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Organización Albatros (Capítulo 1º)

El Albatros es un ave marina carnívora de grandes dimensiones.

Tiene una excelente visión y agudo olfato, lo que la convierte en un ave inteligente y rápida en la captura de presas en el mar.

Su nombre proviene del portugués alcatraz, que le dio la denominación a la temible prisión norteamericana.

 

 

 

1

El nombre de mi amigo Francisco Ferrán Campos estaba como perdido en el largo listado de correos sin leer de mi bandeja de entradas. ¿Por qué me mandará un mail si siempre nos hablamos por teléfono? Una cierta inquietud presagiosa demoró el clic para abrir el mensaje. Cuando lo hice se me cortó la respiración.

 

«Facundo, vienen a buscarme para someterme a un juicio mafioso del que saldré condenado a muerte. No tengo manera de huir ni de defenderme. Entraron a mi casa, me encerré en el baño y sólo pude traer mi netbook, el celular quedó en la cocina. No creo que puedas hacer nada porque ya están forzando la puerta. Nadie puede ayudarme. Sólo te pido que denuncies a estos criminales y ayudes a mi familia. No tengo tiempo de explicarte, sólo te digo un nombre: Organización Albatros Supremacía. Te ruego ayudes a Beatriz y a mis hijas. Ellas viajaron a Paraná y no saben nada».

 

 Con el corazón aturdiéndome los oídos miré la hora de envío: 15:07, y ya eran las 17,30. Atolondrado, hice caer varios portarretratos hasta alcanzar el teléfono. Llamé al celular de Francisco y a su línea fija. No contestó nadie. Sin saber qué hacer, no se me ocurrió otra cosa que llamarlo a mi amigo el fiscal Alieto Fatah que estaba, como siempre y a toda hora, trabajando en su despacho de la fiscalía. Le leí lo que acababa de recibir y le di el domicilio de Francisco Ferrán Campos.

—Quedate tranquilo, Facundo, ya mando a la policía y voy para allá. Nos encontramos en el lugar. Haceme una copia de ese mail.

Imprimí el mensaje, dejé la netbook abierta y encendida para que lo viera Antonella cuando regresara de la facultad. No podía demorarme ni para dejarle una nota. Me subí al auto y me dirigí lo más rápido que pude a la casa de Francisco en el barrio de Floresta.

Ya estaban allí el fiscal y un móvil de la Policía con tres oficiales. Alieto llamaba insistentemente en la puerta de entrada. Nadie respondía.

—El juez me autorizó a allanar la casa, pero no quiero romper la puerta…

—Sí, es una lástima, pero fijate, esa ventana tiene la cortina de enrollar algo levantada. Si rompemos un vidrio podríamos entrar sin hacer mucho daño.

Alieto dio las órdenes. Un oficial rompió el vidrio con un martillo, quitó las astillas de los bordes, levantó todo lo que pudo las tablillas de la cortina y se deslizó por el escaso espacio abierto. Una vez dentro de la casa, subió por completo la cortina y pudimos ingresar. Ya eran las siete y media y había oscurecido porque estábamos en otoño.

Encendimos las luces y miramos alrededor. Alieto observó la puerta de calle desde adentro y señaló que no había sido forzada, aunque estaba sin llave, sólo trabada con el pestillo resbalón de la cerradura. Yo le tomé varias fotografías con mi celular. En apariencia, todo estaba en orden, no se veía nada anormal. Miramos en el baño de servicio de la planta baja y no encontramos ninguna cosa que nos llamara la atención. Subimos al primer piso.

—Estuve un par de veces en esta casa, pero hace muchos años. Creo que el baño principal está para allá —dije mientras me dirigía a un pasillo.

La puerta del baño estaba cerrada y no se veían signos de golpes ni roturas, excepto la manija metálica externa que aparecía algo doblada hacia abajo, como si hubiera sido torcida con fuerza. Alieto se puso guantes de látex, abrió con precaución la puerta y encendió la luz.

—Acá no hay nada, Facundo.

Miré por todos los rincones. Ninguna señal de violencia ni rastros de que allí se hubiese atacado a una persona. Sólo un banquito de madera laqueada aparecía volcado sobre el pie del lavatorio. La puerta no tenía por dentro ni llave ni pasador. ¿Cómo hizo Francisco para trabarla mientras me escribía el mensaje? En ese momento me sentí muy incómodo: ¿habré movilizado a un fiscal, a un juez y a la policía por nada? Miré detrás de la cortina de la bañera, porque esa siempre fue una de mis obsesiones. Todo relucía con limpieza y orden, los frascos de champú, enjuagues y acondicionadores acomodados en el esquinero, el jabón en su jabonera, las toallas dobladas en su suporte metálico. Nada fuera de lugar.

—¿No hay otro baño en la casa? —preguntó Alieto con cierto tono de fastidio.

—Creo que no, pero por la dudas busquemos.

Antes de dejar el cuarto de baño observé detenidamente el picaporte de metal y vi que también estaba levemente torcido, pero a diferencia del exterior, la deformación era hacia arriba. Este detalle sí era interesante. Me arrodillé para observar bien esa manija y vi que en el borde inferior del lado de adentro se había adherido una pequeñísima partícula que parecía de madera. Al costado del inodoro había un secador de piso. «Esperá, Alieto». Agarré el secador y coloqué la punta del mango de madera detrás del picaporte como para imposibilitar su movimiento. En coincidencia con el residuo que había observado en el picaporte, el mango exhibía una leve raspadura.

—Mirá, Alieto —le expliqué al fiscal—, Francisco intentó trabar la puerta con este mango. Lo apoyó así, detrás de la manija de la puerta, ¿ves?; puso este banquito con dos patas apoyadas sobre el secador y se sentó. Así, mirá. De esta manera impidió el deslizamiento hacia adelante del secador y logró inmovilizar un tiempo el picaporte. Hay una raspadura en la parte de arriba del mango y una pequeña viruta en el filo del picaporte que revela que hubo un forcejeo. Por eso el picaporte del lado de afuera está levemente torcido hacia abajo y por dentro, hacia arriba, aunque casi no se nota.

—Sí, parece que fue así. Una manera muy precaria de trabar la puerta, pero al menos le dio tiempo para mandarte el mensaje. Tomemos una foto del conjunto, así como lo armaste, y después fotografiamos la astilla adherida al picaporte y la raspadura del secador. Esto explica que no haya daños en la puerta, salvo la torcedura de las dos manijas. Habrá que tomar huellas digitales, aunque seguro ya limpiaron todo.

No había otro baño en la casa.

—A ver, Facundo, mostrame el mail.

Le di la copia. La estuvo mirando con detenimiento.

—¿Verificaste que la dirección de correo es la de tu amigo?

—Sí, y lo llamé a su celular y al fijo de de esta casa, pero no respondió nadie.

—Busquemos ese celular, a ver si está por acá.

No lo encontramos. Pero descubrimos en la cocina una ventana sin rejas que estaba abierta: por allí habían ingresado los secuestradores. Llamé otra vez al móvil de Francisco, pero no se escuchó sonido alguno en ningún lugar de la casa ni hubo respuesta a la llamada.  

Ya que estábamos allí revisamos todo sin tocar nada, habitación por habitación, por si encontrábamos algo que nos resultara sospechoso. Todo estaba limpio y ordenado.

Dos agentes acomodaron los vidrios rotos y bajaron totalmente la cortina de madera. Salimos por la puerta principal que estaba sin llave y el último en hacerlo simplemente la cerró tirándola hacia afuera. Varios vecinos se habían congregado en la vereda sorprendidos por la presencia policial. Alieto se presentó y les explicó que se había recibido una denuncia del ingreso de personas desconocidas en la casa. Preguntó si alguien había visto recientemente a los dueños de casa y un señor mayor que se identificó como Teodoro Asensio dijo que vio a Francisco esa misma mañana cuando sacaba su auto del garaje de la casa. Alieto le tomó los datos por si era necesario su testimonio. Una vecina, presurosa por cooperar con las autoridades, informó que la esposa y las hijas del señor Francisco estaban en la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos, en la casa de los padres de ella, y que ésta le había dado el número de teléfono por cualquier eventualidad. Alieto se lo pidió, la mujer fue corriendo hasta su casa en la vereda de enfrente y trajo el número anotado en un papel. Alieto me lo dio y me recomendó:

—Tomá, Facundo. Ocupate de hablar con la familia de tu amigo y explicale lo que pasó y el motivo por el que irrumpimos en su casa. Después nos hablamos y vemos qué hacemos.

 

Llegué a casa muy preocupado, Antonella y los chicos ya estaban allí.

—¿Qué pasó, Facundo? —me preguntó ansiosa.

—¿Leíste el mensaje de Francisco?

—Si, y quedé horrorizada.

—Vengo de la casa. Estuve con la policía y el fiscal Alieto. No encontramos nada. Todo estaba en orden, con excepción de un detalle que observamos en el baño. Ahora te cuento. No sé qué pudo pasar. Francisco no me contesta el teléfono.

—Pero ese mail lo envió él, la dirección del correo es la suya.

—Si, y no contesta el teléfono.

—¿Qué pensás hacer?

—Tengo el teléfono de la familia de Beatriz en Paraná. Ahora voy a llamar, pero no sé qué le voy a decir.

Antonella se quedó en silencio. Yo tomé el teléfono de línea y marqué el número.

—Hola —contestó una voz de mujer.

—Buenas noches, hablo desde Buenos Aires, ¿puedo hablar con la señora Beatriz de Ferrán Campos.

—¿Quién la llama?

—El doctor Facundo Lorences, un amigo de la familia.

Esperé unos segundos y enseguida respondió la voz de Beatriz.

—Hola, Facundo, ¿pasó algo?

—Beatriz, no te alarmes, pero necesito que me digas si tuviste noticias de Francisco.

—Sí, hablamos ayer. Me llama todas las noches.

—¿A qué hora?

—Tipo siete y media. Hoy no me llamó y ya se pasó la hora. ¿Le sucedió algo?

Le respondí que estaba preocupado por un mail que me había mandado. Quiso conocer el texto del mensaje. Se lo leí muy a pesar mío, yo sabía que ese texto iba a ser para Beatriz un martillazo en la cabeza. Quedó en silencia, golpeada por la gravedad de las palabras escritas por su esposo. Perdió la calma, se puso como loca. La tranquilicé, le expliqué que estuve en su casa de Floresta con la policía y el fiscal, que tuvimos que romper un vidrio para entrar y que, salvo un par de detalles, no encontramos anormalidades. Pero el misterio está en que Francisco no aparece ni contesta el teléfono, y ahora vos me decís que debió llamarte hace más de una hora.

—Esperá, no cortes, ya lo llamo desde aquí.

Minutos después Beatriz volvió al teléfono. Tenía la voz temblorosa.

—No contesta nadie, Facundo, estoy aterrada. Ni me llamó ni contesta el teléfono. Algo le tiene que haber pasado, Dios mío, ese mensaje es espantoso. No sé qué hacer.

—¿Sabés algo sobre esa «Organización Albatros Supremacía» que Francisco menciona en el mensaje?

—Ni idea. Pero Francisco siempre anda investigando sociedades raras. Acordate que él es sociólogo, y aunque trabaja en una empresa tecnológica porque sabe mucho de eso, su vocación es la sociometría, que estudia las diferentes formas de interrelación existente entre grupos de personas. A él le apasiona investigar todo lo que se refiera a sociedades secretas, logias, hermandades y esas cosas. Sé que está escribiendo un ensayo sobre sus investigaciones. Pero nunca le oí mencionar nada con ese nombre.

—Vas a tener que volver a Buenos Aires, Beatriz. Cuanto antes.

—Sí, dejo a las nenas acá y si consigo un vuelo regreso esta noche misma. Te llamo no bien llegue.

 


© 2020 Enrique Arenz

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