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Organización Albatros (Capítulo 4º)

 

4

Esa noche conversé con Antonella hasta pasada la medianoche.

Ella me convenció de ponerla al tanto a la esposa de Francisco sobre las revelaciones que había escrito su marido. Beatriz tiene todo el derecho de saberlo, me dijo. Y tenía razón: una cosa era mantener la reserva ante el fiscal, para evitar que la Organización se enterara de que estaba siendo investigada por la Justicia y tomara recaudos para destruir pruebas, y otra, ocultarle estas novedades a Beatriz, no sólo porque ella era mi cliente, también porque podría aportar algún elemento importante para la investigación.

La llamé temprano en la mañana y la cité a mi oficina. Llegó a eso de las diez.

—¿Tuviste alguna novedad? —le pregunté.

—No, hablé con familiares y conocidos. Nadie sabe nada.

—Bueno, mirá, quiero que leas tranquila un texto bastante largo que dejó Francisco en el pendrive que me diste. No lo quise imprimir por precaución, así que lo vas a leer en mi computadora.

—¿Es algo malo? —preguntó temerosa.

—Leelo y después hablamos. Te hago servir un café y me voy a trabajar en la oficina de al lado. Cuando lo termines, me avisás.

Helena nos sirvió el café y yo me fui con el mío a la oficina lindera donde tenía mucho trabajo atrasado. La lectura le llevó unos cuarenta minutos. Cuando regresé a mi despacho, ella era otra mujer. La atractiva y todavía joven Beatriz había envejecido de golpe, su cara se había puesto húmeda y blanca, arrugas verticales afeaban sus mejillas y estaba encorvada en la silla como una anciana.

—¿Qué es esto, Facundo? —me preguntó con la voz temblorosa.

—Los apuntes de Francisco sobre la investigación que estaba haciendo hasta el momento de desaparecer. A mí también me horrorizó. ¿Qué me podés decir sobre lo que leíste?

—Nada, nada… Yo nunca me enteré de esto. Por Dios, en qué se metió Francisco… Por un momento sentí que estaba casada con un desconocido.

—¿Nunca te comentó nada acerca de esa organización criminal?

—Jamás. Hacía tiempo que no me hablaba de sus investigaciones para ahorrarse reproches, como te dije el otro día. Solíamos discutir porque yo le recriminaba que perdiera el tiempo que podría dedicarle a su familia, en una actividad que no le daba ninguna ganancia. Para mí, lo que él hacía era un simple hobby, un entretenimiento egoísta. Pero ahora me siento culpable porque si él me hubiera hablado de esto… si lo hubiéramos conversado, yo quizás lo habría convencido de que no fuera tan lejos.

Me sentí molesto. Era la segunda vez que Beatriz me reconocía que le hacía la vida imposible a Francisco porque empleaba su tiempo libre en una actividad no lucrativa que lo apasionaba. Es un hábito detestable de la sociedad occidental: respetamos el trabajo ajeno si es rentable, de lo contrario lo consideramos holgazanería, pasatiempo, puerilidad. «¿Cuál es su ocupación, le preguntó el juez al acusado? Soy poeta, respondió el joven. Está bien, dijo el juez, ¿pero de qué trabaja?». Francisco era sociólogo, pero se ganaba la vida en otra actividad. Su pasión, su vocación, era estudiar el comportamiento de las personas que se asocian para alcanzar ciertos objetivos. Quería escribir un libro sobre esa misteriosa inclinación humana hacia la cooperación social, libro que quizás nunca se publicaría, pero que escribirlo le daban un sentido a su vida. Pero su mujer, en lugar de apoyarlo, lo querellaba continuamente por perder el tiempo en cosas inútiles. Las consecuencias de una incomprensión semejante resultan devastadoras para las personas que las sufren. Se recluyen en sí mismas y trabajan en silencio, casi clandestinamente durante años, hasta que la soledad y la tristeza erosionan su entusiasmo y terminan por abandonarlo todo. Aunque esas personas sean exitosas en su trabajo ganapán y logren darles un bienestar económico a sus familias, incluso aunque se hagan ricas vendiendo lavarropas o sembrando soja, siempre se considerarán a sí mismas malogradas y fracasadas. Yo no quería culparla de nada a Beatriz, es una excelente mujer, pero se me ocurría que si Francisco se metió en semejante lío fue porque nunca pudo contar con ella. Y hasta me atrevería a decir que, inconscientemente, él quería hacer algo importante sólo para impresionarla.

—¿Le llevaste esto al fiscal? —me preguntó.

—No. Todavía no lo decidí. Pensaba no darlo a conocer por ahora para no alertar a esta organización, pero si vos querés, lo llevo hoy mismo.

—¿Qué sería mejor para Francisco, suponiendo que lo tengan secuestrado?

—Creo que estaría más seguro si esto se mantiene en secreto. Si lo llevo a la fiscalía va a haber un inmediato debate sobre la jurisdicción, y el juez con seguridad se declarará incompetente y enviará las actuaciones a la Justicia Penal Federal. La organización tiene ojos en todas partes. Se van a enterar. Y no sabemos cómo reaccionarían. Podrían tomar represalias contra Francisco.

—Entonces manejalo vos como mejor te parezca, Facundo.

—De acuerdo, Beatriz. Mantendremos la reserva por un breve tiempo, el que sea suficiente para permitirme ubicar el lugar donde funciona esta sociedad. Francisco no nos revela ningún domicilio, pero dice que está en el centro de Buenos Aires, en un edificio de tres pisos sobre un autoservicio. Voy a empezar por ahí. Te tengo al tanto, Beatriz. No comentes esto ni con tu almohada.

 

Ya no lo tengo a mi detective todo terreno Francisco (el ingeniero) Arribeño, que asesinaron por estar investigando un caso que yo le había encargado. Pero desde su muerte podía contar con un colaborador suyo, Rolo Garmendia, un joven muy avezado en informática que con la muerte de su jefe empezó a atender a sus clientes. Tiene el estilo investigador que aprendió del ingeniero, y vinculaciones casi tan importantes como las de su maestro. 

Lo llamé a su celular y le encargué que me averiguara con urgencia en Catastro, en Propiedad inmueble o en la dependencia del gobierno de la Ciudad que correspondiera, cuáles son los edificios viejos que tienen un autoservicio en la planta baja y tres pisos altos, dentro del siguiente perímetro: Córdoba, Callao, Av. San Juan y el Bajo (Paseo Colón-Leandro Alem).

Fui a la fiscalía a mirar el estado del expediente. Se había cursado a la Policía de la Ciudad una orden de búsqueda de persona y del automóvil de Francisco. También habían citado como testigos al vecino de Francisco, que fue el último que lo vio el día que desapareció, al ingeniero Gabriel Lowchamp, su jefe, y al librero Santiago Aldizábal

Con esfuerzo logré convencer a Beatriz de que fuéramos a los canales de noticias para denunciar la misteriosa desaparición de Francisco, y conseguimos, con la ayuda de amigos míos periodistas, que la noticia y la fotografía de Francisco se difundiera por la televisión y en las ediciones digitales de los principales diarios nacionales.

También participamos, Beatriz y yo, en programas de la noche de los canales de noticias, y yo logré mis quince minutos de fama entre mis amigos y conocidos de Tribunales, que con sorpresa (y algunos con envidia) me vieron hablar del sociólogo desaparecido. En ningún caso mencionamos el mensaje que yo había recibido de Francisco ni mucho menos de la organización justiciera que lo tenía cautivo.

Enseguida se difundió el extraño caso del sociólogo desaparecido. Esto ayudaba a Francisco, si es que aún estaba con vida, y aceleraba la acción de la policía y de la Justicia que a menudo necesitan la presión de la opinión pública para cumplir con su trabajo.

Tanto la casilla de correos de Beatriz, como su WhatsApp y sus redes sociales, se saturaron de mensajes de aliento de familiares y amigos de la pareja que se habían enterado de las noticias por la televisión y las radios.

 

El automóvil de Francisco fue lo primero que apareció. Estaba estacionado en la calle Balcarce al 700. La policía lo peritó, tomaron huellas digitales y se lo devolvieron a Beatriz. No se encontró nada anormal. Estaba como si Francisco lo hubiera estacionado en ese lugar.

No pudimos evitar que el asunto se politizara y se comenzaran a tejer hipótesis sobre un posible desaparecido por razones de la corrupción. Alguien inventó que era un arrepentido de la causa de los cuadernos y se esparcieron toda clase de absurdas versiones. Debí aparecer una vez más en algunos programas de la televisión y contestar llamados de radios para desmentir esas falsedades.

Todo esto fue muy vertiginoso y se produjo en dos o tres días. Después se enfrió y, como suele suceder entre el fárrago de malas noticias de todos los días, casi nadie (salvo algún comentario cada tanto) volvió a acordarse del sociólogo desaparecido.

Rolo Garmendia vino a mi oficina a traerme la información que le había solicitado. En la zona céntrica de Buenos Aires, y dentro del perímetro que yo había delimitado, existían cinco edificios antiguos con tres pisos altas y un autoservicio en la planta baja. Uno atrajo especialmente mi atención porque estaba relativamente cerca de donde habían encontrado el auto de Francisco. Este edificio estaba en la calle Chile casi esquina Tacuarí.

Le encargué a Rolo que fuera a ese edificio y estableciera una vigilancia durante un día completo, desde las diez de la mañana hasta dos horas después del cierre del comercio. Mis instrucciones fueron muy precisas: que observara desde su auto el movimiento de personas en el lugar, que viera si los clientes que entraban al autoservicio salían luego con sus compras, y que me anotara cuántos no lo hicieron. Le pedí también que fotografiara a personas que por su aspecto y actitudes no parecieran clientes de un almacén y que anotara cuántas de esas personas no salían al poco tiempo. También le encargué que a la tarde ingresara al comercio y comprara algunas cosas, y que observara el movimiento de gente, clientes y personas que se fueran para el fondo. Pero le advertí que debía tener mucho cuidado y no estar más de diez minutos en el interior del autoservicio.

Yo me fui a recorrer los otros cuatro edificios y entré en los autoservicios. Tres eran chinos, por lo que quedaban descartados, y el restante era un local pequeño cuyas características no encajaban en las descripciones de Francisco.

Por último, me dirigí al local que estaba vigilando Rolo. Estacioné a varias cuadras de distancia y llegué caminando por la calle Chile y por la vereda de enfrente. Rolo estaba haciendo su vigilancia desde su auto. Cuando me vio me abrió la puerta del acompañante.

—¿Cómo anda todo? —le pregunté.

—Hasta ahora entró poca gente, casi todas mujeres con sus changuitos que así como entraron, salieron. No vi a ningún personaje que me resultara llamativo.

—Bueno, Rolo, todavía es temprano. Ahora voy a entrar para echar un vistazo y me voy. Cuando se haga de noche y el negocio cierre, te quedás dos horas más para ver lo que sucede.

—De acuerdo, Facundo, pero ¿se puede saber qué es lo que buscás? Te lo pregunto para hacer mejor mi trabajo.

—No puedo darte detalles, Rolo, es un asunto muy reservado. Pero te voy a dar alguna pista. Creemos que en este edificio se reúne gente que ingresa por el autoservicio. Son personas peligrosas, por eso hay que ser muy cauto y no tienen que saber que los estamos vigilando. Lo que vos observes puede darnos la seguridad de que este es el edificio que estamos buscando.

—Entiendo, Facundo, con lo que me dijiste es suficiente para mí.

Bajé del auto, fui hasta la esquina de Tacuarí, crucé la calle Chile y caminé por la otra vereda hasta el autoservicio. Entré en el local como lo haría cualquier cliente.

Era un autoservicio bastante grande, con pequeños carritos para los clientes y pasillos estrechos entre las estanterías. En el sector de salida había dos cajas, una, atendida por una empleada joven y la otra por un señor de unos cincuenta años, bajo, fornido, de apariencia seria y desconfiada que mientras cobraba no dejaba de escrutar a todas las personas que circulaban entre las góndolas. Yo aparenté no verlo y me metí en el pasillo más cercano, tomé una botella de vino como lo haría un cliente cualquiera y recorrí el lugar observando atentamente cuanto me rodeaba. Era un comercio limpio, muy iluminado y bien abastecido. Simulando buscar distintos productos, me fui yendo para el fondo. Según la descripción de Francisco, debería haber una estantería que oculta una puerta por la que se accede a una escalera secundaria. Vi un módulo metálico con esas características que exhibía alimentos y artículos para mascotas. Cuando me acerqué, apareció de la nada un empleado de seguridad que se paró justo en el punto donde podía suponerse había un pasaje hacia otro lugar. Tomé un paquete de piedras para gatos y me quedé mirando toda la mercadería mascotera. Percibí que el empleado de seguridad me observaba sin moverse de su sitio. El supuesto pasaje estaba siendo constantemente vigilado. Ya mi iba de ese sector cuando veo acercarse a un señor muy mayor de sombrero y barba blanca, muy delgado, de mediana estatura, vestido con saco y corbata, que se dirige con paso ágil y seguro hacia el lugar vigilado. Sigo sus movimientos con disimulo y veo que cuando llega a la góndola de artículos para mascotas, el custodio lo saluda y se hace a un lado para que el anciano pase. Este desaparece detrás de la estantería.

Para no atraer la atención, tomé dos o tres cosas más y me fui para las cajas. Me tocó la cajera. Mientras pagaba con efectivo para no dejar los rastros de mi tarjeta, observé de soslayo al señor de la caja de al lado. Sus ojos escrutadores iban de un lado al otro. Salí con mi bolsa de provisiones. No volví al auto de Rolo por precaución, pero cuando él me vio salir me hizo disimuladamente una seña con el pulgar hacia arriba y me mostró su cámara profesional. Con toda seguridad, había observado y fotografiado al señor bien vestido que acababa de entrar.

Me llevé la botella de vino a mi casa y tiré las otras fruslerías en el primer cesto de basuras que encontré en la calle. Estaba satisfecho, todo parecía indicar que habíamos localizado el edificio donde funciona la OAS.


© 2020 Enrique Arenz 

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