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El viaje

Romina y Diego venían preparando ese viaje desde hacía semanas. Se proponían ir en su auto nuevo desde Mar del Plata hasta la ciudad de Córdoba.

La noche anterior prepararon el equipaje, se acostaron temprano, hicieron el amor para relajarse y dormirse enseguida, y, a las ocho del día siguiente, ya estaban viajando contentos e ilusionados por la ruta dos.

—Da gusto viajar con un coche nuevo— comentó Diego.

—A mí me encanta el olorcito del tapizado de los cero kilómetros— contestó Romina mientras preparaba el mate.

—¡Nos olvidamos de comprar las medialunas!— exclamó Diego golpeándose la frente.

—No te preocupes, traje galletitas y sánguches de miga.

—Estás en todo, amor. No sé qué haría sin vos.

Ella lo miró con cara de «no-me-vengas-con-eso», y le dio un mate con espumita. Luego abrió un envase de plástico con galletitas dulces y los triples de jamón y queso.

La conversación era ocasional y casi forzada, tanto como para no darle lugar al silencio que lograba casi siempre interponerse entre ellos.

Romina sabía que él desconfiaba de ella, y ella admitía que había sido imprudente con una relación casual reciente; pero también estaba convencida de los deslices amorosos de su apuesto y nunca sexualmente sa­tisfecho marido. Sin embargo, los dos pensaban en pasarla bien en ese viaje, dejar recelos a un lado y, en lo posible, recomponer la relación.

—Aprovechemos para matear en este tramo recto que no tiene casi nada de tránsito —comentó Diego.

 —Desde que salimos que no se ven muchos autos, y hasta ahora vi un solo camión. Es raro que un sábado haya tan poco movimiento en esta ruta.

—Es verdad, ya llevamos una hora andando a velocidad moderada y no nos ha pasado un solo vehículo— dijo Diego mientras le devolvía el mate a su esposa.

—¿Pensaste por dónde tenemos que ir?

—Sí, vamos por esta ruta hasta Buenos Aires, ahí tomamos el acceso a la autopista Buenos Aires-Rosario y desde Rosario tomamos la ruta nacional 9 que nos lleva de Rosario a Córdoba. Si no nos detenemos podemos llegar al hotel a eso de las 7 u 8 de la tarde.

—Pero tendríamos que parar por lo menos para almorzar.

—Sí, estoy de acuerdo. Pero temprano, a eso de las 11,30 en algún restaurant sobre esta ruta, porque después todo se vuelve un despelote.

—Tranqui. Estamos de vacaciones y no tenemos apuro en llegar.

Cuando terminaron de tomar mate, ella encendió la radio, puso música suave y reclinó su asiento para disfrutar del viaje y mirar el paisaje siempre monótono y aburrido de la autovía dos.

—Es un día tan lindo que hasta me hace feliz la vista de los letreros enormes a los costados de la ruta.

—Por lo menos no tenemos que ver los horribles molinos blancos que han arruinado los paisajes de toda Europa.

—¿Te acordás? —dijo entre risas Romina rememorando el viaje por Europa que hicieron dos años antes—. ¡Cómo te disgustaban! A mí no, si es para obtener energía renovable.

—Bah, eso es un verso, pura ideología. Sólo han arruinado paisajes hermosos. Acá también hay algunos, no creas, pero no se ven desde la ruta, por suerte. Sólo jode un poco el parque eólico de Vivoratá, pero ya lo pasamos. ¿Te imaginas lo insoportable que sería esta ruta si además de ver siempre los mismos sembradíos hubiera molinos de esos por todas partes?

El silencio terminó interponiéndose, como siempre. Él, concentrado en el manejo placentero de su silencioso auto nuevo, y ella, dejándose llevar de pensamiento en pensamiento hasta terminar en su obsesión de siempre: quién será esa tal Alejandra que, según sus sospechas y algunos claros indicios, estaría manteniendo una relación paralela con Diego. ¿Andarán todavía juntos? Él niega todo, pero yo sé que se encuentran los sábados por la mañana, cuando él sale del gimnasio. Romina estaba convencida de ese adulterio porque un sábado al mediodía lo esperó, dispuesta a sorprenderlo, con una lencería sugerente para tener sexo con él antes de almorzar, y Diego, tan calentón siempre, tan necesitado de acoplarse en todo momento, ¡se le había achicado! Dijo estar extenuado por los ejercicios de esfuerzo, cosa que nunca pasaba por muy agotado que estuviera: «el sexo ayuda a descansar», argumentaba. Pero esa vez Romina enfrentaba por primera vez esa rareza de que el cansancio superara a la exigente testosterona que circulaba impetuosa por el cuerpo de su esposo. Ella insistió, ¡pobre inocente que fui!, y confiada en su capacidad para calentarlo, lo abrazó, lo besó y lo tocó allí donde siempre había una erección instantánea. ¿Y con qué se encontró? Con un pichulín cansado y miserable, el clásico pene lánguido y diminuto de todo hombre que ha estado usándolo a destajo minutos antes. Pero la sospecha se confirmó esa misma noche, cuando Diego se quedó profundamente dormido ante de que ella llegara a la cama especialmente dispuesta. ¡Y eso que ella le había hecho insinuaciones durante la cena! Romina pensó y repensó en ese momento revelador. Lo escuché dos veces hablar por teléfono como a escondidas, en tono muy bajo, y cortó no bien me vio. Una vez oí el nombre Alejandra. Yo al menos le dije la verdad, le confesé que lo había engañado y le pedí perdón. Pero él a mí me negó todo, y fue por esa mentira cobarde, por la rabia que me dio su falta de reciprocidad, que volví a encontrarme con Andrés. Nos vimos también los sábados, cuando Die­go va al gimnasio y, después, a «cansarse» con su amante. La combinación era perfecta, al menos ninguno de los dos tenía ganas cada sábado. Pero fueron sólo unos pocos encuentros. Yo ya corté definitivamente. No puedo tener una doble vida, y, pese a todo, sigo amando a mi esposo. Andrés es un tipo lindo, amable, me hacía reír mucho, pero Diego es otra cosa, me enamoré de su personalidad, de su buen carácter, de su compañerismo, qué sé yo, tiene tantas virtudes de buena persona que no lo podría cambiar por nadie. Pero me mete los cuernos. Yo también lo hice, pero me arrepentí y se lo dije. ¿Qué derecho tiene él para seguir mintiéndome?



Romina sacudió su cabeza molesta y trató de no pensar en ese ingrato asunto. Ella pensaba plantearle el problema en algún momento de ese viaje con el sano propósito de poder dar vuelta la página, perdonarse mutuamente y seguir con su vida sin resque­mores ni sospechas. Pero había que hablarlo con total sinceridad y decirse toda la verdad. Bueno, toda la verdad menos que ella había vuelto a ver a Andrés. Eso no tenía por qué confesarlo; al fin de cuentas sólo fue una represalia por la falta de honestidad de Diego. Una consecuencia de su conducta. Si él no se entera de esta recaída, mejor para los dos.

 

Diego quiso decirle algo, pero vio que se había quedado dormida. Estaba resentido con su mujer porque sospechaba que había vuelto a encontrarse con ese boludo de Andrés, ex noviecito de ella en la escuela secundaria. Ya la había perdonado una vez, cuando ella se lo confesó entre lágrimas. Yo, en cambio, nunca reconocí haber hecho nada, y ella no tiene, que yo sepa, ninguna prueba de que me encuentro una vez por semana con Alejandra. Esta mina me compensa lo que no tengo en Romina, la excitación de la aventura, la adrenalina de esos encuentros tan pasionales, aunque yo no la cambiaría por ella. Es mi mujer y la amo. No sé de dónde le vienen esas sospechas paranoicas. Mi engaño ha sido muy bien planeado y ocultado, para no causarle sufrimientos. Lo que menos quiero es destruir nuestro matrimonio. No hay una sola razón para que tenga esa idea de que la engaño. A mí, en cambio, ella me confesó sus infidelidades. De los dos, ella es la única cuyo adulterio quedó demostrado. Y yo la perdoné. Pero ahora… ¡ha vuelto a engañarme! No sé qué voy a hacer. Diego sentía la opresión de un rencor y una humillación insoportables que se le iban acumulando. Su pensamiento se fue llenando de resentimiento, como si meses de desconfianza e indignación quisieran explotar en su cerebro. Habían salido de Mar del Plata con alegría, disfrutando del auto nuevo y, sin que ninguno de los dos lo dijera, con la mutua idea de poner un punto final al problema y reconciliarse. La convencería de que para él no había otra mujer que ella. Pero ahora, de pronto, se le llenaba la cabeza de ideas disparatadas, pensaba por momentos en el divorcio, pero se replicaba diciéndose que a lo mejor era lo que ella estaba buscando. Y Diego sabía que no podría vivir sin Romina. Volver a las andadas con Andrés después de que la perdoné tan generosamente, era como tomarme por un dócil cornudo resignado. Eso no se lo voy a permitir.

Impulsivo, entró en el sendero de un restaurante y estacionó en un sector apartado. Romina se despertó sobresaltada.

—¿Qué pasó? ¿Dónde estamos? —preguntó.

—Tenemos que hablar —contestó Diego sin mirarla.

Romina se alarmó al ver el evidente cambio de humor de su esposo. Nunca había visto esa tensión en su rostro. Le dijo que bueno, que lo escuchaba.

—Me estas metiendo los cuernos otra vez —dijo mirándola con odio.

—Pará, Diego, pará, calmate —respondió Romina con vos firme y actitud desafiante—. El que me mete los cuernos a mí sos vos, y desde hace mucho tiempo.

—Eso es mentira. Una idea que se te ha metido en la cabeza. Nunca te engañé.

—Vamos, caradura. Te acostás con Alejandra todos los sábados, cuando salís del gimnasio. Sos un cínico sinvergüenza.

Diego quedó sin palabras. Romina conocía hasta el nombre de la mujer con la que se veía todos los sábados a la mañana. ¿Cómo lo sabe? ¿Me ha estado siguiendo? Por unos segundos permaneció en silencio y Romina supo que había dado en el blanco. Eso la enfureció.

—¿Hasta cuándo pensabas que me ibas a tener como una pelotuda? Lo sé todo, ¿entendés? Y estaba dispuesta a hacer las paces con vos si eras capaz de reconocérmelo. Pero en lugar de ser sincero y mostrarte arrepentido me acusas a mí de ser una adúltera.

Diego seguía mudo sin poder hablar. Ella continuó implacable.

—Sos un hijo de mil putas por lo que me estás haciendo todos los sábados. ¿Cómo te atrevés a decirme que tenemos que hablar y me acusás a mí?

Se quedó callada mirándolo fijo, pero como él no hablaba, ella continuó enardecida:

—Está bien, está bien. Saquémonos las caretas: volví a acostarme con Andrés, es cierto, pero lo hice por resentimiento, para darte tu merecido, no porque Andrés me importe un carajo.

—Ah, por fin lo reconocés. Me estás metiendo los cuernos otra vez.

—¿Y vos? —Romina le dio un puñetazo en el brazo cuando le hizo esta pregunta.

—¡No te atrevas a golpearme porque te voy a romper la cara! —le gritó Diego mientras levantaba un puño crispado a modo de advertencia.

—¿Cuándo me vas a reconocer vos tus relaciones con esa puta de Alejandra?

Él quedó mirándola en silencio mientras bajaba lentamente el puño amenazador. Su rostro se ensombreció, sus ojos se transfiguraron, y dijo con el tono más despreciativo e insultante que encontró:

—Es verdad, me acuesto con Alejandra, pero es por tu culpa, porque sos una mina que no me satisface. ¿Entendés? Necesito otra mujer porque con vos el sexo es un aburrimiento, y la vida, también. ¿Te quedó claro por qué necesito otra mujer? Y no pienso arrepentirme, ni pedirte perdón ni dejar de salir con Alejandra. Si no te gusta podés irte a la mismísima mierda cuando quieras.

Diego se arrepintió en el acto de haberle dicho a su esposa estas palabras tan hirientes, porque no eran la verdad, no lo aburría el sexo con ella, al contrario. ¿Por qué le habló con esas palabras que no tienen retorno? Por la rabia que sentía ante el reconocimiento de ella de su nuevo engaño. Quiso lastimarla, humillarla lo más posible. Y lo logró, pero no pensaba echarse para atrás.

Romina quedó petrificada. No podía creer que Diego le hubiera hecho ese cruel reproche como excusa por haber ido a buscar otra mujer. Era demasiado. La tensión acumulada y disimulada durante meses había explotado. Ya no había vuelta atrás. Se bajó del auto en silencio y se fue caminando hacia la ruta llevando sólo su cartera y un abrigo.

Diego se quedó paralizado por las consecuencias de una frase que nunca debió pronunciar. ¿Qué hago? ¿Voy tras ella y le pido perdón? ¡Eso nunca! ¡No le voy a dar ese gusto! Me vuelvo solo a Mar del Plata y que ella haga lo que quiera.

Después de unos minutos de confusión y caos mental, puso en marcha el auto, hizo unas torpes maniobras y aceleró para salir a la ruta. Ya no era él, estaba poseído por el odio y la desesperación, vio adelante la silueta de Romina que caminaba por la salida de vehículos, puso una obsesiva atención en su trasero perfecto, en sus pantalones ajustados y en su andar provocativo y se encegueció, aceleró y la atropelló, su cuerpo voló por lo menos diez metros adelante, el auto continuó su marcha sin la menor alteración, Diego sintió sin inmutarse los fuertes sacudones del vehículo cuando le pasó por encima.

Enloquecido, tomó la ruta a 200 kilómetros por hora hasta que al llegar a un puente estrecho, colisionó con el estribo o pilar de la ba­randa, el auto quedó aplas­tado como un fuelle, dio varias vueltas en el aire y terminó bajo el agua del arroyo. Un solo objeto salió despedido de entre el montón de fierros retorcidos, voló como una pelota de fútbol y cayó sobre el pavimento: era la cabeza de Diego, con la rabia demencial todavía destellando en sus ojos.

© 2026 Enrique Arenz
(Prohibida su reproducción por cualquier medio)

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Comentarios por correo al autor: enriquearenz@gmail.com

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