INVASIÓN DEL SILENCIO Y LA OSCURIDAD
Un cuento de Enrique Arenz perteneciente al libro
en proceso de escritura El terror en la vida cotidiana

Era domingo, se levantaron tarde como todos los domingos. Clara preparó el café y las tostadas mientras Martín levantaba las persianas y abría las ventanas del comedor para que entrara el aire tibio de lo que parecía una hermosa mañana primaveral. Vivían allí desde hacía apenas un año, y aún pronunciaban las palabras «nuestra casa» con un amor reverente, casi religioso.
Mientras desayunaban hablaron de cosas simples: el cacto pequeño que había dado una flor inesperada, la mancha de humedad que apareció en la pared del pasillo, una visita pendiente a los padres de ella.
El reloj de la cocina marcaba las diez y doce. Nada parecía fuera de lugar en ese tranquilo y aburrido domingo, igual a cualquier otro domingo.
Ninguno de los dos pudo precisar en qué momento sobrevino el silencio. No fue inmediato ni brusco. Ya antes de terminar el desayuno se habían ido apagando poco a poco los habituales rumores de la calle: algún automóvil que pasa, una puerta que se cierra a lo lejos, voces lejanas de los vecinos, los habituales zureos de las palomas o alguien que corta el césped de su jardín. Fue como un descenso suave de la habitualidad sonora de un barrio tranquilo, como cuando se baja el volumen de una radio hasta dejarla inaudible.
El matrimonio advirtió inicialmente ese cambio, pero no le prestó demasiada atención, hasta que se volvió muy incómodo. Fue cuando ya no se oía ningún sonido proveniente del exterior. Entonces, los dos se miraron extrañados. Martín se levantó de la mesa sin decir nada y se asomó a la ventana que daba a la calle. Todo estaba en su lugar, los arbolitos recién plantados en la vereda, las casas de enfrente, las columnas de alumbrado, pero el silencio era total.
—Qué raro… tan callado todo— comentó.
—¿Escuchaste eso? —preguntó Clara en un susurro que pareció de viva voz por el silencio que ya se había colado por la ventana abierta.
—¿Qué cosa?—pareció gritar él.
—Como un ruido en el pasillo.
Ambos se quedaron inmóviles. Ella observó que la heladera seguía encendida, pero ahora ya no se escuchaba su murmullo, el reloj movía su segundero sin el clásico zumbido. ¿El silencio de la calle estaba invadiendo el interior de la casa?¿Era posible que algo así ocurriera?
Martín instintivamente cerró todas las ventanas y bajó la persiana. Se quedaron los dos mirándose con ese estupor que causa lo desconocido, lo que no tiene explicación. Hasta que un golpe en la puerta del dormitorio los sobresaltó. Raro contraste entre ese silencio invasor y un golpe tan sonoro dentro de la casa.
Golpe seco. Breve. El único sonido, además de sus propias voces que todavía podían escucharse, aunque cada vez más apagadas.
—Yo dejé abierta la ventana del dormitorio para que se ventile. Tal vez se golpeó con el viento…
—No hay nada de viento. Alguien… o algo entró en la casa por esa ventana.
Martín empalideció. Caminó hasta el pasillo con cautela, seguido de cerca por Clara. La puerta del dormitorio estaba cerrada, tal como él la había dejado. Nada se movía.
—No nos preocupemos, debe de haberse caído algo —dijo él, sin convencerse.
—¿Qué es ese olor tan feo? —preguntó Clara.
—Parece como si viniera de la habitación. ¡Puaj, es espantoso! Voy a abrir la puerta.
Cuando giró la manija, descubrió que la puerta estaba trabada desde adentro.
Fue entonces cuando la luz del pasillo comenzó a titilar hasta que se apagó.
El pasillo no quedó a oscuras porque la luz del día lo iluminaba débilmente, pero el silencio era aún más aplastante que unos minutos antes. Era un silencio tan profundo que lastimaba los oídos.
Ahora fueron varios golpes sobre la puerta desde dentro de la habitación. Más fuertes que el anterior, acompañados de algo escalofriante: un roce áspero sobre la hoja, como de uñas arañando la madera lentamente.
Martín quiso hacer otro intento de abrir la puerta, pero no se atrevió.
—¿Quién está ahí?— gritó procurando mostrar un tono enérgico, pero su vos sonó débil y temblorosa.
Clara retrocedió atemorizada, convencida de que algo inevitable, innombrable, estaba ocurriendo en esa casa, algo que quizás (se le ocurrió en ese momento de miedo) siempre había estado allí. Pero no, razonó, el problema es en la ciudad, ¿o acaso era el mundo lo que estaba cambiando?
El tercer golpe fue estruendoso, como de un martillazo.
No era un golpe de alguien que espera que le abran. Parecía más bien un anuncio, una expresión de algo o de alguien que les estaba diciendo «He venido por ustedes».
Martín miró a Clara desconcertado. En los ojos de la joven no encontró interrogantes sino una certeza: la vida tranquila que habían construido no se estaba desmoronando, estaba siendo reemplazada por otra cosa, algo que ya no les pertenecía ni podían comprender.
En ese momento vieron con pavor que la manija de la puerta comenzó a girar.
Huyeron los dos despavoridos, llegaron a la cocina, apagaron una hornalla encendida, y salieron a la calle con lo que tenían puesto. Corrieron por su calle que ahora parecía otra, sin gente ni perros ni pájaros, abrumados por un silencio insoportable que ahora apagaba por completo hasta sus propias voces y el sonido de sus pasos.
Cansados, detuvieron su carrera. La mañana permanecía igual, con un sol cálido y una leve brisa. Hasta que la luz comenzó a irse lentamente. Fue como un repentino crepúsculo a media mañana. Comenzó a anochecer, pero en el cielo no brillaba la luna ni había estrellas. Quedaron los dos paralizados, se tomaron de la mano preguntándose ¿qué está pasando? En segundos, la oscuridad se hizo total.
—¿Qué hacemos? —preguntó ella en un susurro ininteligible.
—No te oigo —contestó Martín, y comprobó con horror que él tampoco pudo oír sus propias palabras.
Sus voces ya no se oían tragadas por ese silencio sepulcral. ¡Ya no podían comunicarse! Clara soltó la mano de Martín aterrorizada, pero enseguida reconoció el error y quiso volver a tomarla para aferrarse a su esposo con los únicos sentidos que aún les respondían, el tacto y el olfato, pero la mano de él no estaba en el lugar donde ella creía que la había dejado, olía sin embargo el aroma de su perfume suave. Él estabas cerca, dio desesperados manotazos en la oscuridad, giró sobre sí misma totalmente desorientada, gritó pero sus gritos no se oían, dejó de percibir su fragancia, lo que le indicaba que se estaban alejando uno del otro, lloró desesperada pero su llanto era ahora una gestualidad invisible y muda, hasta que un fuerte ruido como el que sonó en la puerta del dormitorio le llegó desde pocos metros de distancia, un estruendo capaz de romper ese atroz silencio mientras al mismo tiempo un olor fétido entró en sus fosas nasales, un olor vomitivo que fue creciendo mientras la presencia que lo despedía se iba acercando a ella.
© 2026 Enrique Arenz
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