacer un corto y placentero viaje hasta el centro de la ciudad, es, para un viejo viudo como yo, la cosa más normal del mundo.
Era media mañana, poca gente en el vehículo, dos señoras de edad, una madre con su hijo pequeño y un par de monjitas en el fondo.
Me acomodé en el primer asiento, como hago siempre, y me abstraje de todo lo que me rodeaba para dejar vagar mis pensamientos por imaginarios mundos futuros que no llegaré a ver.
No sé cuánto tiempo habrá pasado hasta que escuché los primeros gritos. Me di vuelta sobresaltado y vi que las monjas del último asiento se estaban peleando. Gritaban, se arañaban, se propinaban golpes con las manos y se insultaban con palabras impropias de dos religiosas.
El chofer detuvo el autobús asombrado por el insólito episodio y se quedó mirando el espectáculo por el espejo frontal sin saber qué hacer.
—¡Hija de puta, traidora! —gritaba una.
—¡A mí no me vas a insultar, la puta que te parió! —le contestaba la otra.
Eran dos religiosas jóvenes que no pasaban de los veintitrés años, quizás un poco más, ni feas ni lindas, como suelen ser todas las monjas. En la riña, cada una le arrancó a la otra, entre sendos manotazos, el velo y el griñón blanco. Quedaron al descubierto dos cabelleras desordenadas y opacas, una castaña, lacia, y otra renegrida, muy enrulada. ¿Pelearán por un hombre?, pensé con una lógica (lo reconozco) muy machista. Tal vez por el cura que las confiesa, me dije como haciéndome un chiste irrespetuoso. Entretanto, el chofer y los pocos pasajeros seguían inmóviles viendo cómo se abofeteaban, se insultaban y se arrancaban girones de sus hábitos con las uñas y los puños crispados. Los insultos se alternaban con gritos, puñetazos y palabras inentendibles.
—Chofer, ¿por qué se detiene? —preguntó una mujer mayor, impaciente porque tenía que llegar no sé a qué lugar.
—Es que… —tartamudeó el conductor—, tendríamos que separarlas… ¡se están matando!
Yo, que siempre me meto en donde no me llaman, me levanté de mi asiento y me acerqué a las dos mujeres. Eran menuditas y pensé que podría hacerlas entrar en razón, e incluso, si fuera necesario, separarlas con mis manos.
—Hermanas, hermanas, por favor, dejen de pelear —les dije con tono paternal.
Interrumpieron su reyerta como si mi voz les hubiera resultado familiar. Giraron sus cabezas sin mover los cuerpos repentinamente inmóviles. Me miraron, primero con sorpresa, y después con un destello de odio que me estremeció. Nunca podré olvidar esos ojos demenciales.
Fueron unos pocos segundos de silencio en los que presentí un suceso aterrador. El pánico me paralizó. Mi instinto de supervivencia me dijo: ¡Rajá de acá, Alberto, rajate ya! Demasiado tarde, las dos se me abalanzaron como fieras rabiosas y me tiraron al piso del vehículo. No recuerdo más nada porque me golpee la cabeza y perdí el conocimiento.
Me desperté en el hospital luego de una conmoción cerebral que me mantuvo en coma durante dos días, con golpes, magullones, dos costillas fracturadas y un hematoma subdural por el golpe en la cabeza.
Mi hija, mis dos nietos y el único de mis amigos que me queda con vida, estaban consternados. Los testigo declararon que las dos monjas me golpearon y me patearon estando inconsciente, que nadie se atrevió ni a acercarse y que sólo atinaron a llamar al 911. Fue la policía la que me las sacó de encima con un gran esfuerzo por la resistencia colérica de las dos mujeres. Finalmente pudieron esposarlas y llevárselas detenidas.
Debí soportar una operación para drenar el hematoma, además de las múltiples y dolorosas curaciones de todos los arañazos profundos que me dejaron en la cara, el cuello en el pecho y en la zona genital. Sí, en la zona genital, porque dicen que las monjas me bajaron los pantalones y la emprendieron con mi pobre pene jubilado que quedó arañado, desgarrado y cubierto de moretones. Por semanas tuve esa parte vendada, con un catéter para orinar.
Pero lo peor de esos días en el hospital fue la angustia que me provocaba no saber qué había pasado, cuál había sido la causa de ese ataque tan violento e injustificado. Yo sólo me acerqué a ellas para pedirles amablemente que dejaran de pelear. ¿Cómo pudieron ser tan salvajes dos menudas monjitas contra un hombre mayor que sólo quiso evitar que se lastimaran?
Un motivo adicional para atemorizarme fue lo que me había advertido el chofer del autobús cuando vino a verme al hospital: «Tenga cuidado, don, porque esas dos locas, cuando se las llevaban esposadas, gritaban que no habían terminado con usted y que lo iban a matar.»
El inaudito episodio tomó estado público y fue muy comentado por los medios y redes sociales. Todos se preguntaban qué les habría hecho yo para que reaccionaran así. ¿Por qué presuponían que yo les había hecho algo? Las redes sociales fueron impiadosas: algunos dijeron que yo era un anticlerical fanático que insultó a las pobres monjas por el solo hecho de llevar un hábito y un crucifijo, otros opinaron que las acosé y me burlé de ellas, y hasta hubo quienes conjeturaron posibles hechos irresueltos de tiempos pasados, cuando ellas eran niñas. Sufrí mucho con todas esas habladurías injustas. Tan grande fue el escándalo que hasta el propio obispo de la ciudad vino a verme al hospital.
—Don Alberto, en nombre de la Iglesia tengo que pedirle disculpas por la conducta de estas dos religiosas.
—Monseñor, no necesita disculparse. Sólo quiero una explicación razonable de lo que pasó.
El prelado titubeó.
—Es que… usted intentó separarlas cuando ellas estaban atravesando una de esas crisis…
—¿Crisis…?
—Eh…, vea, las religiosas de esa orden tienen momentos de éxtasis que las libera de recuerdos atormentadores. Pero cuando salen de ese estado espiritual suelen entrar en crisis de fe que las vuelve transitoriamente vengativas y violentas.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Es que todas ellas han sido rescatadas de situaciones muy atroces… Tal vez lo confundieron con otra persona, no sé… Déjeme que averigüe bien lo que pasó. La Iglesia va a asumir su responsabilidad. ¿Usted va a iniciar una demanda legal?
—No he pensado en eso, todavía.
—No se preocupe, la Iglesia lo va a indemnizar. Tenemos un seguro para estos casos desdichados que muy raramente se escapan de nuestro muy severo control. Si nos manda a su abogado podremos llegar a un acuerdo.
Yo todavía estaba muy mal y muy confundido. No insistí en que me explicara lo que aún no tenía respuesta. Sólo le pregunté impulsado por el miedo:
—¿Dónde están ellas ahora?
—El juez las dejó en libertad condicional bajo la responsabilidad de la orden a la que pertenecen.
—¡Pero me amenazaron!¡Dijeron que me iban a matar!
—No se preocupe, están bajo vigilancia de la orden. No pueden salir a la calle mientras se encuentren es ese estado. Después, cuando se les pase, ni se acordarán de usted. Y si se acuerdan, no creo que le guarden rencor. Allí les enseñan a perdonar…
—¿Perdonar? ¿Qué me tienen que perdonar si el agredido fui yo?
El obispo miró su reloj, hizo un gesto de sobresalto por la hora, me extendió su mano y se fue casi como escapándose, sin aclararme nada. Sólo me dejó sospechas de cosas oscuras que aumentaron mi temor y mi incertidumbre.
Estuve una semana más internado y regresé a mi casa suburbana.
Cuando se curaron mis costillas y me recuperé de las severas lesiones en la entrepierna, intenté volver a mi vida habitual. Pero eso ya no iba a ser posible. Durante un tiempo dejé de viajar en transporte público. Solía encerrarme en casa y mirar televisión. Y las pocas veces que debí subir a un autobús, miré primero que no hubiera ninguna monja entre el pasaje. Ya no podía distraerme en mis pensamientos futuristas y me mantenía en incómoda alerta durante todo el viaje.
Fui al obispado dos veces en busca de explicaciones pero no me quisieron atender. Nadie me aclaró nunca lo que pasó aquella mañana. Mi abogado rechazó el arreglo que le propusieron e inició una demanda millonaria que seguramente demorará años. También me dijo que a las monjas las declararon inimputables luego de una reunión reservada entre el juez, el obispo y la madre superiora del convento al que pertenecían. «Mejor no nos metamos con la Iglesia», me aconsejó el letrado, «ocupémonos del resarcimiento económico».
Con el tiempo, dejé de pensar en aquel penoso incidente y todo pareció volver a ser casi normal.
Hasta que un día, al doblar la esquina de mi casa para llegar a la parada del autobús, me las encontré frente a mí. Las dos estaban inmóviles, esperándome.
Di media vuelta y me volví a mi casa. Las monjas no me siguieron.
Desde entonces, cada tanto me las encuentro en algún lugar, incluso las he visto dentro de mi casa, y hasta sentadas en el consultorio de mi dentista; siempre muy juntas, inanimadas, como dos figuras de cera cuyos inexpresivos ojos de vidrio me miran fijamente. Sin duda se trata de alucinaciones que genera mi mente perturbada. Ahora uso un truco muy efectivo: cuando las veo, cierro los ojos, y al abrirlos, las dos monjas ya han desaparecido.
Lo que no desaparece en ningún momento de mi vida, lo que me inquieta día y noche sin darme un minuto de paz, es esa sospecha punzante acerca de mi pasado, un pasado brumoso en el que nunca pensaba porque desde hace décadas se ha borrado de mi declinante memoria.
© 2026 – Enrique Arenz
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