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Las utopías de la Iglesia

Las utopías de la Iglesia

El error de los intelectuales
Ensayo del escritor argentino Enrique Arenz

 

Artículo publicado en el diario La Capital de Mar del Plata, el 12 de abril de 1992

 

Desde la encíclica Centesimus Annus cuya moderna doctrina reconcilió a la Iglesia con el sistema capitalista, los obispos argentinos y el clero en general habían morigerado sus habituales opiniones condenatorias de la economía de mercado.

Pero fue suficiente que el Papa comunicara al gobierno argentino una severa advertencia sobre la situación de los pobres para que renovaran sus ásperas críticas contra las ideas económicas liberales.

Monseñor Casaretto, uno de los prelados más respetables e inteligentes del episcopado, fue muy expresivo cuando declaró: «En el mundo hay una tendencia al liberalismo y el liberalismo, si no es acotado, puede caer en el capitalismo salvaje».

Si monseñor Casaretto se ha referido al capitalismo liberal tal como lo conocemos en las naciones más evolucionadas, se está equivocando de enemigo, porque ese modelo es, con todas sus lacras e imperfecciones, el sistema de organización social más civilizado y justo que ha conocido la humanidad.

Se trata esencialmente de un sistema de distribución del poder, mediante el cual se limita el poder del Estado y de las corporaciones para transferirlo a los ciudadanos. Cuanto mayor es la libertad individual, más amplia y equitativa resulta en los hechos esa distribución de porciones de poder.

Si entorpeciéramos esa tendencia natural hacia un ejercicio cada vez más perfeccionado de la libertad individual, como lo sugiere monseñor Casaretto al decir que debemos acotarla, estaríamos interrumpiendo el beneficioso proceso de transferencia de poder a los ciudadanos. Y todo poder que no se distribuye entre muchos queda inevitablemente concentrado en unos pocos.

Si queremos jugar con las palabras, «capitalismo salvaje» era en todo caso lo que teníamos en la Argentina antes de 1990: antiliberal, fascistoide, corporativo, prebendario, estatista y plagado de sinecuras y privilegios para unos pocos. La pobreza y la marginalidad social es el producto acumulado por décadas de ese sistema corrupto y no de la incipiente economía de mercado hacia la que dificultosamente estamos transitando.


¿Contra los débiles?

Es común que los hombres de la Iglesia consideren al capitalismo liberal como la ley de la selva en donde sobreviven los fuertes y perecen los más débiles. Claro, se dice que en un mercado libre los más hábiles y eficientes ganan dinero y progresan, mientras que los incompetentes desaparecen. ¡Pero esto se refiere a las empresas y no a las personas!

En el sistema capitalista las empresas están al servicio de los consumidores que somos todos nosotros, pobre y ricos. Deben competir entre sí para ofrecernos siempre un mejor servicio. Ellas prosperan únicamente si satisfacen nuestras necesidades y preferencias. De lo contrario el organismo social las elimina como a células muertas.
Pero somos nosotros, los consumidores, quienes tomamos esas duras decisiones. Si a esto llamamos «capitalismo salvaje» tenemos que empezar por admitir que los despiadados somos nosotros y no los empresarios que están sometidos a nuestro poder de decisión.

Pero es precisamente en este implacable proceso de selección empresarial donde las personas más débiles y menos dotadas encuentran las posibilidades de sobrevivir y progresar.

Recordemos que el capitalismo no creó la pobreza, la combatió y logró reducirla extraordinariamente. La pobreza ha dejado de ser un sino fatal desde que hay capitalismo en el mundo. Como ha dicho Julián Marías: «Ahora todos estamos expuestos a la pobreza, pero no condenados a ella».

El capitalismo alimenta y asiste a los pobres, los respeta, les otorga una cuota de poder y les abre las puertas a todas las posibilidades de progreso y éxito personal.

Aún el más pobre se beneficia con la competencia capitalista: tiene más productos a su disposición y los empresarios se desvelan por venderle.


Trabajadores y desvalidos

Algunos de mis lectores estarán pensando: “Sí, muy bien, pero la competencia también se da en el campo del trabajo personal”. Efectivamente, los trabajadores más capaces y mejor preparados son quienes mejores salarios reciben, como es justo. Pero esto no quiere decir que los menos dotados sean desplazados del mercado laboral. Todo lo contrario. La ganancia de las empresas genera acumulación de capital que es invertido en nuevos proyectos productivos que necesitan mano de obra calificada y no calificada. Cada trabajador que sube un peldaño en su progreso laboral debido a su capacidad y profesionalidad, deja tras de sí un vacío que ocupa otro trabajador menos calificado. Los que suben succionan a los que están debajo, toda la sociedad se moviliza y tanto la mayor productividad como la creciente demanda de mano de obra hacen que los salarios se incremente continuamente.

Ahora bien, cuando los obispos se refieren a los desvalidos, no hablan, supongo, de los trabajadores sino de los discapacitados, los enfermos, los ancianos y los niños sin hogar. Más que criticar a un sistema económico estarían apelando a nuestro sentido de solidaridad social. La caridad cristiana es una virtud que todos deberíamos ejercitar independientemente del sistema económico en el que nos desenvolvemos.

Sin embargo, el capitalismo nos ayuda a ser buenos cristianos más que ningún otro sistema conocido. Veamos la opinión del escritor norteamericano Howard Baetjer:
«Aún para los lisiados, que siempre dependerán de otros, el capitalismo es el mejor sistema; en el capitalismo la producción es abundante, existe un excedente de bienes cada vez mayor que se puede utilizar para ayudar a los desafortunados. Cada norteamericano contribuye anualmente con un promedio de 650 dólares a las instituciones benéficas. ¿Cómo la gente, en los países no capitalistas, podría proporcionar sillas de ruedas, piernas ortopédicas y libros en casetes, si escasamente produce para alimentarse a sí misma?».

En síntesis, el capitalismo no es un sistema de competencia biológica (ley de la selva) sino de competencia social (pugna por servir mejor a los demás) que genera abundancia para todos. Es el sistema económico que más beneficia a los débiles y a los peor dotados.

 

¿Qué es una economía solidaria?

Por otra parte la Iglesia propone a menudo sustituir una economía para el lucro por una economía solidaria. ¿Pero qué es una economía solidaria? En primer lugar debiéramos aclararles a nuestros bondadosos pastores que la economía es una ciencia, y que lo que conocemos como economía de mercado es la versión moderna del antiguo capitalismo, donde, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, el Estado ahora interviene para garantizar la competencia social y asegurar el principio de igualdad ante la ley.

Entre otras cosas, la Iglesia acusa al capitalismo de inhumano, pero en este sistema los más ricos dan trabajo y venden barato a los pobres, aunque también se den casos de abusos contra lo más débiles.
La venta de esclavos fue un día una cuestión de mercado. También lo son, lamentablemente, el tráfico de drogas y la prostitución infantil. ¿Pero podemos culpar al capitalismo por estas lacras? Por ejemplo, cuando Judas traicionó a Jesús por treinta monedas cumplió con un compromiso contractual. El contrato es un instrumento fundamental del mercado, hasta el punto de que al mundo capitalista se lo llama «sociedad contractual». Pero en el caso de Judas ¿quién fue el inmoral, el contrato como institución o quienes lo pactaron? Un cuchillo de carnicero sirve tanto para trabajar honradamente como para destripar a un ser humano. ¿Condenamos al cuchillo o al asesino que lo utilizó?

El capitalismo, un cuchillo o el sistema métrico decimal son simples medios, herramientas desprovistas de sentido moral. No son ni morales ni inmorales: son amorales. Sólo las personas son susceptibles de juzgamiento moral.

Por otra parte el capitalismo es una de las formas posibles, no utópicas, de organización social. Tiene mil defectos y limitaciones, pero hasta ahora es el único sistema que ha logrado arrancarle poder al Estado y a las corporaciones y lo ha diseminado entre la gran masa de los ciudadanos comunes. Proceso éste incontenible en el mundo desarrollado y que lamentablemente es retardado y obstaculizado en los países en vías de desarrollo.


La solidaridad compulsiva

La Iglesia dice que quiere humanizar al capitalismo, hacerlo solidario. Está bien, aceptado, ¿pero cómo? Si les decimos a las amas de casa: “Sean solidarias, no les compren a los hipermercados; hagan un sacrificio, gasten un poco más y cómprenle al almacenero de su barrio”, estaríamos intentando «humanizar» a la gente por el buen consejo y la persuasión en favor de sus semejantes. Pero si exigimos a nuestros legisladores que dicten leyes u ordenanzas que prohiban abrir nuevos hipermercados para proteger a los pobres almaceneros (y también, ya que estamos, a los pobres supermercados ya instalados), no estamos humanizando el capitalismo, estamos sencillamente cercenando la libertad de elección de los consumidores al obligarlos a gastar mal su dinero, a ser solidarios a la fuerza.

Otro ejemplo: un párroco bondadoso contrata para su capilla a dos sacristanes cuando sólo necesita uno. Siempre que lo haga libremente y su obispo de lo consienta, sería una hermosa prueba de solidaridad social (aunque no precisamente de buena administración), sobre todo porque serviría de ejemplo para que los empresarios, tan vapuleados en las homilías, hicieran lo mismo.

Cuando la Iglesia quiere una economía solidaria, ¿a cuál de estos dos modelos se refiere? ¿A la solidaridad voluntaria, que es la única cristiana, la que todos debiéramos practicar en nuestras acciones cotidianas, es decir, una orientación de nuestro libre albedrío hacia el altruismo; o a la solidaridad compulsiva, que es por definición autoritaria, antidemocrática y anticristiana?

Creo que las dos son utopías. Pero si se trata de predicar para que todos seamos un poco mejores, bienvenida será siempre la posición moral de la Iglesia. Lo que no me parece muy razonable ni práctico es la otra utopía, la de presionar al gobierno para que nos convierta por decreto en cristianos ejemplares.

 

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