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Organización Albatros (Capítulo 7º)

 

Ese mediodía no fui a casa. Comí algo en el centro y volví a mi oficina a trabajar.

A las cinco, el grupo de operaciones Alacrán de la Gendarmería Nacional cruzó sus móviles en la calle Chile frente al edificio del autoservicio. Veinticinco hombres armados irrumpieron en el local y tras ellos entramos el fiscal, varios de sus asistentes y yo. El oficial de Gendarmería de más alto rango se dirigió al propietario que estaba en la caja, le exhibió la orden de allanamiento, le pidió que se identificara y le hizo saber que quedaba demorado. Luego ordenó a sus hombres que hicieran salir a los clientes y cerraran el comercio. Mientras tanto, el fiscal y yo nos dirigimos con veinte uniformados al fondo del local. Oficié de guía, ya que yo había estado antes en ese lugar. Los conduje hacia dónde suponía que estaba la puerta descrita por Francisco. Curiosamente no se encontraba en su lugar el custodio que vigilaba ese paso. Hallé la puerta detrás de la estantería para mascotas, hubo que abrirla con un ariete porque estaba cerrada con doble cerradura y el propietario se negó a colaborar. Quedó al descubierto una angosta escalera secundaria por la que subimos precedidos por los hombres armados. Al llegar al primer piso, entraron siete gendarmes y nosotros detrás de ellos, mientras los demás siguieron subiendo para copar los dos pisos restantes y detener a las personas que pudieran hallarse en el edificio.

No encontramos nada. Ni en el primer piso, ni en el segundo ni en el tercero. No había más que muebles vacíos, escritorios y muchas sillas y sillones en total desorden, pero ni una sola carpeta, libro, computadora o elemento que probara que allí había estado funcionando una organización criminal. Era evidente que los ocupantes de esas dependencias abandonaron el edificio precipitadamente. Alieto y yo recorrimos los tres pisos buscando evidencias. En el tercer piso encontramos tres pequeños cuartos de dos metros de ancho por tres de largo, con pequeñas ventanas enrejadas que daban a un patio interior. Estos habitáculos tenían un camastro fijo y una silla, por lo que se asemejaban a celdas donde probablemente se mantenían cautivas a las personas secuestradas. Revisamos minuciosamente cada una de estas tres aparentes celdas buscando algo que pudiera darnos alguna evidencia de que allí estuvo Francisco Ferrán Campos. Y la encontramos: escondido debajo de la colchoneta de una de las celdas, había una tarjeta de memoria que alguien, posiblemente Francisco, ocultó en ese lugar. Alieto fotografió este objeto, hizo que los dos testigos reclutados en la calle lo vieran y ordenó que se dejara constancia en el acta de ese hallazgo y su secuestro para ser peritado.

En el mismo piso había una pequeña sala con una tarima que se asemejaba a un estrado judicial, aunque habían retirado los sillones de los presuntos magistrados y faltaban muchas de las sillas del público. Otras sillas que no fueron retiradas tal vez por falta de tiempo permanecían amontonadas y desparramadas cerca de la puerta.

Bajamos al sótano y allí encontramos la prueba más contundente y siniestra: la cámara utilizada para disolver cadáveres. Contaba con un recipiente semejante a una bañera de plástico azul, de dos metros de largo, un metro de ancho y un metro y medio de profundidad, un sistema de desagüe con caños y exclusa de plástico reforzado de tres pulgadas de diámetro, una canilla de una pulgada que podía verter agua corriente dentro de la bañera, aparentemente para diluir los ácidos y líquidos residuales antes de volcarlos a la red cloacal, y también para limpiar el recipiente luego de usarlo. En una de las paredes de la cámara había dos potentes extractores de aire destinados a eliminar los gases tóxicos y dirigirlos a la azotea mediante un conducto de ventilación vertical. En los costados estaban los tambores de plástico que contenían los ácidos oxidantes que se utilizaban y un sistema de tuberías que los transportaban al gran recipiente de licuefacción. El olor en el lugar era sofocante. Tenía una puerta hermética con burletes de goma que impedía que esos olores pasaran a la sala contigua. En esta sala, según el informe de Francisco, se producían las ejecuciones. Había un equipo de música con un CD del Réquiem de Mozart y varias filas de sillas de plástico bien alineadas. No habían tenido tiempo de llevarse nada de ese sótano y todo estaba dispuesto como de costumbre. Se fotografiaron todos estos elementos y se selló la puerta con una faja de clausura para preservar las pruebas que pudieran hallarse cuando interviniera el equipo forense.

—Bueno, Facundo, vos tenías razón, aquí funcionó esa OAS que describe Francisco Ferrán Campos en su escrito, y esta es la terrorífica cámara de disolución de los cadáveres. Pero ya levantaron campamento. Alguien les avisó que se venía este allanamiento y se las tomaron llevándose lo que pudieron. Tendremos que peritar muy bien cada rincón de este edificio e interrogar al dueño del local de la planta baja. Viste que el edificio tiene una salida independiente a la calle, pero la clausuraron con paneles de madera atornillados que cubren toda la entrada. Parecería que se quiso dar la impresión de que el edificio estaba desocupado. Sólo se puede entrar y salir por el autoservicio, por lo que el propietario tendrá que dar muchas explicaciones. También citaremos como testigos a la cajera y a los dos empleados. Habrá que averiguar quién es el dueño de todo el inmueble.

—Tenemos otro sospechoso, Abram Lipovich, que entró ayer aquí y pudimos fotografiar.

—¿El hombre mayor que me mostraste mirando hacia el costado?

— Sí. Yo conseguí que él mismo me diera su domicilio.

—¿Tenés el domicilio de esa persona? —preguntó Alieto sorprendido.

—Me visitó en mi estudio. Me lo mandó el librero Santiago Aldizábal y esta mañana estuve con él en su casa.

—¿Y cómo te dio su dirección?

—Porque lo enganché con la venta de un libro muy raro, la primera edición de Del espíritu de las leyes que él tiene a la venta y yo me mostré interesado.

—¿Creés que deberíamos arrestarlo?

—No, yo te pediría que esperáramos. Tengo a un colaborador que lo está siguiendo. Es mejor que no sepa que sospechamos de él y tal vez nos conduzca a la nueva sede de la organización.

—Estás bien, voy a pedir que le intervengan el teléfono. Supongo que este hombre sabe que sos el abogado de la familia de Facundo.

—Sí, por eso vino a verme. Debe de estar a la expectativa de lo que investigamos. Pero hasta ahora ignora que sospechamos de él y que lo vimos y fotografiamos entrando en el autoservicio. Quiero mantener una buena relación con él y que se crea que me tiene engañado, que no se le despierte ninguna suspicacia. Tal vez logre sacarle alguna información. Hasta ahora sólo me confirmó sus ideas extremistas: según él, habría que matar a todos los delincuentes.

—Bueno, pero eso no prueba nada, hay mucha gente que piensa lo mismo. Es un estado de ánimo muy difundido por la inseguridad. Ya veremos. Facundo, mañana a las diez voy a indagar al propietario del autoservicio que se identificó como Bonifacio Lamberto. 

 —Allí estaré como abogado de la querella.

 

Yo tenía una gran preocupación: ¿cómo pudieron enterarse en la Organización Albatros de que les caeríamos con un allanamiento? Alguien debió de alertarlos. No me imaginaba de dónde podía provenir la información. Yo no lo había hablado con nadie, el fiscal y el juez eligieron a la Gendarmería porque, según los escritos de Francisco, había oficiales de policía involucrados en el grupo, nadie podía sospechar que yo había localizado la sede de la organización y mucho menos que habíamos descubierto a don Abram Lipovich como uno de sus miembros.

Me intranquilizaba la suerte de mi amigo Francisco, que podría verse agravada, si es que todavía estaba con vida; pero también me preocupaba mi propia seguridad personal. Y temía que se debilitara la confianza que me tiene Alieto al verse burlado en el allanamiento. Bien podría poner en duda mi discreción en el manejo de la información privilegiada que tuve.

Si bien era público que yo estaba investigando la desaparición de Francisco (y hasta tuve mis quince minutos de fama al ser entrevistado en varios programas de televisión y radio), nunca revelé a nadie que conocía el edificio donde podía estar cautivo Francisco. Tampoco se habló jamás de la existencia de una organización justiciera llamada Albatros Supremacía, lo que habría sido un escándalo de impredecibles dimensiones políticas.

Esa noche estuvimos analizando la situación con Antonella.

—Pero si ni yo sabía lo del allanamiento —comentó.

—Porque todo se decidió hoy. No habrían tenido tiempo para retirar la documentación, computadoras y hasta algunos muebles, como lo hicieron. La mudanza se hizo anoche, no hay otra opción.

—Si recién hoy pusiste al tanto de todo al fiscal, el alerta no pudo provenir ni de la fiscalía ni de Gendarmería que recibió las órdenes casi cerca del mediodía. El asunto viene por otro lado.

—¿Me querés decir que yo pude ser la fuente de información de esta gente?

—Parecería que sí. ¿Quién más sabía que habías localizado el edificio de la calle Chile, además de mí?

—Rolo Garmendia, que me hizo las averiguaciones en Catastro y luego vigiló el edificio. Nadie más.

—¿Tenés confianza en Rolo?

—Por supuesto, trabajó años con Pancho Arribeño y era como un hijo para él. Es totalmente confiable y muy discreto.

—Entonces pensemos como Francoise Fosca, el gran teórico francés de la novela policial: «Una vez descartado todo lo imposible, lo que queda es la solución justa, aunque en un primer momento parezca increíble» —concluyó Antonella, apasionada lectora de novelas policiales de finales del siglo diecinueve.

—Entonces nos queda… una sola cosa —dije alarmado—. ¡Abram Lipovich! ¿Vos crees…?

—Él no sabía que vos habías descubierto la guarida, pero por su experiencia de cazador de nazis debe de tener un olfato muy fino, una aguda intuición que le hace entrever el peligro. O tal vez por su misma paranoia, propia de personas que han sufrido persecuciones y crueldades en la niñez.

—Estoy tratando de recordar los detalles de todo lo que hablamos para evaluar si pude revelarle algo inconscientemente —me quedé pensando unos segundo—.  Pero no. No, estoy seguro. Fui muy cauteloso durante la conversación.

—Entonces hay una sola explicación: Lipovich te vio cuando entró en el autoservicio y luego te reconoció cuando lo recibiste en tu oficina, tal como vos lo reconociste a él.

Me quedé pensando en ese cruce casual en el autoservicio. Yo actuaba como un simple cliente. Reparé en la presencia de ese señor de sombrero bien vestido porque lo vi dirigirse al fondo del local con la desenvoltura de un dueño de casa, pero él en ningún momento me miró. Pudo, eso sí, haberme visto segundos antes, en el momento de entrar, y como todo sabueso profesional, sea policía o cazador de nazis, habituado a observar detenidamente todas las caras que se le cruzan, gravó la mía en su memoria adiestrada, inconscientemente, sin desconfiar de mí. Después cuando fue a mi estudio me reconoció y recordó dónde me había visto. Ahora me viene a la memoria un leve gesto de sorpresa que vi en su cara cuando entró en mi oficina. Sabía que yo era el abogado que investigaba la desaparición de Francisco (por eso había ido a mi estudio), y cuando me vio recordó al cliente del autoservicio. Al instante supo que yo había descubierto el lugar donde funcionaba la organización.

—Sí, tenés razón Antonella —exclamé con cierta exaltación—. Fue el viejo. Me vio en el autoservicio antes de que yo lo viera a él, me gravó en su memoria paranoica y cuando se encontró con la misma cara en mi estudio tomó conciencia del peligro. Apenas me dejó debió de trasmitir la alerta a sus cofrades que decidieron abandonar inmediatamente el edificio llevándose todo lo que pudieron.

—Pero queda un cabo suelto, Facundo.

—¿Cuál…?

—El dueño del autoservicio. Según el escrito de Francisco, es uno de los miembros importantes de la organización. Y es lógico, si no fuera así ¿cómo podrían usar su negocio como lugar de acceso al edificio? Por ahí entran a los presos que jamás vuelven a salir por que se van por las cloacas. Entonces, ¿por qué crees que este hombre no se fugó como los demás y se dejó arrestar?

—Si, ese es un punto oscuro. Lo sabremos cuando declare, si es que declara. De todas manera está muy comprometido porque en el sótano encontramos la cámara para diluir cadáveres que cuando sea peritada va a revelar con seguridad de que allí se licuaron cadáveres. Además, esa cámara coincide con las descripciones que hizo Francisco en su ensayo. La Justicia va a poder probar lo que se hacía en ese lugar y rastrear a sus responsables. Por ahora lo que más me preocupa es el destino de Francisco.

—Tranquilo, Facundo. Pensá que no pudieron juzgarlo tan rápidamente. Acordate que él describe una metodología procesal mucho más, digamos, garantista, para los miembros de la organización. No creo que lo hayan matado aún.

En ese momento sonó mi teléfono celular.

¡Es Abram Lipovich! —le dije a Antonella, que empalideció. Atendí poniendo el audio para que ella escuchara.

—Hola, don Abram —lo saludé cordialmente.

—Buenas noches, doctor Lorences. Espero no haber sido inoportuno al llamarlo a esta hora.

—No, para nada. Ya habíamos cenado. ¿Qué se le ofrece?

—Es sobre el libro de Montesquieu. Pensé en hacerle una oferta mejor, para que usted pueda quedar bien con su maestro.

—Muy amable, don Abram, pero en este momento no querría ponerme en gastos…

—Mire, yo quiero vender ese ejemplar de una buena vez. Se lo dejaría, si a usted le parece bien, como pago a cuenta de futuros servicios suyos como abogado.

—Bueno, no sé qué decirle. Si usted desea que lo asista en alguna causa…

—No ahora, no en lo inmediato. Pero tal vez lo necesite en el futuro.

—Sí, ¿por qué no? Bueno, véngase mañana por mi oficina, don Abram, y lo conversamos.

—De acuerdo. Mañana paso a eso de las cuatro, ¿puede ser?

—Perfecto, don Abram, hasta mañana.

Nos quedamos mirándonos con Antonella. Ella estaba muy seria y atemorizada. Y no era para menos, acababa de hablar con el miembro de una banda criminal que sabía que yo había estado en el autoservicio un día antes de que lo allanaran.

—Tengo miedo, Facundo. No quisiera que vos fueras el próximo desaparecido.

—No te preocupes. Tomaré mis precauciones. Mañana temprano hablo con Alieto y le pido una discreta custodia en mi oficina, por las dudas, aunque no creo que intenten nada contra mí cuando la causa ya está muy avanzada. El viejo creé que puede desviar mi atención. Tratará de despistarme, y yo voy a simular que lo logró. Razoná esto: él me vio en el autoservicio y retuvo mi rostro, pero la parte importante es esta: él no vio cuando yo lo observé y vi que se dirigía al fondo del local para ingresar al edificio. No sé si me explico: yo lo vi saludar al vigilador y entrar, pero él no lo sabe. Si hubiera advertido que era observado por un desconocido no habría entrado, hubiera adoptado la conducta de cualquier cliente.

La abracé para calmarla y me advirtió:

—Tenía planes para esta noche, pero ahora estoy muy asustada y no podría excitarme. Vemos un episodio de Blacklist y nos dormimos.

—Pero yo me acabo de excitar ahora, al abrazarte y aspirar tu perfume.

—Si, ya lo estoy sintiendo —dijo riendo.

—Necesito relajarme, así que, aunque no tengas ganas te vas a tener que dejar.

—No hay problema, vamos.

Dije antes que en la vida íntima de una pareja que se ama nunca hay dos relaciones iguales. Podrán ser más o menos placenteras, unas mejores que otras, pero siempre serán diferentes. Y esa noche sucedió algo incomparable. Nos acostamos en silencio, apagamos la luz (lo que nunca, porque nos encanta vernos y mirarnos a los ojos), nos abrazamos y nos besamos sin pasión, con suavidad e infinita dulzura. Ella temblaba levemente y me abrazaba con gesto maternal, como queriéndome proteger de peligros desconocidos. Y esa actitud me hizo sentir muy especial. Experimenté una dicha desconocida, más emocional que física. Tan lejos estaba Antonella de sentir el más mínimo deseo físico, que debí lubricarla con mis dedos antes de entrar en ella. La poseí con ternura y extrema suavidad, para calmarla, mimarla y hacer que su miedo se fuera disipando. Contrariamente a lo que me había propuesto, fue una unión prolongada, como si el tiempo se hubiera detenido, nada que se pareciera a un mero desahogo fisiológico destinado a relajar mis tensiones. Fue todo inesperado, muy lento, desbordado de cariño recíproco, con muchas interrupciones controladas para demorar una culminación que, respondiendo a la im­pa­ciencia de la naturaleza, amenazaba cada tanto con interrumpir ese instante de máxima espiritualidad. Y fue tan amorosa la entrega de Antonella, aun cuando ella no sentía otra cosa que amor y ternura por el hombre que la estaba poseyendo, que cuando se sintió más serena quiso darme el máximo placer a su alcance. Cuando creyó que ya era el momento, me pidió que me desacoplara y me acostara sobre mi espalda. Obedecí con la docilidad de un niño obediente. Encendió la luz: yo debía ver lo que iba a hacerme porque verlo incrementa el éxtasis. Y lo hizo. Sin dejar de mirarme a los ojos. Maravillosamente lo hizo, como sólo una mujer que ama a su hombre y quiere transportarlo a regiones extremas del placer, lo hace con tanta dedicación y destreza.


© 2020 Enrique Arenz 

(Próximo capítulo, viernes 23 de octubre)

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