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Organización Albatros (Capítulo 12º)

 

Durante dos días no me moví de casa. El duelo por la muerte de Francisco y cierto remordimiento por haber promovido el allanamiento del edificio de la calle Chile que tal vez aceleró su muerte, me redujeron a la condición de una piltrafa humana.

Yo sabía que había cumplido con mi deber al localizar el lugar en donde lo tenían secuestrado. Y lo hice con rapidez y prudencia. Cuando supe dónde estaba lo denuncié ante la fiscalía, y, sin pérdida de tiempo, se hizo un operativo que lamentablemente llegó tarde. Abram Lipovich había dado la alarma no bien me reconoció en mi estudio. Por lo tanto, yo no podía culparme de nada, pero esos acontecimientos quizás apuraron la farsa de juicio al que lo tenían sometido y todo terminó con una condena precipitada. Y no me podía sacar de la cabeza que en definitiva Francisco estaba muerto como resultado de mi veloz actuación.

Cuando logré sobreponerme al abatimiento, fui a la fiscalía, hablé con Alieto y convinimos en que todavía no debíamos arrestar a Abram Lipovich porque, habida cuenta de la experiencia con Lamberto, podríamos tener a otro suicidado. Convenía vigilarlo de cerca y esperar que nos condujera a la nueva guarida de la organización.

Esa misma tarde estaba yo en mi oficina trabajando en otra causa cuando Helena me anunció que una persona con aspecto lastimero insistía en verme. No se quiso identificar y sólo le dijo casi llorando que necesitaba hablar conmigo sobre la muerte de Francisco Ferrán Campos.

Cauteloso, entreabrí la puerta de mi despacho y miré hacia la sala de espera. Al principio no lo reconocí por el estado deplorable en que estaba: era el librero Santiago Aldizábal. Lo hice pasar enseguida.

—Disculpame, Facundo, pero vengo a hacerte una confesión, y al mismo tiempo a pedirte que seas mi abogado defensor.

Demacrado y pálido, con la barba de varios días y la ropa desaliñada, estaba muy nervioso y asustado. Parecía haber pasado noches enteras sin dormir.

—Te escucho, Santiago.

—Soy un miembro de la Organización Albatros.

Quedé mirándolo en silencio. Bajó la mirada; sus manos temblaban y sus ojos se le enrojecieron; estaba al borde de un colapso nervioso.

—¿Y me lo decís así, como si tal cosa, después de que asesinaron a nuestro amigo? —murmuré indignado.

—Es que yo lo ayudé, Facundo.

—¿Lo ayudaste? ¿En qué lo ayudaste?

—Cuando en la organización descubrieron que Francisco ingresó con la intención de investigarlos y denunciarlos, decidieron su secuestro para juzgarlo por traidor. Yo me opuse enérgicamente, pero me aseguraron que harían una investigación seria y un juicio justo, y que si era inocente no pasaría nada.

—Esperá, vamos por partes. ¿Vos lo habías hecho ingresar a la OAS?

—No, ni loco. Yo lo conocía muy bien a Francisco, éramos amigos de toda la vida y sabía que su personalidad no era adaptable a una comunidad de esa naturaleza. Yo jamás lo habría invitado a meterse ahí. El que lo llevó fue el viejo de mierda este, Abram Lipovich. Cuando un día me lo encuentro a Francisco en el interior del edificio de la calle Chile como Pancho por su casa, no lo puedo creer. ¡Y él tampoco, porque ignoraba que yo pertenecía al grupo de inteligencia de la sociedad!

—¿Estás en el grupo rentado de inteligencia?

—Sí, pero a mí no me llevó Lipovich. Me llevó una mina con la que estuve muy metido. Fui un imbécil, me dejé convencer por ella. Fue como una aventura, una chiquilinada. Una vez dentro, me adapté. No sabés cómo te lavan el cerebro estos hijos de puta.

—¿Abram Lipovich es un miembro importante de Albatros?

—Es el presidente del Consejo Ejecutivo y uno de los fundadores.

—Me lo imaginaba. Pero sigamos con tu relato. Si querías ayudar a Francisco, ¿por qué permitiste que lo mataran?

—Es que no lo mataron ellos. Francisco se había escapado con mi ayuda y nadie podía saber en tan poco tiempo dónde se escondía.

—Esperá, esperá, Santiago. ¿Decís que Francisco se había escapado con tu ayuda?

—Sí. Cuando hubo que abandonar el edificio de la calle Chile por una alerta de inminente allanamiento, Francisco fue trasladado a una quinta del gran Buenos Aires, propiedad de una sociedad offshore. Para entonces ya habían revisado la netbook de Francisco y leído el borrador del ensayo que estaba escribiendo. Mis argumentos en su defensa se acabaron inmediatamente y tuve que cambiar de estrategia. Para no verme arrastrado por el vendaval simulé indignarme con la actitud traicionera de Francisco y estuve de acuerdo en que se lo juzgara. Fingí estar de parte de la organización, pero empezaron a desconfiar de mí y me aislaron de inmediato. En ese momento yo ya estaba pensando cómo ayudarlo a escapar. La ocasión se me presentó en medio de la confusión que se produjo cuando hubo que abandonar a las corridas el edificio de la calle Chile. Ayudé en la mudanza y no me resultó difícil liberarlo a Francisco en medio del caos. Lo habían encerrado en una habitación de esa quinta, pero sin custodia. ¡Francisco escapó sano y salvo, te juro, Facundo! Yo mismo lo saqué en mi auto, ¡y ellos lo saben! Estoy huyendo desde ese momento.

—Pero ¿en algún momento llegaste a creer que a Francisco lo habían recapturado?

—Sí, eso pensé cuando lo encontraron muerto, pero vos me comentaste en el velatorio que te parecía extraño que la organización hubiera ajusticiado a Francisco de una manera diferente a sus protocolos. Y ahí me di cuenta. No pudieron haber sido ellos por dos razones, una, por lo que vos observaste: sus ritos inmodificables, y la otra, porque en tan poco tiempo era imposible que supieran por dónde andaba Francisco.

 —¿Y adónde lo llevaste cuando escapó de esa quinta?

 —Adónde él me dijo, a Olivos, en el partido de Vicente López. Le di algo de dinero y lo dejé en la estación del tren Mitre que está cerca de la esquina de Gutiérrez y Catamarca. Ahí se bajó y me dijo que iba a tomar ese tren, pero no me aclaró hacia dónde iría. Yo estaba tan atemorizado, tan histérico, que sólo pensaba en esconderme, así que no le pregunté nada. Lo único que sé es que Francisco no quería volver a su casa para no poner exponer a su familia. Pensaba hablar por teléfono con su mujer lo antes posible. Pero nadie volvió a saber nada de él hasta que lo encontraron muerto. No sé qué pudo haber pasado. Ignoro adónde se dirigió cuando lo dejé ni quién lo mató, solo te digo: no fue la Organización Albatros. Cuando descubrí eso en el velatorio, después de escuchar tu observación, estuve a punto de decírtelo todo, pero en ese momento me dio como un ataque de pánico y me escapé aterrado. Hasta hoy permanecí encerrado en un hotelito de Lugano.

—¿Entonces, vos no tenés idea de por qué Francisco te pidió que lo dejaras en Olivos? —pregunté.

—No, me limité a dejarlo en la esquina que él me señaló. Parecía estar seguro del lugar al que pensaba dirigirse.

—¿Qué día era cuando lo dejaste en la estación del tren Mitre?

—Fue tres días después del allanamiento, a la mañana, muy temprano. Serían las nueve.

—Tenés que darme datos precisos de la ubicación de la quinta en donde está funcionando ahora la organización.

—Ya no están ahí, no van a encontrar nada. Pero si me das un papel te hago un croquis. Es un poco complicado llegar allí.

Mientras Santiago dibujaba un bosquejo de la quinta y la calle vecinal por la que se accedía desde la ruta, me quedé pensando qué debía hacer con él. ¿Denunciarlo? ¿No hacerlo y utilizar su información como datos reservados? Cuando terminó y me aclaró algunos detalles, le pregunté:

—¿Qué debo hacer con vos, Santiago?

—Tu deber es denunciarme.

—Pero estás gravemente comprometido en una asociación ilícita, y sos coautor de cientos de homicidios. ¿Te das cuenta de la gravedad de los cargos que deberás enfrentar?

—Sí, Francisco, y mi idea es presentarme como imputado colaborador, para lo cual puedo proporcionar muchas pruebas y señalar a los responsables.

—Creo que es la única salida. La causa va a pasar a jurisdicción federal. Aun cuando yo no te denunciara, estarías perseguido por la organización. ¿Cuánto tiempo crees que tardarían en encontrarte?

—Nada, ya los tengo encima. Si me decidí a venir acá para entregarme, es porque no tengo alternativa. ¿Me aceptás como tu cliente?

—En principio, sí, porque vas a arrepentirte y a colaborar. Veremos si no hay impedimentos éticos o alguna incompatibilidad. Bueno, Santiago. Antes de que hablemos con la fiscalía, contestame sinceramente: ¿Cuántas personas debiste ultimar?

—Me tocaron dieciocho.

¡Dieciocho tipos te mandaste! ¿Cómo pudiste hacerlo?

—Ni sé, Facundo. Como te dije, esas personas te cambian la cabeza. Te hacen sentir que sos un héroe, no un criminal. Matás como un soldado mata en la guerra, creyendo que el enemigo debe ser aniquilado para defender a tu patria. En Albatros nos sentíamos defensores de la humanidad. Te despersonalizan hasta el extremo de hacerte sentir un brazo imparcial de la Justicia sustitutiva. Todo en favor de los ciudadanos honrados víctimas de la delincuencia.

—Bueno, no reconozcas esas muertes. Decile al fiscal que por tu tarea de inteligencia estuviste exento de actuar como verdugo. Si vas a ser imputado colaborador tenés la ventaja de confesar lo que menos te perjudique. En todo caso, si alguien te acusa de homicidio tendrá que probarlo.

—De acuerdo, Facundo, haré todo lo que vos me aconsejes.

—Creo que no es conveniente que salgas a la calle, así que ahora voy a llamar ya mismo al fiscal para explicarle tu decisión y pedirle que mande a la Gendarmería. Ellos te van a llevar a un centro de detención reservado para testigos protegidos.

 

Un grupo especial de Gendarmería se llevó a Santiago bajo fuerte custodia y yo me quedé paralizado en mi oficina. Los acontecimientos me estaban superando. Tuve escalofríos y temblores. Pensé que si la OAS lo buscaba a Santiago para matarlo, también yo podía estar en la lista. Pero me sobrepuse, me recosté en mi sillón y comencé a ordenar las ideas que me surgían a partir de todas estas revelaciones.

Veamos:

Santiago Aldizábal ayudó a escapar a Francisco en medio de la confusión que se generó con el abandono del edificio de la calle Chile. Lo llevó en su propio auto y lo dejó en una estación de tren en Olivos. Podemos aseverar que, salvo Santiago, nadie en la Organización podía saber dónde estaba Francisco después de fugarse. Francisco se bajó del auto de Santiago en Olivos y se proponía tomar el tren Mitre para dirigirse a algún lugar que conocía. ¿Dónde pudo haber ido? Olivos está en el Partido de Vicente López… ¡La Lucila está en Vicente López! ¡Allí vive Cristalina Ferrari de Falcone! Con el tren Mitre Francisco pudo llegar en poco tiempo a La Lucila, y de la estación trasladarse a la residencia de los Falcone. Sí, suena lógico. Francisco no quiso, por precaución, que Santiago supiera adónde iría, por eso le pidió que lo dejara en la estación de Gutiérrez y Catamarca en Olivos. Cuando se bajó del tren bien pudo llegar caminando o en taxi a la residencia de los Falcone. Cristalina seguramente se alegró de verlo con vida, y su marido, que aparentemente le tenía simpatía, no se habrá opuesto a que Francisco se ocultara temporalmente en su casa. Pero ¿qué pasó después?»

Me quedé trabado. Necesitaba más información.

Tomé compulsivo el teléfono y llamé a la casa de los Falcone. Pedí hablar con la señora Cristalina. 

—Hola, Facundo —su voz sonaba apesadumbrada.

—¿Cómo estás, Cristal?

—Aquí ando, sin poderme reponer de la muerte de Francisco. Estoy destrozada.

—Sí, estamos todos así…

—Fueron los de esa organización los que lo mataron, ¿no?

—Suponemos que sí.

—Necesito verte, Facundo. ¿Podemos encontrarnos mañana temprano en alguna confitería de Buenos Aires?

—Claro, nos vemos a las nueve en la Londres. ¿Te parece bien?

—De acuerdo, Facundo. Mañana a las nueve.

 

A la mañana siguiente, Cristalina y yo, puntuales, nos encontramos en la Londres (o Londus City) en mi mesa habitual, cerca de Cortázar. Mientras pedíamos el café la observé detenidamente. Era una mujer muy atractiva y sensual, pero estaba demacrada y ojerosa, como si llevara mucho tiempo sobresaltada. Fue la primera que habló.

—Facundo, estoy muy preocupada y necesito confiarte algo.

—Te escucho, Cristal.

—Es algo muy íntimo, por eso te pido que guardes el secreto.

—Por supuesto, podés hablarme con total confianza.

—Con Francisco éramos muy amigos, pero nuestra amistad… cómo te lo diré, iba más allá de lo profesional…

—No entiendo —dije simulando candidez.

—Trabajamos muchas horas juntos y un día…

Me quedé mirándola con cara de bobalicón.

—Un día dimos el mal paso, digámoslo así. No sé si me explico.

—¿Ustedes tuvieron…?

Asintió con la cabeza. Hubo un corto silencio y ella continuó.

—Nos sentimos atraídos físicamente. También, espiritualmente. Éramos almas gemelas. Y nos convertimos en amantes.

—Bueno… qué te puedo decir, estas cosas pasan. Pero no sé por qué me lo contás.

—Porque estás investigando la muerte de Francisco y tarde o temprano lo ibas a saber. Prefiero que te enteres por mí.

—Está bien, Cristal. Eso me explica muchas cosas que vos me has ocultado —fui calculador y brutal al decir esto, pero quería tener la ventaja de la sorpresa.

—¿Qué yo te oculté…? No entiendo…

—Francisco se escapó de su encierro con la ayuda de su amigo Santiago Aldizábal, ¿de acuerdo?

—No sé nada de eso… ¿Qué me querés decir?

—Y esa misma mañana Francisco fue directamente a tu casa de La Lucila. Vos no me lo dijiste y yo me enteré recién hoy. ¿Por qué razón me lo ocultaste?

Cristalina empalideció y quedó muda. Yo había dado en el centro. Analicé su reacción rápidamente: no pareció sorprenderse mucho cuando le dije que Francisco había logrado escapar de la organización, y que fue Santiago quien lo ayudó, pero sí la alteró que yo supiera que había estado en su casa esa mañana misma. Antes de que ella terminara de procesar su desconcierto, seguí hablando:

—Santiago, que también pertenece a la organización, liberó a su amigo y lo llevó en su automóvil a la estación del ferrocarril Mitre en Olivos. Y Francisco le dijo (aquí mentí) que iba a tomar el tren para refugiarse en tu casa de la Lucila.

Cristalina seguía tan muda e inmóvil como Cortázar.

—¿Podés contarme qué pasó esa mañana?

—Facundo…—su voz temblaba— ¿Seguimos hablando en modo de confidencialidad?

—Por ahora sí. Pero necesito conocer toda la verdad de ese encuentro.

—Entiendo, está bien. Cerca del mediodía el custodio me comunicó la presencia de Francisco en la puerta de entrada. Ordené de inmediato que lo hicieran pasar. Me aseguró que nadie sabía que estaba ahí, pero ahora veo que me mintió.

—¿Estaba tu esposo en la casa?

—No, él sólo está los fines de semana. Juan José trabaja aquí en CABA donde están sus empresas, sale muy temprano todas las mañanas y regresa a casa a la hora de la cena. Francisco estaba hecho un guiñapo: sucio, con el pelo enmarañado y la ropa totalmente arrugada y mugrienta. Me dijo que se había escapado con la ayuda de un amigo y me rogó que lo escondiera por unos días. Lo ayudé, por supuesto. Se bañó, se afeitó, se puso ropa de Juan José mientras yo mandaba a lavar la suya, almorzamos juntos y convinimos en que quedaría refugiado en mi estudio del altillo.

—¿Y tu esposo qué iba a decir cuando lo viera?

—No se enteraría. Él nunca sube a mi estudio, así que podía mantenerse ahí por dos o tres días.

—¿Y qué pasó?

—Al día siguiente Francisco ya tenía resuelto lo que haría. No quería llamar a su esposa para no exponerla. Había planeado ir a verte a vos para pedir ayuda a la Justicia por tu intermedio. Le facilité dinero y yo misma lo llevé en mi auto hasta la estación de tren. No lo vi más, no supe nada de él hasta que me enteré por la televisión que había aparecido muerto en un descampado.

Cristalina no pudo contener sus lágrimas. Continuó:

—Por eso no te dije nada. Él no quería que la Organización detectara su presencia en La Lucila, no me dejó llamar a nadie.

—¿Tu esposo se llegó a enterar de su presencia en la casa?

—No… nunca lo supo. Fueron sólo dos días y dos noches…

—¿Y el personal de la casa, el custodio de la entrada?

—Todos conocen a Francisco de verlo cotidianamente conmigo y también con mi esposo. Para ellos era como alguien de la casa. A nadie podía llamarle la atención.

—Y decime, Cristal, en esos dos días en que Francisco estuvo refugiado en tu estudio del desván, ¿tuvieron relaciones íntimas? No es curiosidad de chismorreo, necesito que me lo digas si ocurrió.

Cristalina vaciló, me miró como queriendo averiguar por qué le preguntaba si había tenido sexo con Francisco en su estudio. Pero decidió que habría sido tonto negarlo.

—No el primer día, porque él necesitaba descansar y reponerse. Pero a la mañana siguiente, cuando le llevé el desayuno… Bueno, los dos lo necesitábamos, así que…

—Y decime, Cristal, ¿fue la primera vez que tuvieron sexo en tu oficina del altillo o ya lo habían hecho antes?

—Voy a serte sincera, Facundo. A Francisco y a mí nos gustaba tener sexo en lugares riesgosos, era nuestra fantasía. Lo hacíamos en mi oficina, aún en los días en que estaba mi esposo en casa, lo hacíamos en su auto, estacionado en alguna calle solitaria, y en otros lugares donde existía el riesgo de ser descubiertos. Nos divertíamos así.

—Decís que cuando Francisco dejó tu casa tenía planeado venir a verme. ¿Y lo llevaste en tu auto hasta la estación?

—Lo llevé hasta la estación del Mitre. A partir de ahí no supe más nada de él. Te pido, Facundo, que no me hagas dar testimonio de esto ante la Justicia. Destruiría mi matrimonio y no ayudaría en nada a esclarecer su muerte.

—Sí, Cristal, no te preocupes. Esto que hablamos aquí es confidencial. Pero tenés que prometerme que seguirás colaborando conmigo para que sepamos quién mató a Francisco. Esa es mi condición.

—Por supuesto, Facundo, los dos estamos involucrados emocionalmente con Francisco y es natural que cooperemos para saber quién lo mató. ¿Vos creés que no fue la Organización?

—Creemos que no, por dos motivos: por la metodología y porque esa gente no podía saber que Francisco andaba por La Lucila. Te propongo que tengamos otro encuentro, pero en tu casa.

—¿En… mi casa?

—Me gustaría ver otra vez tu oficina, para inspeccionar el último lugar donde Francisco permaneció con vida. No es por nada en particular, pero soy muy intuitivo y observador. Eso podría ayudar en la investigación.

—Si a vos te parece importante… Pero que sea cuando está Juan José en casa, no deseo hacer nada más a sus espaldas.

—Voy este sábado con el pretexto de hablar con vos sobre los hábitos de Francisco, saludo a tu esposo y me haces pasar a tu oficina para mostrarme algunos de sus apuntes. A eso de las cinco, ¿te parece?

—Listo, te espero el sábado. Y gracias por mantener en reserva todo lo que te confié.


© 2020 Enrique Arenz 

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