La muerte de un sacerdote

Todos bromeamos con la muerte, pero le tenemos mucho miedo cuando se trata de la que nos va a llevar a nosotros. Aun los que somos creyentes nos preguntamos cada tanto: ¿Y si no hay nada? ¿Y si lo de un mundo mejor es una gran fábula y una vez muertos desaparecemos bajo un manto de olvido y oscuridad perpetuos?
Borges decía que una vida incorpórea y eterna sería insoportable, y que él esperaba que con su muerte todo terminara en la nada absoluta. Opinión de Borges. Yo soy creyente y, a pesar de mis ocasionales y a veces persistentes dudas, creo (quiero creer, ¡necesito creer!) en una maravillosa vida junto al Creador. Pero, por si acaso, procuro adaptarme a una alternativa tranquilizante: si resultara que no hay nada más allá de la muerte, no ha de ser tan malo desaparecer material y espiritualmente, simplemente dejar de ser, de existir. Si ni siquiera nos daríamos cuenta, ¿cuál sería el problema?
Pero sí, hay un problema, y ese problema existe ahora, mientras estamos vivos. Nos estremece la idea de que nuestra personalidad, nuestra historia, nuestra memoria, tan rica en experiencias y acontecimientos buenos y malos, nuestras individualidad única e irrepetible, ese maravilloso «yo» pensante que nos distingue de los demás, desaparezcan así como así, sin que quede nada, sin que podamos tener conciencia de lo que fuimos ¡que dejemos de recordar!
Para ser un sacerdote de la Iglesia Católica que ingresó muy joven al seminario con una gran fe y vocación religiosa, tener estos pensamientos a mi edad no sólo me avergüenza sino que a veces me paraliza de miedo.
Ya tengo sesenta años y un inesperado problema de salud. Casi a diario, asisto a enfermos terminales a quienes administro los oleos sacramentales. Hablo con ellos, cumplo mi trabajo de aquietar sus temores e infundirles esperanzas en lo que les espera cuando Dios decida llevarlos. A veces permanezco a su lado y les tomo la mano cuando se esfuerzan por respirar una vez más y el corazón se les detiene. Es mi apostolado, creo que lo hago bien, y me satisface mucho ver que logro en muchos casos convencerlos y serenarlos en sus últimos momentos.
Pero cada una de estas experiencias humanitarias me hunde más en esta duda: ¿les he mentido involuntariamente a esos pobres moribundos, aunque me reconforte haberles quitado el temor y fortalecido su fe? Duda que me afecta sólo a mí, no a ellos.
Y esa es mi vida normal. Predicar los evangelios, celebrar la Eucaristía en las misas que presido, dar clases de catecismo en la escuela parroquial y llevar el consuelo a los moribundos que claman la asistencia de un sacerdote.
Otro escritor, Antón Chéjov, le hace decir a uno de sus personajes: «La muerte es imprescindible e inminente. Pero a pesar de todo es una idea que la naturaleza repele». Y tiene razón, la humanidad se la ha pasado rechazando y temiendo a la muerte como si fuera posible evitarla. Nacemos y ya estamos muriendo. Veo al gato de mi parroquia dormir todo el día despreocupado y feliz. Lo envidio. Él no sabe que la vida se le terminará en unos pocos años, por eso no lo inquieta dilapidarla durmiendo. Los animales se sienten inmortales, nosotros en cambio sabemos que tenemos un final y que ese final está a la vuelta de la esquina.
Yo suelo oficiar misas tridentinas para mí en un pequeño altar lateral de mi parroquia. Soy el celebrante y el fiel al mismo tiempo. Primero me confieso con alguno de los curas amigos; después, cuando el templo permanece cerrado y a oscuras, oficio la misa a la luz de unas pocas velas, consagro y comulgo. En ese silencio, le pido a Dios que no me deje dudar, que aleje de mi corazón ese temor por la muerte, para no sentirme un farsante cuando acompaño a un enfermo terminal.
A veces, mi fe sale fortalecida de esas solitarias ceremonias. Otras, no. Desde que me diagnosticaron un cáncer de páncreas muy avanzado, mi miedo a una inexorable muerte cercana se ha transformado en terror. Mi naturaleza, como diría Chéjov, rechaza esa idea de morir, aunque morir sea el destino natural e inevitable de todos nosotros. Y no es porque tengo sólo sesenta años, una edad que hoy se considera temprana. Muchos de los enfermos que he asistido tenían noventa años o más, y estaban tan asustados como lo estoy yo ahora, como si no hubieran tenido una larga vida de la que ya podrían despedirse sin drama, cansados de sus dolorosos achaques y hasta aliviados por dejar de una vez esa penosa y progresiva decrepitud mental y corporal. Pero no, lejos de eso se aferraban a la vida y hasta me han dicho angustiados: «¡No quiero morir, padre!».
Ahora soy yo el que le reprocha a Dios: «¿Por qué me quitás la vida cuando todavía soy joven y tengo tanto por hacer?».
Y aunque ustedes no lo crean, en esos momentos de profundo desaliento espero ver una señal de Jesús dándome el mismo consuelo que yo les doy a mis amados hijos en agonía. Pero no pasa nada, ninguna voz, ninguna luz que me diga que mi Señor Jesucristo está cerca de mí para asistirme y, quizás, darme el regalo de una cura milagrosa o, al menos, de algunos años más de vida.
Es entonces cuando pienso que no he sido digno de Él. Mis pecados tal vez lo han ofendido tanto que a pesar de las absoluciones que he recibido de otros sacerdotes, Jesús no me ha perdonado ni está dispuesto a hacerlo.
Si es así, no sólo tendré que afrontar la muerte sino la incertidumbre de lo que venga después: por un lado, la terrible nada, esa ausencia de todo tan espantosa para los que estamos con vida y sospechamos que vamos hacia allí; y por el otro, el posible castigo divino que quizás me espera, si acaso lo que enseña mi religión fuera verdadero: ¡el Infierno!
Los curas no sabemos mucho acerca del Infierno. Algunos de nosotros ni siquiera creemos que exista. Pero sabemos que Dios nos juzgará a todos, premiará a los buenos y castigará a los malos.
Un pastor evangélico, amigo mío, me dijo una vez que ellos están libres de esas incertidumbres. «Todo evangélico está seguro de que su destino es el cielo». Pero me reconoció: «Lo único que nos asedia también a nosotros es la duda, la declinación de la fe. De eso no se salvan ni siquiera los más fanáticos».
Todos somos pecadores. Yo lo he sido, pero no creo que mis pecados fueran tan graves como para no ser perdonados. Qué curioso, las personas que no creen, mueren espantados ante la idea de desaparecer material y espiritualmente. Pero también los que creen le temen a la muerte y temen por las consecuencias de tener que pagar lo que hicieron en sus vidas. Por eso los sacerdotes que asistimos a los moribundos somos enfáticos al decirles que sus pecados han sido perdonados.
Mientras he estado escribiendo estas reflexiones transcurrieron dos meses. Mi enfermedad avanzó imperturbable. Me negué a cualquier tratamiento agresivo y sólo acepté cuidados paliativos. Ahora estoy internado muy debilitado pero sin fuertes dolores gracias a los calmantes que me administra mi médico amigo. Me ha dicho que en cualquier momento voy a entrar en coma y ya no sentiré nada hasta que me llegue la hora. Mi párroco y otros sacerdotes me visitan a diario y me confortan como pueden. Me dicen las mismas cosas que yo les decía a las personas que asistía, y yo les contesto con mal fingido sentido del humor que no creo en nada de eso, que no se esfuercen porque la duda me ha carcomido por completo. Se quedan, pobres, desconcertados y confusos, quizás porque ellos mismos ven que su propia fe flaquea. Nos miramos a los ojos, tomo sus manos y los dos nos ponemos a llorar. Entonces se los digo:
—Tengo miedo. No quiero morir.
No saben qué contestarme. Me abrazan y se van. Luego viene otro y todo se repite.
Mi médico, que como oncólogo ve morir a muchos de sus pacientes todos los días, me dijo algo que yo nunca había escuchado:
—Mirá, todos vamos a morir, más tarde o más temprano. Pero te aseguro que no será algo nuevo para ninguno de nosotros.
—¿Eh…?
—¿Acaso no estuvimos muertos durante milenios antes de nacer? ¿Y quién se acuerda de eso? ¿Vos te acordás de lo que pasó durante la Revolución Francesa, o cuando Cristóbal Colón llegó a las costas de América?
Me tenté de risa porque esa ocurrencia era la primera originalidad que escuchaba acerca de la muerte.
—¿Qué estás diciendo, doc.? Ninguno de nosotros existió antes de nacer.
—¿Y a vos te afectó en algo tu no existencia?
—Por supuesto que no.
—Entonces ¿a qué preocuparse, si vas a volver a estar en la misma situación en la que estuviste toda una eternidad precedente? Nada por acá, nada por allá.
—Me has hecho reír después de tantos días de tristeza, doc. Y te lo agradezco. Pero tenés razón, es infinito el tiempo en el que no estuvimos aquí hasta que alguien nos engendró y nos trajo a este valle de lágrimas (vallis lacrimarum, dice el Salmo 84:6 del Antiguo Testamento). ¿Dios elige qué espermatozoide llega primero al óvulo materno para aportar su carga genética? No lo sabemos, pero si es así, le da vida a uno y descarta millones. ¿Y qué pasa con los otros? ¿Qué pasa con los óvulos sin fertilizar que se van todos los meses a las cloacas? Todo indica que esos potenciales seres humanos que no pudieron ser, seguirán para siempre en la inexistencia. Entonces pensemos que pudimos, tranquilamente, no haber venido nunca, ¿y? A los que hoy vivimos, nada más que porque Dios así lo quiso (o porque una lotería cósmica sacó nuestra bolilla), no nos afectaría en nada volver a ese vacío del que un día salimos para venir a este mundo. Pero, sabés qué pasa, amigo mío, ya estamos acá, y una vez que llegamos ya no queremos irnos.
—Te entiendo. Un autor anónimo escribió una vez esta paradoja: la vida no debería haber empezado / pero ya que empezó, no debería terminar. Pero veo que por fin lo nombraste a Dios, padre. Tardó en aparecer mi amigo el sacerdote. Muy bien, si creés de verdad que Dios te trajo a este mundo, tenés que confiar en que no hizo ese gesto porque sí. Tu personalidad, tu identidad única, tu formación, tu existencia, tus años intensamente vividos no pueden desaparecer por una simple rutina de la naturaleza. Dios te ha dado un alma, y esa alma (que los médicos no podemos encontrar en ninguna parte del cuerpo humano), es inmortal y toma otra forma superior que no conocemos. Yo, mirá vos, no soy muy creyente, pero cuando hablo con alguien que sí ha creído toda su vida, me transformo y hablo de inmortalidad de la manera más natural. La lógica nos dice que algo tan perfecto como un ser humano no puede ser perecedero. Somos alter deus, decían los romanos (otro dios), y los dioses son inevitablemente inmortales.
Mi médico, habituado más que yo a codearse diariamente con la muerte, y posiblemente también él con muchas dudas y miedos encima, me estaba dando una lección de racionalidad en la fe parecida a la de Albert Einstein cuando dijo «Dios no juega a los dados».
¡Claro! Se me abrieron los ojos. Toda la Creación responde a la ley de la renovación: todo nace, todo vive un tiempo, se reproduce y muere. Pero la Creación fue hecha para nosotros, que somos alter deus. ¿Quién podría disfrutar y comprender la belleza y la maravilla de la naturaliza sino nosotros, los seres humanos, los únicos seres vivos racionales y dotados de un alma que siente, ama, planifica su vida y se conmueve ante una puesta de sol? Ese prodigio que somos como seres sensibles y pensantes no fue hecho para desaparecer como un mísero caracol o como un enorme elefante longevo y memorioso pero que no tiene la menor consciencia de su propia existencia. ¡Dios no juega a los dados! La creación del alter deus es la gran obra de Dios, y para hacer posible esa obra maestra que somos nosotros los humanos, Dios debió crear primero el Universo. Ahora me daba cuenta de que somos inmortales, aunque no podamos saber por qué senderos habrá de transitar nuestra alma una vez que se separe de la carne frágil que la sostuvo durante un breve tiempo.
Mi miedo ante lo desconocido siguió, pero ahora he recuperado mi fe y he vuelto a orar con apasionado fervor.
Estoy muy próximo a entrar en coma. Mi médico me ofreció inducírmelo en forma anticipada. Sabe que la decadencia corporal será en unos días más muy ingrata y muy difícil para mí, y trata de evitármela. Lo estoy pensando. Entretanto mandé llamar a un amigo escritor que no está enterado de mi situación. Cuando llegue, pienso entregarle este manuscrito para que lo corrija y lo publique con su nombre.
Termino con una reflexión final: el miedo es una emoción normal, todos le tememos a muchas cosas y eso nos ayuda a sobrevivir. Pero el terror es diferente, es lo que nos paraliza y nos nubla la razón. Yo por suerte salí de mi estado de pánico y ahora sólo siento un miedo soportable, un miedo que incluye la esperanza y la paz. Y una curiosidad muy persistente.
Tal vez mi amigo el escritor no llegue a tiempo. Guardaré este escrito en un sobre cerrado y se lo daré a mi médico para que se lo entregue cuando venga.
Nota del autor: Cuando recibí la noticia de que mi amigo de toda mi vida estaba muy enfermo y quería verme para despedirse, yo me encontraba de viaje en el exterior. Suspendí todos mis compromisos y me volví a Buenos Aires. En Ezeiza tomé un taxi y me dirigí directamente al hospital en el que estaba internado. Ya estaba en coma. Su médico me dio el sobre que contenía el escrito que con unos pocos ajuste he publicado arriba sin mencionar su nombre porque él así lo quiso.
Me fui a mi casa y esperé la noticia de su muerte. Pero empezaron a pasar los días y mi amigo seguía en el mismo estado, y sin ningún soporte vital mecánico. Fui otra vez al hospital y allí me encontré con varios sacerdotes de su parroquia que se turnaban para orar por su alma. Hablé con el oncólogo y me expresó su sorpresa por el tiempo en que permanecía vivo con todos sus signos vitales sin alteración alguna.
Hasta que una mañana me llaman desde el hospital y me dicen que el paciente ha recobrado sorpresivamente su conocimiento y pidió que le sirvieran algo de comer. Fui volando a verlo y allí estaba, sentado en la cama conversando animadamente con su párroco, quien al verme se levantó cortés, me estrechó la mano y se fue para dejarme con el enfermo. Nos abrazamos con mi amigo y, sin atreverme a preguntarle por qué no se había muerto, sólo lo miré extrañado y lo interrogué con la mirada. «No me vas a creer, Enrique, me dijo, pero estando en coma tuve un sueño increíble. Una voz me decía: “No puedo creer que dudaras de mí y te asustaras tanto porque yo quería llevarte. Un tipo tan valioso para mí y en el momento de la verdad se olvida de todo lo que predicó en mi nombre, así que decidí que sigas vivo para confortar a los que deben venir aquí y sobre todo para que dejes de dudar, ¡hombre de poca fe!”. Y me desperté. Pero eso no es nada. Cuando se lo conté, el médico me hizo de inmediato una tomografía y comprobó estupefacto que ¡mi cáncer estaba remitiendo a gran velocidad!».





