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Organización Albatros (Capítulo 6º)

 

 

Esa mañana me levanté más temprano que de costumbre y me encontré con Rolo Garmendia a las 8, en un café cercano a la fiscalía.

—Tengo novedades —dijo, y me entregó un sobre con cinco fotografías.

Una era del frente completo del edificio de la calle Chile, en la que se mostraba una particularidad que yo no había observado: la entrada principal, adyacente al autoservicio, estaba totalmente tapiada con paneles de madera, como si el edificio estuviera desocupado. Otra foto era de don Abram Lipovich, tomada de espaldas, en el momento en que se aprestaba a ingresar en el autoservicio, aunque su cara se mostraba claramente de perfil porque antes de entrar había mirado hacia un costado en un claro gesto de precaución. Las otras tres fotografías eran de personas de mediana edad, bien vestidas, también tomadas de espaldas en el momento de ingresar, pero que no dejaban ver sus rostros.

—A este viejo creo que lo viste, Facundo, porque entró un momento antes de que vos salieras.

—Sí. Supongo que estos otros no salieron nunca del comercio.

—No. Pero hubo varios más que tampoco salieron, aunque no me parecieron sospechosos y no los fotografié.

—¿Cuántos, en total?

—Contando los de las fotos creo que fueron nueve. Alguno se me pudo escapar porque hubo un momento en que entraban y salían muchos clientes. Después de que el comercio cerró, entraron dos hombres y una mujer, separados. Alguien les abrió la puerta desde adentro.

—¿Entraste en el local?

—Sí, y aproveché para comprar algo para comer en el auto. Vi al tipo de la caja que me pareció un mirón obsesivo. En cierto momento dejó la caja y se fue para el fondo. Me fui enseguida como vos me recomendaste.

—Bueno, muy bien, Rolo. Ahora necesito que me averigües los movimientos del anciano. Se llama Abram Lipovich, es judío polaco, ex cazador de nazis y que se dedica a comprar y vender libros antiguos. Este es su domicilio. Quiero que le hagas un seguimiento de todos sus movimientos. Y me avisás cualquier cosa que veas que te resulte extraña. Tomá, este es un anticipo de honorarios para tus gastos. Absoluta discreción, Rolo.

—Facundo, no te olvides que fui alumno del ingeniero.

—Tenés razón, Rolo, no necesito recomendarte nada.

 

Eran las nueve cuando pedí hablar con el fiscal Alieto Fatah. Me recibió enseguida. Le entregué una copia impresa del borrador del ensayo de Francisco Ferrán Campos, le expliqué cómo obtuve el pendrive que contenía el archivo y me disculpé por no habérselo dado antes. Tomó el pliego de ochenta y ocho páginas y sin mirarlas me dijo con cierto fastidio:

—Facundo, estoy cansado de que siempre me ocultes algo. Y me molesta que vayas delante de la fiscalía en las investigaciones que realizamos juntos y que no compartas conmigo tus hallazgos.

—Querido amigo, no ha sido mala intención. Me faltaban elementos que ahora tengo. Es más, creo saber dónde tienen secuestrado a quien la prensa llama «el sociólogo desaparecido».

—¿Sabés dónde está Francisco? —exclamó arqueando las cejas y abriendo los ojos como una lechuza.

—No es seguro, pero tengo pistas muy sólidas. Pero primero es necesario que leas el escrito que acabo de darte. Por favor, no perdamos más tiempo. No es necesario que lo leas todo ahora, lee desde acá —le señalé la hoja donde Francisco comienza a hablar de la OAS.

Alieto estuvo unos quince o veinte minutos leyendo velozmente el documento. Cuando terminó me miró con cara de asombro que enseguida se transformó en enojo.

—No te voy a perdonar que me hayas ocultado esto.

—Es que no tenía un solo indicio del lugar donde funcionaba esta sociedad secreta. Francisco sólo menciona un edificio antiguo de tres plantas altas sobre un autoservicio que está en pleno centro de Buenos Aires.

—Ya sé, dejame adivinar: te pusiste a buscar ese edificio y lo encontraste.

Asentí con la cabeza.

—¿Y…? —me apuró ansioso.

—No sólo lo encontré, puse a un colaborador mío a vigilar desde la vereda de enfrente y yo mismo entré en el local de la planta baja para comprobar que coincidía con las descripciones que hace Francisco en ese escrito.

Le di las fotografías que tomó Rolo, la de la fachada completa del edificio, y la de los cuatro personajes que entraron y nunca salieron. Le expliqué todo lo que había averiguado, incluida la presencia de Abram Lipovich al que vi pasar hacia el fondo del local (le señalé la foto), y que ayer vino a mi estudio porque tuvo una relación comercial con Francisco y yo quería hablar con él. También le expuse al fiscal mi sospecha de que en algún lugar de ese edificio deben de tener cautivo a Francisco, si es que no lo mataron ya.

Lo puse al tanto de mis visitas a los dos amigos más cercanos de Francisco, el ingeniero en sistemas y el librero, los dos sospechosos de pertenecer a la organización Albatros (el segundo más que el primero, por su vínculo comercial con Lipovich). También le hable del desconocimiento de Beatriz acerca de las actividades investigativas de su esposo.

No bien Alieto comprendió todo el cuadro de situación decidió hablar con el juez, y, para evitar retrasos burocráticos, le pidió verbalmente la urgente orden de allanamiento del edificio de la calle Chile casi esquina de Tacuarí, y la actuación de la Gendarmería en razón de que algunos integrantes de la Policía de la ciudad podían estar involucrados en el grupo criminal investigado.

Malas noticias. El juez exigía un informe detallado en el expediente para emitir una orden de allanamiento. Alieto, furioso por el rigor procedimental del juez, me dijo que no podría hacerse nada hasta la tarde, que ya mismo se ponía a escribir el informe al que adjuntaría la copia del ensayo y el pendrive de Francisco y las fotografías, todos elementos aportados por la querella. Debiste traerme esto con un escrito detallado, me reprochó para desquitarse con alguien, aunque tenía razón. Entretanto Alieto hablaría con el Jefe de la Gendarmería para que fuera preparando el operativo.

—Después te llamo y te digo lo que resuelva el juez —me dijo al despedirse.

 

De la fiscalía me fui derecho a la casa de Abram Lipovich en la calle Honduras. Era una casa muy antigua de dos plantas con una altísima reja en la fachada. Una enmarañada y descuidada hiedra cubría todo el frente y parecía querer meterse en la casa por las ventanas. La vivienda estaba unos cinco metros retirada de la reja, y lo que había sido en otros tiempos un pequeño jardín, era ahora un patio embaldosado sin otro elemento verde que la rebelde hiedra. La puerta principal exhibía la pintura descascarada y comida por el sol. La impresión que daba esa casa era de abandono, desidia y pobreza.

Don Abram, sonriente, en mangas de camisa y con la corbata bien anudada, me abrió la puerta de la reja asegurada con doble cerradura y me hizo pasar a la casa. Al entrar quedé asombrado. El interior de la vivienda no tenía nada que ver con el ruinoso aspecto exterior: buena iluminación, paredes impecablemente pintadas, mueble antiguos, pero de calidad, lustrados y bien conservados, pisos de pinotea encerados, algunas alfombras costosas y por todas partes muchos libros bien encuadernados.

—Tiene una casa hermosa, don Abram —expresé el elogio con sinceridad.

—Vivo solo, pero tengo gente que me viene a limpiar y hacer los quehaceres de lunes a viernes. Habrá visto que de afuera la casa deja mucho que desear. Es que prefiero aparentar que soy un pobre jubilado que no puede ni mantener la casa. Desconfío de mis vecinos, hay chorros por todos lados.

—Muy astuto, don Abram. Estamos en un tiempo de inseguridad donde a uno lo pueden matar por un celular. No sé cómo vamos a terminar en este país —comenté con intención de llevarlo hacia el tema de la inseguridad.

—No me hable, doctor, no me hable, estamos rodeados de asesinos sueltos que los jueces liberan con una irresponsabilidad inaudita. Bueno, usted es abogado penalista y muchas veces habrá pedido excarcelaciones.

—Sí, ese es el trabajo de los abogados defensores, pero eso no impide que los jueces y fiscales hagan también su trabajo como se debe.

—No sólo los jueces, también nuestros políticos, que no hacen las reformas penales que se necesitan y no construyen más prisiones para tener a esta lacra bien guardada. Pero, en fin, venga por acá que le muestro el libro de Montesquieu.

Subimos al primer piso donde había una habitación muy amplia protegida por una puerta blindada y dos cámaras de seguridad. No había ventanas en ese cuarto, pero un equipo de aire acondicionado mantenía la humedad y temperatura óptimas para la conservación de los valiosos ejemplares. Como en un museo, varias vitrinas alineadas encima de una larga mesa de roble contenían libros antiguos que se exhibían sobre soportes de madera lustrada.

—En esta habitación hay libros valiosísimos. Los encuentro en bibliotecas particulares de personas fallecidas. Sus herederos se las quieren sacar de encima sin tener la menor idea de las joyas que se esconden entre tantos ejemplares. Mi ocupación es pasarme horas revisando esas bibliotecas en las que suelo descubrir perlas entre miles de libros comunes. En esos casos compro la biblioteca completa, me desprendo rápidamente de los libros sin demasiado valor revendiéndoselos a libreros a muy bajo precio, y me quedo con las joyas que las vendo a coleccionistas o a investigadores como su amigo Francisco.

Recorrimos las distintas vitrinas y quedé deslumbrado por algunos títulos que yo conocía y que eran de imposible hallazgo en la actualidad. Finalmente se detuvo en la recorrida y me dijo con orgullo:

—Aquí lo tiene: primera edición de Del espíritu de las leyes de Charles-Luis de Secondat, barón de la Brède y de Montesquieu, publicada anónimamente en Ginebra en 1748. Dos años después, en 1750, los filósofos de la Ilustración toman como propia a esta obra monumental en la parte donde se denuncia el despotismo y se exalta la libertad y la tolerancia.

Don Abram se calzó guantes de látex, me dio un par a mí y extrajo de su celda transparente la reliquia bibliográfica. La puso sobre un escritorio con cubierta de terciopelo y me invitó a sentarme para hojearlo tranquilo.

No estuve mucho tiempo pasando las frágiles páginas amarillentas. Me daba miedo que se quedara algún pedazo en mis manos. El libro estaba impecable y debía mantenerse así. Se lo devolví y, un poco para justificar mi visita y seguirle la corriente, le pregunté cuánto pedía por él.

—Lo tengo en treinta mil dólares. Si lo vende, usted se gana el diez por ciento.

—Me gustaría comprarlo yo, pero para regalárselo a un gran amigo y ex maestro, el doctor Bernardo Stocic, que es un admirador de Montesquieu. Pero es mucho dinero para mí.

—No hay problema, reduzca su diez por ciento y quedan 27.000, más un descuento que puedo hacerle, y se lo dejos en, digamos, 25.000. Pongamos… 24.

—No, no puedo gastar tanto.

—22.000 y cerramos trato —me apuró Abram, habituado al regateo.

—Mire, don Abram, no es que el libro no lo valga, pero yo sólo podría pagar diez mil dólares, y como se trata de mucha diferencia, directamente ni le hago la oferta.

—Hombre, hagamos una cosa. Me adelanta los diez mil, se lleva el libro, y me completa otros cinco mil en seis meses. Quince mil dólares es un regalo, y va a quedar muy bien con su amigo. Le aseguro que no hay otro ejemplar como este en la Argentina. Y los que están en el exterior pertenecen a bibliotecas públicas.

—Déjeme pensarlo, don Abram. Le contesto en unos días. Tengo que consultarlo con mi esposa.

—Perfecto. Cuando se decida me pega un telefonazo —me causó gracia esa expresión tan antigua: «me pega un telefonazo»—. Y si quiere vendérselo a otro colega, me avisa y lo trae acá para mostrárselo.

Me ofreció un café y bajamos al living. Nos sentamos en dos cómodos sillones de cuero y llamó a una empleada para que nos traiga café y unas facturas.

Era un hombre de personalidad interesante, agradable, simpático, pero sus ojos negros y pequeños se mostraban desconfiados, siempre atentos, observadores de cada detalles. A pesar de su avanzada edad se lo veía muy enérgico, de voz firme y memorioso. Vestía una camisa blanca, pantalones de traje color azul oscuro y una corbata azul con rayas oblicuas de un tono gris claro. Calzaba mocasines de calidad, marrones y bien lustrados. En un perchero próximo a la entrada se veían cinco sombreros de fieltro de colores gris, marrón y negro, combinables con diferentes atuendos.

—Tiene una fortuna en libros, don Abram. Me imagino que tendrá miedo de que se le metan en la casa y lo asalten —le pregunté con intención de orientar la conversación hacia lo que nos interesaba.

—¿Cómo no voy a tener miedo? —contestó con un cambio notorio de expresión—, si estamos a merced de criminales que andan sueltos por las calles. Y todos reincidentes, gente que ha cometido muchos asaltos a mano armada y hasta asesinatos. ¿Me quiere decir por qué están en libertad? Usted asoma la nariz a la calle y no sabe quién de los que lo rodean es un ladrón en busca de una víctima. Es un drama para esta sociedad desprotegida. Yo tomo mis precauciones. Tengo armas de fuego en la casa, en distintos lugares. Si se me meten me voy a resistir a los balazos, eso téngalo por seguro. Pero tomo muchas precauciones. Usted vio la cámara blindada en la que guardo los libros más valiosos. Allí hay doscientos mil dólares en libros. Plata no van a encontrar porque me manejo con transferencias bancarias y cajas de seguridad en dos bancos. Pero esta gente lo mata por un simple televisor.

—Sí, y la situación está empeorando.

—¿Usted sabe que hay familias de ladrones?

—He sabido de algunas.

—Ortega y Gasset dijo una vez que se proponía escribir un libro sobre las familias de ladrones. Estaba obsesionado con ese fenómeno que, según afirmaba, era más común de lo que se suponía. Lamentablemente, Ortega falleció y nunca escribió ese libro.

—Mire, por algo cuando una víctima mata a un ladrón en defensa propia, luego recibe las amenazas de sus familiares. Si no se trataran de familias de delincuentes aceptarían la mala suerte del hijo o el hermano que andaba en malos pasos. Pero cuando amenazan a un pobre jubilado que lo único que hizo fue defenderse, es porque son todos de la misma calaña.

—De chiquitos, sus padres les enseñan a robar y a manejar armas. Son familias de criminales. Recuerdo una película protagonizada por Sean Connery. Él era un delincuente profesional, ya viejo, que le enseñaba el oficio a su nieto. Pero era un tipo sensato, porque siempre le repetía: «No cometas el crimen si no estás dispuesto a pagar el precio». En otros tiempos, el delincuente sabía que podía perder y ser apresado o muerto. Ahora, el consumo de drogas ha creado una nueva casta de delincuentes crueles y embrutecidos que no aceptan perder. Si usted se defiende, es un enemigo al que hay que destruir. Habría que matarlos a todos —dijo con un resentimiento que le salió del fondo de su alma—; tipo que reincide tendría que terminar muerto. Pero, las corrientes ideológicas actuales nos quieren convencer de que esos malhechores son víctimas del sistema y que nosotros somos los culpables de que ellos deban delinquir para vivir. ¿A usted le parece que muchos de nuestros jueces y políticos piensen así?

—Mire, don Abram, yo no estoy a favor de la pena de muerte. Pero si, de que los criminales más peligrosos terminen sus días en una celda sin volver a ver la luz del sol.

—Ojalá, como en los Estados Unidos. Allá, treinta años son treinta años, y cadena perpetua es morir en prisión.

—Lo que está sucediendo acá es que mucha gente está dispuesta a hacer justicia por mano propia. Ya se han hecho varios linchamientos…

¡Pero claro, hombre! ¿Qué otra cosa le queda a la gente de bien? Agruparse, agarrar a un violador o asesino y matarlo a palos, como lo han hecho. Pero acá si usted mata a un asaltante lo meten preso y lo procesan por homicidio agravado. Si tiene suerte, lo acusan de exceso de legítima defensa, un escándalo que no se puede creer. Pero yo le digo que eso se va a terminar…

—¿Le parece, don Abram? Yo no veo cómo…

—La gente se va a organizar, créame. Si no tenemos justicia habrá que hacerla por nuestras propias manos. Algunos ya lo están haciendo.

En ese momento, la empleada nos sirvió dos cafés dobles y una bandeja de facturas recién horneadas. Cuando endulzamos el café y mordimos sendos vigilantes exquisitos con dulce de membrillo y crema pastelera, le pregunté a don Abram:

—¿Usted dice que ya lo están haciendo? No entendí eso…

—No… decía nomás… Su amigo Francisco estaba investigando a una sociedad secreta que, según él, se dedicaba a capturar criminales muy peligrosos para ajusticiarlos. No sé. ¿A usted no le gustaría, doctor?

—Soy un hombre de derecho, no puedo estar de acuerdo con hacer nada al margen de la ley. Lo que a mí sí me gustaría es que el Estado se ocupara de su principal función, por no decir la única: proteger la vida y la propiedad de los ciudadanos y castigar a los criminales.

—Claro, eso es lo ideal. Pero no ocurre en la Argentina, y la realidad es tan alarmante que si no hacemos algo para defendernos nos van a matar a todos.

Ya no valía la pena seguir hablando de eso. Abram me había dado algunos indicios de la existencia de la sociedad a la que sin duda pertenecía, pero como sabía que yo lo estaba buscando a Francisco (aunque no sabía que yo sabía que fueron ellos los que lo secuestraron), estaba siendo cauteloso y no me iba a dar datos precisos que me orientaran en esa búsqueda.

Me despedí de don Abram y quedamos en volver a vernos por el libro de Montesquieu.

Cuando salí de su casa, ya sobre el mediodía, lo llamé a Alieto a su celular para preguntarle si tenía novedades sobre el allanamiento del edificio de la calle Chile. Me respondió que se hacía a las cinco de la tarde. Quedamos en encontrarnos media hora antes en la fiscalía.


© 2020 Enrique Arenz 

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