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Organización Albatros (Capítulo 9º)

 

El equipo forense hizo la peritación de cada rincón del edificio de la calle Chile y la síntesis de sus conclusiones fueron las siguientes:

  1. Aparecieron huellas dactilares de Francisco Ferrán Campos en la celda donde habíamos encontrado una tarjeta de memoria escondida bajo la colchoneta.
  2. La tarjeta estaba encriptada con una tecnología desconocida, por lo cual los peritos informáticos todavía no lograron abrirla. Tenía huellas dactilares de Francisco y de otra persona que no fue aún identificada. Las dificultades técnicas eran tan grandes que el fiscal solicitó ayuda a la embajada de EE.UU., donde tienen un experto informático del FBI.
  3. En el receptáculo de licuefacción del sótano se encontraron, adheridos a sus paredes interiores, ínfimos pero abundantes restos de tejidos humanos que serán sometidos a un examen de ADN. Se identificaron los ácidos oxidantes guardados en los tanques adosados a una de las paredes, pero se desconoce en qué proporción debieron de mezclarse para producir la total disolución de un cuerpo humano.
  4. La firma propietaria del edificio de la calle Chile resultó ser una sociedad anónima con domicilio en las Islas Seychelles. La administración local del inmueble estaba en manos de un contador que declaró desconocer a sus titulares y ocuparse solamente de pagar impuestos y servicios públicos y girar los alquileres del local a una cuenta en el exterior. Declaró que el edificio, según su conocimiento, estaba desocupado para ser refaccionado cuando lo dispusiera la sociedad propietaria. El contador quedó imputado por presunto encu­brimiento de una asociación ilícita, aunque no se le dictó embargo ni prisión preventiva.

La puerta de acceso a la escalera del fondo fue clausurada y precintada por la Policía. En cuanto al local comercial, a solicitud del abogado defensor de Bonifacio Lamberto, que planteó la necesidad de preservar las fuentes de trabajo, el juez permitió que los empleados abrieran el autoservicio y continuaran con las actividades comerciales habituales, aunque bajo supervisión de un veedor judicial en razón de que se había decretado el embargo de todo el edificio.

El señor Lamberto se negó a declarar también en la segunda audiencia, por lo cual, y conforme a toda la información disponible en el expediente, el juez de la causa lo procesó con prisión preventiva y le denegó la excarcelación.

Pero tres días después de esa audiencia, un hecho inesperado conmocionó a la Justicia y al Servicio Penitenciario: El señor Bonifacio Lamberto apareció muerto en su celda del penal de Ezeiza.

En principio los médicos de la prisión dictaminaron paro cardio respiratorio causado por un posible infarto masivo o accidente cerebro vascular, pero la autopsia reveló que había muerto por envenenamiento con cianuro. Se presume suicidio. Las conjeturas son dos: o tenía oculta una pastilla de cianuro, o alguien se la proporcionó dentro del penal.

Este suceso nos preocupó mucho a Alieto y a mí. La Organización Albatros estaba demostrando tener una asombrosa eficacia para eludir a la Justicia y utilizar métodos extremos para mantener su impunidad.

—Tengo una hipótesis —le comenté al fiscal.

—Te escucho.

—El señor Lamberto le falló a la organización cuando no supo evitar que localizáramos el edificio de la calle Chile, sede de sus actividades ilegales. Su misión era esa: vigilar el movimiento de personas en el interior del autoservicio y asegurarse de que la actividad comercial fuera una efectiva pantalla para alejar cualquier sospecha sobre el interior del edificio tapiado.

—¿Y pensás que por eso no se fugó como los demás? ¿Lo obligaron a quedarse al frente del comercio sabiendo que si le caíamos lo íbamos a detener e imputar? ¿Tan hijos de puta te parece que son con su propia gente?

—No sé si fue obligado a quedarse como castigo o lo hizo porque su comercio está habilitado a su nombre y no tenía forma de ocultar su responsabilidad. Tal vez se quedó por si se trataba de una falsa alarma y no pasaba nada. Pero lo que sí creo es que una vez que se lo imputó y se le dictó la prisión preventiva, alguna autoridad de la organización lo indujo al suicidio.

—Según los registros del penal, sólo lo visitó su abogado. Parece que no tiene ningún familiar en Buenos Aires que se haya interesado por su suerte. Eso tenemos que investigarlo.

—¿Vos conoces al abogado?  —pregunté.

—Sí, el doctor Ferraresi Álzaga. Es un profesional muy prestigioso que trabaja con un equipo importante de abogados penalistas. Es una persona muy correcta, no tengo ninguna suspicacia hacia él.

—¿Y si él es un miembro de la organización?

—¿Cómo saberlo? Yo no le puedo preguntar a un abogado quién lo contrató o por qué defiende a tal o cual imputado.

—Si este abogado pertenece a la OAS, cuando vio las pruebas y peritajes en el expediente y supo que no había forma de hacer zafar a Lamberto de las consecuencias penales, informó a la sociedad y esta, ante la posibilidad de que se quebrara y hablara, decidió ordenarle el suicidio. La orden pudo trasmitírsela tanto el abogado como algún agente del sistema penitenciario. Esta gente debe de estar metida en todas partes.

—¿Y crees que esa persona le dio la pastilla de cianuro?

Me quedé callado. No tenía respuestas para esa pregunta.

Entonces Alieto continuó como hablando consigo mismo:

—Tendríamos que citar al abogado. ¿Pero con qué pretexto? No para indagarlo como sospechoso de inducir el suicidio de su cliente porque no tenemos la más puta prueba para hacer eso. Sólo podemos requerir su testimonio ¿Y qué le vamos a preguntar?

—Mirá, Alieto —opiné—, lo podés citar como una mera formalidad, y en el interrogatorio puede dar algún paso en falso.

—Citar, lo vamos a citar, porque ese es el procedimiento. Pero no esperes hacerle pisar el palito. Es un tipo muy avezado y hábil para estas lides.

—En fin, veremos. Hay que ir paso a paso. Entretanto ya van a ser ocho días que desapareció Francisco. Beatriz está desesperada, me llama todos los días y está enojada con todos, conmigo, con el juez, con la policía, con los medios que ya no le dan bola. Se desquita en la redes sociales donde recibe mucho acompañamiento de amigos y conocidos y ya se ganó miles de seguidores. Sus hijas regresaron de Paraná junto con sus abuelos y están todos en la casa dándose manija y pendientes de las noticias.

—No es para menos, Facundo. Cada día que pasa se alejan las posibilidades de encontrarlo con vida.

 

Llegó el fin de semana, días siempre esperados por Antonella y los chicos porque salimos los cuatro a divertirnos juntos, pero esta vez les dije que no contaran conmigo porque no podía tomarme ningún descanso mientras Francisco estuviera desaparecido.

El sábado a media mañana la llamé por teléfono a la señora Cristalina Ferrari de Falcone. Se mostró muy amigable y dispuesta a colaborar. El señor Abram Lipovich la había puesto al tanto de mi interés en hacerle algunas preguntas. Le expliqué brevemente mi necesidad de consultarla sobre las últimas actividades de Francisco Ferrán Campos (de cuya misteriosa desaparición ella estaba enterada, y, aparentemente, muy afectada), y accedió a encontrarse conmigo esa misma tarde en su casa de La Lucila, en Vicente López.

A las cinco, un vigilador me abrió el amplio portón del chalet de los Falcone para que entrara con mi auto. Avancé lentamente por un sendero sinuoso bordeado en todo su largo trayecto por enormes paraísos, cuyos follajes se entreveraban sobre el camino a muy baja altura formando un túnel fantasmal por el que apenas se filtraban unos pocos rayos de sol. Cuando se terminó la arboleda volvió la claridad y apareció ante mi vista la suntuosa mansión de la familia Falcone, un chalet de dos plantas con techo de pizarra con múltiples planos, muros revestidos en piedra oxidada, grandes ventanales y una cochera para tres autos. Estacioné en el playón junto a una camioneta 4×4 último modelo, Ford F 150, gris metalizado, vehículo utilizado en apariencia por el dueño de casa.

Me esperaba en el porche una atractiva mujer, de aspecto juvenil (aunque andaba por los cuarenta), cabello rubio lacio, muy largo y suelto, ojos azules y una sonrisa reservada para hombres, si se me permite la clasificación (algunas mujeres conocen el secreto de tener una sonrisa diferente para cada sexo). Vestía ajustados jeans que realzaban sus piernas largas y bien dibujadas, una también ceñida remera azul oscuro que arrastraba la mirada hacía sus senos sin sostén (probablemente mejorados por un cirujano), una camisa roja a cuadros totalmente desabrochada y suelta y una chaqueta también de jean. desabrochada y arremangada hasta el codo, y botinetas negras con tacos aguja que la hacían aún más alta y esbelta de lo que era.

—Encantada, doctor —me tendió una mana pequeña con anillos y muchas pulseras —, soy Cristalina, pero mis amigos me llaman Cristal.

—Y a mí, Facundo. No me diga doctor.

—Muy bien, Facundo. ¿Pasamos?

En el amplio living con muebles y decoración supermodernos, elegidos seguramente por la dueña de casa, estaba el señor Juan José Falcone, leyendo un libro en un cómodo sillón junto a un amplio ventanal. Cuando me vio se levantó y se acercó para saludarme. Era un hombre delgado al que no se le notaban sus setenta años, a no ser por una leve curvatura en su espalda y por su cabello blanco. Se lo veía enérgico y de movimientos ágiles. Se quitó sus anteojos para leer y me dio la mano con mucha firmeza. Hablamos de pie sobre el tránsito en la ruta y algunas otras intrascendencias y en seguida Cristalina le dijo al marido:

—Bueno, querido, seguí leyendo que yo me voy con el doctor a mi buhardilla a conversar. Después bajamos a tomar el café con vos.

Mientras subíamos por la escalera, Cristalina me dijo con un sorpresivo tuteo:

—Te explico, Facundo, mi esposo me hizo construir en el desván de la casa una especie de oficina para trabajar en mis investigaciones sociológicas, y en la preparación de mis clases. Me encierro ahí, pongo música de Brahms muy suave, y me paso horas trabajando. Te habrá contado don Abram a lo que me dedico.

—Sí, de ahí tu relación con Francisco Ferrán Campos que es sociólogo como vos. Tengo entendido que también das clases en el Mariano Moreno.

—Sí, me gusta mucho la docencia. Enseño Historia. Mi marido es un amor, me banca en todos mis caprichos intelectuales. Vas a ver que hermosa buhardilla me instaló para complacerme.

Después de subir a la planta alta por la escalera principal, caminamos unos metros por un pasillo y nos encontramos con una escalera espiral de hierro y peldaños de madera por la que ascendimos hasta el altillo de la casa. Frente a la desembocadura de la escalera había dos puertas, una daba al entretecho, me explicó Cristalina, y la otra a su oficina privada. La mujer abrió esta última y me invitó a pasar. Quedé deslumbrado ante esa estancia tan femenina y de buen gusto. Se había esmerado el señor Falcone para complacer a su joven esposa. Era un ambiente de ensueño, de forma irregular y caprichosa (por los quiebres de la techumbre), totalmente revestido en madera de cedro lustrada. Tenía algunos recovecos muy bien aprovechados y un amplio ventanal, orientado al norte, que lucía un doble cortinado, uno de tela vaporosa blanca y otra más gruesa, color azul, plegada a los costados. En una de las paredes de madera atraía la mirada una biblioteca angosta y alta pintada de rojo y llena de libros, y en el medio, un escritorio pequeño, muy moderno y una mesita con una computadora, un televisor adosado a la pared, dos sillones pequeños con almohadones que combinaban con las cortinas azules, uno de ellos con un enorme oso de peluche, un sillón giratorio para trabajar en la computadora y dos sillas tapizadas con el mismo tono que los sillones. En una especie de nicho con el techo más bajo, había un diván solitario con varios almohadones. Un cuadro con la foto del señor Falcone, bastante más joven (lucía muy apuesto y elegante), compartía un panel junto con varios oleos vanguardistas, en apariencia originales, de autores argentinos. Reconocí entre ellos a un inconfundible Castagnino. Un equipo de música y una mesita ratona con un florero pequeño con rosas y helechos completaban el estilo confortable y acogedor del lugar. En un rincón había un radiador por agua caliente para los días fríos de invierno y en lo alto una salida de aire acondicionado para el verano. Era un refugio perfecto para quien se dedica a los placeres intelectuales sin tener que pensar en ganarse la vida ni en mirar con ansiedad los resúmenes de sus tarjetas de crédito. Ahora me quedaba más claro por qué tantas mujeres jóvenes casadas con viejos ricos llevaban una vida feliz. Si el candidato es una persona generosa, que sabe tratar a las mujeres y complacerlas en todo lo que ellas necesitan, ¿qué puede importar la diferencia de edad? Las muchachas atractivas formadas con buena educación que prefieren enamorarse de jóvenes pobres con estrechez de miras debieran entrever el futuro que las espera: el joven delgado y buen mozo aumentará de peso, se volverá torpe y desaliñado, malhumorado o cargosamente chistoso; tal vez hará el amor apurado y con los zoquetes puestos, su mediocridad aumentará con la vejez, un día se habrá jubilado y un viento helado soplará sobre el desierto de sus vidas agotadas e inútiles.

Cristalina me miró complacida cuando observé con admiración cada detalle de su refugio. Me preguntó:

—¿Te gusta?

—Hace honor a tu nombre: es una torre de cristal.

—Me encantó esa figura. Buen juego de palabras: cristal, Cristal.

Me invitó a sentarme en una cómoda silla ante su escritorio y ella lo hizo del otro lado en su sillón giratorio.

—¿Así que sos muy amigo de Francisco? —me preguntó poniéndose muy seria.

—Sí, y estoy representando a su familia en las tareas de su búsqueda. Me dijo don Abram que vos compartías con él algunas estudios sociológicos, y esa es la razón por la que yo quería entrevistarte. Te agradezco que me hayas recibido.

—Pero ¿cómo no lo iba a hacer, Facundo? Francisco es muy amigo mío, lo quiero mucho, hemos trabajado juntos tardes enteras aquí mismo, él con su netbook y yo con mi computadora, leyendo y a veces traduciendo libros viejos que el mismo Lipovich nos conseguía. Quedé conmocionada cuando me enteré por la televisión que había desaparecido.

—¿Cuándo lo viste por última vez?

Vaciló, pero me contestó enseguida:

—Hará un mes. Nos encontramos en la Biblioteca Nacional donde consultamos una enciclopedia. Después no supe más nada de él hasta que me enteré de su desaparición. Mi marido piensa que lo mataron para robarle y que arrojaron su cadáver en algún lugar solitario, pero yo no lo creo.

—Te voy a mostrar algo, Cristal.

Saqué de mi cartera la copia del mail que había recibido de Francisco el día que desapareció y lo puse sobre el escritorio delante de ella. El entrecejo se le contrajo y le afeo las facciones mientras leía el mensaje. Me miró con los ojos azules muy abiertos y me dijo:

—Esto es un horror. Lo secuestró esa banda de criminales.

—¿Estabas al tanto de que Francisco investigaba a una Organización Albatros Supremacía que se dedica a matar delincuentes sueltos?

—Sí, y yo lo ayudé en algunas averiguaciones. Estábamos convencidos de que esa organización realmente existía y él quería llegar hasta el fondo. Más que nada por curiosidad intelectual y no tanto por una cuestión ética.

—¿Sabías que llegó a tener contactos con algunos de sus miembros?

—Me lo dijo. Y yo me asusté. Le aconsejé que no se metiera con esa gente, pero Francisco estaba muy embalado.

—¿Y en algún momento te comentó que buscó ingresar en la organización?

Cristalina se quedó callada mirándome. Supuse que estaba dudando si debía seguir confiándome todo lo que sabía. Finalmente se decidió:

—Mirá, Facundo, tengo que serte sincera si es que queremos ayudar a nuestro amigo. No sólo pidió incorporarse a esa banda para poder investigarla desde adentro, me confesó que finalmente había sido aceptado. ¿Te das cuenta, Francisco? Él está dentro de la organización. Dios mío, nunca creí que le diría esto a alguien. Ni mi esposo lo sabe.

Traté de tranquilizarla.

—Cristal, el fiscal, el juez y yo sabemos que Francisco ingresó como miembro de la organización Albatros. Lo sabemos porque él mismo lo escribió en un borrador de ensayo que logramos rescatar de un pendrive que quedó en su casa.

—Cuando Francisco me lo dijo me enojé mucho con él y casi nos distanciamos por esa causa. Pero decidimos que para no pelearnos no hablaríamos más de eso y seguiríamos trabajando en otras investigaciones que estábamos haciendo juntos. No le comentes nada de esto a Juan José. No quiero que se preocupe por mí.

—Estoy de acuerdo, Cristal, lo de la organización lo hemos mantenido en absoluta reserva para que no se filtre a la prensa. Tenemos algunas pistas sólidas y hemos llevado a cabo algunas acciones, pero tengo que reservar todo eso por ahora.

—¿Por qué crees que lo secuestraron?

—Viste el mensaje que me envió. No es muy claro, pero podemos deducir que lo descubrieron espiando, como a un infiltrado, un traidor que los iba a denunciar, no hay otra explicación.

Se tomó la cabeza. Se la notaba abrumada. Comprendí su estado de ánimo: Francisco era algo más que un colega amigo con el que ella investigaba el comportamiento de la sociedad humana, era su amante secreto. Y algo debería sentir por él.

—Yo se lo advertí, se lo advertí, ¿por qué no me escuchó ese pelotudo?

Cristal estaba al borde del llanto. Ella tenía los conocimientos suficientes sobre esa organización como para saber el inexorable fin que le esperaba a Francisco por haber sido tan temerario.

—¿Qué sabés sobre Abram Lipovich?

—¿Por qué me lo preguntás? ¿Sospechás de él?

—No, no, sólo necesito saber cualquier detalle que se relaciones con Francisco.

—Es un buen hombre, viudo desde hace diez años, no tiene hijos, ha sufrido mucho desde chico. Supiste lo de sus padres, ¿no? Bueno, por lo que sé, se ha dedicado a perseguir nazis en la Argentina y de esa manera parece haber procesado su sufrimiento. Nos consiguió libros muy importantes. Yo no lo traté tanto, aunque también me buscó algunos libros, pero simpatizaba mucho con Francisco. Tuvieron largas charlas sobre la crueldad humana a raíz de sus experiencias personales. Y vos sabés que Francisco era un apasionado de la sociometría, quería conocer las razones psicológicas y culturales por las que las personas se unen en sociedades secretas, a veces con objetivos desalmados. Lo mío es la historia, así que nos complementábamos mucho y disfrutábamos de nuestro trabajo.

—Bueno —dije mirando mi reloj—, se pasó el tiempo. Tu esposo debe de estar impaciente.

—Sí, bajemos a tomar el café.

Una camarera con uniforme nos sirvió café con tostadas, mermeladas, miel y manteca en el suntuoso comedor. El señor Falcone sacó el tema de la desaparición de Francisco, hizo algunas conjeturas vinculadas a problemas de inseguridad y yo le di alguna información que no comprometiera lo que con Cristal habíamos decidido mantener en reserva.

—Me pareció un buen muchacho este Francisco.

—Le aseguro que lo es. Un tipo noble, honrado, brillante como experto tecnológico y apasionado por la sociología. Dios quiera que podamos rescatarlo.

El señor Falcone movió la cabeza en gesto de pesimismo.

—Si quiere que le sea sincero —dijo apesadumbrado—, no creo que esté vivo. Han querido hacer un secuestro exprés al voleo y se les murió, quizás se resistió.

—¿Cuándo lo vio usted por última vez?

Cristalina se sobresaltó cuando hice esta pregunta. El señor Falcone la miró y le preguntó:

—¿Cuándo estuvo en tu oficina la última vez? —le preguntó, y antes que ella, visiblemente turbada, pudiera responder, dijo—, habrá sido uno dos días antes de que desapareciera.

Disimulé mi sorpresa para que Cristalina creyera que no advertí la contradicción entre ambos: ella me había dicho minutos antes que había visto a Francisco en la Biblioteca Nacional hacía un mes, y según su marido había estado en esa casa unos días antes de desaparecer. Eran casi tres semanas de diferencia. Tengo alguna práctica para sortear estas imprevistas situaciones. Cambié inmediatamente de tema.

—Quiero felicitarlo por la oficina que le instaló a su esposa, señor Falcone. Es una belleza incomparable, un excelente aprovechamiento de las irregularidades del techo.

—Yo sólo contraté al arquitecto que la hizo. Ella le dio las instrucciones para el proyecto y planificó cada detalle de la decoración. Después yo le regalé los muebles que eligió.

Le tomó afectuoso la mano a su mujer y esta, todavía pálida por el traspié, pero convencida —al menos eso me pareció— de que yo no había advertido la diferencia de fechas, sonrió y le contó al marido el bonito título que yo le había puesto a su lugar de trabajo.

—¿Torre de cristal? —exclamó Falcone con cara de sorpresa—. Me gusta, eso es lo que te merecés, mi amor. Desde ahora a tu oficina la llamaremos la torre de Cristal.

Ella se levantó de su asiento, se inclinó sobre su esposo y, amorosa, lo abrazó y besó en el cuello. Observé ese arrumaco con atención. No fue fingido, esas cosas no se me escapan nunca. Cada gesto, cada ademán, ese brillo emocionado en su mirada fueron expresiones genuinas de afecto. Cristalina amaba a su esposo.


© 2020 Enrique Arenz 

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