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Organización Albatros (Capítulo 3º)

 

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Puse el pendrive de Francisco en mi computadora y aparecieron más de treinta archivos en Word. Repasé los títulos y encontré uno que me interesó en el acto:

  • Justicia Sustitutoria (título provisorio)

Era el ensayo que estaba escribiendo Francisco. Se trataba de un borrador de ochenta y ocho páginas de apuntes redactado con descuido gramatical, muy gerundiano y plagado de anacolutos. Se notaba que había sido redactado al correr del teclado, como meras y apresuradas anotaciones que pedían a gritos una urgente reescritura.

Abundaban las ideas sueltas y citas sobre el concepto de inseguridad, tanto en las sociedades modernas como en épocas pasadas, pero ponía el acento en los hechos de violencia que se registraban en la actualidad en la Argentina, Méjico y Brasil, casos casi únicos en el mundo, y recalcaba el predominio entre nosotros de cierto pensamiento jurídico en defensa de los peores delincuentes por considerarlos víctimas de una sociedad injusta que los empujaba al delito como única opción. Nada que me resultara novedoso, hasta que di con una frase que me encantó:

«Lo único que disuade al delincuente es la inevitabilidad del castigo».

Esta sentencia encabezaba una serie de reflexiones acerca de cómo lograr que el castigo de cualquier delito fuera imposible de eludir. Lo que desalienta al delincuente, recalcaba Francisco, no es la dureza de la pena sino el convencimiento de que no podrá escapar a su cumplimiento. Y enfatiza que la certeza de que no hay delito impune y que toda transgresión a la ley conduce al inexorable castigo, amedrenta al peor criminal, con excepción de los casos pasionales, intrafamiliares, de emoción violenta o insania. Y concluía que ese ideal de toda comunidad pacífica era imposible de alcanzar mientras la Justicia estuviera sometida al poder político de turno, o hubiera magistrados corruptos, cobardes o con formación doctrinal garantista hacia los delincuentes.

Luego, Francisco expone su convicción de que no se puede esperar otra cosa de una sociedad enferma como la nuestra, capaz de votar cuatro veces a una coalición electoral antirrepublicana con candidatos procesados por graves hechos de corrupción y adoctrinados en materia de seguridad por letrados garantistas a ultranza. En realidad, eso es lo que pensamos todos los argentinos de bien, incluyendo a muchos de los que votan mal por ser incapaces de reconocer la relación de causa y efecto entre sus propias decisiones en las urnas y los actos y la violencia extrema que padecen luego en las calles y en sus casas.

Y entre todas estas reflexiones, desordenadas y caóticas pero muy lógicas y de sentido común, apareció lo que yo estaba buscando. En un párrafo sorpresivo, Francisco revela, sin transición y con un giro inesperado, que después de difíciles y largas investigaciones, logró descubrir que se había constituido en la ciudad de Buenos Aires una sociedad secreta integrada por algunos militares y policías retirados, abogados y personas de distintas profesiones y actividades comerciales, cuyo nombre es OAS. (Es evidente que se refiere a la «Organización Albatros Supremacía» que mencionó en el desesperado mensaje que recibí, aunque evita escribir esas tres palabras y se limita a poner el acrónimo formado por sus siglas). Esta sociedad tiene un único objetivo: administrar justicia penal sustitutoria, de suprema probidad y férrea inclemencia.  Y transcribe la definición clásica de ambos conceptos. «Probidad»: Rectitud de ánimo, integridad en el obrar; cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo; «Clemencia»: Compasión, moderación al aplicar justicia.

Ahora cito textualmente las palabras de Francisco:

«La sociedad OAS fue fundada en marzo de 2010, con veintisiete miembros iniciales que se juramentaron luchar contra el crimen y la inseguridad ciudadana, ocupar el vacío que han dejado el poder político y los tribunales constitucionales, e impartir justicia sustitutiva en beneficio de una sociedad atemorizada e indefensa que sólo quiere vivir en paz y en libertad. La organización no tiene fines lucrativos ni políticos, no busca el poder ni el encumbramiento social ni el reconocimiento público, es absolutamente anónima y secreta y sus miembros tienen prohibido, bajo pena de muerte, revelar su existencia, ni siquiera sus familiares más cercanos.

«Su estructura tiene cuatro estamentos: un Consejo Ejecutivo, con un Presidente, dos secretarios (uno administrativo y otro letrado), cuatro vocales militares y cuatro policías (todos retirados con grado de oficial superior); un Consejo Legislativo integrado por siete miembros, cuya misión es debatir, redactar y proponer las normas que rigen la organización, sus actualizaciones, ampliaciones y reformas; un Tribunal de Justicia presidido por un abogado y compuesto por un jurado lego de cinco miembros, y la Asamblea General, el órgano máximo de decisión que se reúne obligatoriamente dos veces al año, conformada por todos los miembros de la sociedad y presidida por el titular del Concejo Ejecutivo. En un nivel inferior, y subordinado a las autoridades antes mencionadas, está el temible grupo de inteligencia y operaciones, encargado de investigar, buscar y capturar a los delincuentes previamente acusados según las normas estatutarias de la OAS. El personal de inteligencia y operaciones es el único remunerado, y cuenta con doce profesionales calificados, entrenados y dotados de armamento de guerra y la mejor tecnología disponible para el espionaje.

«La sociedad se rige por el Estatuto Orgánico que establece sus fines, límites y organización interna, y por los llamados protocolos específicos que reglamentan sus acciones en las diferentes especialidades. El Estatuto prevé que pueden ingresar nuevos miembros en la sociedad, hasta un máximo de cincuenta, bajo la supervisión y evaluación del Consejo Ejecutivo y la aprobación final de la Asamblea General. También prevé la apertura de delegaciones en diferentes puntos del país, bajo el control operativo del Consejo Ejecutivo. Los nuevos cum frater (hermano, en latín) o cofrade, una vez aceptados como aspirantes, deben someterse a una exigente formación previa, que suele demorar meses de instrucción, despersonalización (más adelante aclaro este concepto) y fami­lia­rización con el funcionamiento interno, y, por último, superar un examen psicológico y cumplir con la exigencia final, la prueba de sangre: dar muerte a un condenado por el Tribunal. Luego de este proceso, el aspirante es aceptado como Honorable Cofrade de 1er. Grado (jerarquía inicial). Se realiza una ceremonia de admisión en la sala de la Asamblea donde el aspirante pronuncia el solemne juramento iniciático y recibe su lex custos nomine, (nombre de guardián de la ley), un apodo con el que será registrado y conocido dentro del grupo. Su verdadera identidad permanecerá en secreto excepto para el presidente y miembros del Consejo Ejecutivo. Cualquier cofrade puede abandonar la organización cuando lo desee, pero su juramento y su condición de cofrade reservista se mantiene de por vida.

«La OAS funciona de esta manera. Cualquiera de sus miembros, independientemente de su jerarquía, puede denunciar a un criminal que a su criterio representa un grave peligro para la sociedad. Por lo general se trata de asesinos o violadores reincidentes que han recibido la libertad anticipada o se mantienen prófugos. La reincidencia en delitos graves es una condición necesaria, con excepción de los asesinos seriales no capturados por la policía y que la OAS ha logrado identificar y localizar con sus propias investigaciones. La denuncia es analizada por el grupo de inteligencia y operaciones. Si este organismo se convence de la peligrosidad social del denunciado y de su imposible recuperabilidad, eleva su informe al Tribunal de Justicia que está facultado para solicitar su inmediata captura y juzgarlo en forma sumarísima. Si se lo condena, sólo hay una pena: la muerte. Todos los miembros de la organización, sin excepción, están disponibles para ejecutar a un condenado. Es el Consejo ejecutivo el que lo designa para cada ejecución, para lo cual se sigue un riguroso orden alfabético de lex custos nomine.

«Aquí se produce una curiosidad interesante: cuando un miembro demuestra interés especial en ejecutar condenados sin haber sido designado (quiero decir: cuando alguien se ofrece para quitar la vida de un sentenciado sin corresponderle según el orden establecido), se presume en esa persona grave trastorno psicológico. Entonces se lo remite a los profesionales de la salud mental de la OAS para su diagnóstico y tratamiento. Esta prurito tan llamativo, se puede explicar así: el sistema de ideas de la OAS es colectivista; hay un organismo vivo que es la organización, y cada uno de sus miembros humanos son las células que le dan corporeidad y vida propia. La organización es la que investiga, captura, condena y ejecuta criminales, no los individuos que la conforman. Cada miembro, incluyendo el verdugo de turno, no actúan por propia determinación sino por mandato de la OAS. Se los forma intelectual y psicológicamente como células de un organismo superior (como la hormiga lo es del hormiguero, o la abeja, del panal). Como tales, no pueden ni deben sentir culpa al oprimir el gatillo, pero tampoco, placer, odio o cualquier otro sentimiento personal. La individualidad debe desaparecer por completo. En eso se parecen mucho a los masones para los que despojarse de la personalidad y fusionarse con el cuerpo social de sus logias es el máximo logro hacia la perfección humana. (Se entiendo por «humana» a lo que para nosotros es una abstracción: la sociedad, no a los individuos que la constituyen, que quedan así en un orden inferior). No está de más recordar que el comunismo y el nazifascismo han sustentado esos objetivos de aniquilación de la individualidad por un proyecto de sociedad colectivista. La manada que sigue a su macho alfa; la humanidad feliz, igualitaria, sin individuos diferenciados, sin disidentes, solo masa, masa amorfa, que no piensa, no cuestiona, sólo obedece.

«El Estatuto establece que el procedimiento normal es el secuestro del acusado, con profesionalidad extrema, sin testigos ni cámaras de seguridad cercanas que no hayan sido previamente neutralizadas, y su traslado a la OAS para que comparezca ante el tribunal y ser luego ejecutado. Pero si por alguna razón excepcional eso no resultara posible, el grupo de operaciones recibirá la orden del Tribunal de ultimar al sujeto en el lugar donde se encuentre. En este caso, deberán agotarse todos los recursos para transportar el cadáver a la organización con la finalidad de disolverlo mediante una combinación de ácidos oxidantes y, al cabo de dos días, cuando ya no queda ningún elemento sólido, arrojar los desechos líquidos a la red cloacal. La prioridad es hacer desaparecer los cadáveres y no dejar rastro alguno de la operación.

«Cuando el acusado (que en la práctica ya está condenado) es llevado ante el Tribunal, el presidente le comunica las acusaciones que recaen sobre él y se le concede el derecho formal de defenderse. Se lo escucha respetuosamente y luego el jurado de cinco miembros se retira a deliberar. Deciden por mayoría simple si se lo condena o se lo absuelve. Pero este procedimiento es puramente simbólico, y tiene por finalidad evitar eventuales reproches morales de alguna conciencia vacilante no suficientemente despersonalizada, porque se trata de delincuentes reincidentes ya condenados con anterioridad por la Justicia ordinaria. Por lo tanto, el Jurado lo declara culpable y el presidente del Tribunal lo condena a muerte.

«El condenado es inmediatamente ejecutado de un balazo en la nuca por el verdugo de turno. Posteriormente se lleva el cadáver a una cámara donde un gran piletón de plástico está disponible para recibirlo. Una vez que ponen ahí dentro al muerto, llenan el recipiente con los ácidos corrosivos. La cámara de disolución se cierra con hermetismo para que los gases tóxicos que se producen en el borboteante proceso no esparzan malos olores.

«Por lo que he podido averiguar, hasta ahora han sido ejecutados cerca de setecientos delincuentes muy peligrosos, todos ya condenados en más de una ocasión por la Justicia ordinaria y liberados por algún juez garantista o coimero. Todos son reincidentes y muy violentos. Es sabido que en los penales argentinos muy pocos se reforman. Casi todos salen peores, resentidos y más violentos. La organización actúa sobre estos degradados irrecuperables. Nadie es secuestrado ni buscado por su primer delito, haya o no cumplido una condena. Es con la reincidencia cuando se pone en movimiento el mecanismo de la OAS. Hasta ahora sólo unos pocos familiares de desaparecidos han formalizado alguna denuncia, pero como se trata de delincuentes con antecedentes, la policía presume abandono de hogar o ajuste de cuentas y ni se ocupa de buscarlos. La mayoría de los condenados son prófugos de prisión domiciliaria o de salidas transitorias, por lo cual nadie sabe dónde pueden estar escondidos.

«Ahora bien, se rumorea que, por causa de una infidencia de un miembro de la OAS, en el submundo del crimen empezó a correrse la voz del accionar de una organización justiciera, aunque ignoran su denominación ni quienes la integran, y el mito atemorizante de inapelables sentencias a muerte ha convencido a muchos delincuentes de irse de Buenos Aires. Por ese motivo, la sociedad planea extender su radio de acción a las principales ciudades de la Argentina, pero esto requiere incorporar muchos nuevos cofrades, y no hay tantos aspirantes que, además de ser confiables, estén convencidos de comprometerse para cumplir esa función, sobre todo porque la cofradía exige que quienes la integren tengan independencia económica, que no se hallen sujetos a necesidad material alguna y, además, estén en condiciones de poner plata para el financiamiento de sus altos costos. Yo he llegado a la conclusión de que los hechos de violencia que se registran a diario en la región metropolitana serían muchos más si no hubiera existido la OAS. La sola sospecha de la existencia de un poder desconocido que castiga el delito grave en forma inexorable, ha disuadido a muchos criminales o los ha expulsado de Buenos Aires y sus alrededores».

Yo no salía de mi asombro al leer semejantes revelaciones. ¡Un verdadero escuadrón de la muerte estaba funcionando en Buenos Aires desde hacía diez años y ya llevaba setecientos delincuentes desaparecidos! Pero lo que me heló la sangre fue enterarme de que Francisco, para investigar a fondo esta so­ciedad secreta, había tomado contacto con uno de sus miembros más prominente y le había expresado su deseo de formar parte de ella. Sobre esa decisión, Francisco escribe lo siguiente:

«Lejos de compartir la idea monstruosa de una justicia privada que actúa al margen de la legalidad, pretendo llegar lo más lejos que pueda en mi investigación. Me he decidido a transitar todo el proceso de mi admisión hasta alcanzar el último tramo, que es la ejecución de un condenado. La sola idea de matar me horroriza, y no pienso hacerlo, ese es mi límite. Por ahora me están evaluando e informando. He conocido al Presidente, cuyo lex custos nomine es «Nepal». El señor Nepal me explicó cuál es la finalidad de la organización y cómo son sus procedimientos. Simulé someterme convencido a mi despersonalización. Fingí mi total rechazo del individualismo egoísta, cuando en realidad pienso todo lo contrario. Los convencí, quedaron encantados con mis ideas colectivistas.

«Cuando llegue el momento de superar mi prueba de sangre, ya habré logrado suficiente información para terminar este ensayo y denunciarlos ante la Justicia. A ellos les diré que no tengo valor ni equilibrio emocional para estar en la organización y pediré cancelar mi ingreso. Esto es riesgoso, no sé cómo pueden reaccionar ante la reculada de alguien que todavía no ha prestado juramento de lealtad pero que ya está en conocimiento de la existencia y acciones de la OAS, pero como en la evaluación que me están haciendo han llegado a la conclusión de que soy una persona honrada y confiable, y teniendo en cuenta que el que me presentó es un miembro muy respetado y antiguo, creo que no van a tomar a mal que me eche para atrás. Entretanto estoy asistiendo a cursos de preparación y se me permite recorrer las instalaciones de la sede secreta que funciona en pleno centro de Buenos Aires. Es un edificio antiguo insospechable. En la planta baja funciona una almacén autoservicio cuyo propietario es uno de los miembros encumbrado de la OAS. Se accede a las dependencias por ese mismo local, siempre lleno de clientes, y a través de una puerta secreta detrás de una estantería en el fondo. Esa puerta da a una escalera secundaria. El antiguo edificio tiene tres plantas sobre el autoservicio y un sótano dónde se realizan las ejecuciones y la licuación de los cuerpos.

«Finalmente debí presenciar una ejecución. Fue un momento horrible, aunque confieso que cuando el presidente del tribunal leyó las acusaciones con detalles escalofriantes de las atrocidades cometidas por el acusado, por un momento sentí que quería ver muerto a ese criminal. El infeliz se puso a llorar como un chico, pedía perdón, prometía no volver a violar ni a torturar ni a matar. (Me han dicho que todos son unos llorones, que no hay gente más cobarde que estos criminales impiadosos. Cuanto más crueles son con sus víctimas, más miedo le tienen a la muerte). Lo hicieron arrodillar, y en medio de gritos desesperados del condenado que rogaba por su vida, se acercó el verdugo asignado (con su cara cubierta por una máscara, y su cuerpo, por una larga capa gris, para que nadie, excepto el Consejo Ejecutivo, sepa de quién se trata), le puso al tipo una capucha acolchada en la cabeza para que la sangre y la masa encefálica no se desparramen por la sala, se la anudó ajustadamente en el cuello, le apoyó el caño de un revólver en la nuca y disparó.

«Cuando el condenado cayó muerto, el presidente pronunció la reglamentaria y románica frase: consumatum est, y a continuación se escuchó un fragmento del Réquiem de Mozart, más precisamente, la secuencia Lacrimosa, para crear un clima de profunda tristeza ante una muerte provocada y necesaria. Mientras todos escuchaban la conmovedora obra, tomaron el cuerpo entre dos y lo arrastraron a la cámara funeraria donde se lo puso en disolución. El cuerpo permanecerá en ardiente remojo durante cuarenta y ocho horas, que es el tiempo que tarda en producirse la licuefacción de los tejidos, huesos y ropa del ajusticiado. Hubiera querido filmar o tomar fotografías de todo este macabro proceso, pero al entrar todos deben dejar sus celulares en custodia».

El escrito de Francisco continúa con algunas descripciones intrascendentes que me aburrieron, hasta que una frase me hizo dar un respingo: «Finalmente fui aceptado como cofrade de 1er. Grado y presté el solemne juramento iniciático».

¡Francisco fue aceptado como miembro de la OAS! Pero si es así cumplió con el requisito de matar a un condenado. No dice eso en ninguna parte, pero si nos atenemos a la regla que él mismo reveló más arriba, la prueba de sangre es una condición indispensable, ineludible. Seguí leyendo los últimos párrafos de su ensayo con una creciente angustia que me hacía correr por la espalda gotas de transpiración:

«Ahora soy un miembro más que puede participar con un voto en la Asamblea y asistir a las audiencias del tribunal y a las ejecuciones. Mi nombre de guardián de la ley es Sr. Spock (lo elegí en homenaje al personaje frío y razonador de la vieja serie televisiva Viaje a las estrellas).

«Estoy conociendo a casi todos los miembros de este grupo. Trato de simular una completa despersonalización para que no sospechen de mí. Son todas personas de apariencia apacible, bondadosa y muy sociables, pero también insondables. Uno puede conversar amablemente con cualquiera de ellos sin que de la charla surja nada de interés. No hablan de sus familias, de política ni de religión. Se conocen sus ocupaciones en sus vidas cotidianas, pero es imposible sacarles su nombre de pila. Son casi todos profesionales universitarios, médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, y muchos empresarios, pequeños y medianos, y algunos, grandes, que hacen cuantiosos aportes a la OAS. Los nombres verdaderos de todas estas personas están en la computadora del presidente del consejo ejecutivo, y nadie tiene acceso a esos secretos. Como soy un experto informático, me han pedido que los ayude con los problemas técnicos de sus sistemas, lo cual he aceptado inmediatamente. Eso me permite tener algunas claves de acceso de sus computadoras y copiar datos secretos, como la lista de los componentes de la sociedad, aunque aún no he podido sacar del edificio esa información porque al salir hay que pasar por un escáner que detecta cualquier dispositivo electrónico.

«Con esas personas se puede hablar del funcionamiento de la OAS con toda libertad, pero tienen un pensamiento único y jamás disienten con el espíritu rebañego de la sociedad. Esto no impide que se intercambien ideas y se propongan cambios funcionales que en muchas ocasiones son aceptados por la Asamblea, luego de la recomendación del Consejo legislativo que la estudió detenidamente. Pero todas las iniciativas van en la misma dirección: hacer justicia sustitutiva en beneficio de la sociedad. Justicia Sustitutiva, son las dos palabras que uno oye por todos lados.

«El primer incidente desagradable que conocí estando ya adentro, fue cuando ese miembro infidente del que hablé antes fue acusado de divulgar la existencia de la organización a un delincuente que lo asaltó a mano armada. Furiosa, esta persona, le dijo al ladrón que iba a ser capturado por la OAS y ejecutado como tantos otros malandras. El grupo de inteligencia, que suele frecuentar los reductos del delito para localizar el paradero de los que son buscados para su ejecución, oyó comentarios sobre una organización justiciera que se dedicaba a liquidar malvivientes. Investigaron, interrogaron y finalmente ubicaron al asaltante que divulgó la noticia, lo capturaron y le hicieron cantar todo antes de matarlo. El infidente había sido el señor Apolo, un miembro del cuerpo ejecutivo, nada menos.

«Apolo reconoció haber violado el juramento y fue sometido a juicio disciplinario, que es diferente a los procesos sumarísimos con los que se juzga a los delincuente. El juicio duró unos diez días y se le dieron todas las garantías para que pudiera defenderse. Su defensa consistió en enumerar todos los servicios que le prestó a la organización, y diciendo que actuó en estado de shock ante la amenaza de un arma de fuego. Pero, según lo determina el protocolo respectivo, ese argumento es inadmisible como defensa, porque no se acepta de un miembro de la organización, entrenado y despersonalizado, que ante una situación de peligro personal pierda la calma y revele lo que juró no revelar jamás. Lo condenaron a muerte por suicidio. Fue tremendo porque era alguien de ellos, un par, amigo de muchos, que simplemente había tenido un momento de humana debilidad. Pero comprendo que la organización debe ser inflexible por su propia supervivencia. La OAS no puede perdonar estas equivocaciones que podrían destruirla y llevar a todos sus integrantes a la cárcel. Al réprobo se le proveyó de un arma de fuego para que se diera muerte y se lo expulsó de la sociedad con la advertencia de que, si no ponía fin a su vida en el término de cuarenta y ocho horas, la organización se encargaría de secuestrarlo y proporcionarle un horrible fin. En qué consiste ese horrible fin no está escrito en ningún protocolo, y los he leído todos. Según los comentarios, es así: meten en el piletón de licuefacción al sujeto vivo, atado de pies y manos con precintos de plástico y amordazado para que no grite. Luego proceden a incorporar lentamente el ácido corrosivo hasta que lo cubre en su totalidad. Se rumorea que este espantoso método de ejecución ya había sido aplicado en una ocasión, pero yo creo que es un mito que se deja circular para que todos crean que el precio de la traición, o de la simple debilidad, es muy alto. Apolo prefirió morir en su propia casa de un balazo en la sien.»

Aquí terminaba el borrador de Francisco. El archivo indicaba que la última redacción databa de diez días atrás. ¿Qué pudo haber pasado desde que escribió las últimas palabras hasta que me remitió su mensaje anunciándome que venían a secuestrarlo? Tal vez en la Organización Albatros Supremacía descubrieron que Francisco los estaba investigando para denunciarlos y decidieron aplicarle la pena de los traidores. Tuve un escalofrío al pensar que las moléculas de Francisco estuvieran en esos momentos desparramándose por las aguas del Río de la Plata.

Ahora se me presentaba un dilema. ¿Qué hago con este material? ¿Lo llevo a la fiscalía para ingresarlo en la causa o me lo reservo para investigar por mi cuenta sin que por el momento trascienda un escándalo de semejante magnitud?

Siempre me guie por el axioma «Ante la duda, abstente».

Decidí hablarlo sólo con Antonella porque sus consejos son muy valiosos para mí. Por el momento no le diré nada al Fiscal Alieto.

© 2020 Enrique Arenz 

(Próximo capítulo, viernes 24 de setiembre)

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