Pages Menu
Categories Menu

Organización Albatros (Capítulo 10º)

 

Antonella no podía creer lo que acababa de escuchar.

—¿Me decís que esta mina está enamorada de su marido, pero se hace masturbar por Francisco en una casa ajena? ¿Me estás cargando, Facundo?

La miré con cierta suficiencia. Yo intento no presumir ante Antonella de experto en conductas sexuales, pero por alguna misteriosa razón, los hombres siempre estamos exhibiendo ante nuestras mujeres la gran experiencia que hemos acumulado en esa materia. No sé de dónde nos vendrá esa pulsión tan tonta, tal vez de esa leyenda machista de otros tiempos que decía que, así como nosotros queríamos ser el primer amor de nuestras esposas, ellas, por el contrario, aspiraban a ser el último del hombre con el que se casaban. Es posible que eso haya sido así en el pasado, cuando casi todas las mujeres llegaban al matrimonio muy jóvenes y vírgenes, y era para ellas muy importante que el momento más trascendental de la noche de bodas fuera conducido por un hombre con suficiente experiencia. No lo sé, pero yo sigo atado a ese hábito y, como tantas otras veces, no pude contenerme:

—No creas —le expliqué a Antonella—, es bastante común que mujeres casadas tengan aventuras con hombres que las atraen.

—Pero si una mujer se acuesta con un hombre, tiene que sentir algo por él. A diferencia de los varones, que pueden separar el sexo de los sentimientos, es muy raro que una mujer actúe de esa manera si ama a su esposo.

—En eso tenés razón. Pero te aseguro que pueden enamorarse de otro hombre y seguir amando a su esposo.

—He sabido de hombres que se enamoran de dos mujeres, pero ¿mujeres que quieran a dos tipos? Mmm… —dudó Antonella.

 —¿Por qué no? —repliqué— Son dos amores diferentes. En este caso Cristalina quiere mucho a su esposo, que, vale la aclaración, por su edad bien podría ser su padre. Pero en la vida se le cruzó Francisco, un tipo joven, seductor, aparentemente decepcionado de su mujer, alguien que se siente solo y melancólico, y por eso mismo atrae el espíritu maternal de una mujer que lo tiene todo y necesita nuevas emociones. Y se enamora de ese profesional tan apasionado como ella por la investigación sociológica. Imaginate, si a eso le sumás las necesidades corporales de los dos, probablemente insatisfechas…

—Vos has tenido experiencias de todo tipo en tu vida de soltero. Supongo que de esos sabés más que yo —me chicaneó Antonella.

Era una clara invitación a que le contara algo de mi pasado. A los hombres nos encanta hacerlo, y a las mujeres, escucharnos. La curiosidad puede más que los celos retrospectivos. Pero, eso sí, ellas jamás te hablan de los novios o amantes que tuvieron antes de nosotros.

—Tuve relaciones con mujeres casadas, si te referís a eso.

—¿Y estaban enamoradas de sus maridos?

—Hubo de todo. Algunas se la pasaban hablándome mal de los tipos, otras lloraban después del sexo…

—¿Tan desencantadas las dejabas? —se burló.

—Lloraban de arrepentimiento, porque decían que sus parejas no se merecían lo que les estaban haciendo.

—Y vos, seguro, aprovechabas ese momento de debilidad para sacártelas de encima —sentenció Antonella en un tono de reproche prejuicioso.

—No, sacármelas de encima, no. Sí, les aconsejaba que volvieran junto a sus esposos y se olvidaran de mí. Lo hacía por su propio bien. Nos despedíamos como buenos amigos, ellas se iban tristes, yo quedaba deprimido… —contesté tratando de mantenerme serio, pero me tenté de risa antes de terminar— y a la otra semana me llamaban desesperadas para que nos volviéramos a ver.

Me reí a carcajadas. Ella comentó burlona:

—Miralo al galancito irresistible, pero andá…

No reímos los dos. Pero enseguida nos pusimos serios, nos tomamos un whisky y conversamos sobre la contradicción que surgió entre Cristalina y su marido con respecto a la última vez que ella se vio con Francisco.

—Cristalina me dijo que se encontraron por última vez en la Biblioteca Nacional hace un mes, y su marido, que estuvo en su casa y en la oficina de ella uno o dos días antes de desaparecer.

—¿Y ella no hizo ninguna aclaración en ese momento?

—Se puso mal, lo noté en el acto, pero yo no perdí un segundo y simulé no haberme dado cuenta de la incongruencia. Cambié enseguida el eje de la conversación. Una aclaración de Cristalina hubiera empeorado las cosas. Me pregunto por qué razón ella me ocultaría un encuentro reciente con Francisco cuando para el marido eso no tuvo importancia.

—¿Entonces tenemos otra sospechosa?

—Yo diría que sí. Ella sabía que Francisco había ingresado en la OAS, pero me pidió que no le comentara nada a su esposo porque él no estaba enterado de eso. Falcone tiene una teoría muy simplista sobre lo que le pudo ocurrir a Francisco. Piensa que algunos delincuentes lo levantaron para un secuestro exprés y que algo salió mal, por lo que pudieron matarlo y hacer desaparecer el cuerpo. En ese momento Cristal no le comentó sobre el mail que Francisco me había enviado, pero esa omisión se justifica porque no quería que su esposo se enterara de la relación de Francisco con la OAS. Minutos antes me había pedido que no le comente nada para que él no se preocupara por ella.

—Entonces: el señor Falcone no sabe lo del mail ni lo de la OAS, y tampoco oculta la fecha en que Francisco estuvo en esa casa antes de desaparecer, como sí lo hace su mujer, ¿Cuál es tu teoría?

—Ella podría pertenecer a la OAS y ser la que lo entregó. No se me ocurre otra cosa por ahora —conjeturé por decir algo.

—Primero, tendrías que probar que Cristalina pertenece a la OAS. ¿En qué te basás para sospechar de ella?

—En nada concreto. No tengo idea de cómo y cuándo lo conoció a Francisco. No fue Abram Lipovich el que se la presentó, de eso estoy seguro, porque el viejo sólo la conoció como amiga de Francisco cuando éste la llevó por primera vez a su casa para ver libros antiguos. Tengo que investigar el origen de esa amistad para poder relacionarla con la OAS.

—Pero vos estás convencido de que don Abram fue el vínculo de Francisco con la OAS.

—Por ahora sí. Además, fue Abram el que alertó a la sociedad cuando me vio en el autoservicio, de eso estamos convencidos Alieto y yo. Sospecho también de otro amigo de Francisco, el librero Santiago Aldizábal.

—¿Por qué razón? —preguntó Antonella.

—Porque fue en su librería donde Francisco conoció a Abram, quien desde hace muchos años es proveedor de Santiago de libros usados. El mismo Santiago me lo dijo y me conectó con el viejo.

—Entonces, a ver, repasemos la lista de sospechosos.

—Abram Lipovich, uno de los dos únicos miembro de la OAS confirmados que conocemos (el otro, se suicidó en el penal); el librero Santiago Aldizábal, por su vínculo con Abram y Francisco; y Cristalina Ferrari de Falcone, que podría ser miembro de la organización, aunque eso hay que probarlo. Por ahora esos tres son los únicos sospechosos, no de matarlo, porque todavía no sabemos si está muerto, sino de haberlo delatado a la OAS.

Antonella se quedó pensando. Finalmente comentó:

—Mirá, Facundo, Francisco ya era un miembro regular de la OAS y sabemos por su ensayo que estaba buscando pruebas digitales de la organización. Quizás logró apoderarse de esa tarjeta que ustedes encontraron en el allanamiento y la ocultó debajo de la colchoneta como un lugar seguro, hasta que encontrara la forma de sacarla del edificio.

—Sí, es posible. Siendo un miembro de la organización él podía deambular por todas sus instalaciones antes de que descubrieran sus intenciones. En la Gendarmería no pudieron desencriptar la tarjeta, El juez pidió ayuda a un experto de la embajada norteamericana y hay muchas esperanzas en que se pueda acceder a su contenido. Esa tarjeta puede revelar cosas increíbles.

—Pero entretanto, probar algo de todo lo que hemos hablado parece una misión imposible.

—Sí, muy difícil. Pero no perdamos de vista lo más urgente: encontrar la nueva guarida de la organización para saber si tienen cautivo a Francisco, en caso de que hayan sido ellos los que lo secuestraron. Y el único nexo que nos puede llevar a ese lugar es el señor Abram Lipovich, por eso lo convencí a Alieto de que no lo arrestara todavía. Lo tengo a Rolo vigilando sus movimientos y el Juez ya pidió escuchas telefónicas de su línea. Pero eso lleva tiempo y cada día que pasa…

—Bueno, se hizo tarde, vamos a dormir —dijo Antonella—. Y hablando de necesidades insatisfechas… ¿vos cómo andás?

—Estoy muerto de cansancio —me defendí avergonzado—, y el whisky me terminó de matar

—No importa, podés hacerme «la gran Francisco» —rio divertida.

—¡O la gran Antonella! —retruqué, y me puse colorado.

—Ah, eso estaría mejor.

 

El lunes Rolo me habló por WhatsApp. Don Abram Lipovich sólo había salido de su casa para hacer unas compras en comercios cercanos y recibió en su domicilio a dos personas cuyas fotos me adjuntó. Una mujer de unos cincuenta años, de fuerte contextura, calzas negras muy ajustadas que le resaltaban un trasero redondo y unas caderas enormes, aunque proporcionales a su cuerpo exuberante. Había apoyado en el piso una camilla plegable, por lo que deduje que se trataba de la masajista. Con cierto morbo amplié esa foto en mi computadora y estuve observando el cuerpo abundante de esa mujer. Me lo imaginaba a Abram Lipovich perdido entre esas robustas piernas, abismado en la tibieza de un sueño puberal creado por hábiles masajes que logran el milagro de reencender un fuego ya apagado en el cuerpo, pero siempre intacto en la mente de todo hombre.

La otra persona fotografiada frente a la casa de Abram era un señor de unos cuarenta años, de traje, corbata y anteojos negros. Su rostro no me decía nada. Imprimí las dos fotografías en mi impresora láser y se las llevé a Alieto, no para incorporarlas todavía al expediente sino para que él las viera.

—A este tipo lo conozco. ¡Es Justiniano Bertosi! El financista que indagué en una causa hace un par de años y que fue defendido por Ferraresi Álzaga.

—¿Recordás los detalles de esa causa?

—Esperá, le pregunto a mi secretario que trabajó mucho en esto.

A los diez minutos volvió Alieto y me informó:

—Este Bertosi tiene una consultoría de inversiones en la calle Corrientes y San Martín. Hubo una denuncia contra él por presunta mala praxis por unas acciones que le hizo vender a un cliente en condiciones del mercado muy desfavorables, pero fue sobreseído. Acá te anoto la dirección exacta por si querés averiguar algo. Teneme al tanto, Facundo.

—¿Alguna otra novedad sobre la causa?

—Lo citamos al abogado del suicidado Bonifacio Lamberto para la otra semana. Si mirás el expediente vas a ver la fecha y hora exactas. ¿Vas a estar presente? Es sólo una testimonial.

—Sí. Tal vez logremos sacarle alguna información.

—No te olvides que es un abogado defensor. Todo lo que se refiera a su defendido es parte del secreto profesional. La citación como testigo es meramente formal por el inexplicable final que tuvo su cliente.

—Lo sé, Alieto. Pero yo como abogado de la querella tengo libertad de hacerle preguntas, sin sobrepasar límites éticos, por supuesto.

—En la fiscalía estamos investigando ese suicidio y la responsabilidad que le cabe al Servicio Penitenciario que debió vigilarlo, pero hasta ahora nadie habla, nadie sabe nada, nadie vio nada. Hemos formado un incidente por separado para no encarajinar el expediente principal. Podés verlo en Mesa de Entradas.

Cuando salí del despacho de Alieto pedí los dos expedientes en el mostrador y comencé por el incidente. Me detuve en el informe de la autopsia que indicaba que Bonifacio Lamberto ingirió una píldora de cianuro de potasio como las utilizadas por los nazis o por los espías norteamericanos cuando eran capturados. Luego había una extensa explicación sobre la píldora que mató a Lamberto y las características de la muerte por cianuro:

«Los restos de las dos coberturas de la píldora letal encontrados en la dentadura, cavidad bucal y esófago del occiso permiten inferir que se trató de una cápsula ovalada revestida por una delgada capa de cristal y cubierta en un plástico ligero o caucho elástico de color marrón oscuro (material destinado a protegerla de alguna rotura accidental) en cuyo interior hubo una solución concentrada de cianuro potásico. Es importante hacer notar que la píldora letal no causa efecto si es tragada entera. Debe quebrarse entre los molares para liberar el veneno contenido dentro. La muerte cerebral ocurre en minutos y el corazón se detiene poco después. 

«Una vez ingresado al cuerpo, el cianuro forma un complejo estable de citocromo oxidasa, una enzima que bloquea el traspaso de electrones a las mitocondrias de las células y con ello la síntesis de trifosfato de adenosina. Esto impide que el oxígeno ingrese al torrente sanguíneo, lo que causa asfixia celular, al tiempo que cambia el aerobio del metabolismo, acumulando cada vez más lactato en la sangre. Se produce una depresión en el sistema nervioso central que causa un paro respiratorio.

«Se desconoce el origen y procedencia de esta píldora letal. No es producida en ningún laboratorio farmacéutico habilitado, nacional o extranjero. Puede presumirse, por el material de la cobertura protectora (una especie de hule que ya no se fabrica), que se trató de una antigua píldora de las que se valían los jerarcas nazis para suicidarse al final de la segunda guerra mundial, o los aviadores norteamericano en caso de ser derribados en territorio de la ex URSS y tomados prisioneros».

Aquí finalizaba el informe forense. En el expediente seguían varias declaraciones del personal a cargo de la custodia del detenido. No vieron nada anormal durante el poco tiempo en que el señor Lamberto permaneció en prisión preventiva, no recibió la visita de ningún familiar y sólo tuvo contacto con su abogado defensor el día anterior a su muerte.

Estaba el documento de identidad del señor Lamberto con su domicilio y un informe de la fiscalía que indicaba que no se había podido localizar familiar alguno en dicho domicilio y que el juez había ordenado su allanamiento a fin de recabar pruebas o indicios que ayudaran en la investigación de la desaparición del señor Francisco Ferrán Campos, dadas las vinculaciones del occiso con la organización que presumiblemente había privado ilegalmente al nombrado de su libertad, según constancias de autos.

 

Resumo ahora lo que pasó después:

Se allanó el departamento del señor Lamberto, en el barrio Recoleta, con la presencia de su abogado, el doctor Ferraresi Álzaga, quien solicitó constituirse en querellante y anticipó que iniciaría una demanda contra el Estado por la muerte de su defendido que, según su hipótesis, habría sido asesinado en prisión.

Por dichos de los vecinos y del portero, se supo que el señor Lamberto vivía solo y no se le conocían familiares, pero el doctor Ferraresi Álzaga ya había presentado un escrito por el que declaraba que su ex defendido, muerto por envenenamiento, tenía un sobrino en la ciudad de Córdoba que es su único heredero, y que lo había designado a él como abogado de la querella. El sobrino se llama Eduardo Mario Lamberto y es un comerciante mayorista en el rubro de la construcción.

No se encontró en la vivienda nada que pudiera ser de interés para la investigación.


© 2020 Enrique Arenz 

Ir al Capítulo 11º






Mensajes al autor y comentarios::

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies