LA ESCLAVA
Cuento de Enrique Arenz
A su último novio lo despidió porque era demasiado blando, inseguro y timorato, y a ella siempre le gustaron los hombres más bien recios, muy masculinos, de esos que hacen sentir a una mujer protegida y segura, y que, además, sabe indicarle el camino cuando está desorientadas o se siente frágil.
Romina tenía treinta y dos años y se dedicaba al diseño gráfico. Vivía sola en Mar del Plata en un departamento que heredó de sus padres.
Ya llevaba más de un año sin una relación, y sentía la necesidad de tener un hombre, un hombre de verdad de quien enamorarse, alguien que supiera entenderla, escucharla y compartir sus buenos y malos momentos. Pero por su misma timidez, y a pesar de ser una mujer muy atractiva, no le resultaba fácil encender el calorcito de un nuevo amor entre los hombres que se le acercaban con intenciones de cortejarla.
Por sugerencias de algunas amigas, se suscribió a una plataforma de citas. Subió algunas fotos, describió sus datos relevantes y expresó sus preferencias con respecto a qué tipo de hombre buscaba: de entre treinta y cinco y cuarenta años, de 1,80 de estatura, con cuerpo modelado en gimnasios pero sin musculaturas excesivas, que tuviera un carácter firme pero bondadoso y sensible a la vez, y que quiera mantener una relación informal y libre, sin pretensiones de matrimonio ni, necesariamente, vida en común.
Comenzó a mirar los perfiles de hombres ofrecidos que la plataforma le sugería según sus preferencias. Encontró a varios muy atractivos, con cuerpos hermosos, rostros armónicos y similares pretensiones a las suyas. Uno de ellos, de nombre Gabriel, la atrajo particularmente por su cautivante sonrisa. Era un tipo lindo de cuarenta y un años, morocho, físico trabajado, de ojos claros muy expresivos y mirada dulce, y que se exhibía recostado en la cama sin ropa, con un slip ajustado que revelaba atractivas cualidades. Era divorciado, trabajaba como agente inmobiliario y vivía solo en una casa en el barrio Parque Luro.
Sin pensarlo demasiado, se puso en contacto con él siguiendo los procedimientos indicados por la plataforma.
En resumen: le gustó el sujeto, intercambiaron mensajes y algunas fotos. Las conversaciones giraron más que nada sobre el sexo, los gustos de ambos y sus predilecciones. Entonces él le pidió una foto de ella desnuda. Romina, divertida, se tomó esa fotografía recostada en la cama y se la mandó. Él le respondió que estaba encantado con su hermoso cuerpo, y le anticipó que como las fotos de él semidesnudo ya estaban en el sitio, le haría llegar sólo lo que faltaba. Y le apareció en la pantalla de su PC un sorpresivo primer plano de sus genitales en estado de máximo vigor. Romina se asustó al ver esa foto tan atrevida, pero como no quiso parecer mojigata, y lo que vio le pareció superinteresante, le escribió un «Ja, ja, eso es algo muy bueno. Lo compro.»
En pocos días tuvieron su primera cita en una confitería céntrica.
A Romina el tipo le encantó, y él quedó deslumbrado con ella.
Fueron otra noche a cenar, y después, ella aceptó sin remilgos que él la llevara en su auto a su casa de Parque Luro, un chalé casi escondido rodeado de árboles y arbustos.
Todo comenzó bien con los primeros besos y caricias. El preámbulo no duró mucho porque había urgencias por ambas partes. Él se subió arriba de ella, que, ardiendo de deseos largamente postergados, lo abrazó y se dispuso a disfrutar de su primera relación en mucho tiempo. Pero enseguida sintió un pinchazo en el hombro izquierdo y perdió el conocimiento.
Cuando despertó, completamente desnuda y cubierta con una sábana y un cobertor, no sabía dónde estaba ni que era lo que había pasado. Lo primero que observó fue que estaba en una habitación de tres por tres, sin ventana y con un ventiluz muy chico a la altura del cielorraso, un baño, un escritorio, una silla y un placar. Había un televisor de 40 pulgadas colgado en una pared frente a la cama, encendido aunque sin voz, y sobre la silla estaba su ropa y su cartera. Se vistió a toda velocidad para irse de allí cuanto antes. Cuando quiso abrir la puerta descubrió que estaba cerrada con llave. Golpeó y gritó pidiendo que le abrieran, pero nadie apareció.
Con una fuerte opresión en el pecho tomó conciencia de que se encontraba secuestrada por el tipo con quién pasó una noche confusa de la que no recordaba nada, salvo los primeros momentos. Desesperada, buscó su teléfono en su cartera, pero había desaparecido. ¡Estaba privada de la libertad e incomunicada!
Quedó paralizada sin saber qué hacer. La habitación sin ventana la hizo sentir sofocada y mareada. Estaba aterrorizada. ¿Cómo pude ser tan imprudente de confiar en este desconocido y venir a esta casa? Además de asustada se sentía muy estúpida.
Se sentó en la cama con fuertes palpitaciones y un sudor frío que le corría por la espalda. No podía pensar, pero la intuición le dijo que tenía que calmarse si quería salir de allí.
El sonido de una llave en la cerradura la hizo pararse de un salto. La puerta se abrió y entró Gabriel con su encantadora sonrisa, tan encantadora que por un momento Romina se tranquilizó porque imaginó que todo se trataba de una pésima broma y que el muchacho venía a reírse con ella de su humorada. Un chiste así no se hace, se dijo confundida, sólo a un imbécil puede ocurrírsele. Por un segundo se le pasó el miedo y sintió una fuerte indignación. Pero sólo fue un segundo. Supo que esa sonrisa tan agradable la había engañado una vez más cuando Gabriel cerró la puerta con llave y se guardó el llavero en el bolsillo. Luego se sentó tranquilamente en la silla y se quedó mirándola sonriente unos segundos. Llevaba una remera ajustada que resaltaba sus pectorales y sus fuertes brazos y un slip de los que se fabrican para el ostentación masculina. Entonces habló:
—Buenos días, Romina.
—¿Por qué me encerraste? Quiero irme ya mismo.
—Romina, calmate, ahora me pertenecés, sos de mi propiedad. Me gustó poseerte anoche, sobre todo después de que te dormí con una inyección y parecías como muertita. Terminé enseguida, ah, cómo me gustaste así dormidita y tan sumisa. No quedó un centímetro de tu piel sin que la oliera y besara extasiado. No te preocupes, no me saqué el preservativo que vos misma me habías puesto unos minutos antes. Y después te tomé dos veces más, también con preservativo. En eso soy muy cuidadoso y confiable. Tu cuerpo es maravilloso, sos casi perfecta. Vengo probando varias mujeres, pero ninguna me gustó. Por suerte te encontré a vos en la aplicación. Y resultaste ser justo lo que yo necesitaba.
—¿Por qué me hiciste esto? Me drogaste, abusaste de mí y ahora me tenés encerrada. ¿Por qué, Gabriel, si estábamos iniciando una relación normal?
—Es que yo no soy normal, divina Romi —su sonrisa seguía siendo agraciada y sus ojos tenían la misma expresión tierna y cariñosa que la había atraído—. Yo necesito una esclava sexual que esté a mi disposición a cualquier hora. Eso sí, debés estar inconsciente cada vez que me acueste con vos porque me encantan ver mujeres bellas que luzcan como muertas y yo pueda disfrutarlas como quiero sin que ellas participen.
—Sos un enfermo, Gabriel. Estás cometiendo un delito tras otro, cuál más repugnante. Te exijo que me dejes en libertad ahora mismo. No te voy a denunciar, quedaremos en paz y todo será olvidado.
—Romina, sería mejor para los dos que aceptes que ya no sos una mujer libre. Ahora me pertenecés, y si cooperás no la vas a pasar tan mal. Tengo que encerrarte en esta habitación para que no se te ocurra la loca idea de escaparte, pero cuando yo esté en la casa podrás pasar a la cocina, cocinar conmigo si querés y comer juntos. Podés ver televisión. Tendrás conexión con Netflix, calefacción y agua caliente en ese bañito. Quiero, eso sí, que te bañes todos los días y te maquilles para mí. Te voy a comprar toda la ropa que me pidas, alguna lencería para excitarme, tendrás sábanas limpias para cambiar cuando haga falta, y en ese ropero vas a encontrar muchas prendas de tu talle.
—Pero…vos estás reloco. No podés estar hablando en serio.
Gabriel no perdía su dulzura y siempre con esa sonrisa que podría desarmar las defensas de cualquier mujer que no estuviera en la situación de Romina. Pero lo curioso es que hasta ella tenía por momentos la sensación de que era un hombre al que podría convencer de que tuvieran una relación normal.
—Gabriel, por favor, escuchame. Podemos seguir juntos si querés, pero me tenés que dejar en libertad… por favor.
La sonrisa de Gabriel se borró en el acto y sus ojos destellaron con el brillo aterrador del monstruo que llevaba dentro.
—¡Basta! —gritó poniéndose de pie. Romina se sobresaltó y retrocedió con el corazón acelerado— ¡No quiero una relación normal, quiero una esclava! Si no lo aceptás y me hacés la vida difícil tendré que golpearte, y si así tampoco lo entendés, te voy a matar.
—¿Ma…matarme? ¿Serías capaz de matarme?
—Ya lo hice con otras, así que te conviene seguirme el juego, aceptar tu destino y no volver a mencionar ni relaciones normales ni que te deje ir. No me irrites porque cuando me enojo pierdo la conciencia de lo que hago. ¿Quedó claro? ¡Contestame carajo!, ¿quedó claro?
Romina supo que ese hombre hablaba en serio y era capaz de cualquier cosa. Era una mujer inteligente que enseguida admitió su estado de indefensión, que no debía contradecirlo y evitar así que se irritara y decidiera maltratarla o eliminarla.
—Sí, Gabriel. No volveré a quejarme.
—Así me gusta, Romi —volvió a sonreír como antes y sus ojos volvieron a mostrarse tiernos y amistosos—. La vas a pasar bien si respetas las reglas y no olvidás que yo soy tu propietario. Por ahora no te dejaré salir de esta pieza hasta que pueda confiar en vos. Ahora voy a traerte tu desayuno. Mientras lo preparo podés darte una ducha y vestirte con algunas de las prendas que encontrarás en ese ropero. Después, sin apuro, me dirás lo que necesitás que te compre y te lo traeré sin importar cuánto cueste.
Dicho esto, Gabriel se acercó a ella para despedirse, la abrazó y la besó en los labios. Ella sintió el abrazo de ese corpachón musculoso que tanto la había atraído, y evaluó qué posibilidades tenía de enfrentarlo físicamente. Absolutamente ninguna.
Gabriel salió de la habitación, cerró la puerta con llave y ella se apresuró a cumplir las primeras órdenes recibidas. Se dio un baño, se maquilló con los elementos que estaban en el botiquín y otros que ella misma llevaba en su cartera, buscó en el ropero algún pantalón o vestido de largo normal, pero sólo había minifaldas cortísimas. Eligió una que mostraba sus piernas hasta la altura de los glúteos.
Cuando Gabriel volvió, traía una bandeja con un abundante desayuno. Le hizo algunos elogios por lo bien que le quedaba la pollerita, y dejó la bandeja sobre el escritorio.
—¿Te gustaría que hagamos el amor después que desayunes? Ese perfume que te pusiste y esa pollerita me han excitado.
Sonó como una invitación cordial, no como una exigencia, pero Romina sabía que era una orden de cumplimiento obligatorio.
—Como quieras, Gabriel.
—Bien, luego vengo. Pero para que veas que no soy un egoísta, voy a prescindir de mis preferencias. Esta vez no voy a dormirte para que también vos puedas disfrutar de mi cuerpo. ¿Qué me decís?
—Que me parece bien. Gracias, Gabriel.
—De nada. Ese va a ser tu premio cuando te portes bien.
Romina sentía un miedo atroz, no tenía nada de hambre y mucho menos de tener sexo con ese animal, pero se dijo que no debía irritarlo y hacerle creer que ella aceptaba lo que él decidiera. Se esforzó en comer algo, bebió el té con leche y el resto lo dejó en la bandeja. Se dispuso a esperar a su esclavizador para satisfacerlo con un comportamiento sexual sumiso y activo.
Cuando Gabriel volvió venía totalmente desnudo. Se acercó a ella y comenzó a desvestirla. Le pidió buenamente que le colocara el preservativo, ella lo hizo con lentitud y suavidad como lo haría una habilidosa prostituta, y hasta le acarició los testículos para que él creyera que ella lo disfrutaba. Cuando los dos estuvieron desnudos en la cama, Romina se dejó hacer y simuló excitarse con sus besos y caricias. Venciendo su repugnancia, acarició sus musculosos brazos fingió un gemido de placer cuando él la penetró. Por suerte para Romina Gabriel no era un tipo de durar mucho, y cuando empezó a acabar ella sólo tuvo que acompañar sus movimientos enérgicos y hacer algunas exclamaciones de acompañamiento.
—Parece que te gustó —comentó Gabriel entre jadeos y suspiros.
—Sí, mucho… gracias, Gabriel.
—No fue nada, te lo merecías. Pero acordate de que no siempre va a ser así. Yo necesito que estés dormida para disfrutarte como a mí me gusta. No te preocupes, te duermo con una pequeña dosis de Haloperidol combinado con clonazepam que no te trae mayores consecuencias, solo que vas a dormir muchas más horas que las normales. Pero acá no vas a tener mucho que hacer, así que dormir va a ser el mejor momento para vos. Salvo cuando quieras el premio —dijo esto y la miró con una sonrisa juguetona que ponía en evidencia que ni dudaba de que ella disfrutaba de sus atenciones, aún en su condición de esclava, como la cosa más natural del mundo.
Gabriel se levantó y le dijo que ahora tenía que salir para atender a varios clientes y que por la noche cenarían en el comedor de la casa. Cerró la puerta con llave y ella oyó el débil sonido de una puerta lejana al cerrarse y el motor de un auto al arrancar.
Romina, en medio de su terror, sólo tenía una idea en la cabeza: buscar la forma de huir de esa casa, y mientras no la encontraba, tener a Gabriel convencido de que ella aceptaba las reglas de su esclavitud y disfrutaba de los premios a la obediencia que él le ofrecía cada tanto.
Examinó la cerradura y se convenció de que se trataba de una puerta blindada de alta seguridad imposible de abrir. Por ese lado no podría escapar nunca. Tal vez cuando me lleve al comedor o a la cocina o a su dormitorio, pensó, encuentre la manera de huir. Entretanto, tengo que mantener la calma y evitar que este loco se enfurezca y me golpee o me mate.
Pasaron los días, las semanas y los meses que hicieron de la vida de Romina un verdadero infierno, pero ella lo ocultaba con eficacia y lograba demostrar que se sentía a gusto con la situación. Su propósito era que él bajara la guardia y se distrajera de su celosa vigilancia.
Pero Gabriel resultó ser un tipo emocionalmente difícil y muy inestable, y aunque ella se esforzara en dejarlo contento, él, por cualquier nimiedad, se ponía colérico y la abofeteaba, a veces con tal fuerza que la dejaba inconsciente. También la castigaba dejándola encerrada dos o tres días en su habitación sin comer y con el televisor desconectado. Cuando la liberaba, Romina se apresuraba a pedirle perdón por haberlo enojado, y le hacía creer, con éxito, que había extrañado mucho sus caricias y besos.
Estando sola en la casa, buscó en los canales de noticias y en las radios de Mar del Plata algún informativo relacionado con su desaparición, pero vio con desaliento que nadie la estaba buscando. Como ella solía viajar seguido por su trabajo, seguramente a ninguno de sus amigos y conocidos le había extrañado su ausencia.
A todo esto, la vida sexual de Gabriel se había vuelto una rutina previsible. Requería el cuerpo de Romina tres días por semana, los lunes, los jueves y los sábados. Ella se dejaba inyectar el Haloperidol casi con beneplácito porque eso al menos le permitía estar ausente de lo que él hiciera con ella. Cuando Gabriel dictaminaba que se había ganado el premio, Romina debía fingir placer y hasta sonreír agradecida. Por suerte, Gabriel no buscaba variantes raras. Se ponía arriba de ella y acababa en menos de un minuto.
Una sola vez le hizo sexo oral porque, le dijo, se había ganado el premio mayor. En ese momento ella, para su propia sorpresa, se excitó de verdad y tuvo un orgasmo inesperado y muy intenso. Romina se alarmó por su debilidad y se sintió muy avergonzada «¿Estaré teniendo el síndrome de Estocolmo?», se preguntó , y se dijo que debía estar alerta ante la posible alteración de su salud mental. Afortunadamente Gabriel no notó ninguna diferencia entre ese orgasmo y los fingidos de siempre. Después él pretendió que ella le retribuyera el favor haciéndole lo mismo. Sonriente, Romina lo hizo acostar de espaldas y acarició sus genitales con mucha suavidad, pero cuando fue a poner la boca sobre su glande, un sorpresivo chorro de semen le salpicó la cara y el pelo. Gabriel se había excitado tanto que eyaculó precozmente. Romina hizo esfuerzos para no reír a carcajadas. Se quedó mirándolo seria, no sabiendo si debía disculparse o quedarse callada. El suceso pareció humillar a Gabriel, que se levantó ofuscado y se fue de la habitación sin decir una palabra. Nunca más propuso el sexo oral como alternativa.
Romina ya conocía casi toda la casa porque cuando Gabriel estaba en ella le permitía deambular libremente, usar el lavarropas y cocinar si ella lo quería. Lo primero que observó era que todas las ventanas tenían rejas y las dos puertas de la casa eran blindadas y permanecían siempre cerradas. Si no podía sacarle el llavero a Gabriel en algún descuido o distracción, era imposible escaparse de allí. Detrás de un cuadro había una caja fuerte empotrada que a veces Gabriel abría en su presencia para sacar dinero. Ella miraba de reojo y una vez pudo entrever su celular de cubierta rosada entre otros objetos guardados en esa caja.
Romina ya llevaba seis meses como esclava sexual de Gabriel y estaba perdiendo las esperanzas de poder huir de aquel siniestro chalé. El fingimiento constante para hacerle creer a su carcelero que aceptaba complacida su sórdido destino, la estaba afectando en lo sicológico. Y era consciente de que estaba perdiendo la cordura porque llegó a pensar hasta en el suicidio. Pero se recobró y se dijo que no podía rendirse hasta ese extremo. Las drogas sedantes que le suministraba con regularidad su secuestrador contribuían a mantenerla relajada. Debía tener paciencia y estar siempre alerta a la menor oportunidad que se le presentara. Ella se consolaba diciéndose que, salvo los ocasionales y muy espaciados premios en los que tenía que simular placer, las noches en que estaba obligada a copular con él permanecía dormida y no sentía nada. El resto del tiempo lo pasaba viendo series en la televisión, leyendo algunos libros que había en la casa y durmiendo interminables siestas por el efecto acumulado de los psicotrópicos. Y cuando no hacía ninguna de esas cosas, pensaba obsesivamente en huir de aquella casa de terror.
Hasta que un día ocurrió lo inesperado.
Romina se había excedido en sus falsas demostraciones de afecto, y Gabriel, repentinamente excitado, quiso tener sexo. Fueron a la habitación de ella, que era el escenario obligado para esas actividades y le explicó que, aunque se lo merecía, esta vez no habría premio porque necesitaba poseerla sin su participación consciente. Cuando le iba a inyectar la droga en el hombro, la jeringa se le cayó de la mano, él se retorció bruscamente y se recostó de costado encorvado y con una expresión de intenso dolor en la cara.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Romina.
—No sé, un dolor en el pecho… de golpe… es un dolor horrible, podría ser un infarto.
—Tendríamos que llamar una ambulancia…
—No…eso… no. Ay, casi no puedo respirar.
—Si es un infarto y no te atienden enseguida vas a morir.
—¡Ay!¡Ay! Bueno, sí, llamá… al SAME…
—Dame tu teléfono Y decime la dirección de esta casa.
—Es… Lambert 940. Tomá mi celular.
—Bueno… quedate recostado tranquilo que ya llamo. Dame las llaves de esta habitación y las de la casa para que pueda abrirles.
Gabriel le dio un llavero con todas las llaves de la casa.
—Tomá, esta es la de acá. Esta otra es de la puerta de entrada. Apurate, llamá… me siento morir. Es el 107.
Romina marcó el número, esperó unos segundos y dijo:
—En calle Lamber 940, un hombre con un fuerte dolor de pecho y dificultades respiratorias. Parece un infarto. Por favor, vengan rápido. Sí, Lamber 940 —. Bajó el teléfono y se dirigió a Gabriel que estaba pálido y con la cara empapada de sudor —Ya está, llegan en cinco minutos, voy a ir abriendo la puerta de calle.
Romina salió de la habitación. Permaneció afuera un instante para respirar y recuperarse de su estado emocional. Cuando volvió, Gabriel estaba padeciendo un dolor insoportable; tomó su ropa y su cartera que tenía siempre apartada y preparada para cuando llegara la ocasión de huir de esa casa, y sin decir nada se dispuso a salir de la habitación.
—Ro… mina —balbuceó Gabriel—, mi teléfono tiene doble bloqueo, con contraseña y huella digital, ¿cómo hiciste para llamar?
—No sé, a lo mejor vos lo habías desbloqueado…
—Puede ser, no recuerdo nada… Esperá, ¡no te vayas!
Sin contestar, ella salió de la habitación y cerró desde afuera la puerta con llave.
Escuchó los lamentos apagados de su secuestrador:
—Romina, ¿por qué cerrás la puerta? ¡Romina! ¡No me dejes encerrado!
Sus gritos se hicieron desgarradores, pero a Romina no se le movió un músculo de la cara.
Sin apuro se vistió, abrió la caja fuerte con la llave que estaba en el llavero de Gabriel, sacó su propio celular y tomó todos los fajos de dinero que su secuestrador tenía guardados. «No los vas a necesitar, dijo en voz alta, es mi compensación por estos meses de horror que me hiciste pasar, hijo de puta». También puso en su cartera el celular de él, donde seguramente había fotos y constancias de sus intercambios en el sitio de citas.
Salió de la casa, cerró la puerta de calle con llave, arrojó el llavero en el primer desagüe pluvial que encontró, fue caminando tranquila hasta una avenida cercana, tomó un taxi y en pocos minutos estaba en su edificio céntrico.
Cuando entró en su departamento, el fuerte olor a encierro le produjo un estremecimiento. Había pasado mucho tiempo, demasiado tiempo en manos de ese demente degenerado que ahora iba a morir solo, en una lenta agonía y encerrado en su propia jaula. Abrió las ventanas, hizo añicos con un martillo el celular de Gabriel, lo tiró en el recipiente de los residuos, y comenzó a llamar a sus amigas.
—Hola, Clarita, ¿cómo estás? Acabo de llegar de un largo viaje de trabajo. ¿Querés que nos encontremos?
©2026 Enrique Arenz
(Prohibida su reproducción por cualquier medio)
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