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El liberalismo, un moderno sistema

El liberalismo, un moderno sistema

Ensayo de Enrique Arenz sobre la doctrina liberal

 

Capítulo 1º

 

El liberalismo es la forma de organización social más moderna y eficiente que existe. Apenas tiene dos siglos de vida, mientras los totalitarismos de todas las especies han venido sojuzgando a la humanidad durante miles de años.

Si no tuviésemos este íntimo convencimiento, ninguna razón moral podría justificar el esfuerzo que representa el estudio metódico de la doctrina liberal y su divulgación.

Nada más actual que el liberalismo; nada más eficientemente social; y nada más espiritual que aquel racional sistema que supo generar los más inverosímiles medios con los cuales el hombre moderno ha logrado alcanzar los grandes proyectos del espíritu jamás soñados.

Lo más admirable del liberalismo es su poder de irradiación universal. Fueron unos pocos países de occidente los que adoptaron sin vacilaciones sus revolucionarios principios, y sin embargo sus fantásticos resultados beneficiaron al mundo entero, aun a aquellos pueblos más atrasados y aislados, como Africa y el Oriente, y también los países que se opusieron tenazmente a su bienhechora influencia.

El espectacular crecimiento demográfico de Europa verificado desde 1750 a 1914 muestra elocuentemente la superioridad social del nuevo sistema: abunda la comida y la vida de las masas se hace más llevadera. El hombre triunfa sobre la naturaleza, el inglés Jenner descubre la vacuna antivariólica en 1798, la medicina hace avances sensacionales y la mejora de las condiciones materiales de la existencia provoca un drástico descenso en los índices de mortalidad. Entre 1750 y 1850 la población urbana de Inglaterra (país que más enérgicamente había adoptado el liberalismo económico) experimentó un crecimiento del 500 por ciento. La población europea se triplicó entre 1800 y 1914.

El liberalismo brilló en todo su esplendor durante el siglo XIX. Pero este asombroso período de la humanidad no se caracterizó únicamente por el progreso vertiginoso de las ciencias y técnicas aplicadas a la acelerada producción de maquinarias y bienes de consumo que humanizaron la penosa carga del trabajo manual hicieron más placentera la vida de millones de trabajadores. Fue además una época de esplendor en las letras y en las artes. El ambiente de tolerancia y libertad de conciencia que llegó a prevalecer en aquellos países afortunados (sobre todo Inglaterra y los Estados Unidos, y también en la Argentina de 1853 por obra del liberal Juan Bautista Alberdi) y la libertad económica que generó los recursos materiales para satisfacer los fines del espíritu, estimuló la conciencia crítica de los hombres, despertó su latente creatividad y permitió así el surgimiento espontáneo y vertiginoso de múltiples expresiones de la filosofía la política, la economía y las ciencias naturales.

Nunca antes el hombre común había podido disfrutar de los bienes materiales y al mismo tiempo de las obras del espíritu. Estaban a su servicio los mejores escritores, y también las imprentas, que mediante modernas técnicas ponían a su alcance las económicas ediciones de sus libros. Jamás como entonces un modesto trabajador había podido asistir a un concierto, viajar en cómodos y veloces medios de transporte o ahorrar una pequeña fortuna con su esfuerzo personal.

A fines del siglo XIX el hombre medio ya vivía mejor, más seguro y más confortablemente que un noble de la Edad Media.

Ahora bien, ¿se produjo por sí solo todo esto? ¿Fue tanta maravilla obra de misteriosas fuerzas productivas desvinculadas de todo factor ideológico, tal como el marxismo se empeñó en hacer creer a la gente? ¿Fue la Revolución Industrial un fenómeno de la naturaleza ajeno a la fuerza de las ideas? De ninguna manera.

El éxito de este movimiento totalizador cuyos remotos orígenes habría que buscarlos en la Edad Media, pero que hunde sus raíces en el espíritu impregnado de tolerancia del Renacimiento, fue la obra titánica y solitaria de un puñado de pensadores y economistas del siglo XVIII (John Locke, Adam Smith, David Ricardo, David Hume y otros) que dieron fundamento científico a las ideas sobre la libertad, desafiando y derrotando a la antigua y poderosa estructura mercantilista que dominaba la reducida actividad comercial y artesanal de la época bajo el signo del proteccionismo, el monopolio y el privilegio corporativo.

Ludwig von Mises (a cuya monumental obra La acción humana habremos de recurrir reiteradamente a lo largo del presente libro) enfatiza de esta manera lo que acabo de afirmar arriba:

“La denominada revolución industrial fue consecuencia de la revolución ideológica provocada por las doctrinas de algunos economistas. Estos economistas demostraron la inconsistencia de los viejos dogmas, a saber: 1) que no era justo ni lícito vencer al competidor produciendo artículos mejores y más baratos; 2) que era reprobable desviarse de los métodos tradicionales de producción; 3)que las máquinas resultaban perniciosas porque causaban paro; 4) que el deber del gobernante consistía en impedir el enriquecimiento del empresario, debiendo, en cambio, conceder protección a los menos aptos frente a la competencia de los más eficientes; 5) que restringir la libertad empresarial mediante la fuerza y la coacción del Estado o de otros organismos o asociaciones, promovía el bienestar general. La Escuela de Manchester y los fisiócratas franceses formaron la vanguardia del capitalismo moderno. Fueron ellos quienes hicieron progresar las ciencias naturales que han derramado el cuerno de la abundancia sobre las masas populares”.

Debemos sin duda a estos hombres geniales -y a los gobernantes que escucharon sus teorías y las pusieron en práctica- la asombrosa transformación del mundo moderno. Por algo Benedetto Crocce llamó al liberalismo: la nueva religión de Occidente.

No hubo en toda la historia de la humanidad un movimiento ideológico que, como el liberalismo, se hubiese propuesto alcanzar no el bienestar de grupos minoritarios sino de toda la humanidad y lo haya logrado.

Por eso Ortega y Gasset pudo afirmar acerca de esta sorprendente etapa de nuestra historia: “Todo lo antiliberal es anterior al liberalismo. Nada moderno puede ser antiliberal porque lo antiliberal era precisamente lo que existía en la sociedad antes del liberalismo”.

Historia de la pobreza
Según los textos, se llamó capitalismo a una era iniciada en 1750 cuyo principio básico fue la libertad para adquirir, producir y disponer de bienes, y su consecuencia inmediata laRevolución Industrial. Fue un cambio trascendental y de favorables consecuencias sociales. Sin embargo, el marxismo y algunas otras ideologías se empeñan en afirmar que si en este mundo de sufrimientos unos tienen más y otros tienen menos es porque así se cumpliría el inexorable fin último del sistema capitalista: la explotación del hombre por el hombre.

Vamos a demostrar la falsedad de esta afirmación.

Si repasamos cualquier libro de historia económica o universal advertimos que la pobreza de las masas ha sido una constante trágica desde los más remotos tiempos de la humanidad. Los períodos de crisis denominados cíclicos provocaban años de verdadera calamidad. La Biblia hace una descripción del primero de estos ciclos de hambre registrados en la historia cuando José, el hijo de Jacob, interpretando el sueño profético del faraón de las “siete vacas gordas y las siete vacas flacas”, le aconsejó almacenar una gran reserva de grano para paliar los siete años de absoluta carencia que se abatirían sobre la tierra luego de siete años de abundancia. Según el Antiguo Testamento estos ciclos se cumplieron y los judíos, para sobrevivir a la hambruna debieron venderse como esclavos a los egipcios.

Una crisis similar sacudió a Roma en el año 446 antes de Cristo, por cuya causa miles de hambrientos se suicidaron arrojándose a las aguas del Tíber.

Durante la Edad Media las condiciones miserables en que arrastraban su existencia los “villanos” adquieren un dramatismo patético. A partir del siglo V, Europa Occidental se convierte en una sociedad esencialmente agraria, con una economía rural de subsistencia centrada en los límites de cada señorío. Los grandes dominios señoriales estaban formados por una parcela de tierra cultivada directamente por el señor, y una porción mucho mayor subdividida en fundos o arrendamientos campesinos. El centro del dominio lo constituía la residencia del señor con sus dependencias: graneros, establos, molinos, almacenes e iglesia. Esta zona estaba generalmente rodeada de una muralla de piedra y dentro de ella se edificaban las miserables viviendas de los siervos.

Algunos campesinos eran teóricamente libres, pero vivían oprimidos por las crecientes cargas impositivas derivadas de la necesidad de mantener ejércitos poderosos. Esta circunstancia fue obligando a los campesinos a ceder o vender sus tierras, quedando hereditariamente ligados al dominio del señor para quien debían trabajar como esclavos. En la medida en que iban creciendo los latifundios, los colonos pedían su libertad personal. En el siglo XI la propiedad privada ya había desaparecido.

Los únicos instrumentos de trabajo que se conocen son el arado tirado por bueyes, una hoz dentada, la rueda, que va introduciéndose lentamente en la Europa occidental, y, hacia el siglo XV, el molino de agua ya conocido en la época romana. El feudo era un núcleo económico cerrado que consumía únicamente lo poco que producía, a excepción de ciertos artículos de lujo, como el aceite, el vino, la sal o el lino, que podían llegar a adquirirse en otros dominios.

La vida de estas gentes era espantosa. Millares de personas perecían diariamente víctimas de la miseria. Las familias vivían en el hacinamiento, sin las mínimas condiciones de higiene y carentes de la más elemental forma de lo que hoy conocemos como servicios sanitarios. Convivían con animales en edificaciones miserables, sucias, húmedas, alumbradas con humeantes lámparas de aceite y rodeadas e impregnadas de una irrespirable atmósfera nauseabunda proveniente de desechos orgánicos. Bebían aguas contaminadas, hundían sus pies en un lodo permanente y putrefacto y hacían sus necesidades fisiológicas en las proximidades de las viviendas, cuando no dentro de ellas. Las estrechas fortificaciones no poseían drenajes cloacales que impidieran la acumulación de residuos orgánicos que rápidamente se convertían en terribles focos infecciosos. Raramente los niños sobrevivían al primer año de edad, y los que llegaban a adultos no conservaban mucho tiempo su salud física y mental. Su condición era peor que la de los animales: no tenían ninguna alegría, carecían de esperanzas y razón para vivir. Estaban inexorablemente condenados al padecimiento. Sólo la Iglesia, a través de sus piadosas abadías benedictinas, proporcionaba algún alivio a los pobres, viudas y huérfanos mediante limosnas. El señor feudal, que daba tierras en arrendamiento a cambio de un juramento de vasallaje de por vida, nacía y moría señor. El siervo, en cambio, nacía y moría siervo. Nada en el mundo podía torcer la fatalidad de ese destino. Dormían unos sobre otros, en la peor promiscuidad concebible, y eran frecuentemente víctimas de temibles flagelos epidémicos que, sumados al hambre y a la violencia inclemente de los poderosos, arrastraban a los seres humanos a sufrimientos hoy inimaginables.

En Inglaterra, los ciclos depresivos se producían cada catorce años. Entre los años 1200 y 1600 se produjeron siete ciclos de hambre. Hacia 1586 murieron en ese país cerca de cuatrocientas mil personas por inanición, y en Francia, en 1709, el hambre provocó más de un millón de muertos.

Curiosamente, las únicas excepciones que podemos hallar en esta trágica descripción de la Edad Media están íntimamente ligadas a algunos ejemplos de libertad económica, verdaderos antecedentes del liberalismo moderno: Venecia, durante el siglo XI, y Holanda, durante el llamado auge comercial de Amsterdam, por ejemplo.

El adveni8miento del sistema capitalista hacia 1750 produjo el gran milagro: terminó con el hambre y transformó al “vasallo” en un trabajador, jerarquía social que le permitiría adquirir una dimensión humana desconocida hasta entonces y comenzar a tomar conciencia de su dignidad como persona, de sus derechos y de su importancia en el nuevo orden económico.

El surgimiento de las primeras ideas socialistas como expresión de la rebeldía popular contra las sin duda duras e injustas condiciones de trabajo que caracterizaron a la época (condiciones que se irían atenuando en la medida en que la lenta y dificultosa formación de capitales e incorporación de mejores tecnologías lo fueron haciendo posible), constituye el mejor testimonio de aquella conciencia popular inexistente antes. Esta asombrosa transformación del pensamiento de las clases humildes se verifica, aunque a muchos les cueste admitirlo, gracias al advenimiento del capitalismo y por la influencia irresistible que ejerció el pensamiento liberal de la burguesía sobre la conciencia virgen del proletariado. Estos burgueses, que venían constituyendo desde algunos siglos atrás una nueva y poderosa clase social que llegó a desplazar a la nobleza del poder político debiendo a su capacidad creadora y su sentido de la organización, no detuvieron su arrolladora marcha triunfal de inteligencia y trabajo hasta la culminación de lo que Arnold Toynbee llamó Revolución Industrial, a mi juicio la más útil, trascendente y auténtica de cuantas revoluciones se hicieron en la historia de la humanidad. (Como veremos más adelante, esta revolución pudo en realidad concretarse gracias a tres factores concurrentes: la mentalidad burguesa, el prestigio de la libertad y las ideas científicas de los economistas clásicos del siglo XVIII.)

No fueron más que dos siglos. Apenas la vida de unas pocas generaciones. Y sin embargo bastó tan poco tiempo para lograr que los seres humanos dejaran de estar condenados a la pobreza para quedar solamente expuestos a ella.

Más que un sistema se trata en verdad de toda una era. El capitalismo es una etapa superior de la evolución cultural y espiritual de la humanidad que probablemente esté muy próxima al ignorado y trascendente destino del hombre. Por algo Ortega definió al liberalismo como “el grito más generoso que haya sonado en el planeta”.

El Renacimiento, origen del liberalismo

Desde mediados del siglo XV comienzan a aparecer en la vida europea una serie de cambios notorios de rasgos claramente diferenciados que permiten avizorar la iniciación de un nuevo período histórico. Esta nueva era fue llamada Renacimiento.

Allí encontramos las primeras manifestaciones del espíritu liberal, un nuevo espíritu caracterizado por la tolerancia, el afán de investigación científica y el auge de una nueva clase, la burguesía comercial.

El mundo ansiaba respirar aire puro, salirse de esa pesada atmósfera de intolerancia y fanatismo religioso que a fines de la Edad Media había literalmente paralizado el pensamiento y la conciencia crítica de las personas inteligentes. La gente estaba harta de tanta intransigencia, de los dogmatismos sacrosantos y de las guerras de religión. Ansiaba la libertad de conciencia por una razón práctica: era una necesidad de todos por igual, ya no se podía vivir en ese ambiente de violencias sectarias y de credos impuestos por el terror.

Fueron en realidad los primeros protestantes, al proclamar su derecho de interpretar las Escrituras libremente, quienes se convirtieron en los precursores de un nuevo orden social que más tarde habría de consolidarse con el nombre de liberalismo. (Adam Smith empleó por primera vez el términoliberal dos siglos más tarde). Podemos, por lo tanto, convenir en que el origen histórico del liberalismo se halla estrechamente vinculado a las guerras de religión y a la búsqueda de la libertad religiosa.

Refiriéndose a los antecedentes renacentistas del liberalismo, el ensayista argentino Manuel Tagle escribe lo siguiente en un artículo publicado en el diario La Prensa el 17 de noviembre de 1969: “Frente al fanatismo y a la intransigencia que inducían a invadir el sagrado recinto de la conciencia de nuestros semejantes para imponer a la fuerza la propia fe, el liberalismo aflora revestido con la bella túnica de la tolerancia. Ser liberal equivale entonces a confiar menos en la capacidad personal para aprehender la verdad absoluta, y a dejar un resquicio para que pueda filtrarse la verdad ajena. Es la época en que la duda metódica de René Descartes se da la mano con el sonriente escepticismo de Miguel de Montaigne, en un ambiente de auge de las letras y las ciencias”.

En el aspecto económico, sin embargo, la nueva era no se caracterizó por las ideas auténticamente liberales que los economistas clásicos habrían de imponer en el siglo XVIII, sino simplemente por el afán de la búsqueda del bienestar material sin la subordinación del principio ético o científico alguno.

Los empresarios de entonces aplicaron todos sus esfuerzos e inteligencia en la búsqueda de la riqueza. El afán por aumentar el rendimiento del dinero fue extraordinario y permitió transformar las viejas instituciones políticas, económicas y sociales a fin de poder materializar, mediante ellas, estos deseos de enriquecimiento.

El intervencionismo estatal

Pero aquí vemos aparecer el Estado moderno que comienza a despilfarrar sus recursos y que, a fin de poder financiar sus gastos militares y burocráticos, no se le ocurre mejor idea que intervenir en la economía de sus respectivos países, aliándose con los hombres de negocios, siempre dispuestos ¾antes como ahora¾ a ceder su libertad a cambio de algún privilegio.

Esto provocó un grave daño al proceso de libre empresa que en forma natural veníase insinuando por toda Europa como una tendencia concordante con las nuevas ideas de libertad que impregnaban la vida social del Renacimiento. Se puede decir que ante los primeros atisbos de libre competencia que prometían hacer de la ganancia y del comercio factores socialmente útiles, irrumpe el Estado intervencionista que propone a los comerciantes y artesanos una tentadora protección contra la competencia extranjera y el establecimiento de leyes especiales que favorezcan la formación de monopolios y otros privilegios, a cambio de ser dóciles instrumentos de una política tendiente a satisfacer la necesidad de financiamiento de los gastos públicos.

Vemos así aparecer por primera vez una llamada “Economía Nacional” y una “Política económica” dirigida por el soberano que busca afanosamente el enriquecimiento del Estado.

Finalmente el poder político se apoya en la burguesía mercantil y en los ejércitos mercenarios, y el Estado se convierte en rector de la actividad económica.

Se consolida así en toda Europa un rígido sistema de economía dirigida, corporativa y monopolística que se denomino mercantilismo. (Por un lado, el espíritu liberal del Renacimiento y la nueva mentalidad económica de la clase burguesa hicieron posible el advenimiento del capitalismo del siglo XVIII, pero por otro lado ¾es fundamental dejar todo esto bien en claro¾, el mercantilismo representó un sistema diametralmente opuesto a lo que habría de ser el liberalismo de los economistas clásicos).

El mercantilismo

Con el mercantilismo llega a predominar el ansia de lucro mediante prácticas monopolísticas y usurarias. La acumulación de grandes fortunas se desvincula del trabajo creativo, metódico y perseverante que fue precisamente el fundamento de la era capitalista inaugurada más tarde, en 1750.

Refiriéndose a esta era precapitalista, dice Valentín Vázquez de Prada en su Historia económica mundial:

“La obra de centralización emprendida por los monarcas renacentistas, afectó fundamentalmente a la vida económica, ya que los soberanos, para el despliegue de su política nacional e incluso para la organización de sus cancillerías y estructuras burocráticas, necesitaron medios económicos abundantes y permanentes. (…) La hacienda nacional se nutrió de impuestos e ingresos aduaneros principalmente. Pero como éstos se revelaron insuficientes, a causa de los dispendios de una política militar expansiva que se extiende prácticamente durante toda la época, se recurrió a diversos expedientes y arbitrios entre los cuales se destacan las aportaciones extraordinarias de los súbditos, y, sobre todo, los monopolios comerciales, mineros o industriales, que rompían con la ética económica medieval, y que tantas protestas levantaron sobre todo en Alemania e Inglaterra”.

Durante los tres siglos anteriores a la era capitalista, el mercantilismo fue consolidándose no como una doctrina formal sino más bien como un conjunto de medidas pragmáticas que beneficiaban únicamente al Estado y a las minorías burguesas.

El italiano Antonio Serra publicó el primer trabajo sobre teoría mercantilista en 1613. Tres años después, en 1615, el francés Antonio Montchrestien menciona por primera vez en la historia el término oeconomie politique, estableciendo reglas precisas para lograr el enriquecimiento de los estados. A mediados del siglo XVIII el mercantilismo alcanza su máxima elaboración teórica por obra de tratadistas como Thomas Munn y Charles Davenant, ambos altos funcionarios de la corona inglesa. Finalmente, los aspectos teóricos del mercantilismo tuvieron una última expresión en Alemania y Austria durante los comienzos del siglo XVIII.

Pero nunca este heterogéneo conjunto de ideas, reglamentos y recomendaciones conformaron una doctrina científicamente estructurada, ya que ninguno de aquellos tratadistas pudo comprender la interdependencia orgánica de los diversos factores que rigen el complejo funcionamiento del mercado, mérito que habría de corresponder a los economistas clásicos del siglo XVIII como veremos más adelante.

Las corporaciones y sus privilegios

Pero no hagamos demasiado pesado y minucioso este necesario repaso histórico.

¿Cuáles fueron, en definitiva, las reglas básicas del mercantilismo?

El mercantilismo fue esencialmente un sistema de unificación y de poder tendiente a generar economía a nivel nacional, ya que la tesis que sustentaba su aplicación era que el Estado únicamente podía ser fuerte si era económicamente poderoso.

Para lograr este objetivo supremo se establecieron monopolios estatales, férreo dirigismo económico, licencias especiales para el ejercicio del comercio, fuerte protección aduanera, tarifas a las exportaciones de materias primas, legalización y control de las corporaciones (algo así como los colegios profesionales obligatorios de nuestros días) y subsidios y exenciones a aquellos establecimientos industriales que no resultaban rentables a sus propietarios. Desde el punto de vista ético, se desvinculó a la economía de la moral, uniéndola al interés y a la fuerza. (Donde más rígidamente se aplicó este sistema fue en Francia bajo la influencia de Colbert, el famoso ministro de Hacienda de Luis XIV en 1661.)

Pero lo más pernicioso de la mentalidad mercantilista fue la tenaz resistencia de la industria corporativa, fundada sobre especializaciones artesanales y rodeada de privilegios, a todo lo que significara innovación técnica.

¡Que a nadie se le ocurriera innovar los medios de producción! Era tal la aversión hacia toda forma de competencia que cuando aparecía algún empresario dotado de medios económicos y mentalidad más ágil y creativa, todas las corporaciones afectadas se movilizaban a fin de impedir que el insolente competidor aplicara algún progreso técnico que hiciera peligrar sus posiciones.

Precisamente en 1598 irrumpió en la sociedad comercial de Inglaterra uno de estos temerarios aventureros, el inglés William Lee, quien tuvo a osadía de inventar nada menos que la máquina de tejer medias. Este inmoral aparatejo era capaz de realizar en una jornada, ¡el trabajo de diez operarios manuales! Tal fue la alarma de las corporaciones textiles que no sólo el Estado le denegó el permiso para la utilización industrial de su invento, sino que un grupo de violentos artesanos invadió sus talleres y destruyó todas sus máquinas, debiendo el inglés huir precipitadamente de su propia patria para salvar su vida.

Esta anécdota revela nítidamente la mentalidad mezquina e inmoral que dominaba el mundo económico de la era precapitalista.

Las corporaciones conservaban su estructura medieval y ante cada inevitable avance de las nuevas técnicas que a pesar de todo se iban imponiendo muy dificultosamente, y de la competencia de los comerciantes que ampliaban sus mercados en el exterior y amenazaban con invadirlo todo, aquellas instituciones se cerraban aun más y procuraban conservar celosamente sus privilegios. El ingreso a las corporaciones se fue haciendo cada vez más difícil, se aumentaron los derechos de ingreso y se endurecieron las condiciones para acceder a la categoría de maestro del oficio de que se tratara. Durante el siglo XVIII las corporaciones se convierten en cuerpos sociales petrificados, ocultan celosamente los secretos y técnicas de sus oficios y métodos de fabricación, reservan para sus miembros más prominentes importantes funciones en los municipios, y llegan a desarrollar un “honor de clase” mediante el cual despreciaban a personas de bajo nacimiento.

Fácilmente imaginará el lector que un sistema así no puede ofrecer ningún progreso importante a la sociedad. También es fácil advertir que sin la intervención compulsiva del Estado jamás podría consolidarse semejante sistema. El inventor de la máquina de tejer medias habría derrotado fácilmente a sus anticuados adversarios y beneficiado al país si el Estado lo hubiese protegido en sus derechos individuales en lugar de solidarizarse con las corporaciones inhibiendo sus energías creadoras. Esto confirma una regla que los liberales jamás debemos olvidar: siempre que en el mundo se arraigó un sistema monopolístico, es porque el Estado así lo ha querido.

En Francia llegó a declararse a las corporaciones de utilidad pública, quedando subordinadas al Estado. En otros países esta tendencia se manifestó con alguna moderación, aunque en todos lados las corporaciones recibieron importantes privilegios de orden social a cambio de convertirse en instrumentos económicos del Estado. “El control industrial aparece así como un procedimiento fiscal autorizado, como una especie de impuesto indirecto que habría de pagar el consumidor a través del artesano monopolista” escribe Heckscher.

Naturalmente que los trabajadores no podían estar muy conformes con un sistema que sólo beneficiaba a los funcionarios públicos, a los militares y a la clase burguesa. Ya en los siglos XVI y XVII había en toda Europa sindicatos obreros que organizaban frecuentes huelgas, si bien actuaban en la clandestinidad porque el mercantilismo los había prohibido.

¡Qué difícil le iba a resultar a Adam Smith y sus colegas demoler con sus ideas toda esa superestructura de privilegio y persuadir a los gobernantes de que no había otra forma de hacer progresar el mundo que no fuera sobre la base de la libertad individual, la libre competencia, la liberación de los mercados, el libre cambio, la máxima austeridad en los gastos públicos y la abstención del Estado en materia de planificación económica!

 

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