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LA CASA DE AL LADO

 

1

Me llamo Efraím Rodríguez, tengo cincuenta y dos años, soy viudo y me gano la vida como vendedor de un comercio mayorista. Vivo solo (no tengo hijos ni familiares) en una casa muy vieja que heredé de mis padres en la calle Honduras al 4800, en Buenos Aires.

En esa cuadra hay muchos pequeños comercios y casas muy antiguas, pero justo al lado de la mía siempre existió una vi­vienda vacía de dos pisos, muy grande, y tan deteriorada que da miedo pasar bajos sus balcones. Nunca supimos de quién era esa propiedad ni por qué causas había permanecido deshabitada durante décadas. Posiblemente se tratara de una de esas sucesiones que se hacen interminables por desavenencias entre los herederos, o, tal vez, sucedió que al morir sus propietarios (antes de nacer yo) la casa quedó sin dueño y abandonada durante más de cincuenta años.

La cuestión es que nunca en mi vida vi el menor movimiento en esa caseron. Hasta que, hace poco, una noche en que yo regresaba a casa a las tres de la mañana por haber ido a una fiesta de casamiento, me sobresalté al ver que una mujer joven, con la cabeza cubierta por una capucha, introducía la llave en la cerradura casi al mismo tiempo en que yo hacía lo mismo con la mía.

Me quedé paralizado mirándola. Ella giró su cabeza y me miró, también en apariencia sorprendida, pero enseguida abrió la puerta y entró en la casa.

Desconcierto total. Era la primera vez que yo veía ingresar una persona en esa casa. ¿Sería esta mujer una ocupante legal, tal vez una heredera? Pero… ¿a esa hora de la madrugada?

Estuve sin dormir casi toda la noche pensando, preocupado, en ese hecho inesperado, sobre todo por lo inusitado del horario en que se produjo. A la mañana siguiente me crucé a la despensa que está justo frente a mi casa, cuyo propietario se conoce todos los chimentos de la cuadra.

—Buenos días, Hernán.

—Hola, Efraím. ¿De compras tan temprano?

—No, Hernán. Te vengo a contar algo. Anoche, muy tarde, serían las tres y algo, vi a una mujer entrar con su propia llave en la casa vacía.

—No te puedo creer. ¿Anoche, y tan tarde?

—Sí. Curiosamente llegamos los dos al mismo tiempo cada uno a su puerta. Mientras yo abría la mía ella lo hacía con la suya. Se metió y cerró. ¿Vos no oíste nada?

—No vi ni escuché nada, y mirá que yo me he pasado la vida vigilando esa casa para que no se nos metan ocupantes que nos arruinen el barrio.

—Podría ser una heredera legítima o una compradora que tomó posesión de su propiedad.

—¿Pero cómo va a venir a las tres de la mañana? Eso no tiene sentido. De todas maneras, esperemos. Si es la propietaria legal seguro en algún momento va a venir aquí a comprar algo.

—Bueno, Hernán. Cualquier cosa que sepas llamame por teléfono. Mientras tanto, vos que estás todo el día acá, dale una mirada a la casa a ver si en algún momento ves salir a esa mujer.

Me fui a recorrer en mi viejo Ford Fiesta mi lista de clientes,  almorcé en el microcentro y regresé a mi casa a eso de las seis de la tarde. Antes de entrar mi auto en el garaje me crucé hasta la despensa. Hernán no había visto ningún movimiento en la casa abandonada.

Al otro día llamé a mi electricista y le pedí que orientara mi cámara de seguridad, que se activa cuando detecta algún movimiento, hacia la puerta de la casa de al lado. Esa noche me quedé despierto mirando la pantalla desde la cama. Varias veces se encendió cuando algún transeúnte o algún perro callejero pasaron por allí. Hasta que a eso de las tres de la mañana apareció la mujer de la capucha entrando en la casa. Esta vez traía una bolsa negra de consorcio con cosas livianas adentro. Permanecí despierto vien­do una serie televisiva, y a eso de las cinco, se activó otra vez la cámara: la mujer salió de la casa, cerró con doble llave las dos cerraduras y se fue.

Ya no pude dormir más. Me quede pensando desorientado y también, lo admito, muy asustado. ¿Qué hace esta mujer entrando a la casa a las tres de la madrugada y saliendo a las cinco?

Se lo comenté al despensero Hernán y lo vi muy preocupado.

—¿Tendremos que hacer una denuncia? Tal vez esta mujer lleva meses o años haciendo estas visitas que vos descubriste por casualidad. ¿A esas horas, quién la va a ver entrando y saliendo?

—Voy a hacer una cosa, Hernán. Esta noche voy a dejar mi auto en la calle, algo alejado de la casa. Voy a poner el desper­tador a las cuatro y media, me levanto y espero en el auto hasta que la mujer salga. Si sale, la sigo, a ver adónde va a esa hora. Tal vez toma un taxi. Aun así, la sigo para conocer su lugar de destino, porque a alguna parte irá. Después decidimos qué hacer.

A las cinco menos cuarto de la mañana yo estaba agachado en el asiento de mi auto, a diez metros de la casa, esperando que la mujer de la capucha saliera, si es que esa noche había vuelto a entrar.

Acerté. A las 5,10 la vi salir con la misma capucha y caminar rápido en dirección a la calle Gurruchaga. Esta vez se llevaba de la casa una bolsa de consorcio similar a la que le vi la otra noche, llena, como la vez anterior de cosas livianas, tal vez ropa, toallas o algo así. La seguí con el auto desde cierta distancia. Caminó por Gurruchaga hasta el pasaje Coronel Cabrer. Se metió en el pasaje. Entonces estacioné el auto en Gurruchaga y me dispuse a seguirla a pie. Ese pasaje es muy angosto y tiene las fachadas pintadas con distintos motivos, y algunas viviendas están cubiertas con largas hiedras colgantes. Ella se detuvo en una casa baja cuyo frente estaba totalmente pintado con amapolas y golondrinas. Tomé nota de la dirección: Cabrer Nº 3310, y me fui del lugar.


2

 Esa misteriosa mujer me tenía obsesionado. Descuidé mi trabajo y mi salud comenzó a resentirse. Necesitaba tomar contacto con ella, pero no podía hacerlo llamando en la casa del pasaje Cabrer porque eso delataría que la estuve siguiendo. Tampoco me parecía prudente ni correcto encararla a las tres de la mañana cuando ella visitaba la casa abandonada. Decidí que debía esperar la oportunidad para que parezca otro encuentro casual.

Entonces una mañana salí de casa un poco antes de las cinco y me quedé en la puerta con la llave en la mano para simular que estaba saliendo cuando ella apareciera.

Alrededor de las cinco siento que se abre la puerta y ella aparece. (Entre ambas puertas hay una distancia de unos tres me­tros). En ese momento cierro con llave mi puerta y nos volvemos a mirar. Ella muy seria.

—Buenos días —la saludo con un tono cordial.

—Buen día, señor —me responde ella secamente. Y se da vuelta para irse.

—Señora —le digo. Ella se detiene y se vuelve hacia mí. Yo me acerco a ella—, discúlpeme, pero somos vecinos y no nos conocíamos. Mi nombre es Efraím…

—Mucho gusto, señor Efraím, soy Irene. Perdone pero ahora estoy apurada.

—No la entretengo, Irene. Sólo me gustaría hablar con usted cuando pueda. Estoy en casa después de las seis. Si usted quiere, me toca el timbre.

—¿Y para qué quiere que hablemos?

—Sólo para conocernos como vecinos. Y hablar del barrio y los problemas de seguridad que tiene.

Se quedó mirándome largamente. Ahí le vi bien los ojos que eran grandes y de color miel. Parecía una mujer de cuarenta con facciones muy agradables. Finalmente me dijo:

—Cómo no, cualquier día de estos. Ahora le pido que me disculpe.

Y se fue caminando rápido hacia la calle Gurruchaga.

 

Pasó el tiempo y yo traté de volver a concentrarme en mi trabajo, pero no podía olvidarme de la extraña mujer de al lado y me la pasaba pensando en el misterio que la rodeaba.

Una tarde, a eso de las 7, suena el timbre de calle y al abrir me encuentro cara a cara con la mujer de la capucha, aunque casi no la reconocí porque tenía la capucha echada hacia atrás y exhibía una larga cabellera de color castaño claro muy bien cuidada.

—Buenos días, señor Efraím.

—Hola, Irene, gracias por venir. Pase por favor.

Irene entró y la invité a sentarse en un sillón de la sala. Le ofrecí un café pero me sorprendió diciéndome que preferiría un güisqui con hielo, si es que tenía. (Me hizo acordar a mi difunta mujer que tomaba güisqui conmigo todas las noches).

—Sí, como no, ya lo traigo.

Llevé en una bandejita dos vasos con cubitos de hielo y una botella de escocés que reservo para las ocasiones e invitados especiales. Le di su copa y yo me senté con la mía en el sillón de enfrente.

—Por nuestra vecindad —dije sonriente levantando la copa.

Ella se limitó a levantar la suya sin decir una palabra y de inmediato tomó un largo trago. Hablaba poco pero miraba de frente y a los ojos; su mirada era constante e inquisidora.

—Buen güisqui —comentó seria mirando la copa—, es usted un hombre de gustos refinados.

Hice algún comentario de ocasión, pero la seriedad de la mujer y sus pocas palabras me habían dejado tenso e inseguro. Hubo un silencio de por lo menos un minuto, durante el cual ella sólo bebió otro largo trago sin sacarme sus ojos de encima.

Finalmente fue ella la que inició la conversación.

—Señor Efraím. Usted quería que nos conociéramos. Bueno, ya lo hemos hecho.

—Me da mucho gusto conocer a una vecina que no había visto nunca y que encontré de pura casualidad una noche que volví tarde y después una mañana que debí levantarme más temprano que de costumbre.

—Perfecto, aquí me tiene.

—Irene, ¿desde cuándo usted está viviendo en esta casa que yo siempre creí desocupada?

—No estoy viviendo en esa casa.

—Ah… —dije algo confundido—, pero la visita seguido, ¿Usted es la propietaria?

—No, no lo soy. Represento a una asociación civil que es la que compró la casa a los herederos de los antiguos dueños.

—Mire usted, bueno me deja tranquilo que esa casona tenga dueños que la vigilan porque en el barrio siempre tuvimos miedo de que la intrusaran extraños. ¿Piensan refaccionarla, demolerla quizás para construir algo nuevo en el terreno?

—No. Esa casa va a seguir así.

—Ah…

—A la organización que represento no le gusta que se averigüe sobre sus actividades y sus planes.

—No, no, está bien. Sólo me interesaba como vecino, ya que en esta cuadra nos conocemos todos y nos interesamos por lo que suceda en estas casas, todas viejas pero con muy buenas familias.

Irene terminó el vaso de güisqui y se levantó como un resorte.

—Bien —dijo con tono seco (No la había visto sonreír ni una sola vez) —: Creo haber satisfecho su curiosidad. Así que me iré. Gracias por ese buen güisqui que me sirvió.

—Por favor, Irene. Cuando guste, ya sabe en qué horario me puede encontrar aquí. Quiero ofrecerme como vecino para cualquier cosa que pueda necesitar, a cualquier hora del día o de la noche.

—Gracias, señor Efraím, y muy buenas noches.

Me tendió una mano helada e hizo una leve inclinación de cabeza. Yo me apresuré a abrirle la puerta y ella desapareció de mi vista.

La visita de la extraña señora debió durar unos quince o veinte minutos. Me dejó desconcertado, vacilante y más temeroso que antes; si me lo preguntan, no sé por qué. La impresión que me llevé de esa presencia es que ella me visitó para que yo me olvidara de la casa de al lado, obligada por la circunstancia inesperada que la descubriera en dos ocasiones. Además me dejó bien en claro, con pocas pero muy cortantes palabras, que la organización a la que ella representa no le gusta que los demás se entrometan en sus asuntos.

Me tomé otro güisqui y eso me tranquilizó (aunque no era buena idea que yo comenzara a beber otra vez), y me permitió dormir a pesar del intenso estrés que la visita me había provocado.


3

Al día siguiente llamé a mi electricista, que es un tipo muy discreto al que se le puede encargar cualquier trabajo, por extraño y sospechoso que parezca, sin que haga objeciones ni preguntas. Le hice hacer varias cosas: unos cambios en el sistema de vigilancia externa y la instalación de un sistema de escuchas. Primero, le pedí que modificara el enfoque de la cámara de seguridad que tengo en la calle para que captara los movimiento a mayor altura y con un ángulo más cerrado, para que sólo se activara cuando registrara un movimiento muy cercano a la puerta de la casa vecinal y a la altura de las cerraduras. De esa manera, la cámara dejaría de tomar perros callejeros y transeúntes que caminaran por la acera. Al mismo tiempo, le hice instalar una alarma suave para que me despertara cada vez que esa cámara se encendiera porque alguien estaba abriendo la puerta de la casa.

Además le hice instalar micrófonos de alta sensibilidad a todo lo largo de la pared medianera entre mi casa y la casa de al lado, de manera de poder captar sonidos, ruidos o conversaciones que se produjeran dentro de ella. Los red de micrófonos iba desde la sala, pasaba por el comedor, luego por un pasillo, por la cocina y por la una de las habitaciones del fondo de mi casa. En total eran diez micrófonos. La circuitos de esos tramos estaban segmentados de manera que yo pudiera escuchar lo que sucedía dentro de esa casa en sus distintos ambientes sin que se mezclaran los sonidos de cada sector con los de los otros. Como mi casa tiene sólo planta baja, hice colocar, por encima de mi terraza, un par de micrófonos más pegados sobre la medianera de la planta alta de la casa vecina. Una pequeña consola instalada sobre un escritorio en mi dormitorio, y unos auriculares, me permitirían escuchar los sonidos que se produjeran dentro de esa casa e ir cambiando las distintas ubicaciones para tener una audición diferenciada de todos sus ambientes. En resumen, me gasté una fortuna en estos dispositivos y en la mano de obra, y el electricista no me hizo una sola pregunta.

Cuando el trabajo quedó terminado, el electricista se dispuso a probarlo. Encendió la consola, se sentó, se puso los aurículas y fue cambiando la escucha por los distintos sectores. Se quedó un rato concentrado y me dijo:

—En la casa no se oye nada, pero hay como una radio encendida. Está muy débil y lejana, ha de ser de alguna otra casa vecina. Estos micrófonos tienen un altísimo alcance y captan las vibraciones sonoras que se transmiten por las paredes. Escuchá.

Me dio los auriculares. Se oía un murmullo que era propio de distintos sonidos naturales que amplificaban los micrófonos pero nada que revelara la presencia de personas. Sin embargo, tenía razón el electricista, había una música muy lejana que bien podría provenir de cualquier otra casa.

Como no quise que el electricista interpretara torcidamente mi interés en escuchar lo que pasaba en una casa ajena, le expliqué que quería evitar que intrusaran esa vivienda abandonada y por eso me proponía hacer una supervisión sonora de lo que pasara en su interior. El electricista asintió con la cabeza, como la vez pasada, cuando le hice hacer unas muy extrañas modifi­caciones a un electrodoméstico y le dije que era para hacer un experimento. Me explicó cómo debería accionar la consola para cambiar los sectores de escucha, le pagué con una transferencia y lo despedí. Todos mis ahorros se me fueron con ese costoso equipamiento, pero sentía que no podría vivir más en mi casa sin saber qué pasaba en la otra.

Al despensero Hernán no le hice más comentarios sobre el asunto. Un día que fui a comprar unos comestibles me preguntó por la mujer misteriosa y le dije que no la había vuelto a ver. Me llamó la atención que siendo un tipo tan observador (y tan chusma) no hubiera visto entrar y salir a la mujer cuando me visitó en horarios en que la despensa está abierta.


4

Ese día no fui a trabajar. Y no fue ni el primero ni el último de muchos días en que me olvidé de mis obligaciones obsesionado por lo que ocurría en la casa de al lado. Me serví un güisqui, me senté en el escritorio, encendí el equipo y me coloqué los auriculares.

No se oía nada en ninguno de los sectores de la casa. Sólo la música de fondo muy débil que ahora tocaba Verano porteño de Astor Piazzola.

Estuve una hora escuchando sin oír nada, excepto todos los tangos de Piazzola. Entre tango y tango un locutor anunciaba algo que no se podía entender por lo débil de la onda. Me cansé y me fui a la cocina a comer algo. Todavía es temprano, pensé, y parecería que la actividad comienza después de medianoche.

Hice tiempo sin ocuparme de ninguna otra actividad. Ni lavé los platos, ni vi televisión ni me puse a leer. Permanecí sentado en un sillón de la sala con la cabeza dándome vueltas sobre la misma obsesión. «Hay algo en esa casa que es una amenaza para mí. Tengo que saber qué es para poder defenderme».

En un instante en que recuperé mi lucidez, recordé que desde que murió mi mujer en un accidente en la cocina, he tenido algunos pequeños brotes psicóticos y, a veces, ataques de pánico. Sospeché, entonces, que ahora me estaba pasando algo de eso, y me dije que pediría una consulta con mi psiquiatra. Me quedé dormido en el sillón.

Me desperté sobresaltado cuando la alarma de la cámara exterior me anunció que alguien estaba abriendo la puerta de la casa misteriosa. Miré el reloj y vi sorprendido que ya eran las 3,05 de la madrugada. Corrí a mi habitación y alcancé a ver en la pantalla que la misteriosa Irene, con su capucha, estaba entrando en la casa.

Corrí entonces al escritorio, tomé los auriculares y me puse a escuchar. Primero no oí nada, excepto la débil música de fondo, que ahora era una obra clásica, tal vez Juan Sebastián Bach. Pero enseguida oí voces fuertes y claras.

—Irene, necesitamos más comestibles —dijo una voz de hombre que me hizo pegar un salto hasta casi caerme de la silla.

—No puedo traer todo de golpe. Acá traje algo. Tengan paciencia, che —respondió la voz Irene.

—La asamblea está reunida en la planta alta —dijo el hombre.

—Subamos.

Volvió la música de Bach de fondo. Puse el circuito de los micrófonos de la planta alta. Me llevé otro sobresalto cuando escuché el murmullo atenuado de muchas personas reunidas. ¿Cómo es posible que haya personas en esa casa si la única que entra y sale a diario es Irene?

El murmullo se detuvo. Entonces se escuchó la voz de Irene que se estaba dirigiendo a los presentes. Pero no pude entender lo que decía porque aparentemente estaba muy lejos de la medianera, posiblemente en la otra punta de un salón grande y los micrófonos la tomaban deficientemente.

Me quedé escuchando más de una hora. Irene hablaba casi siempre, pero alguno de los presentes a veces la interrumpía para hacer una pregunta o decir algo. Imposible descifrar esas palabras. Era como si esas personas estuvieran todas de espaldas a la medianera y por eso sus voces sonaban muy ahogadas y confusas. Estaban aparentemente en una especie de reunión donde debatían algo.

De repente todos empezaron a hablar juntos, como si recitaran algo, tal vez una oración religiosa, acompasada y enfática, cuyas palabras era imposible distinguir.

Cuando terminaron de recitar, la voz de Irene pronunció una breve frase y a continuación se oyeron sonidos de sillas y murmullo como de gente que se levanta para irse. Miré la hora: eran las cuatro cincuenta, cerca de la hora en que Irene se retiraba.

A los cinco o diez minutos oí la alarma que me indicaba que había movimientos en la puerta de la casa. No me molesté en mirar la pantalla porque ya sabía que era Irene que se estaba retirando.

Las voces que quedaron se fueron amortiguando como si todos se retiraran a sectores más alejados de la medianera, hasta que quedó nuevamente todo en silencio, salvo la música lejana que, ya lo daba por seguro, venía de una radio remota que estaba siempre encendida.

5

Al otro día apagué la consola y la cámara de seguridad de la calle. Tenía que apartarme un poco de ese pensamiento acosador porque notaba que me estaba retorciendo el cerebro.

Pero tampoco fui a trabajar. Hablé con mi psiquiatra y le dije que tenía urgencia por verlo. Me dio un turno para ese mismo día.

Cuando me senté en su consultorio, el Dr. Dalber me preguntó antes que nada si estaba tomando mi medicación. Le dije que sí, pero eso no era cierto, yo me venía sintiendo muy bien y dejé de tomar las pastillas. Cuando me preguntó qué me estaba sucediendo, le conté con lujo de detalles todo lo relacionado con la casa de al lado, la mujer misteriosa y lo que escuchaba a través de la medianera.

—Decime, Efraím. ¿Alguien más escuchó lo mismo que vos?

—No, por el momento no quise que nadie se enterara del peligro que se cierne sobre todos nosotros en el barrio.

Dalber se quedó mirándome sin poder disimular su asombro.

—Efraím, lo que vos decís que pasa en esa casa es demasiado raro. Está abandonada y vacía desde hace medio siglo, sólo viste a una mujer entrando y saliendo a horas inusitadas, esa mujer te visitó y te dio algunas parcas explicaciones, te gastaste todo lo que tenías en un sistema de escuchas a través de las paredes y me decís que por lo que oíste se reúne una especie de asamblea de muchas personas, en apariencia presidida por la misteriosa Irene, y que de pronto todos se pusieron a orar o recitar a coro.

—Sí, eso es lo que escuché. Y estoy muy asustado.

—¿Estás seguro de que no han vuelto tus alucinaciones del pasado?

—Absolutamente. Lo que escuché fue real.

—¿Y por qué me pediste una sesión de urgencia?

—Necesité verte porque me estoy sintiendo muy mal. He dejado de trabajar, mi casa es un desorden total, se me echan a perder los alimentos en mi heladera, me olvido de comer, y he vuelto a tomar alcohol.

—Bueno, si es así veo que me estás mintiendo en una cosa: has dejado de tomar la medicación. Sé sincero si querés que te ayude: ¿es verdad lo que sospecho?

Le admití con vergüenza que sí, pero que había estado muy bien hasta que apareció esa mujer.

—¿Te quedan pastillas?

—No sé qué las hice. Haceme una receta, por favor. Me comprometo a reiniciar mi tratamiento.

—Te voy a agregar un antidepresivo y un ansiolítico. No te olvides que tu trastorno apareció luego de que tu esposa sufrió ese penoso accidente en tu casa.

—Sí, hace cuatro años.

—Sí, sí, me acuerdo. Por eso empezamos tu terapia. Eso que te está pasando ahora demuestra que no has podido elaborar tu duelo. Te propongo reiniciar la terapia en sesiones semanales.

—De acuerdo.

—Te quiero hacer una pregunta: Eso que escuchás a través de las paredes, ¿se puede grabar?

—Supongo que sí. Tendría que preguntarle al electricista. ¿Por…?

—Te propongo algo práctico. Grabá todo lo que pasa en esa casa y tráeme el pendrive para que yo lo escuche.


6

Esa tarde compré los medicamentos y tomé todas las pastillas. Había pensado dejar las escuchas y la grabación para más adelante, pero cuando se hizo de noche tuve una episodio de pánico y decidí hacer lo que me pidió Dalber para librarme cuanto antes de esa pesadilla.

Permanecí despierto esperando que se hicieran las tres de la mañana para empezar a grabar. Mi electricista me había dado instrucciones por teléfono. Sólo tenía que insertar un pendrive en un puerto USB que estaba en la consola y oprimir una tecla que dice «Grabar».

Voy a resumir: escuché todo exactamente como la vez anterior. La llegada de Irene, el tipo que le reclama más alimentos, fueron arriba, el murmullo, silencio y la voz de Irene, la conversación grupal y finalmente la oración acompasada como la de un coro monocorde.

Me sorprendió que todo hubiera ocurrido de la misma manera, pero con una sola diferencia. Al finalizar el recitado del coro, pude descifrar la última frase: «Que se conozca la verdad de ese crimen infame».

Esa frase me aterró. El miedo me envolvió de tal manera que quedé paralizado sin saber qué hacer. Por suerte el ansiolítico me hizo efecto y me quedé dormido. Tuve una pesadilla atroz. En la cocina estaba mi esposa con una procesadora eléctrica entre sus manos, temblando convulsivamente y gritando porque estaba recibiendo una descarga eléctrica. Yo la miraba aterrado sin saber que hacer hasta que ella se desplomó ya sin vida. Me desperté bañado en sudor y me levanté para prepararme un té de tilo. Fui a la cocina y cuando encendí la luz se me paralizó el corazón: allí estaba otra vez mi difunta esposa que me miró llorando y me preguntó angustiada «¿Por qué me hiciste eso, Efraim?». Entonces me desperté de verdad, bañado en sudor y con una angustia insoportable.

A la mañana siguiente lo llamé al psiquiatra y le pedí un turno urgente para esa misma mañana. Me lo dio y nos encontramos a las 10 den su consultorio. Sin decirle ni buen día, le entregué el pendrive. Me senté y el insertó el dispositivo en su computadora de escritorio. Se sentó en su sillón y nos quedamos en silencio esperando el audio de lo grabado. Empezó a escucharse muy débilmente la música de una radio lejana, pero pasaron varios minutos y lo único que se escuchaba era esa música y la voz de un locutor que anunciaba los temas en idioma extranjero. Fuera de esa cortina no se oía nada. Dalber se levantó para examinar su computadora, hizo analizar el pendrive por un antivirus y me dijo:

—Efraím, acá lo único grabado es esa música de fondo. Parece ser una radio lejana porque tengo los parlantes al máximo. Creo que es radio Suiza. Yo suelo escucharla.

—¡No puede ser! Escuché las mismas voces que la vez anterior. Fue todo igual a partir de las 3.

—¿Todo igual? ¿No hubo nada diferente?

—Sólo en una cosa. Al final, el coro termina con una frase que esta vez sí pude descifrar, decía «Que se conozca la verdad de ese crimen infame».

Dalber se quedó pensativo, con el entrecejo fruncido.

—¿Eso escuchaste?

—Sí, y me dio un ataque de pánico que por suerte me duró poco tiempo. Me preocupa que se escuche sólo la música de una radio. Esa música y la voz del locutor siempre estuvieron. La escuchó también el electricista cuando probó el equipo. Según él proviene de alguna radio de otro vecino que se trasmite por las paredes y los micrófonos la captan, aunque muy débilmente.

—Bueno, Efraím, si la música está y ya la habías escuchado desde antes, el equipo funcionó y grabó bien. Pero no hay nada más.

—Eso quiere decir…

—Que lo has imaginado todo, Efraím. Acá está la prueba. No te hagas problema, seguí tomando las pastillas antipsicóticas. En una semana te tienen que hacer efecto. Entonces volvé a escuchar a tus vecinos y después me contás. Ya es la hora, nos vemos el lunes.

Me fui del consultorio más asustado que cuando llegué. Ahora estoy en mi casa pero no me atrevo a entrar en la cocina. No quiero volver a ver a mi esposa electrocutándose con el multiprocesador que hace cuatro años yo le hice modificar a mi electricista.

©2026 Enrique Arenz
(Prohibida su reproducción por cualquier medio)

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