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Organización Albatros (Capítulo 8º)

—Entonces vos crees que el señor Lipovich te vio en el autoservicio, gravó tu cara en su memoria por simple reflejo, y cuando te reconoció al visitarte en tu oficina alertó a la organización para que se dieran a la fuga —resumió el fiscal Alieto Fatah cuando a la mañana siguiente lo fui a ver para contarle mi teoría sobre el fracaso del allanamiento.

—No hay otra explicación. Fue una acción preventiva cuando descubrieron que estábamos sobre la pista de su ubicación.

—El juez pidió escuchas telefónicas de este hombre, pero a lo sumo comenzarán a escucharlo a partir de hoy. También se pidieron los registros de las llamadas de los últimos quince días. Ahí vamos a ver con quiénes se comunicó antes y después del allanamiento. Las tendremos pronto, espero.

—Mi esposa se asustó cuando supo que me visitaría este señor hoy por la tarde. Yo no tengo temor, pero para tranquilidad de ella te pregunto: ¿qué podríamos hacer para prevenir algún hecho ingrato?

—Te mando dos gendarmes de civil de mi total confianza para que estén discretamente en tu oficina por cualquier eventualidad. A uno ponelo en tu sala de espera leyendo una revista como un cliente cualquiera que espera su turno y al otro, cerca de tu despacho. No te olvides que a las diez me traen al detenido Bonifacio Lamberto para indagarlo.

 

A las diez menos cinco ingresé en la pequeña sala de audiencias donde se le tomaría declaración indagatoria al propietario del autoservicio. Este sospechoso ya estaba en la sala acompañado por su abogado defensor, un letrado penalista al que sólo conocía de vista y por ser uno de los abogados caros de la ciudad.

Una vez que ingresaron el fiscal y algunos de sus colaboradores, comenzó la audiencia. Se le informó al señor Lamberto que se lo imputaba como partícipe necesario de una asociación ilícita denominada Organización Albatros Supremacía que funcionaba en el edificio donde él tenía un autoservicio de productos alimenticios. Se le recordó que los miembros de esa organización sólo podían acceder a las instalaciones de las tres plantas altas y el sótano por el local comercial ya que la entrada independiente del edificio se halla clausurada y tapiada, y que se habían encontrado en dichas instalaciones elementos que hacían sospechar que se disolvían en ácido cuerpos humanos previamente ultimados en el lugar o fuera de él. También se le hizo saber que por documentación escrita por el señor Francisco Ferrán Campos, cuya desaparición se investiga en esta causa, y por un mail que éste había enviado al abogado Facundo Lorences el día mismo de su desaparición, se sospecha que fue secuestrado por esa organización y llevado contra su voluntad al edificio de la calle Chile. Además, se le hizo saber que la víctima había dejado un escrito donde describía el accionar de esta banda y lo mencionaba a él como uno de sus miembros más importantes.

Una vez leídos los cargos, el fiscal le preguntó si estaba dispuesto a declarar. El imputado se puso de pie y dijo con voz tranquila:

—Señor fiscal, mi abogado aún no tuvo tiempo de leer el expediente para asesorarme adecuadamente, por lo tanto, no voy a declarar ni contestar preguntas en este momento. Es mi deseo hacerlo, porque quiero colaborar con la Justicia y porque soy inocente de los cargos que se me formulan, pero antes necesito tener los elementos indispensables para mi defensa.

—De acuerdo —dijo el fiscal—, posponemos esta audiencia hasta el lunes a esta misma hora. ¿El señor abogado de la defensa tiene algo que decir?

—Sí, señor fiscal. He presentado en el día de hoy un escrito solicitando la excarcelación de mi cliente, que ha estado y estará a derecho en todo momento. Pido respetuosamente que se considere esta solicitud con carácter de urgente.

—Con respecto a esa petición, le informo que esta fiscalía plantea su desacuerdo. ¿Qué opina la querella?

—Compartimos el punto de vista de la fiscalía —respondí—. Las pruebas reunidas en el expediente de autos demuestran con alto grado de evidencia incriminatoria que el señor Bonifacio Lamberto es integrante de una asociación ilícita denominada Organización Albatros Supremacía, la que ha privado ilícitamente de la libertad del señor Francisco Ferrán Campos, el cual se mantiene desaparecido. Su excarcelación podría poner en riesgo la investigación.

—Bien —respondió el fiscal—, con la oposición de la fiscalía y de la querella, será el juez de la causa quien resuelva la solicitud de excarcelación.

Se firmaron las actas correspondientes y el servicio penitenciario se llevó al detenido. Su abogado se acercó a mí para saludarme, como es de práctica en el ejercicio de la profesión. Intercambiamos unas pocas palabras de ocasión y nos despedimos con un apretón de manos.

 

Esa tarde se apareció por mi despacho el señor Abram Lipovich con una caja grande de cartón. Me la entregó sonriente y me dijo que era una sorpresa. Al abrirla me encontré con lo que menos me esperaba:

—¡El libro de Montesquieu! —exclamé al ver la antigua e impecable encuadernación de cuero. Acerqué la caja a mi nariz para aspirar con los ojos cerrados las moléculas del benzaldehído, vainilina, etilbenceno y tolueno, que conforman, entre otras sustancias, el olor característico de los libros viejos. Abrí los ojos y miré a don Abram con gesto de interrogación. Me explicó:

—Quiero dejárselo. Como le dije por teléfono, será a cambio de futuros honorarios profesionales.

—Pero don Abram, no puedo aceptarlo, es algo muy valioso —protesté.

—Insisto, doctor Lorences. Sólo deme una constancia que diga que el libro es recibido por usted a cuenta de honorarios por servicios a prestarse en el futuro, y puede hacer con él lo que quiera, regalárselo a su ex maestro o quedárselo usted.

Gran dilema. No podía ser descortés y mandarlo de vuelta a su casa con el libro que me había traído con calculada amabilidad. Pero tampoco podía permitirme quedar enganchado con una suerte de contrato profesional con una persona a la que en algún momento iba a tener que denunciar.

—Don Abram, no lo tome a mal, pero sólo puedo darle un recibo que diga que me deja el libro en comodato por un tiempo determinado con opción a compra. No puedo comprometerme a una contraprestación de servicios profesionales futuros porque yo selecciono muy rigurosamente los casos en los que trabajo.

—Está bien. Lo de posibles servicios futuros queda como una opción acordada de palabra y que no lo obliga a tomar ningún caso que le resulte inaceptable. Pongamos en el recibo que le dejo el libro en préstamo con opción a venta, ¿está bien así?

Tuve la intención de decirle que no, que se llevara el libro y que si yo decidía comprarlo se lo diría y se lo pagaría. Pero temí que Abram, con su sensibilidad maníaca, intuyera que yo recelaba o sospechaba algo de él. Hasta ahora todo indicaba que aun sabiendo que yo estaba enterado de muchas cosas de la OAS, Abram Lipovich ignoraba que yo conocía su pertenencia a esa banda, y lo que él pretendía era congraciarse conmigo dejándome ese valioso ejemplar como prenda de amistad. Era una ventaja a mi favor que yo no podía desaprovechar. Decidí pasar por ingenuo, para lo que estoy bastante entrenado.

—Está bien, don Abram —murmuré sin dejar de mirar embelesado el valioso libro—, es usted una persona muy amable y me honra su confianza.

—Me alegro, doctor. En la caja le dejé un par de guantes de látex. No deje de ponérselos cada vez que lo agarre. Le recomiendo que no lo lea en la cama, sólo hágalo sobre un escritorio y que no le dé la luz del sol. Y manténgalo siempre dentro de la caja en un lugar seco.

—Créame que lo voy a cuidar bien.

Cerré la caja y la guardé en un cajón del escritorio. Lo observé con disimulo. Se lo veía muy satisfecho de haberme convencido de sus buenas intenciones. ¿Cómo hago ahora para hablar sobre el asunto que me interesa? Él mismo lo hizo:

—¿Sabe algo sobre Francisco Ferrán Campos? —me preguntó.

—Esta mañana hicimos un allanamiento en un edificio de la calle Chile donde encontramos pruebas de que allí estuvo funcionando esa organización de la que hablamos la vez pasada. Pero no encontramos a nadie, ya se habían fugado todos.

—Me enteré de que hubo un allanamiento en esa calle. Lo escuché en un canal de noticias, pero no trascendió con qué motivos se había hecho. Algunos cronistas conjeturaron que podría ser un operativo contra el narcotráfico. Hablaron de hermetismo judicial, y hasta se quejaron de bloqueo informativo. ¿Así que se trataba de esa organización Justiciera? Mire usted…

Abram Lipovich era un simulador avezado. Hablaba del asunto como si no supiera nada ni le interesara mucho. Yo le seguí el juego.

—Lamentablemente llegamos tarde. Alguien los alertó. Nuestro objetivo principal era rescatar con vida a Francisco, pero…

—Doctor, quisiera aportarle algo para su investigación, pero tendría que quedar entre usted y yo, y no sé si eso es posible…

—Dígame, don Abram. Todo lo que interesa a la causa es importante.

—¿Pero puedo contar con su reserva?

—Haré lo posible, dentro de mis límites legales.

—Bien. Le cuento, entonces. Supongo que usted sabrá que Francisco es un tipo muy mujeriego.

—Le gustan las minas, sí. Bueno, a quién no —nos reímos juntos.

—Yo ya estoy viejo, pero todavía veo a las mujeres con la misma mentalidad que cuando tenía veinte años —río con picardía—, y aunque usted no lo crea, de vez en cuando pinto la higuera. Nunca hay que colgar los guantes.

—Ah, eso sí que no —comenté siempre riendo. Y le pregunté con impertinente curiosidad—: ¿Usted tiene alguna relación, don Abram?

—Bueno, tanto como una relación, no. A mi edad, hay que pagar. Tengo una masajista, una mujer grande, que viene a darme masajes una vez por semana. Cada dos o tres semanas (ella sabe calcular los intervalos de recuperación de una persona de mi edad), sus masajes se vuelven algo insinuantes, pasados de la raya, como para que se me junten las tres hormonas que todavía me quedan circulando por ahí. Entonces me pregunta si tengo ganas. Si le digo que me gustaría intentarlo, se quita las prendas indispensables, me ayuda a bajar de la camilla y nos vamos a la cama. Es muy paciente y cálida, dice que le gusta coger con viejos porque son como chicos, traviesos y pudorosos. Ese día le pago por los dos servicios.

—Mire usted… Hace bien, don Abram, la vida hay que vivirla —le dije con cierta admiración—. Pero volvamos a lo que estábamos hablando. De soltero Francisco era terrible, pero desde que se casó supongo que se porta bien.

—No crea, solo simula. Cuando yo lo conocí andaba con una mujer joven muy atractiva que se dedica como él a investigar sociedades secretas.

La risa se me congeló en la cara.

—¿Qué…? ¿Usted me dice que Francisco…?

—Tiene una amante. La trajo un día a mi casa, hará de esto un año, para que ella viera un libro que le interesaba comprar. Me la presentó como una colega y docente. Linda mujer. Me di cuenta de que era algo más que eso porque mientras hojeaban el ejemplar sentados muy juntos en el escritorio de mi casa Francisco le metió la mano bajo la pollera ¡y la masturbó!

—¡Mierda! —salté incrédulo—, lo que me dice es difícil de creer… ¿cómo hicieron eso estando usted ahí?

—Es que yo los dejé solos y les dije que leyeran tranquilos que yo tenía algo que hacer en otro lugar de la casa y que iba a demorar por lo menos quince minutos. Siempre hago eso con los clientes nuevos y los espío a través de un pequeño espejo traslúcido colgado en la pared. Es mi método de control para asegurarme de la confiabilidad de las personas que me visitan por negocios.

—¿Y lo vio a Francisco masturbar a la mujer por debajo de la mesa? —pregunté estupefacto.

—Sí, y si me permite una expresión vulgar, ¡qué paja que le hizo! —rio Abram. Posiblemente a ellos les guste hacerlo así, en lugares riesgosos donde pueden ser descubiertos. Una de las tantas fantasías que solemos tener los mortales.

—¿Y quién es esa mujer?

—Le digo el nombre, anote, pero reserve el secreto de alcoba, por favor: es la licenciada Cristalina Ferrari de Falcone, historiadora, profesora en el Mariano Moreno. Se hizo cliente mía regular. Es investigadora como Francisco, y por lo visto comparte con él dos pasiones —volvió a reír, esta vez a las carcajadas—: las sociedades secretas y las relaciones adulterinas recíprocas, porque ella también está casada. Su marido es un empresario que tiene mucha plata, un tal Juan José Falcone. Cristalina es una mujer joven y su esposo debe de andar ya por los setenta.

—¿Cómo se enteró usted de todos estos detalles?

—Los fui sacando de a poco. Ella comenzó a venir a mi casa sola, a buscar o a encargarme algún libro. Es una chica muy agradable, muy simpática, nos hicimos bastante amigos. Me contó lo de la diferencia de edad con su marido. Lógicamente ni imaginaba que yo la había visto dejándose satisfacer por Francisco. Una vez en que yo me quejé de mi vejez, me consoló diciéndome que su marido le llevaba veintiocho años y que esa diferencia no había mermado en nada el amor que ella le tenía. Fíjese qué hipócrita. Ella quiso ser amable conmigo y decirme que la edad no tiene importancia en el amor. Claro, haciéndose atender por un joven ¿qué problema tiene en vivir con un viejo podrido en guita?

Yo estaba tentado porque don Abram era muy gracioso cuando hablaba de estas cosas. Me dejé llevar por el clima jocoso y comenté muerto de risa:

—Bueno, pero si la atención de Francisco consiste en hacerle lo que usted vio, también la podría atender el marido.

—No crea, si tiene artritis está jodido —volvió a estallar en carcajadas y yo con él—. Le queda la lengua, siempre que no tenga algún problema cervical.

—Pero, don Abram, hay vibradores —dije llorando de la risa.

—Sí, es cierto, y unas porongas enormes que parecen de verdad.  

Era simpático don Abram cuando se descontracturaba, una persona solitaria que sabía disfrutar de una conversación picaresca. Y hablaba muy bien de él que siendo un hombre anciano se riera de las limitaciones y los achaque de la vejez. Por un momento me hizo olvidar que se trataba de un miembro de una banda criminal que había secuestrado a Francisco y que tal vez ya lo había matado.

Cuando terminamos de chacotear y nos volvimos a poner serios, le comenté:

—Me ha dejado anonadado con esa información, don Abram. ¿Pero por qué creé que ese es un detalle importante para investigar la desaparición de Francisco?

—Porque esa doble vida que está llevando es un dato ignorado por todo el mundo, y bien podría estar relacionado con su desaparición. Yo lo descubrí por casualidad, y jamás lo habría contado si no estuviéramos ante un hecho criminal. Si se investiga la muerte o desaparición de una persona, hay que averiguar todo lo que se relaciona con ella.

—Sí, claro. Esa relación clandestina nos obliga a plantear una hipótesis alternativa de la que estamos siguiendo. A mí Francisco nunca me comentó nada. Trataré de entrevistarme con esa mujer. ¿Dónde la podré localizar?

—No sé dónde vive, pero tengo su teléfono celular. Ya se lo anoto. Puede decirle tranquilamente que se lo di yo. Es más, me ofrezco para llamarla y ponerla al tanto de que le di su teléfono al abogado de la familia de Francisco porque necesita hacerle algunas preguntas. La única reserva que le pido es la que se refiere a su relación sentimental con Francisco. Daremos por supuesto que nadie conoce esto. ¿Le parece bien, doctor?

—Totalmente de acuerdo, don Abram. Hágame el favor de llamarla.

 

Cuando le conté estas novedades a Antonella, reaccionó como lo hacen todas las mujeres ante las infidelidades masculinas, como si ellas fueran ajenas a esas conductas, por acción u omisión.

—¡Pero ese hijo de puta no tiene vergüenza! Todos los hombres son iguales.

—No, todos no —protesté yo, aunque sabía que ella tenía razón, que todos los varones somos propensos a caer en el adulterio si la tentación que el destino nos pone por delante fuera algo tan especial que, bajo determinadas e inmanejables circunstancia, se nos tornara irresistible.

—Bueno —dijo Antonella conciliadora—, vos sos una excepción, lo admito.

—No, no es que yo sea mejor persona que el pobre Francisco —dije con ánimo cautivador—. Yo estoy casado con una mujer muy especial, que además de ser atractiva, amorosa y comprensiva, es para mí tan pero tan puta, que yo no podría mirar a las demás mujeres que me pasan por al lado.

—Qué tipo falso que sos. Pero me gusta que me mientas así —me dio un beso de agradecimiento. Cuando yo le digo a Antonella que es la mejor puta del mundo, su mirada se enternece como si oyera música celestial. Es que mi esposa es una mujer inteligente, no hay vuelta que darle.

—Pero reconocé —le dije serio— que Francisco no puede decir lo mismo de su mujer.

—Sí, él está como muy solo. Ya me di cuenta. Su mujer no es fea, tiene un lindo cuerpo, pero no se interesa demasiado por él. Esa relación siempre me pareció frágil, muy distante. Pero como sea, Francisco no tiene ningún derecho de engañarla. Eso no se le hace a la madre de sus hijas. Si no es feliz, se separa y listo.

—Bueno, no lo juzguemos a Francisco porque puede estar muerto o pasando momentos horribles. Por su propio bien hay que investigar este lado desconocido de su personalidad. Trataré de conectarme con esta Cristalina y veremos qué me dice. ¿Cómo creés que debería encararla para hablarle sobre un asunto tan delicado, teniendo en cuenta que ella también es una mujer casada?

Antonella se quedó pensando. El asunto era difícil. No podía limitarme a llamarla por teléfono y decirle «Soy el abogado de Francisco y necesito hablar con usted para que me diga cuánto hace que no lo ve». Tengo que acercarme a ella de una forma más sutil.

Como siempre, Antonella me dio la solución:

—Simplemente la llamás. Si don Abram se comunicó con ella como te lo prometió, va a estar esperando tu llamada. Invitala a que venga a tu estudio. Me parece que es lo más impersonal y adecuado.

—Sí, claro… —dije pensativo.

—Y cuando la tengas enfrente vas directamente al grano. Ella, seguro, ya sabe que Francisco ha desaparecido, por las noticias y porque habrá tratado de comunicarse con él.

—Buena idea. Ahora contame como fue tu día.

—Ah, ni te imaginás lo que me sucedió en la facultad. Pero antes poné la mesa que voy a buscar a los chicos.

Yo sabía que la «puta» de Antonella (y lo digo con admiración y amor, porque ese adjetivo, en el contexto de un matrimonio, es, y siempre fue, una metáfora de amante ideal, pasional y desprejuiciada), esa noche iba a esmerarse para revalidar su bien ganados títulos y demostrarme que mis elogios se habían quedado cortos. Pero para que mi plan fuera perfecto, yo debía ahora escucharla e interesarme por los asuntos de ella sin hablar de mí ni una sola vez en lo que restaba de la noche.


© 2020 Enrique Arenz 

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