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Organización Albatros (Capítulo 5º)

 

5

En la tarde del día siguiente, Helena me anunció que un señor mayor, que se identificó como Abram Lipovich, venía a verme de parte del librero Santiago Aldizábal. Lo hice pasar enseguida.

Cuando lo vi me sobresalté: era la misma persona que entró por el pasadizo del fondo en el autoservicio de la calle Chile. (Él también pareció sorprenderse al verme; más tarde yo recordaría esa casi imperceptible reacción y la entendería).

—¿Usted es el amigo de Santiago Aldizábal? —le pregunté.

—Conocido, en realidad —me corrigió con una agradable sonrisa—. Cuando se llega a mi edad los amigos ya son un recuerdo. Con Santiago nos conocemos porque me dedico a la búsqueda de libros antiguos que me encargan los libreros como él.

—Sí, me lo dijo Santiago. Lo elogió mucho, me juró que usted encuentra hasta una biblia de Gutenberg si se lo encargan.

Don Abram volvió a sonreír. Le había gustado el elogio.

—Tanto como eso, no —respondió mientras tomaba asiento frente a mi escritorio—, aunque una vez conseguí un ejemplar de la segunda edición del Quijote.

—¿No me diga? ¿Y cómo fue que logró esa hazaña?

—Por conexiones que me fueron orientando. Lo tenía en su poder un ex nazi que seguramente lo robó de alguna biblioteca judía. Lo importante no fue el hallazgo del libro, sino que, buscando ese ejemplar, descubrí a un nazi muy importante que vivía acá en Buenos Aires.

—Supongo que lo habrá denunciado.

—Por supuesto, y fue capturado por el Mossad. Pero antes de eso le compré el libro a un precio muy conveniente. Fue el mejor negocio que hice con un libro —rio alegremente. Se lo veía de buen humor, aunque mi instinto secreto me decía que estaba fingiendo.

—Eso es lo que se llama una carambola: capturó a un nazi y consiguió un libro valioso. Santiago me puso al tanto de lo que ocurrió con sus padres durante el nazismo y de su cooperación con Simón Wissental.

—Sí, pero fue hace muchos años. Me cansé de todo eso y ahora sólo busco libros. Usted que es abogado: ¿le interesa una primera edición de Del espíritu de las leyes de Montesquieu, publicado de forma anónima en Ginebra en 1748?

—¿Lo tiene? ¿En serio?

—Ajá. Si le interesa…

—Soy un admirador de Montesquieu y he releído cien veces esa obra cumbre. No creo que esté a mi alcance económico. Pero me encantaría verla, si en algún momento usted tiene la amabilidad de permitirme…

—Claro, se viene a mi casa y se lo muestro. Lo tengo en una vitrina, no se puede tocar. Pero con usted haría una excepción. Si se pone unos guantes de látex, se lo dejaría hojear. Por ahí se decide. Y aunque usted no lo compre, me puede conseguir un comprador. Le daría, naturalmente, una comisión.

—Sí, don Abram, conozco abogados ricos que estarían interesados.

—Bueno, anote mi domicilio…

Anoté febrilmente la dirección de ese hombre que parecía pertenecer a la OAS según lo hacía presumir su presencia en la trastienda del autoservicio de la calle Chile.

—Puede venir a verme mañana a la mañana, si le parece bien. Voy a estar todo el día en casa. Pero ahora vamos a lo nuestro. Santiago me dijo que usted quería hablar conmigo por la desaparición de ese sociólogo que mencionaron por radio y televisión. Un caso extraño…

—Si, señor Lipovich. Es un amigo mío, Francisco Ferrán Campos, que desapareció hace ya una semana. Santiago Aldizábal, que también era muy amigo de él, me comentó que tuvo alguna clase de contacto con usted.

—No mucho, pero sí tuvimos un trato comercial. Me lo presentó el propio Santiago en su librería si mal no recuerdo. Estuvimos hablando de libros viejos porque él estaba interesado en un ejemplar imposible de encontrar.

—Algo me dijo Santiago. ¿Era un libro sobre una organización medieval o algo así?

—No me acuerdo. De lo que sí me acuerdo es de que tuvimos una interesante conversación sobre las sociedades secretas, un tema que en algún momento me interesó. Cuarenta años atrás se hablaba mucho de la organización Odessa que protegía a criminales nazis, y yo quería saber cómo funcionaba. Pero después me alejé de todo eso porque ya era una obsesión que no me dejaba vivir.

—¿Y llegó a tratarlo posteriormente a Francisco?

—Sí, estuvo en mi casa para mirar los libros que yo tenía sobre lo que él andaba buscando. Una vez me compró un ejemplar del siglo XVII sobre una logia danesa.

—¿Se acuerda el título y el autor de ese libro?

—No, para nada. Además, estaba escrita en neerlandés, chino básico para mí. Lo recuerdo porque me pude sacar de encima ese ejemplar invendible. Una mala inversión mía. Después de eso, lo vi dos o tres veces, siempre en mi casa.

—De ese breve trato libresco, ¿pudo saber en qué andaba Francisco que pudiera ponerlo en peligro?

—Si no lo saben ustedes que son sus amigos, ¿cómo lo voy a saber yo que apenas le vendí algunos libros y charlé un poco con él?

—Es que ese primer libro del que me habló podría estar relacionado con lo que Francisco estaba investigando, y yo sospecho que hay alguna relación entre su investigación sociológica y su desaparición.

—Sólo puedo decirle que era un libro raro que se relacionaba con alguna sociedad secreta antigua, una suerte de logia masónica, y, como le dije, él investigaba sociedades secretas. Pero no tengo otro dato para darle.

—Bien, señor Lipovich, le agradezco que se haya molestado viniendo hasta aquí. Mañana voy a pasar por su casa para ver esa edición de Montesquieu, y tal vez podamos hacer algún negocio en el futuro.

—Para hacer negocios, siempre me va a encontrar a su disposición.

El señor Abram Lipovich se puso de pie sin las dificultades que suelen entorpecer a las personas muy mayores, me dio la mano con firmeza y se retiró con el mismo paso lento pero firme que le observé en el autoservicio.

 

Esa noche llegué a casa en excelente estado de ánimo. Antonella lo advirtió enseguida y supo que tendríamos sexo después de varios días de abstinencia. Yo había estado depresivo a causa del mensaje de mi amigo y su desaparición.

—Hoy ha sido un día de revelaciones sobre el caso Francisco —le dije.

—Esperá, antes de que me cuentes nada vamos a la cama.

—Pero los chicos…

—Qué chicos ni chicos —respondió mientras me tomaba de la mano y me arrastraba al dormitorio—. ¿Te olvidaste de que hoy se quedaban a dormir en lo de tu hermana?

—¿Y no cenamos?

—Después. Ahora vamos a coger. Hace una semana que me tenés hambrienta.

Antonella tenía razón. Extenuado por las tensiones de la investigación sobre la desaparición de Francisco, noche tras noche me quedaba dormido antes de que ella llegara a la cama.

En los años que llevo casado con Antonella, aprendí que, si uno ama a su mujer, cada relación sexual con ella resulta diferente; las sensaciones nunca son las mismas, los efectos psicológicos tienden a ser cada vez mejores y, a veces, la realidad nos sorprende con alguna novedad inesperada. Fue lo que sucedió esta vez.

Antonella me arrastró literalmente al dormitorio, sólo me besó brevemente en la boca y me hizo un fugaz tocamiento que me provocó una inmediata erección. Se separó de mí y me advirtió: «Hoy, nada de preámbulos». Comenzó a quitarse la ropa mirándome con estimulante lascivia. Hice lo mismo. Nos desvestimos con los ojos puestos en el cuerpo del otro. Sentí oleadas de lívido cuando vi primero sus pechos y después su pubis y sus piernas. No nos tocamos, excepto con nuestras ardientes miradas. Sin perder un segundo, ella simplemente se arrojó desnuda sobre la cama con sus muslos separados en suplicante receptividad. Y tan pronto su espalda se apoyó en la sábana, y antes de que su cabellera esparciera su fragancia sobre la almohada, yo ya estaba sobre ella introduciéndome con lentitud milimétrica en el calor húmedo de su acariciante intimidad. Apoyado en mis brazos mantuve mi torso separado para observar cómo movía sus caderas con calculada lentitud mientras yo permanecía inmóvil en lo más hondo de ella. Me acarició los brazos desde los hombros hasta las muñecas mientras repetía lo mucho que me amaba y me deseaba, hasta que la mansedumbre de su estrecho santuario empezó a agitarse con sus primeras contracciones. Era el momento, la abracé con fuerza y abandoné mi inmovilidad, besé su cuello, introduje mi lengua en su oreja, escuché extasiado sus ruegos jadeantes y cuando estallaron sus estremecimientos me derramé espasmódico para que ella sintiera, en el momento de su máximo goce, mi potente y pulsátil efusión.

El maravilloso regalo de Dios, el placer mágico del acople carnal entre dos seres que se aman, se había manifestado una vez más con esas sensaciones incomparables que nadie ha podido ni podrá describir con palabras.

—¿Quedaste conforme? —le pregunté a Antonella con fingido tono machista cuando la agitación me permitió hablar.

—Sí, macho vanidoso —me respondió mimosa besándome en la boca.

—No me diste las gracias.

—Pero por qué no te vas a la reputa… —contestó mientras me tiraba la almohada por la cara.

—Tengo hambre —comenté.

—Me ducho y vamos a cenar. Pero te anticipo que quiero más sexo.

—Se hará lo que se pueda, Anty. Pero primero tengo que comer y tomarme un whisky. Hoy me gané estos pequeños placeres.

—¿Cómo pequeños placeres?

—Me refiero al whisky, ¡que susceptible que estás, mi amor!

 

Cenamos, nos bebimos un par de whiskys cada uno y hablamos largamente de lo sucedido ese día.

—No salgo de mi asombro. ¿Viste en el autoservicio al anciano que vende libros y que hoy fue a verte a tu oficina?

—Fue una feliz coincidencia que él entrara en ese negocio cuando yo estaba husmeando. Se trata de un viejo cazador de nazis que perdió a sus padres en un campo de concentración y que se ha pasado la vida buscando criminales prófugos. Parece como si su mundo fuera moverse en la oscuridad para atrapar criminales nazis. Sólo Dios sabe los padecimientos que debió soportar desde muy chico. Esas tragedias personales marcan a las personas para siempre. Aunque no tengo más que evidencias circunstanciales, estoy convencido de que se trata de un miembro prominente de la Organización Albatros.

—Yo pienso que si ellos secuestraron a Francisco fue porque descubrieron que los estaba investigando —conjeturó Antonella—. Fue como un delator, un ene­migo infiltrado, imaginate.

—Sí, seguro. Por el borrador que escribió Francisco, a los criminales que capturan los eliminan inmediatamente, pero cuando se trata de negligencias o traiciones de sus propios miembros, los juzgan como a un par, con todas las garantías de defensa. Pareciera que se toman su tiempo para escuchar al acusado.  A lo mejor puede elegir un defensor entre los abogados del grupo. No sé cómo será eso. En ese caso podemos suponer que, dado el poco tiempo transcurrido, a Francisco todavía no lo han matado. Lo deben de tener en una celda mientras avanza el proceso.

—¿Sabés qué pienso, Facundo? Que no podés perder más tiempo.

—¿Creés que llegó el momento de hablar con Alieto?

Antonella asintió con la cabeza. Nos miramos y ella dijo:

—Si a Francisco lo tienen cautivo en ese edificio de la calle Chile, habría que allanarlo ya mismo, sorpresivamente, para rescatarlo, si es que todavía se mantiene con vida.

—Pero el delito de secuestro es de jurisdicción federal… Bueno, al menos el secuestro extorsivo.

—No está formalmente comprobado que se trate de un secuestro, y menos de un secuestro extorsivo. A lo sumo se podría hablar de privación ilegítima de la libertad. Por ahora es una desaparición de persona. Tal vez puedas convencerlo a Alieto de que haga el allanamiento y rescate a Francisco. Después el juez decidirá lo referido a su competencia.

Me quedé pensando. No estaba mal encaminado el razonamiento de Antonella. Lo prioritario era rescatar a Francisco antes de que lo maten, no podíamos perder un minuto más. Haber mantenido en reserva el borrador de Francisco se justificaba cuando no teníamos ninguna evidencia, pero ahora que conocemos el edificio donde funciona la organización, la situación cambió radicalmente.

—Creo que tenés razón, Antonella, como siempre —me incliné sobre la mesa y le di un beso. Sus ojos se pusieron libidinosos otra vez. No me di por enterado y continué—: Voy a esperar que el Rolo me informe lo que observó y fotografió durante su vigilancia de hoy frente al autoservicio, y después le llevo todo a Alieto.

Lavé los platos mientras Antonella se acostaba. Luego me duché, me puse el piyama y me fui al dormitorio con la esperanza de que ella ya se hubiera dormido. Me sentía muy cansado, y con el rapidito de antes de la cena ya estaba totalmente hecho. Los hombres necesitamos un tiempo de recuperación entre un polvo y otro. Pero apenas me acosté y apagué la luz, ella, que estaba agazapada esperándome, se me vino encima. Ahora estaba tranquila y buscaba mis besos y caricias. Yo respondí a su ternura y la acaricié sin llegar a excitarme. Ella se entregó lánguida y sumisa a mis estímulos manuales, se puse de espaldas y me dejó hacer, hasta que logré provocarle un orgasmo intenso pero distinto al anterior, más espiritual que físico, tranqui, dulce, amoroso.

Esta vez ella me dijo al oído: «Muchas gracias, amor», se rió, me dio un beso y se quedó instantáneamente dormida.

¿Y yo? ¿Cómo hacía ahora para dormirme?

Es que, sobre el final, me había excitado. ¡Y la tenía como un garrote!


© 2020 Enrique Arenz 

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