Web Analytics Made Easy -
StatCounter
Pages Menu

Organización Albatros (Capítulo 11º)

 

Cuando el doctor Ferraresi Álzaga se presentó a declarar por la extraña muerte de su cliente, el fiscal hizo preguntas meramente formales cuyas repuestas fueron obvias e intrascendentes. Dijo haberse enterado de la muerte de su cliente la misma mañana en que descubrieron el cuerpo sin vida en su camastro del penal de Ezeiza; que había estado con él el día anterior analizando la estrategia de su defensa y que no había observado nada que le llamara la atención. Su estado de ánimo no era muy diferente al de cualquier persona que ha sido privada de su libertad. Nada en su conducta señalaba la posibilidad de un suicidio, razón por la cual el abogado exigía que se investigara un posible homicidio dentro de la prisión.

Una vez que terminó su interrogatorio, el fiscal me cedió el turno para hacer preguntas que considerara pertinentes.

—Pregunto al testigo para que responda por qué razón presume que su cliente fue asesinado dentro del penal.

—No lo afirmo, sólo planteo una sospecha y solicito una investigación. He pedido en representación del sobrino del occiso, que se constituirá como parte querellante, que se investigue un posible homicidio, debido a que no hay razones para suponer que mi cliente haya podido ingerir una antiquísima y rara píldora de cianuro que no llevaba entre sus pertenencias cuando fue revisado al ingresar en la prisión.

—Pregunto al testigo para que responda: aun suponiendo que el señor Lamberto hubiera sido asesinado en el penal, ¿de dónde cree que pudo salir esa píldora de origen incierto y de indudable antigüedad?

—Esas píldoras de cianuro, por lo que he podido averiguar, suelen estar en poder de coleccionistas de objetos nazis, admiradores del nazismo y su simbología, comerciantes de esos objetos, militantes de ideología extremista como los llamados «neonazis», y también algunos judíos, que los conservan como recordatorios de los horrores del Holocausto. Entre los neonazis argentinos se han detectado algunos vinculados a las fuerzas de seguridad, policiales o del servicio penitenciario. Mi cliente no se suicidó. O bien lo obligaron a morder esa píldora, lo que habría que desestimar, en mi opinión, por la ausencia de marcas de violencia en el cuerpo, según reveló la autopsia; o bien lo indujeron a hacerlo por sí mismo mediante amenazas o alguna forma de presión psicológica. Creo que esta última hipótesis es la que debería investigarse.

Repregunté:

—Todos querríamos cooperar para que se sepa la verdad sobre la muerte del señor Lamberto, pero entiendo que el ahora abogado de la querella debería colaborar con la Justicia proporcionando datos que se ignoran. Voy a ser explícito: el señor Lamberto fue imputado en una causa en la que se investiga la desaparición de mi cliente, el señor Francisco Ferrán Campos, víctima de un secuestro por parte de una organización clandestina y criminal denominada Organización Albatros, en cuya sede de la calle Chile, donde el señor Lamberto explotaba un autoservicio que se utilizaba como pantalla y a la vez paso obligado hacia sus instalaciones, se encontraron pruebas incontrastables de que allí se diluían en ácido cuerpos humanos presuntamente asesinados en el lugar. Si alguien indujo al señor Lamberto a suicidarse tiene que estar entre los integrantes de esa sociedad, y no se me ocurre otra razón lógica para hacerlo que evitar que el detenido terminara por hablar para aliviar su situación procesal. Mi pregunta al testigo, señor fiscal, es para que responda si él le sugirió a su defendido que mejorara su situación procesal delatando a otros miembros más importantes de la organización. Asimismo, para que responda quién o quiénes lo contrataron para hacerse cargo de la defensa del señor Lamberto.

El abogado contestó de inmediato:

—Cuando hablé con mi defendido después de ver las pruebas concluyentes recolectadas por la fiscalía, por supuesto que, entre las posibles alternativas para su defensa, le sugerí que declarara la verdad y pidiera pasar la causa a jurisdicción federal por tratarse de una banda de crimen organizado asimilable al narcotráfico, con lo cual podíamos intentar que se lo aceptara como imputado colaborador. Pero el señor Lamberto se negó rotundamente a esta opción, aunque yo siempre pensé que terminaría por convencerlo, porque esa era la única vía de escape que tenía. En cuanto a la segunda pregunta, no tengo obligación de responderla, pero de todas maneras lo voy a hacer, aunque parcialmente y sin dar nombres: no me contrató la OAS, si eso es lo que el señor abogado de la querella insinúa, no tengo ninguna relación con esa sociedad criminal, ni aceptaría ser su letrado por razone éticas. Es más: ni siquiera sabía que esa organización existía. Quien me pidió que defendiera al señor Lamberto fue un cliente mío a quien asistí hace un tiempo en una causa penal. Se trata de un amigo íntimo del señor Lamberto que se sintió moralmente obligado a ayudarlo y vino a verme para que lo asistiera.

—Última pregunta, señor fiscal. Para que el testigo responda si el señor Lamberto le hizo alguna mención de la persona desaparecida, el señor Francisco Ferrán Campos, o le dio algún indicio sobre su paradero.

—Todo lo que me dijo mi ex defendido está amparado por el secreto profesional. No acepto ser interrogado sobre eso.

Intervino el fiscal dirigiéndose al doctor Ferraresi Álzaga.

—Con todo respeto, doctor. Su cliente lamentablemente ha fallecido, y el señor Ferrán Campos sigue desaparecido y las posibilidades de hallarlo con vida disminuyen con el paso del tiempo. Me permito mencionarle dos motivos por los cuales puede usted imponerse un razonable límite al secreto profesional sin incurrir en falta de ética. El primer motivo es este: para que podamos investigar si su cliente fue inducido al suicidio, esta fiscalía necesita conocer algunas circunstancias re­servadas de las que pudieran inferirse amenazas reales o potenciales hacia el difunto mientras estuvo en prisión; y el segundo motivo, por razones humanitarias. Estas razones deberían persuadirlo a usted a cooperar en la búsqueda de la persona desaparecida revelando aspectos confidenciales que ya no pueden afectar a su cliente.

—Entiendo sus razones, señor fiscal, y también las del señor abogado querellante en la causa principal, pero me niego a declarar formalmente aspectos de lo que mi ex cliente me dijo en confidencialidad sin antes hablarlo con la persona a la que ahora represento, el único familiar del señor Lamberto.

Se firmaron las actas y se levantó la audiencia.

Antes de abandonar la sala, vi que el doctor Ferraresi Álzaga me miraba con mucha insistencia. Finalmente, cuando todos estábamos en el pasillo se me acercó y me dijo casi al oído:

—Doctor Lorences, ¿me permite?

Respondí que sí. Se me acercó y me dijo en tono muy bajo:

—No quise revelar oficialmente lo que me confió el señor Lamberto, pero estoy dispuesto a conversarlo informalmente con usted.

Sorprendido por esta actitud inesperada, no perdí ni un minuto.

—Le agradezco su nobleza, doctor —respondí—. Si quiere, vamos ahora mismo a tomar un café y charlamos.

—De acuerdo, ¿nos vemos en diez minutos en el café de la esquina?

—No, ahí podrían vernos y no quiero que usted corra ningún riesgo. Esta gente está en todas partes. Le propongo que nos encontremos en veinte minutos en la confitería Londres, en la calle Perú.

Aceptó y nos separamos.

 

Llegué primero a la Londres y me fui para el fondo, cerca de la mesa donde Julio Cortázar fuma y bebe su café eternamente. Elegí una mesita que suelo utilizar, alejada de las vidrieras. Enseguida llegó el doctor Ferraresi. Pedimos un café y él comenzó a hablar.

—La persona que me vino a ver para que asistiera legalmente al señor Lamberto fue un amigo de ambos, de nombre Justiniano Bertosi. Puede anotar ese nombre, pero no debe revelar dónde obtuvo la información.

Intuí que mi colega tenía noticias funestas para darme pero que daba rodeos para entrar en confianza. Le dije:

—No se preocupe, conozco ese nombre porque me lo mencionaron en la fiscalía. Usted lo defendió en un caso de mala praxis, ¿no?

—Sí, claro, el caso se tramitó justamente en la fiscalía de Alieto Fatah. Justiniano es una persona muy correcta que no cometió ningún delito y yo logré demostrar su inocencia. Nos hicimos muy amigos. Hace unos días me llamó y me pidió que asistiera al señor Lamberto que había sido detenido, aunque él me aseguró desconocer de qué se lo acusaba. Ahora sospecho que Justiniano algo sabía. Acepté por mi amistad con él. Cuando fui a Ezeiza a entrevistarme por primera vez con el detenido, este no me dijo casi nada, pero cuando vi el expediente donde estaban las constancias del allanamiento al edificio de la calle Chile y las horrendas pruebas allí encontradas, estuve a punto de abandonar el caso. Pero para no desairar a mi amigo Justiniano, decidí seguir adelante con el propósito de ayudar a Lamberto de la única manera en que podría hacerlo, convenciéndolo de que confesara, pasáramos la causa a jurisdicción federal y él se convirtiera en imputado colaborador. Para eso Lamberto debía hablar con el fiscal, confesar su delito y denunciar a los responsables principales de la banda. De esta manera podría obtener una reducción en su condena.

—Pero no logró convencerlo.

—No, como dije en la audiencia. Lamberto se negó a traicionar su juramento. Esta gente es muy sectaria, muy extremista en sus ideas, y se han impuesto una estructura mental de lealtad piramidal absoluta. Lamberto hablaba convencido de que todo lo que hacían era correcto, aunque fuera ilegal. Se consideran a sí mismos como los restauradores de la legalidad republicana en la Argentina. Vea que contradicción.

—¿Le llegó a contar algo acerca de las actividades de la OAS?

—Sí, pero no me dio nombres. Lo que le puedo asegurar es que todo lo que escribió Francisco Ferrán Campos en ese borrador de ensayo que está en el expediente, es la pura verdad. Se trata de una organización justiciera, sustitutiva de la Justicia constitucional que ellos consideran extinguida, para secuestrar delincuentes peligrosos, matarlos y hacer desaparecer sus cuerpos.

—¿Le dijo cuál era su jerarquía en la organización y por qué no se fugó junto a los demás cuando se enteraron de que habíamos detectado el edificio?

—Sí. No era un miembro importante, por eso podría haberse beneficiado apuntando para arriba. Tenía a su cargo controlar el acceso a la sede a través de su autoservicio y era el responsable de que nadie husmeara en las cercanías de la puerta del fondo. Lamberto pertenecía al grupo de inteligencia, y por eso percibía una asignación importante por cumplir con esa función. En cuanto a fugarse, según él, no tenía forma de hacerlo. Y como no era seguro que se produjera una redada en el lugar, él debía correr el riesgo, y, si era necesario, dejar que lo arrestaran. Por eso no aceptó mi sugerencia de arrepentirse. Sospecho que desde la organización lo obligaron a suicidarse, aunque no tengo idea de cómo le alcanzaron la píldora de cianuro.

—¿Qué le dijo su defendido sobre Francisco Ferrán Campos, por cuya desaparición él terminó en la cárcel?

Aquí el abogado se quedó en silencio mirándome con expresión de angustia. Supe al instante que mi presentimiento anterior tenía fundamento. Era grave lo que tenía que decirme.

—Estimado colega, quise hablar con usted para darle una mala noticia. Francisco Ferrán Campos está muerto.

—¿Muerto…?

— Lamento decirle esto, sé que Francisco era amigo suyo. Lo siento mucho, créame.

Me quedé mirándolo sin poder articular una palabra. Él continuó:

—Lo que sé me lo dijo Lamberto. Cuando los de la OAS abandonaron precipitadamente el edificio de la calle Chile, se llevaron a Francisco a una quinta del gran Buenos Aires. Presumo que lo mataron después de un juicio donde lo encontraron culpable de traición. Y como ya no tenían los elementos para disolver cadáveres, su cuerpo fue descartado en algún lugar descampado a orillas del río Matanza, en proximidades del río Reconquista. Es una zona de bañados y cangrejales totalmente desierta por donde no pasa nadie. Haga que lo busquen por ahí, pero, por favor, reserve por ahora la fuente. Ignoro cómo se enteró Lamberto de este desenlace, ya que estaba preso y nadie, excepto yo, lo visitó. Yo sospecho que fue algún agente del servicio penitenciario perteneciente a la OAS. Quizás la misma persona que después le dio la píldora de cianuro.

Me quedé aplastado. No podía creer que Francisco estuviera muerto pudriéndose en un descampado inaccesible. Tuve que hacer un esfuerzo para no largarme a llorar. El doctor Ferraresi me miró compadecido sin hablar. Llamó al mozo, pagó la cuenta y se levantó de la mesa. Me dio la mano y me dijo:

—Eso es todo lo que sé. No tengo nombres excepto el del amigo que me contrató. Aquí le dejo mi tarjeta, llámeme cuando quiera.

—Asentí levemente con la cabeza. No le di ni las gracias. Se fue y yo me quedé solo, mirándolo a Cortázar que desde su rincón parecía meditar sobre las miserias humanas y la soledad en la que nacemos y morimos. Tomé mi celular y llamé a la fiscalía.

—Alieto, acabo de enterarme por una fuente confidencial de que Francisco fue asesinado y que su cuerpo está en algún descampado en proximidades del río Matanza en su confluencia con el Reconquista… No, no es seguro, pero tenemos que organizar una búsqueda por la zona.

 

Antonella me acompañó a la casa de Francisco para hablar con Beatriz y ponerla al tanto del dramático giro que había tomado la investigación. Fue muy ingrato decirle lo que me habían informado, aunque le aclaré que no podíamos estar seguros hasta que encontráramos el cadáver.

El juez ordenó un amplio operativo de búsqueda sobre la zona circundante al encuentro del río Matanzas con el Reconquista con la Gendarmería, policía de la provincia y perros adiestrados en la búsqueda de cadáveres. Alieto supervisó personalmente las acciones con mi presencia y la de Beatriz, que esperó los resultados dentro de mi auto y en compañía de Antonella que quiso estar con ella.

A las dos horas de un bien organizado rastrillaje fue encontrado un cuerpo entre pastizales y en medio de un bañado cenagoso próximo a los dos ríos. Llevamos a Beatriz hasta el lugar del hallazgo para que identificara el cadáver. Apenas lo vio a pocos metros de distancia, se dio vuelta y se abrazó con Antonella.

—¡Es él! —gritó y rompió en llanto.

—¿Está segura, señora? —preguntó el fiscal.

—Sí, es la ropa de él, sus zapatos…

—Por favor, señora, acérquese y véalo mejor, necesitamos que su identificación sea lo más exacta posible.

Intervine para evitarle el mal momento a Beatriz:

—Lo identifico yo, Alieto. Francisco era mi amigo. Mejor que Beatriz regrese con Antonella al auto.

Beatriz, temblorosa y pálida, aceptó mi ofrecimiento y se alejó del lugar con Antonella. Yo me acerqué con Alieto a la escena donde ya estaba el equipo forense haciendo las primeras peritaciones. Debimos meternos en el barro para llegar a un metro de distancia del cadáver que ya mostraba notables signos de descomposición. Reconocí a Francisco no bien vi su rostro grisáceo e hinchado. Se observaban dos impactos de bala en su pecho.

Alieto se acercó a mí y me dijo:

—El equipo forense tiene que hacer algunas tareas antes de que nos llevemos el cadáver a la morgue para la autopsia. También están levantando muestras del lugar para disponer de la mayor cantidad de elementos que determinen cuándo y cómo murió Francisco. Cerca del cadáver hay unas huellas de un vehículo todo terreno que debió transportarlo, y también se pueden ver pisadas de por lo menos dos personas. Algunas, son de pies pequeños, como las de un niño o una mujer. Todo eso será fotografiado y peritado.

—Yo ya no tengo nada que hacer acá —dije apesadumbrado—. Me la llevo a Beatriz y la acompaño a su casa para darles la noticia a sus dos hijas y a sus padres que están en Buenos Aires. Con Antonella trataremos de ayudar lo más que podamos a esta familia.

Lo que siguió fue muy triste. Beatriz quiso hablar a solas con sus hijas y estuvo encerrada con ellas en su habitación. Nosotros nos quedamos consolando a sus abuelos. Fue un día interminable. Por la noche, nos fuimos abatidos a nuestra casa. Mientras cenábamos algo liviano, vimos en los canales de noticias las primeras imágenes del lugar dónde se había hallado el cadáver del sociólogo desaparecido. El equipo forense había confirmado que el fallecido tenía dos impactos de bala en el tórax.

 

A los dos día tuvimos el informe de la autopsia. La causa de la muerte eran los dos disparos calibre 9 milímetros, efectuados por una pistola similar a la reglamentaria utilizada por la policía y fuerzas armadas. No había en el cuerpo señales de violencia excepto marcas en los brazos producidas posiblemente al ser llevado por la fuerza, y marcas de las muñecas causada por algún elemento de sujeción (esposas, precintos o piolín). La muerte se produjo cinco días antes del hallazgo del cuerpo, y en el estómago se encontró comida semidigerida. No había signos de torturas ni golpes.

Las autoridades judiciales nos autorizaron a retirar el cadáver para su inhumación, y yo me hice cargo de todas las diligencias funerarias. Durante la inter­minable noche del velatorio, desfilaron muchos amigos y familiares de Francisco. Entre ellos, el señor Abram Lipovich, uno de sus presuntos asesinos. Tuve que hacer un esfuerzo para recibir su pésame sin dejar traslucir mis sentimientos. Me impuse actuar con autodominio e infinita paciencia para llevar a fondo la investigación y poder meter en la cárcel a todos los integrantes de la Organización Albatros.

Abram Lipovich estuvo muy poco tiempo. Me pidió que le presentara a la viuda para darle su pésame, lo que me pareció morboso y perverso, pero no tuve más remedio que hacerlo. Cumplida esta hipócrita formalidad, don Abram se retiró de la funeraria.

Esa noche, muy tarde, cuando quedaba muy poca gente en la sala, apareció pálido, desaliñado y con una mirada muy temerosa y cargada de ansiedad, el librero Santiago Aldizábal. Se lo veía abatido y desconsolado. Saludó a la viuda, me saludó a mí y hasta lloró frente al ataúd cerrado de su amigo. Su actitud me confundió mucho y puse en duda mi sospecha de que Santiago podría pertenecer a la organización Albatros. En cierto momento, cuando lo vi solo y apesarado sentado en un largo sillón de cuero en el solitario vestíbulo de la funeraria, me senté a su lado.

—En fin, nuestro amigo fue asesinado, tal como él me lo anticipó —comenté.

—Si… si —contestó como si no pudiera hablar.

—Estuvimos cerca de rescatarlo, pero alguien se nos adelantó.

—Hiciste lo que pudiste, Facundo —me consoló—, por lo visto esa organización es muy poderosa e inclemente.

—Le dieron dos balazos en el pecho.

—Sí, eso dicen…

—Es algo raro —murmuré.

—¿Por…?

—Nada. Es que esa gente mata con un balazo en la nuca. Es extraño que no hayan cumplido con su propio rito. Son fanáticos muy estructurados y aferrados a sus metodologías.

—Eso que decís suena lógico, Facundo. ¿Pensás que no fue la organización la que lo mató? —su voz sonó agitada.

—No lo sé. Simplemente observo un detalle curioso: el asesinato no responde a la modalidad de la organización.

—Yo no lo había pensado, pero tenés razón. Tal vez… no fueron ellos.

La voz de Santiago parecía animarse a medida que avanzábamos en estas deducciones.

 —No sabemos ni quiénes son «ellos» —dije, y agregué, precavido—, no tenemos todavía un solo nombre.

No me contestó. Los dos quedamos callados.

En cierto momento me entredormí. Cuando abrí los ojos, Santiago ya no estaba. Se había ido sigilosamente.

A las diez de la mañana enterramos a Francisco en el cementerio de La Chacarita.


© 2020 Enrique Arenz 

Ir al Capítulo 12º

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies