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Organización Albatros (Capítulo 2º)

2

A la mañana siguiente fui a buscar a Beatriz al aeropuerto.

Estaba muy acobardada porque no pudo comunicarse con Francisco en toda la noche ni recibió respuesta a los mensajes que le dejó en su teléfono. Fuimos directo a su casa, Beatriz abrió las ventanas y recorrimos todas las habitaciones. Me disculpé por la rotura del vidrio.

—¿Decís que estaba la cortina un poco levantada? —preguntó.

—Sí, por eso pudimos romper el vidrio y entrar. Además, la puerta de calle estaba sin llave, trabada sólo con la cerradura. Y la alarma, desconectada.

—Entonces no hay duda de que le pasó algo, Facundo, Francisco nunca se iría de casa sin dejar las cortinas bajas, la puerta con llave y la alarma activada; es muy cuidadoso con la seguridad.  

Beatriz buscó por toda la casa y no encontró ni el portafolios de Francisco, ni su netbook ni su teléfono. Tampoco estaba su auto en la garaje. Beatriz revisó el guardarropa de su marido y dedujo que el último día que salió de la casa se había puesto un saco gris oscuro, un pantalón azul, una camisa negra con rayas verticales blancas y un suéter celeste liviano.

Beatriz preparó café y nos sentamos en la cocina para poner en orden nuestras ideas y conversar sobre lo que había sucedido.

—Un vecino lo vio salir a la mañana —comenté—, pero debió de regresar al mediodía, ya que el mensaje me lo envió desde aquí a las 15,07.

En ese momento sonó mi celular. Era Alieto.

—¿Qué novedades tenés, Facundo?

—Pocas, pero malas —respondí—. Estoy en la casa de Francisco con su esposa Beatriz que regresó de Paraná esta mañana. Francisco no se comunicó con ella ni contesta el celular ni los mensajes. Su auto no está en la cochera y faltan su portafolios, su teléfono y su netbook. ¿Qué hacemos?

—Bueno, Facundo, como yo intervine anoche voy a iniciar de oficio una investigación por desaparición de persona. ¿Vos vas a patrocinar a la familia como denunciante?

Le pregunté a Beatriz si estaba de acuerdo en que yo actuara como su abogado y asintió con la cabeza.

—Sí, Alieto, Francisco es amigo mío y en su último mensaje me pide que ayude a su familia, así que me haré cargo como abogado querellante.

—Bueno, yo te diría que te vengas para acá con ella para formalizar su testimonio mientras yo inicio la investigación y activo el protocolo de búsqueda. En estos casos hay que actuar rápido porque minuto que pasa se alejan las posibilidades de encontrar a una persona desaparecida. La hipótesis más probable es que se ha tratado de un secuestro. Pero antes, decile a la señora que llame a los amigos más cercanos de su esposo y les pregunte si saben algo de él. Pedile que si es posible no use el baño principal para que podamos periciarlo. Sobre todo, que no toque los picaportes.

Le expliqué a Beatriz lo que habíamos convenido con el fiscal y se sintió aliviada por el hecho de que la Justicia ya hubiera iniciado la búsqueda de su esposo.

—Beatriz, ¿tenés alguna copia de ese ensayo sociológico que estaba escribiendo Francisco?

—Estaba en su computadora… y desapareció con él.

—Necesitamos ese texto para ver qué estaba investigando.

—Esperá, Facundo. Él guardaba todo en un pendrive de dieciséis gigas, por si perdía o le robaban la netbook. Sé dónde lo guarda. Ya te lo traigo.

Beatriz regresó enseguida con el dispositivo y me lo dio.

—Bueno, escuchame, Beatriz, el fiscal quiere que llames ya mismo a los amigos más cercanos de Francisco y le preguntes si lo vieron o saben algo.

—Uno de sus amigos es su jefe del trabajo, el ingeniero Gabriel Lowchamp. A ver…

Beatriz buscó en un directorio y marcó un número. Puso el teléfono en altavoz.

—Hola, Gabriel, ¿sabés algo de Francisco?

—Te iba a preguntar lo mismo. Ni ayer ni hoy vino por acá, pero como estaba trabajando en algunas aplicaciones en su casa, no me preocupé. ¿Le sucedió algo?

—No sé. No lo encontramos. Hicimos una denuncia por desaparición de persona. ¿Sabés algo que pueda ayudarnos?

—Pero ¿cómo va a desaparecer?

—No sabemos dónde está, no contesta el teléfono, dejó la casa sin medidas de seguridad. Estoy muy asustada.

—Por el amor de Dios, Beatriz… Mirá, lo vi anteayer y estaba lo más bien. Lo invité a almorzar porque sabía que vos estabas de viaje con las nenas. Estuvimos charlando, pero fue sobre nuestros proyectos de trabajo, nada personal.

—Bueno, Gabriel, saludos a Marina. Si sabés algo llamame enseguida. Mi abogado es el doctor Facundo Lorences, muy amigo de Francisco. Posiblemente va a ir a tu empresa para hacerte algunas preguntas, te ruego lo atiendas y le facilites todo lo que él necesite.

—Por supuesto, Beatriz, decile que estoy a su disposición a cualquier hora.

Beatriz colgó y llamó a otro de sus amigos íntimos, Santiago Aldizábal, a quien yo conocía porque Francisco me lo había presentado una vez. Se trataba de un librero que había heredado de su padre una importante librería de viejo y se dedicaba a comprar y vender libros de segunda mano. Tenía reputación de conseguir los ejemplares más raros que se le encargaran.

La conversación fue similar a la anterior. Sorpresa e incredulidad del amigo, que había visto a Francisco la semana anterior en una visita que éste le hizo a su negocio en la búsqueda de un libro del historiador Lorenz Gratmann titulado: «Los escuadrones de la muerte en la historia de Occidente», llamativo título en sí mismo, un libro que estaba agotado y que Francisco le había encargado. Beatriz le dijo lo mismo que al ingeniero Lowchamp: yo iría a visitarlo como su abogado para recabar información. El librero le dijo que me conocía, y que con gusto haría todo lo que estuviera a su alcance para ayudar en la búsqueda de Francisco.

 

Sobre el mediodía Beatriz y yo nos reunimos con Alieto en la Fiscalía, prestamos declaración testimonial y firmamos el acta donde ratificábamos la denuncia por desaparición de persona.

Beatriz estaba tan abatida que la llevé a mi casa para que almorzara con nosotros y estuviera acompañada por Antonella, que la conocía tanto como a Francisco.

Mientras comíamos solo hablamos de la misteriosa desaparición de su esposo. Antonella le preguntó:

—¿Lo notaste preocupado estos días?

—No, estaba como siempre. Bueno, yo me fui a Paraná hace diez días. Pero me hablaba todas las tardes y nunca me comentó nada ni lo sentí preocupado, sólo me dijo que estaba un poco deprimido por nuestra ausencia…

—Tus nenas tienen, si no me equivoco, tres y cuatro años. ¿No están en el preescolar? —pregunté.

—Sí, pero decidimos que viajaran conmigo para que vieran a los abuelos…

—Qué raro que te fuiste sin él —comentó Antonella.

—Bueno, habíamos tenido algunas discusiones… Nuestro matrimonio estaba pasando por una crisis y decidimos tomar una breve distancia…

—Ah… —dijo Antonella y no se atrevió a profundizar el interrogatorio.

—Supongo que no será nada serio —dije yo para no dejar un vacío incómodo en la conversación.

—No, no. Algunas desavenencias propias de todo matrimonio. Él estuvo de acuerdo en que me fuera unos días a Paraná.

—Claro… ¿Andaba bien en su trabajo?

—Sí, Francisco es jefe de programadores en una compañía informática y gana bien. Es muy amigo del gerente, el ingeniero Lowchamp, y me consta que están muy conformes con su desempeño.

—¿Y cuándo se dedica a investigar cosas raras? —pregunté.

—Fuera de los horarios de trabajo. Suele sumergirse en sus investigaciones sociométricas y a veces se olvida de que tiene una familia. Por eso teníamos algunos roces. Yo le decía que era egoísta por estar siempre metido en el mundo que lo fascinaba, pero ahora pienso que la egoísta fui yo por no acompañarlo en eso que tanto le gusta. Si yo me hubiera interesado en lo que hacía, él me habría contado cosas que hoy nos ayudarían a buscarlo. Pero este episodio me hizo descubrir que el Francisco que investiga, el Francisco sociólogo, es un desconocido para mí. Conozco sólo una parte de su vida. ¡Dios mío!

Bajó la cabeza y se tomó la frente. Estaba angustiada y al borde del colapso. Antonella y yo nos miramos. Los dos estábamos pensando lo mismo: ella y yo nos acompañamos en todo y nos interesamos en las actividades del otro: ella, en mi pasión criminalística, y yo, en su vocación docente innovadora y adelantada en su tiempo. Y nos ayudamos y nos aconsejamos siempre. Se produjo un bache en la conversación. Lo rompí con un comentario:

—Por el mail que me envió, lo que le pudo suceder está relacionado con alguna investigación que Francisco estaba haciendo sobre una organización «Albatros Supremacía».

—Conmigo no habló nunca de eso —dijo Beatriz, al borde de las lágrimas—. Evitaba hacerme cualquier comentario para que yo no me molestara. Él trabajaba horas con su computadora, antes de la cena y después. Yo me iba a dormir y él se quedaba hasta muy tarde trabajando. A veces me decía que se iba a encontrar con personas que lo citaban por las redes sociales, pero yo no le preguntaba de quienes se trataba ni los motivos de esas entrevistas. Pobre, no quería ponerme de mal humor ni que yo lo criticara. Qué arrepentida que estoy.

—Bueno, Beatriz —la consoló Antonella—, ya vas a tener tiempo de hablar con él sobre eso y empezar una relación mejor.  

—Si lo vuelvo a ver. Ojalá, Dios lo quiera… pero soy pesimista.

Beatriz estaba muy cansada, no había dormido en toda la noche. La convencimos de que se acostara en el sofá del living. Aceptó, Antonella le alcanzó una almohada y una manta y en minutos se quedó profundamente dormida.

 

Esa tarde, después de la merienda, llevé a Beatriz a su casa. De ahí me fui a la librería de Santiago Aldizábal en la avenida Corrientes. Era un local enorme y antiguo, con mesas llenas de libros usados en oferta y todas sus paredes tapizadas de libros antiguos en estanterías que llegaban hasta el techo. En un sector apartado lucían enormes muebles con puertas vidriadas donde se exhibían las colecciones y enciclopedias más valiosas en varios idiomas.

Apenas me vio, Santiago vino a saludarme y me condujo hasta su oficina en el fondo del local. Tenía dos empleados y una cajera.

—Che, Facundo, qué macana. ¿Qué le pasó al amigo?

—No sabemos. Me mandó este mensaje y ya no lo vimos más.

Leyó el texto y quedó mirándome consternado.

—Sabés una cosa, Facundo, Francisco me habló de esta Albatros Supremacía. Mierda…

—No me digas, ¿de qué se trata?

—Vino a verme hará una semana, a encargarme un libro sobre los escuadrones de la muerte y a preguntarme si tenía algún libro que hablara de algo que se pareciera a Organización Albatros de Supremacía. Yo le nombré varios textos viejos referidos a la supremacía blanca o la supremacía de las razas nórdicas o superiores, de autores nazis, holandeses y un norteamericano, pero no quería eso, quería algo que se refiriera a los escuadrones de la muerte o a grupos armados de justicieros, organizados para cazar y liquidar criminales violentos.

—¿De eso se trata Albatros Supremacía? —exclamé con sorpresa.

—No creo que exista una organización de ese tipo, al menos en la Argentina. Pero vos viste como era Francisco, cuando se obsesionaba con alguna investigación no lo paraba nadie.

—¿Era? —lo corregí—. Querrás decir, es. Hasta donde sabemos, no está muerto, sólo desaparecido.

—Tenés razón Facundo. Pero su desaparición no augura nada bueno. Si metió las narices en alguna secta criminal… No sería la primera vez.

—¿Por qué?

—Hace unos años tomó contacto con lo que creyó era una sociedad secreta dedicada a la política y resultó ser una banda de narcotraficantes. Ni él sabe cómo pudo zafar de esa.

—Nunca me enteré de que se exponía de esa manera. Y por lo que sé, tampoco su esposa. Conmigo hablaba de política o de tecnología, y a veces, de mujeres y sexo —nos reímos los dos porque Francisco tenía fama de mujeriego—, pero nunca me dijo que investigaba organizaciones secretas.

—Es que estas cosas no las compartía con nadie, era muy reservado. Lo hacía sólo conmigo porque me pedía que le buscara libros muy raros relacionados con esas actividades oscuras. Él me decía que las personas se asociaban entre sí de manera natural con objetivos comerciales, culturales, científicos, políticos, deportivos y hasta para practicar magia negra y ritos satánicos, y que lo curioso de esta cooperación libre y voluntaria era que una misma persona podía pertenecer a dos o más sociedades cuyos objetivos se contradecían entre sí. Eso lo intrigaba y le causaba mucha gracia. Por ejemplo, me decía, un izquierdista sale hoy a generar disturbios con sus correligionarios anticapitalistas, y al otro día se va a jugar al golf con amigos burgueses de un club elitista al que está asociado. Pero estas contradicciones siempre suelen funcionar dentro de la legalidad. Y me explicaba que, por alguna extraña razón, existe gente, y no necesariamente malas personas, preferían hacerlo en organizaciones secretas, donde seleccionan con mucho rigor a sus nuevos miembros, a los que se obliga a prestar solemne juramento de no divulgar su pertenencia a esa sociedad y mucho menos sus objetivos.

—Bueno, eso no es nada nuevo, la masonería, sin ir más lejos —comenté.

—Sí, pero la masonería ya no es secreta y dejó de ser la organización conspirativa de otros tiempos. Sólo conserva sus ritos arcaicos, sus símbolos y su nostalgia. Hoy se parece mucho al Rotary y al Club de Leones, que se dedican a la beneficencia y son ante todo santuarios de la vanidad personal y el engreimiento. Francisco se interesaba por otro tipo de sociedades, cuya característica principal es el anonimato absoluto. Ni las autoridades sospechan de su existencia. Y eso ha ocurrido en toda la historia de la humanidad.

—¿Le vendiste muchos libros?

—Le conseguí algunos muy raros, pero no todos los que me pidió. Fijate que a él no le interesaban esas inofensivas sociedades de millonarios que se reúnen enmascarados para practicar rituales de sexo anónimo con prostitutas caras, ni esas que en otros tiempos facilitaban encuentros entre homosexuales y lesbianas. No, Francisco se mete con gente peligrosa, le fascina cierto arquetipo de personas propensas a unirse en sociedades secretas, las que lo hacen para alcanzar fines que no pueden estar a la luz del día. Por lo general, me explicaba Francisco, los fines de estos grupos parecen loables, pero se deslegitiman por los medios que utilizan, habitualmente ilegales y siniestros. A estas sociedades las integran personas honorables capaces de hacer cosas terribles en la oscuridad, como parece ser esta Albatros.

—¿Te explicó de qué se trataba?

—Lo único que me dijo es que en Buenos Aires se había formado una sociedad secreta llamada Albatros Supremacía, emulando, parece, a una organización que hubo en Europa en la Edad Media cuyo fin era capturar y ajusticiar delincuentes violentos y empresarios esclavistas.

—¿Y qué hace esa sociedad hoy, aquí y en este tiempo?

—No me dijo mucho, pero parecería que como en la Argentina no tenemos seguridad ni justicia que ampare a los ciudadanos honrados, alguien se tiene que ocupar de castigar a los criminales. Esa organización llenaría el vacío que ha dejado el Estado.

—Me parece mucha fantasía. No escuché a nadie hablar de semejante cosa, y mirá que yo me muevo en el fuero penal.

—Qué sé yo. Sería como los escuadrones de la muerte que hubo en muchos países de Latinoamérica para liquidar guerrilleros en los setentas, en Brasil, en El Salvador, el Batallón 3-16 de Honduras. Y sin ir más lejos, la Triple A de López Rega que tuvimos aquí, o el «Cinco por uno», que funcionó en Mar del Plata comandado por tu colega y ex fiscal general Gustavo De Marchi. Hay infinidad de casos en el mundo. Pero Francisco me aclaró que esta gente no tenía finalidad política, no buscaba el poder, y por eso jamás dejaba trascender su existencia ni reivindicaba sus crímenes. De esa manera preserva su absoluto secreto. Con decirte que los muertos son disueltos en ácido al estilo de los narcos mejicanos y nadie los vuelve a ver.

—Pero que yo sepa, no hay denuncias de ese tipo.

—¿Y quién va a denunciar la desaparición de un delincuente prófugo, o de alguien altamente peligroso? Estos albatros no se meten con personas importantes, sólo con delincuentes de la calle, asaltantes de casas, torturadores de ancianos, violadores y sicarios. Si esos tipos desaparecen, todos piensan que se escondieron o se mudaron a otro lugar. Y si es un presidiario que sale a robar para algunos guardiacárceles, o lo hace porque tiene salidas transitorias, su desaparición se toma como una fuga y a otra cosa.

—¿Todo eso te contó Francisco? —pregunté sorprendido.

—Hablamos mucho de eso por los libros que me encargaba. Pero yo no le di mucho crédito. ¿Cómo podría existir una organización así sin que nadie hablara o difundiera algún video o algún audio? ¿En la era de las redes sociales? Vamos. Alguien habría subido a internet el video de un cuerpo disolviéndose entre burbujas humeantes y vapores tóxicos.

Nos reímos los dos de la tétrica figura. El librero se puso serio y comentó:

—Siempre me pareció una cosa muy loca. Pero ahora que veo ese mensaje y me decís que Francisco desapareció misteriosamente, empiezo a creer que algo de cierto había en todo lo que me decía.

—¿Y le conseguiste algún libro sobre esa sociedad medieval Albatros?

—No, pero se lo pedí a un viejo librero que se ocupa especialmente de ejemplares inhallables, y resulta que ya se lo había encargado el propio Francisco.

—¿Cómo se llama ese librero?

—Es don Abram, Abram Lipovich. Tiene una enorme biblioteca relacionada con el Holocausto. Sus padres murieron en Auschwitz, él fue traído a la Argentina de muy chico por un sacerdote católico. Debe de andar por los ochenta. De joven colaboró con la organización de Simón Wissental en la caza de criminales nazis radicados en la Argentina, y hasta se dice que participó en la captura de Adolf Eichmann, en 1960, aunque esto no me consta.

—¿Y decís que Francisco lo conoce?

—Sí, una vez se lo presenté y estuvieron charlando muy entusiasmados entre ellos. Yo estaba en ese momento con muchos clientes, así que no participé de la conversación. Pero de esto hace como un año. Creo que se volvieron a ver en otras ocasiones.

—Dame la dirección de don Abram. Tengo que hablar con todos los contactos de Francisco para encontrar alguna pista.

—Eso te lo debo, no sé dónde vive don Abram, sólo tengo su número de teléfono. No tiene un negocio instalado, trabaja para otros libreros. En realidad, está jubilado, vive solo y no le gusta recibir visitas. Te propongo una cosa. Lo llamo y le digo que te vaya a ver a tu oficina. Dame tiempo porque es un viejo difícil y suele no atender el teléfono.

 

De la librería me fui a la compañía informática para la que trabaja Francisco. No podía perder tiempo, debía reunir cuanto antes toda la información que pudiera para acelerar la búsqueda.

El ingeniero en sistemas Gabriel Lowchamp era un señor alto, delgado, muy serio, con anteojos ovalados con armazón color turquesa y barba entrecana, de unos cuarenta y cinco años, mirada huidiza y una echarpe anudada al cuello. No parecía una persona muy simpática, pero después descubrí que su hosquedad se debía a esa timidez tan propia de las personas brillantes a quienes les cuesta conectarse con sus congéneres comunes. Tenía, eso sí, el aplomo de los profesionales sobresalientes en su especialidad. Me hizo pasar a su oficina donde había, por lo menos, cinco computadoras funcionando.

—¿Qué le ocurrió a Francisco? —me preguntó no bien nos sentamos.

—Desapareció. No sabemos qué le pudo pasar.

Le alcancé el mensaje que me había enviado. Vi un casi imperceptible temblor en su labio inferior cuando lo leía.

—¿Y que es esta sociedad Albatros Supremacía de la que habla Francisco?

Me sobresalté. ¿Cómo supo Lowchamp que se trataba de una sociedad? Le contesté con impulsiva impertinencia:

—Usted, ingeniero, parece saber más que yo.

Me miró con cierta molestia.

—¿Por qué piensa eso?

—Al menos sabe que se trata de una sociedad. Yo lo ignoraba.

—¿Yo hablé de sociedad? —dijo tranquilo, y enseguida rió. Al reír su cara cobró una simpatía que no se había dejado ver hasta entonces—. Le explico, doctor, Francisco era aficionado a investigar sociedades secretas y estaba escribiendo una monografía sobre eso. Por eso deduje que se trataba de una de esas sociedades. Con semejante nombre… Todo lo que suene a «supremacía» trae recuerdos sombríos de racismo y esas cosas.

—Entiendo. ¿Le dijo qué era lo que estaba investigando?

—No, no hablábamos mucho sobre eso. Supongo que era una especie de logia donde se reúnen hombres grandes para jugar como chicos a los rituales iniciáticos y los solemnes juramentos. Al menos ese es el concepto que tengo yo de las sociedades secretas. Nunca las he tomado en serio.

—¿Notó algo, la última vez que lo vio, que nos pueda dar una pista?

—Nos hemos estado viendo muy poco últimamente porque él y su equipo estaban perfeccionando un nuevo software por teletrabajo, desde sus casas. Pero no, no vi nada fuera de lo común…

—¿Algún comentario que le haya llamado la atención?

—La última vez que anduvo por acá lo noté un poco distraído, como con la cabeza en otra cosa, pero supuse que estaba algo melancólico porque su esposa se había ido con sus hijas a Paraná… Pero, espere, ahora que me acuerdo, me hizo un comentario extraño. Me dijo algo así: «Gabriel, ¿vos tenés un arma en tu casa por si te asaltan?»

—¿Eso le preguntó?

—Sí, fue sorpresivo. No solemos hablar de inseguridad y esas cosas, salvo cuando pasa algo que toma estado público. En esos casos lo comentamos, nos enojamos por la situación de indefensión en la que estamos todos, pero enseguida seguimos con nuestro trabajo. Cuando me hizo esa pregunta le dije que no, que nunca tendría un arma en mi casa, que estoy en desacuerdo con la justicia por mano propia y que matar a una persona, aunque sea en legítima defensa, sería para mí una carga insoportable. Y ahí quedó todo. No volvió a hablarme de eso.

—Ingeniero, gracias por su ayuda y le ruego me llame si sabe algo.

Le di mi tarjeta y nos despedimos.


© 2020 Enrique Arenz 

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