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Feliz Nochebuena, amor

 


—G
abriel—. Nancy sacudió suavemente el hombro de su esposo dormido.

—¿Eh…? —balbuceó Gabriel soñoliento— ¿Qué pasa?

—Son las 12, ya estamos en diciembre…

—¿Y por eso me despertás?

—Es que estoy angustiada, ¡otra vez Navidad!

—Me lo decís mañana, ahora dejame dormir.

—No, por favor, necesito hablar ahora.

Resignado y paciente, Gabriel se sentó en la cama.

—Está bien, hablemos.

—Escuchame, amor, ni vos ni yo somos creyentes, ¿por qué tenemos que someternos todos los años a esas tradiciones que no sentimos y que a mí tanto me deprimen? Estoy harta, Gabriel.

—Esperá, Nancy no me involucres; es cierto que tampoco soy creyente, pero a mí no me disgusta encontrarme una vez al año con familiares que nunca veo, despedir el año con amigos, y brindar a la medianoche. El problema lo tenés vos.

—Sí, no lo niego…

—Además, ¿cómo podríamos ignorar algo tan universal como la Navidad?

—Ya sé que eso es imposible, sólo pretendo sobrellevarla de una manera diferente.

—Está bien, es tu letanía de todos los años. Y esta vez voy a complacerte: ¿qué querés que hagamos?

—Algo distinto, podríamos viajar.

—¿Se te ocurre algún lugar donde la Navidad no exista?

—No sé, pero irnos de Mar del Plata sería un buen pretexto para eludir esos odiosos convencionalismos —Nancy imita una voz tonta que hace reír a Gabriel—: «Hola, Fulana, ¿qué vas a preparar este año?» «Ah, pero qué rico, ¿qué querés que lleve para acompañar?» ¡Por favor…! ¡Basta!

—Te entiendo, Nancy, nunca tragaste esas ceremonias y parece que llegaste a tu límite, pero no te engañes, adonde vayamos te vas a encontrar con el mismo clima navideño.

—Sí, pero en cualquier otra parte nadie se nos va a ofender si nos vamos a dormir temprano como una noche cualquiera.

—Bueno, yo no quiero que estés mal. Se me ocurre una idea, ¿qué te parece si nos vamos a la estancia de mi amigo Lucio Saavedra?

—¿En Chubut?

—Sí. La casa está ahora vacía porque la familia pasa las Fiestas en San Isidro. La actividad vitivinícola continúa a cargo de Aparicio, el capataz, y será él quien se ocupe de que no nos falte nada. No tengo más que llamar a mi amigo y pedírselo.

—Me gusta; nos iríamos el veinte para volver el dos de enero. Gracias, amor.

 

El veinte de diciembre Nancy y Gabriel fueron recibidos por don Aparicio en el aeropuerto de Trelew. Los llevó en su auto hasta el casco de la estancia y con la ayuda de una mucama los alojó en una espaciosa y bien amueblada habitación para huéspedes en la residencia principal. Para alegría de Nancy, como la casona estaba deshabitada no había a la vista un solo adorno festivo, pero en el sector del personal arreciaban los preparativos, árbol de Navidad y pesebre incluidos.

Nancy observó con algún desdén cómo las muchachas decoraban alegres el comedor de los empleados. Se encogió de hombros y pensó: allá ellos.

 

Los primeros cuatro días fueron paradisíacos para los visitantes. Por las mañanas remaron en la laguna de la estancia y hasta pescaron algunos vadeos y truchas que la cocinera preparó exquisitamente para ellos. En las tardes cabalgaron interminablemente por el bosquecito de coníferas, lejos de la zona de viñedos, donde disfrutaron de los bellos y frescos crepúsculos de la Patagonia.

La tarde del 24, dos peones encendieron el fuego desde temprano para asar un par de corderos patagónicos que serían servidos esa Nochebuena. La cocinera, con dos ayudantes, preparaba desde la mañana varios platos especiales. «Habrá regalos del patrón», comentaban los peones. Tanta agitación y regocijo alteró un poco a Nancy, pero pensó: el campo es tan grande que con sólo salir a cabalgar te olvidás de todo.

Y así lo hicieron al atardecer. Pero ese día el bosquecito no tenía la misma apariencia. El sol del ocaso, semioculto por nubarrones rojizos en el horizonte, apenas lograba filtrar unos rayos declinantes que coloreaban la vegetación de un espectral anaranjado pálido.

—No me gusta hoy este lugar, ¿No lo ves como… raro? —comentó Nancy.

—Sí, parece diferente ¿no? Y demasiado silencioso, tal vez porque no hay nada de viento.

—Sí, ha de ser eso —dijo Nancy, y enseguida cambió de tema—: Pensar que hoy es Nochebuena, ¡cómo zafamos! Me siento tan libre y relajada. Los empleados de la estancia se preparan para festejar. ¿Viste que alborozados están?

—Sí, la gente de campo es muy religiosa. Nosotros en cambio no creemos que justo a la medianoche de un día como hoy, hace dos milenios, haya nacido Jesús, el Hijo de Dios.

—Todo es una leyenda, claro… Una gran mentira. Lo extraño es que un mito semejante haya perdurado tanto tiempo.

—No sólo ha perdurado —reflexionó Gabriel—, lo asombroso es que se renueva con la misma fuerza cada año…  

En ese momento Gabriel vio algo anormal a lo lejos. Le hizo una seña a su compañera y los dos sofrenaron el trotecito para avanzar al paso.

Parecía un bulto grande, pero a medida que se acercaban vieron que se movía. ¿Tal vez un ciervo herido? Al aproximarse lo suficiente descubrieron que no era un animal sino una figura humana, sentada y recostada sobre un árbol.

Gabriel bajó del caballo, le dio las riendas a Nancy y se acercó cauteloso a esa persona que ahora emitía débiles quejidos.

Era una niña de unos quince años, pobremente vestida y con un embarazo muy avanzado.

—Hola —la saludó Gabriel. La niña se sobresaltó—, no te asustes, somos gente de la estancia ¿de dónde sos, chiquita?

—Nos perdimos con mi esposo. Estoy por parir. Él fue a averiguar por dónde debemos retomar nuestro camino.

Cuando Nancy se acercó y vio el estado de la adolescente comprobó alarmada que el alumbramiento era inminente.

—Vos quedate con ella —propuso Gabriel—. ¿Trajiste la manta? Cubrila para que no tome frío y tranquilizala. Voy volando hasta la estancia y traigo algún vehículo para llevarla a un hospital.

Gabriel galopó hasta la casa, le pidió el todoterreno a Aparicio y regresó lo más rápido que pudo.

Para su desconcierto, encontró solamente a Nancy.

—¿Dónde está la chica?

—Se fue.

—¿Cómo que se fue?

—Apenas te alejaste, apareció el esposo. Estaba muy confundido, me dijo que no se explicaba cómo pudieron desviarse de un camino que venían recorriendo, pero que ahora ya tenía claro por dónde debían volver. «Dios sabrá por qué nos trajo hasta aquí», le comentó a su mujer. Traté de convencerlo de llevarla a un hospital, pero me aseguró que adonde iban todo saldría bien. Quise preguntarles muchas cosas, sus nombres, de dónde eran, adónde se dirigían, pero no pude, no me salieron las palabras.

—¿Y…?

—Se despidieron de mí y se fueron.

Gabriel no dijo más nada. Estaba molesto y preocupado. No entendía lo que había sucedido y veía a Nancy pálida y muy alterada. No dudó de que ella estaba siendo reticente, pero prefirió dejarla tranquila hasta volver a la casa.

Ataron el caballo de Nancy al todoterreno y regresaron lentamente a la estancia. Nancy había caído en un ensimismamiento que intranquilizó mucho a Gabriel. Ninguno de los dos habló por largos minutos, hasta que Gabriel, impaciente, detuvo el vehículo y le preguntó a su esposa:

—Nancy, ¿me lo contaste todo…?

Ella no contestó, permaneció inmóvil mirando a la distancia. Él tomó suavemente sus manos y repitió la pregunta con mucha calma. Entonces Nancy lo miró con los ojos muy abiertos y susurró apenas:

—No, Gabriel, no te lo conté todo.

—¿Qué sucedió mientras yo no estuve?

 —El marido vino montado en un burro…

—¿Un burro?

—Si, era el medio con el que viajaban. La embarazada se despidió de mí con un abrazo lleno de ternura y gratitud. Vieras la bondad que había en esos ojos. Entonces me arrodillé y apoyé mi cara sobre su vientre para hacerle un mimo de despedida a su hijo. No puedo explicarte lo que me ocurrió en ese momento… fue como una descarga eléctrica, sentí vértigo, el bosque giró locamente. Aturdida y mareada, vi que el hombre ayudaba a su esposa a sentarse sobre el lomo del burro, luego la abrigó amorosamente con la manta que yo les había regalado y… simplemente desaparecieron.

Gabriel tardó en articular la pregunta que le quemaba la garganta:

—¿Creés que ellos…?

Nancy no dijo una palabra, sólo asintió muy lentamente con la cabeza.

Se miraron en silencio. Los dos vieron desdibujarse el rostro del otro en ondulante cascada. Sus lágrimas se mezclaron cuando se abrazaron y se dijeron por primera vez: «Feliz Nochebuena, amor».

 

 

© Enrique Arenz
Prohibida su reproducción en internet

sin la expresa autorización del autor

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