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“El cura y el general (Secretos de confesión)”

 Historia oculta de la dictadura militar

 

El sacerdote jesuita Bernardo Montesini fue confesor personal y secreto del general Videla durante siete meses de 1976. Me contó esta historia para que la escriba, con la condición de no publicarla antes de su cercano fallecimiento, que acaba de producirse en España.

 

1

La tarde del 16 de marzo de 1976, el arzobispo de la ciudad de Buenos Aires, monseñor Juan Carlos Aramburu, me llamó de urgencia luego de haber mantenido una conversación a solas con el teniente general Jorge Rafael Videla.

Cuando nos encontramos en la sede arzobispal, monseñor Aramburu no disimuló su preocupación por los acontecimientos que se avecinaban: el jefe del Ejército le había confirmado lo que todo el mundo estaba esperando con la impaciencia del hartazgo, el levantamiento militar que en días derrocaría al gobierno de María Estela Martínez de Perón. Pero además Videla lo sorprendió con un pedido apremiante e inusitado:

—Monseñor, necesito un sacerdote de su total confianza para que sea mi nuevo confesor y mi asistente espiritual. Alguien, sin ideologías raras, usted me entiende.

Y ahí fue cuando el arzobispo se acordó de mí: le prometió enviarle a un tal padre Bernardo Montesini, de la Iglesia San Ignacio de Loyola, que era de su absoluta confianza; un jesuita joven, le dijo, que le va a gustar, que no se mete en política, no se junta con los curas del Tercer Mundo ni aprueba la teología de la liberación. Es un muchacho de veintiocho años que consagra su vida al estudio y a su vocación sacerdotal.

Dicho esto, el arzobispo me hizo saber que me designaba confesor personal del teniente general Videla, hombre muy religioso que por sus nuevas responsabilidades iba a necesitar asistencia espiritual intensiva.

—¿Confesor personal? —pregunté—. Pero ¿no lo tiene al padre…?

—Sí, pero lo va a cambiar por razones de seguridad. El general se propone confesar frecuentemente, y quiere hacerlo con un sacerdote que pase inadvertido, y de cuya discreción y reserva yo me haga responsable. Podrás continuar con tus otras actividades, pero ante todo estarás a disposición de Videla. Yo hablaré con tu superior, el padre Jorge Bergoglio. Decime, vos tenés concedida la potestad para absolver, ¿verdad? Bien, atendé a esto: además del sigilo inviolable de la confesión, deberás guardar en secreto la misión misma. Sólo la conoceremos el padre Jorge y yo. Para la burocracia oficial serás un asesor más de la presidencia. Y ni una palabra sobre lo que veas o escuches a tu alrededor. ¿Estamos, Bernardo? El general te espera mañana a las nueve en el Edificio Libertador. Llevá tu estola porque se quiere confesar apenas te conozca. Después, pienso, comulgará en alguna de las parroquias que frecuenta. Ese ya no es problema tuyo.

 

Esa noche no pude dormir.

En 1976 yo no sabía nada de política y sólo estaba al tanto de los hechos de violencia que se registraban a diario en la Argentina desde que en 1970 los Montoneros secuestraron y asesinaron al general Aramburu. Y fue en 1974 cuando el ERP secuestró a los hermanos Born, y los Montoneros acribillaron a balazos al dirigente radical y ex ministro del Interior Arturo Mor Roig. También se produjo en ese año sangriento el ataque a la Guarnición de Azul, por ochenta guerrilleros del ERP. ¡Y para entonces ya teníamos un gobierno constitucional! Tampoco desconocía yo los atentados, asaltos a bancos y asesinatos de policías y civiles que se producían constantemente y en forma alarmantemente creciente, ni podía ignorar el resquebrajamiento acelerado de las instituciones del Estado, y menos aún la situación calamitosa de las finanzas públicas. ¡Pero si por causa de la inflación descontrolada que vaciaba los bolsillos, las limosnas que ponían los fieles en las alcancías del templo no nos alcanzaban ni para pagar la luz!

Soy un jesuita y, por lo tanto, a pesar de mi desazón y temor, me proponía cumplir lo mejor que pudiera las insólitas órdenes recibidas. A la mañana siguiente oré durante una hora ante el Santísimo; luego fui a mi habitación, guardé la estola sagrada en un pequeño maletín, me ajusté prolijamente el cuello romano y el alzacuello gris y me puse mi traje negro de verano. Salí con tiempo y descargué mis nervios caminando rápido hasta el edificio Libertador. Un teniente coronel muy correcto y ceremonioso, con cordones dorados colgando de su hombro derecho, me recibió y me acompañó hasta el despacho del general Videla.

—Mucho gusto, padre Bernardo —me saludó el jefe del Ejército con su voz abaritonada y una sonrisa franca resaltada por su bigote renegrido bien recortado. Me dio un enérgico apretón de mano y le ordenó a su ayudante—: Poneme una guardia en la puerta y que no entre nadie. Ah, y decile a Elvira que no me pase ninguna llamada.

Videla hizo algunos amables comentarios y vagas promesas sobre la necesidad de reparar cuanto antes la vieja fachada de San Ignacio, el templo más antiguo de Buenos Aires, «antes de que se venga abajo», recalcó, y me hizo sentar en un mullido sillón de cuero mientras él acercaba una silla y se acomodaba frente a mí.

El general me explicó en pocas palabras que me necesitaba como su nuevo confesor porque se venían tiempos muy difíciles para el país, y que él llevaría sobre sus hombros la máxima responsabilidad de los acontecimientos. Dio por terminada la introducción y me sugirió con su tono marcial pero siempre cortés:

—Bien, si le parece, padre, comenzamos. ¿Deberé arrodillarme frente a usted? —la pregunta me sonó como un «espero que no».

Eh… en realidad el penitente se arrodilla ante Dios, no ante el confesor —balbuceé cohibido—, pero no es obligatorio. En todo caso, y si usted lo desea, sólo para el momento de la absolución…

—Como usted diga, padre.

Besé la estola, la puse sobre mi cuello, inicié la señal de la Cruz que el general repitió en el acto, y tras las palabras rituales de rigor le cedí la palabra y comenzó su confesión:

—Durante meses me estuve resistiendo a encabezar un levantamiento militar contra la señora de Perón, sin embargo, los comandantes de las otras fuerzas armadas y mis propios generales estaban decididos a salir y me dijeron que si yo no me hacía cargo debería dar un paso al costado para que otro alto jefe ocupe mi lugar. El plan original consistía en que yo asumiera la presidencia de la Nación en representación de la Junta de Comandantes de las tres armas, que se constituirá en el órgano máximo del poder. Pero para convencerme hicieron un cambio en el esquema y me ofrecieron ocupar inicialmente los dos cargos, el de presidente y también el de jefe del Ejército, hasta 1978. Después de consultar con mi familia, de rezar mucho y de pedirle ayuda a Dios, llegué a la conclusión de que aceptar esa responsabilidad era un deber patriótico irrenunciable. El levantamiento se producirá finalmente en la madrugada del 24 de marzo. Todas las unidades del interior están coordinadas y listas para tomar las gobernaciones, las legislaturas provinciales y los municipios importantes. Confiamos en que no habrá derramamiento de sangre porque el despliegue será muy imponente y tan bien organizado que nadie se atreverá a resistirlo. Además, hay una resignación mortal en los políticos que no saben cómo manejar la situación; los diputados y senadores se están llevando sus pertenencias de sus oficinas del Congreso, y nos consta que la mayoría del pueblo argentino quiere que intervengamos de una buena vez. De todos los líderes importantes, el único que se opone tercamente al golpe es el ingeniero Alsogaray. Él sostiene que no debemos liberar a los políticos de su culpabilidad, que son ellos quienes deben arreglar el desastre que provocaron. Pero nosotros pensamos distinto, lo que nos importa es salvar a la Patria de sus enemigos, no a los políticos de sus fracasos. Usted se preguntará por qué le estoy diciendo todo esto a modo de confesión sacramental. Bien. Como le dije, el levantamiento es para mí y mis camaradas un deber patriótico, un compromiso de honor con la Argentina como nación libre, pero al mismo tiempo, un acto claramente ilegal, contrario a la Constitución Nacional. Y eso para un creyente es un grave pecado.

—Estoy de acuerdo con que «va a ser» un pecado, pero todavía no sucedió —interrumpí con cierta ingenuidad—. ¿Por qué confesar anticipadamente?

—Porque ya tomé la decisión y nada me detendrá ahora. El proceso ya está en marcha y se están ultimando pormenores en estos mismos momentos. Todos los jefes de cuerpos de ejército y todos los oficiales superiores de la Armada y de la Fuerza Aérea, están preparados para actuar con unánime voluntad. No hay fisuras en el pensamiento militar en cuanto a la inexcusable necesidad de hacer esto.

—Sí, claro, entiendo… —dije aturdido y espoleado al mismo tiempo por la curiosidad—, pero, estaba pensando… un levantamiento militar no es algo nuevo en la Argentina, si no me equivoco ya tuvimos cinco, ni parece ser tan malo desde que en la calle todo el mundo lo está pidiendo, según usted me dice.

—Pero es que una vez que tomemos el poder aplicaremos con extremo rigor el plan antisubversivo que diseñó este mismo gobierno al que vamos a derrocar, y que sólo aplicó a medias, usando grupos de tareas clandestinos muy torpes y desorganizados. Ellos ya han eliminado a unas ochocientas personas, en algunas ocasiones por meras venganzas personales (como el caso del cinco por uno registrado en Mar del Plata, por nombrarle una de las matanzas conocidas). Existen muchísimos centros clandestinos de detención, pero eso nadie lo sabe. Bien, con nosotros la lucha cobrará una dimensión superlativa. En una palabra, padre, va a morir mucha gente.

—Pero general, si se trata de enfrentamientos contra bandas insurgentes armadas, esas muertes serán, digamos, explicables —dije, y me sobresalté al escucharme razonar de esa manera—. Supongo que se arrestarán a personas para someterlas a juicios justos…

—Padre —me interrumpió el general—, usted no entendió. No habrá juicios, sólo interrogatorios… Las tres fuerzas han coincidido en no repetir el error del general Lanusse cuando creó la Cámara Federal Penal (usted se acordará, la llamaban «el Camarón») que juzgó, condenó y encarceló legalmente a miles de guerrilleros que luego el presidente Cámpora, apenas asumió en 1973, dejó en libertad de un plumazo. Los jueces que integraban esa Cámara quedaron en la calle, sin custodia, librados a la venganza de los que habían sido enjuiciados por ellos: el valiente doctor Jorge Vicente Quiroga fue asesinado, otros sufrieron atentados y debieron exiliarse.

Hubo un tenso silencio al cabo del cual pregunté tímidamente:

—¿Y qué es lo que van a hacer… con esa gente?

—Por informes de inteligencia sabemos que hay algo más de seis mil argentinos (entre seis y siete mil), comprometidos con los secuestros, atentados y homicidios que, como usted sabe, se cometen a diario. ¡Un muerto cada cinco horas! Supongo que se enteró que anteayer nomás, atentaron contra mi vida con un coche bomba en la playa de estacionamiento de este edificio.

—Sí, lo escuché por la radio. Usted se salvó de milagro por una aparente demora en la detonación, pero murió un camionero que pasaba por la avenida Madero. Y creo que hubo heridos…

—Cuatro coroneles, ocho suboficiales, cinco conscriptos y seis civiles. Veintitrés personas, algunas, de gravedad. Pero ese mismo día, 15 de marzo, hubo dos ataques más: a un móvil policial en el que murieron dos agentes, y el asesinato de un custodio en tribunales para robarle el vehículo. ¡Tres hechos de sangre el mismo día!

—No conocía estos otros casos porque trato de aislarme de esta realidad violenta que convulsiona al país.

—Muchos de estos asesinos han recibido adiestramiento en Cuba para la guerra de guerrillas, otros, hacen inteligencia y apoyo logístico. Hemos averiguado la identidad de estos insurrectos y sabemos dónde encontrar a muchos de ellos. En otros casos, habrá que obtener esa información en los interrogatorios. Usted mencionó los enfrentamientos; claro que los habrá, sí, seguramente, pero el plan principal consiste en ir a buscarlos uno por uno y llevarlos a lugares secretos que ya se han acondicionado para interrogarlos.

—¿Los… torturarán?

—Padre, si usted conoce otra forma de sacarles la información que necesitamos para desbaratar sus planes, abortar atentados en curso y arrestar a otros subversivos que aún no conocemos, hágamelo saber.

—Y una vez que ustedes obtengan esa información, ¿los capturados serán mantenidos como prisioneros de guerra, con… garantías de trato adecuado?

Videla movió la cabeza lentamente de izquierda a derecha.

—¿Van a matarlos? —pregunté horrorizado.

—Vamos a matarlos. Sabemos desde ahora que deberemos ejecutar a miles de subversivos. Esto se ha expandido como una epidemia, no podemos hacer otra cosa que erradicar los vectores que la propagan. Son gente muy peligrosa. Nos han declarado la guerra, y si queremos ganarla tenemos que desalentarlos mediante acciones enérgicas que corten el reclutamiento de nuevos combatientes.

—Pero, general —me atreví a decir casi sin voz—, usted me habla de seis, siete mil personas, eso va a ser una carnicería. ¡Tanta gente, por el amor de Dios! ¿Los fusilarán? ¿Algún tribunal de guerra ordenará esas ejecuciones?

—No, el mundo no toleraría que mandáramos al paredón a siete mil guerrilleros. La Argentina tiene que seguir funcionando como una nación normal, con buenas relaciones con todos los países, especialmente con los Estados Unidos, que, según creemos, reconocerán rápidamente al nuevo gobierno. Necesitamos incrementar el comercio exterior, conseguir créditos de los organismos internacionales, etcétera. Esas personas deberán morir en lugares secretos y sus cuerpos desaparecidos para que nadie se entere de lo que les sucedió. Serán enterrados clandestinamente en fosas comunes o arrojados al mar. Es la doctrina de la contrainteligencia francesa, la misma que Francia aplicó exitosamente en la guerra de Argelia, método que, por otra parte, se enseña en nuestra Escuela Superior de Guerra desde los años cincuenta. No existe otra solución para ganar esta guerra. Son ellos o nosotros. Han asesinado a muchos militares, a familiares de militares y a policías; usted no se imagina, padre, el rencor que han sembrado estos asesinos entre los cuadros de las fuerzas armadas y de seguridad. Vea nada más el caso del capitán Viola, asesinado por el ERP en 1974 junto a su hijita de tres años; o el del coronel Argentino del Valle Larrabure, secuestrado por el mismo grupo criminal, también en 1974, y asesinado en 1975 luego de mantenerlo encerrado en un sótano infame durante trescientos setenta y dos días. Y le nombro sólo dos casos demostrativos de la terrible crueldad de estos psicópatas, porque casi a diario tenemos copamientos de cuarteles, y asesinatos de militares y policías. Supongo que usted habrá visto a las comisarías amuralladas con bolsas de arena. Todos quieren vengar a sus camaradas abatidos arteramente y evitar que tarde o temprano también les toque a ellos. Si no hacemos esto orgánicamente se formarán escuadrones de la muerte. Es lo que queremos evitar al lanzar lo que se llamará «Proceso de reorganización nacional». Serán las instituciones armadas las que asuman verticalmente la responsabilidad de restablecer el orden y la autoridad gubernamental. Los subversivos pretenden tomar el poder para instaurar un sistema colectivista y suprimir las libertades públicas, y para ello están fanáticamente ideologizados y dispuestos a matar y morir, y se han financiado con secuestros extorsivos y asaltos a bancos. Si no intervenimos a tiempo, si nos tiembla la mano, tenga por seguro que lo van a lograr y los muertos vamos a ser nosotros.

Yo estaba tan confundido y alarmado por lo que estaba escuchando que no sabía qué decir. Un comandante del Ejército Argentino me anticipaba que las fuerzas armadas se preparaban para torturar y asesinar a miles de argentinos. Como sacerdote no podía permanecer indiferente ni callado ante semejante revelación. Hice coraje y dije:

—General, con todo mi respeto, y hablo como su asistente espiritual: lo que ustedes van a hacer es un exterminio. Todavía está a tiempo de parar esto. Discúlpeme, no lo estoy juzgando, quiero comprender que sus intenciones son patrióticas, que esto lo hace por el país, pero quitarles la vida a tantas personas es un horror.

—Padre, por eso lo he llamado. Soy católico, y para todo católico la vida humana es el valor más alto. No puedo, por lo tanto, ignorar la gravedad de lo que vamos a hacer. Pero los militares en la guerra tenemos que matar, aunque seamos creyentes. Estamos formados para eso. Por algo la Iglesia bendice a los soldados armados cuando parten hacia el campo de batalla, y los capellanes castrenses que van al frente junto a ellos a impartir los sacramentos y a confortar a heridos y moribundos, visten uniforme y portan grado militar. En mi caso, luego de meditarlo mucho, he llegado a la conclusión de que debo hacerlo por la Patria. No tenemos otra opción, han fallado todos los resortes institucionales, la política no tiene respuestas ni soluciones, la Justicia es impotente y está paralizada. Ante esta realidad, las instituciones armadas deben deshacerse de estos criminales para salvar nuestra libertad, nuestro estilo de vida y, especialmente, la vida hoy amenazada de muchos argentinos de bien. Por ahora no puedo decirle más nada, nuestra próxima reunión será cuando hayamos asumido el poder. Ahora le pido su absolución.

Respiré hondo, el corazón me latía en los oídos. Dudé sobre lo que debería hacer como sacerdote confesor. ¿Absolver sin más semejante plan de aniquilación? ¿No era como otorgarle una suerte de indemnidad sacramental para hacer sin vallas morales lo que me acababa de anticipar? Pero si me negaba, ¿no me exponía a formar parte de la lista de argentinos condenados a muerte? En el seminario no me habían preparado para una situación como aquella. Por suerte mis neuronas hicieron rápidas conexiones y me ayudaron a salir del paso, al menos hasta que pudiera consultar con mi superior.

—General, lo que usted me ha confesado es por ahora sólo un plan, diría que un «mal pensamiento», pero que todavía no se ha consumado. Por lo tanto, puedo absolverlo y darle una penitencia. Sólo ruego a Dios que ilumine su corazón y lo haga meditar sobre lo que me ha dicho, porque todavía no hay sangre en sus manos, y quizás no sea necesario que la haya si usted procura encontrar, no sé, alguna solución más civilizada para conjurar esta amenaza contra la nación. Yo no entiendo nada de política ni de acciones militares, pero el sentido común me dice que seis, siete mil guerrilleros son demasiados para matarlos a sangre fría, pero al mismo tiempo, muy pocos para que logren tomar el poder si es que las fuerzas de seguridad, y en última instancia las fuerzas armadas, están preparadas para impedirlo…

—Aprecio sus buenas intenciones, pero ya no volveremos a hablar de esto.

—-Está bien, general, al hacerle esa exhortación cumplí con mi deber sacerdotal; la decisión es suya. Además, debo recordarle respetuosamente que para que la absolución sea legítima es necesario el arrepentimiento.

—Comprendo, padre, y le seré sincero: como católico me arrepiento de todo corazón, pero como jefe militar tengo un deber que cumplir.

El general hincó una rodilla en la alfombra para recibir la absolución. Puse mi mano temblorosa sobre su cabeza, rozando apenas su cabello engominado, y pronuncié la fórmula: «Que Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo, le conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Yo lo absuelvo de sus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

Concluido el rito, estreché la mano del general Videla y me fui estremecido del edificio Libertador. Esto sucedió el miércoles 17 de marzo de 1976. Mientras bajaba las escalinatas observé que ese mediodía caluroso la ciudad de Buenos Aires era un hervidero de peatones apurados y automovilistas impacientes. Todo parecía tan normal y ruidoso que me costaba aceptar que minutos antes había pisado el primer escalón que conduce a las profundidades del Infierno. Entonces me sentí una sombra leve como la niebla.

 

2

Ese mismo día asesinaron a un agente de la Policía Federal.

Ahora tengo sesenta y ocho años y no estoy bien de salud. Sé que Dios me llamará muy pronto, y por eso creo que es el momento de hacer público mi testimonio, no de la tragedia que vivió la Argentina —hoy eso lo conoce el mundo entero—, sino de algo innombrable, inmanejable para mí por lo tenebroso, algo que desnuda una vez más la impotencia de mi Iglesia para derrotar el mal y difundir el diáfano mensaje de Cristo. Me refiero a esa incomprensible y aberrante psicología de aquellos hombres profundamente religiosos, que aman a Dios por sobre todas las cosas y que, simultáneamente, se creen con el deber y el señorío de torturar y matar sin culpa ni remordimiento.

Esto ocurrió hace cuarenta y un años. Videla ha muerto, por lo tanto, me considero relevado del secreto confesional, excepto en aquellos aspectos relacionados con su intimidad, de los que no hablaré.

En la tarde de ese día fui a verlo a mi superior y amigo, el padre Jorge Mario Bergoglio que era el superior provincial de la Compañía de Jesús.

Cuando le hablé de mi preocupación por la misión que me había ordenado el arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio me dijo con su voz morosa y serena:

—Sí, Bernardo, estoy al tanto, me habló monseñor Aramburu. ¿Y vos, qué pensás?

—Mirá, Jorge, a vos te gusta la política y tenés muchos amigos peronistas, así que pienso que estás empapado de lo que está ocurriendo, pero yo no entiendo nada de eso ni me interesa. ¿Por qué tengo que verme metido en este baile?

—Porque esos son tus pergaminos: no estar interesado en la política. Bernardo, tu deber es cumplir con lo que te ordenaron. Desde ya no te pido que me reveles nada de lo que el general Videla te dijo en confesión, pero podés responderme una pregunta muy genérica: ¿van a suceder cosas graves en el país, además del derrocamiento de un gobierno constitucional?

—Muy graves, Jorge… ¡Gravísimas! Estoy angustiado por lo que escuché y afligido por no poder sacarme esta opresión que me quedó adentro…

—Tranquilo, Bernardo, acordate que soportar la carga de las confesiones puede ser agobiante para el confesor, pero es parte de la fortaleza emocional que la Iglesia nos exige a los sacerdotes. Decime: imagino que habrá una lucha sin concesiones contra la subversión, ¿corre peligro la vida de la gente involucrada?

No contesté a esta pregunta, pero Bergoglio, perspicaz, vio en mi silencio una respuesta afirmativa. Frunció el entrecejo y me dijo hondamente preocupado:

—En la Compañía tenemos cinco sacerdotes jóvenes que están comprometidos. Intenté convencerlos de que la lucha armada no es el camino para ayudar a los desposeídos y terminar con las desigualdades, pero no hay forma de sacarles la obsesión revolucionaria de la cabeza. A tres me consta que los tienen marcados, pero a los otros dos recién los deben de estar investigando porque se iniciaron hace muy poco en el movimiento de curas del tercer mundo. Necesito hacer algo para ponerlos a salvo, pero al mismo tiempo sin exponerte a vos que sos el portador de estos secretos. Pero no te preocupes, no haré nada que pueda ponerte en peligro.

Advertí en ese momento que mi superior estaba angustiado y temeroso por el destino de sus sacerdotes. Le puse una mano en el hombro y le dije:

—Jorge, ellos también son mis hermanos, aunque hayan tomado un camino equivocado. Te digo sólo esto: los van a ir a buscar uno por uno y luego de interrogarlos mediante tortura los van a matar. No me preguntes más, por favor. Lo que te he dicho me pone al borde de la excomunión, pero yo también tengo un deber cristiano con mi superior.

—Bernardo, seguí cumpliendo tu misión, y si de esas confesiones surgieran datos que puedan ser útiles para salvarles la vida a nuestros sacerdotes, poneme al tanto. Tomalo como una forma de darle un sentido útil a tu carga.

—De acuerdo, Jorge. Ahora tenés que ayudarme en algo hermenéutico muy importante. Se trata de la interpretación del derecho canónico en lo que respecta a las absoluciones. ¿Es posible absolver a alguien que comete graves pecados mortales y te dice que como católico se arrepiente, pero que como militar cumple con su deber?

—Mirá, también la Iglesia tiene la biblioteca dividida en materia de hermenéutica relacionada con lo que ocurre en los campos de batalla. Acordate que hasta hubo pontífices que iban al frente de sus propios ejércitos. Todos los militares matan en combate, y los absolvemos. Lo que no podría absolverse, hasta donde yo sé, es el crimen de guerra.

—Eso es lo que parecería que van a hacer…

—Bernardo, como tu superior te digo que sí, que lo hagas, que en este caso tenés que absolver a quien hace contrición como católico, pero mata como soldado. Según el derecho canónico no debe negarse la absolución si el confesor no duda de la buena disposición del penitente y éste pide ser absuelto. Además, miralo desde el sentido práctico: ¿cómo podrías negarte? Después de todo ha de ser Dios quien decida. Así que no pienses en eso y concentrémonos en salvar a las personas que podamos.

 

En estas cuatro décadas mi memoria se ha ocupado de borrar algunos de los recuerdos de aquellos siete meses espantosos. Por eso he traído a esta entrevista varios recortes de diarios y revistas de la época y estas dos libretas que llené con apuntes de aquellas confesiones. Así podré reconstruir con la mayor fidelidad posible lo que ocurrió desde que le tomé la primera confesión al general Videla hasta que me fui del país a finales de octubre de 1976.

A partir de ese 17 de marzo comencé a leer todos los diarios y a escuchar ávidamente por radio y televisión los comentarios de los periodistas más renombrados de ese tiempo. Me fui poniendo al tanto de lo que ocurría mientras se acercaba la fecha señalada, el 24 de marzo.

El 18 de marzo aparece en todos los diarios nacionales las declaraciones del ingeniero Álvaro C. Alsogaray quien, tal como me lo había anticipado Videla, hace pública su firme oposición al golpe. Por aquí tengo el recorte… Escuche este párrafo: «Nada sería más contrario a los intereses del país que precipitar en estos momentos un golpe. Las fuerzas armadas supieron retirarse en mayo de 1973 de la escena política y no deberían volver a ella sino cuando esté realmente en peligro la supervivencia misma de la libertad. Constituyen la última reserva y no deben ser arriesgadas bajo estas condiciones».

Me sorprendió que el controvertido dirigente liberal pensara parecido a mí, en este aspecto: a él tampoco le parecía lógico suponer que unos miles de criminales ambiciosos lograran, así como así, tomar el poder. Y lo recalca en una de las frases más enfáticas y concluyentes de su declaración: «No necesitamos un golpe de Estado». Y si alguien sabía de lo que hablaba era este político que también había sido militar.

El 21 de marzo, el diario Clarín exhibe en primera plana un título con grandes letras que preanuncia acontecimientos inminentes: «SE ESPERAN DEFINICIONES A LA CRISIS». A continuación, en un recuadro, sintetiza el escenario nacional con estas palabras:

 

«El deterioro económico social y la nueva luctuosa escalada de violencia llevaron la situación política a un punto límite. Así lo admiten los dirigentes de distintos sectores sociales quienes además coinciden en que en la presente semana se producirán hechos definitorios para la difícil coyuntura nacional».

 

Estaba más que claro que todo el mundo daba por hecho que se venía el golpe ante el vacío de poder y el desborde de la violencia guerrillera. Y lo que yo percibí en la calle por esos días no era precisamente un clima de rechazo, tampoco de resignación o de temor: lo que había era cierta excitación colectiva, un deseo casi unánime de que esos acontecimientos se produjesen cuanto antes.

El 22 de marzo cayó lunes. Se hablaba insistentemente de la inminente dimisión de María Estela Martínez de Perón y todo su gabinete. Otros decían que quienes iban a renunciar eran los tres comandantes generales de las Fuerzas Armadas. Se rumoreaba insistentemente que el Regimiento 6 de infantería de Mercedes había salido del cuartel con rumbo desconocido. Casildo Herreras, el secretario general de la CGT, se había ido al Uruguay para ponerse a salvo, y en Montevideo les dijo a los periodistas que lo abordaron: «Yo ya me borré». Recuerdo que la gente hacía largas colas en las casas de cambio para comprar dólares porque el peso se devaluaba día a día y se hablaba de una inminente cesación de pagos. Un suplemento de espectáculos de ese lunes informaba que el teatro Blanca Podestá celebraba las mil ochocientas representaciones de Coqueluche, protagonizada por Thelma Biral, y las películas más taquilleras eran Perfume de mujer, El candidato, El Padrino II, y El gordo de América, con Jorge Porcel. En California, Guillermo Vilas venció a Roscoe Tanner por 7-6 y 6-2.

El 23 de marzo La Nación titula así su primera plana: «AGUÁRDANSE DECISIONES EN UN CLIMA DE TENSIÓN»; El diario La opinión dice: «UNA ARGENTINA INERME ANTE LA MATANZA (…) Desde el comienzo de marzo hasta ayer, las bandas extremistas asesinaron a 56 personas»; La Prensa señala que el terrorismo ha causado 1.350 muertes desde el 25 de mayo de 1973; «INMINENCIA DE CAMBIOS EN EL PAÍS», titula Clarín. Pero el encabezado más impactante de ese día es el del diario La Razón: «ES INMINENTE EL FINAL. TODO ESTÁ DICHO».

En la madrugada del miércoles 24 de marzo me desperté con el ruido fragoso de una caravana de vehículos pesados y el golpeteo sobre el pavimento de las orugas de decenas de tanques del Ejército. Era todavía de noche, me asomé por la ventana y vi que los pocos transeúntes que andaban por la calle aplaudían y alentaban de viva voz a los efectivos que se desplazaban en dirección a los edificios gubernamentales.

Las Fuerzas Armadas tomaron el poder sin ninguna resistencia y los tres comandantes prestaron juramento en la Casa Rosada a las diez de la mañana. Videla ya era el nuevo presidente de la República.

Al día siguiente todos los diarios anunciaron el acontecimiento con palabras elogiosas hacia el nuevo gobierno. Hasta el Buenos Aires Herald, que al año siguiente se convertiría en uno de los dos únicos diarios que se jugaron en la defensa de los derechos humanos (el otro, como usted seguramente recuerda, fue La Prensa), saludó complacido el golpe militar. Mire, acá tengo la edición extra de la revista Gente; dice en una nota editorial: «Todo el mundo esperaba lo que iba a suceder (…) Una etapa quedó atrás. Después de esta noche la Argentina espera la madrugada de un país que se reencuentre en un futuro digno de su pasado histórico». Pero lo que más me sorprendió fue ver en esa semana un comunicado del Partido Comunista Argentino ¡dándole su apoyo al nuevo gobierno militar!

El periodista y dramaturgo Mario Diament escribió: «… sentimos el 24 de marzo que habíamos salvado la vida. Fue una sensación reconfortante, un respiro de alivio…». Y vea esta otra opinión: «La inmensa mayoría de los argentinos rogaba por favor que las fuerzas armadas tomaran el poder. Todos nosotros deseábamos que se terminara ese vergonzoso gobierno de mafiosos». ¿Quién creé que hizo estas declaraciones? Nada menos que el escritor Ernesto Sábato.

Fui llamado a la Casa Rosada una semana después del 24. Videla ya había formado su gabinete y ofrecido su primer discurso por cadena nacional. La derrocada María Estela Martínez de Perón había sido arrestada y trasladada al Sur del país.

Cuando llegué a la Casa de Gobierno tuve que atravesar varios cordones de seguridad. Me bastó exhibir mi nueva credencial para que me hicieran pasar en seguida. En la entrada de Balcarce 50 me recibió sonriente el mismo oficial acordonado del edificio Libertador que ahora oficiaba de edecán presidencial. Me trasladó inmediatamente al área de la presidencia, aunque esta vez tuve que esperar más de media hora en la antesala porque el señor presidente se encontraba resolviendo graves y urgentes situaciones con sus colaboradores. Finalmente, Videla mismo entreabrió la puerta y me hizo señas para que pasara. Me saludó efusivamente y yo (por una cuestión de buena educación, aunque sentí que me ruborizaba) le expresé mis congratulaciones y dije algunas sandeces sobre lo esperanzado que parecía estar el pueblo, y hasta mencioné el aire puro que se respiraba ahora en el país. Videla habló unos minutos contándome risueño lo perdido que se encontró el primer día en la Casa Rosada donde debió conocer a los principales funcionarios de carrera, hacer nombramientos en la Casa Militar y coordinar las primeras tareas burocráticas.

Pero se lo notaba muy nervioso y me advirtió que disponía de muy poco tiempo. Tras las órdenes de rigor para que nadie nos interrumpiera, nos sentamos frente a frente y me pidió que escuchara su confesión.

—Desde que asumí hasta hoy hemos arrestado alrededor de seiscientas personas en todo el país. Los están interrogando para obtener información de sus planes y el paradero de sus principales cabecillas. Lamentablemente se nos murieron dos durante los interrogatorios. He ordenado que en la medida de lo posible haya un médico presente en esas sesiones para que evite que el interrogado se trague su propia lengua por las convulsiones provocadas por la electricidad, y que además alerte cuando el detenido está en el límite de su resistencia. Pero son muy pocos los médicos militares que están dispuestos a colaborar. Desde luego no los vamos a obligar. Nadie, en ninguna de las fuerzas, será compelido a obrar contra sus objeciones de conciencia. El personal afectado a estas actividades críticas es voluntario.

—¿Y hay gente que se anota para estas… tareas?

—Usted no se imagina, padre, cuántos buenos muchachos nos sorprendieron al ofrecerse para los arrestos, los interrogatorios y hasta los ajusticiamientos. Mucha gente joven, subtenientes, tenientes, suboficiales, cabitos recién salidos de la Escuela, que se desmarcaron de su medianía rutinaria para exteriorizar una fuerte vocación «patriótica», que no es otra cosa, creo yo, que una pasión reprimida de ejercer dominio y sometimiento sobre otros. Con ellos hemos conformado una elite de alrededor de dos mil y pico de hombres, sin contar a la Policía Federal y de la provincia de Buenos Aires que nos responden incondicionalmente. Los militares que no han querido ser parte de estas operaciones serán respetados, siempre que no interfieran. Pero como también necesitamos mucha gente para inteligencia, guardias, instrucción de conscriptos, cargos administrativos en todo el país y custodios de altos funcionarios e instalaciones estratégicas, hay trabajo para todo el mundo. Lo que le puedo asegurar, padre, es que nadie ignora lo que estamos haciendo, todos comparten sin reservas el plan antisubversivo y le dan su incondicional cooperación desde diferentes desempeños. Las acciones militares propiamente dichas se están haciendo bajo mis órdenes, pero cada arma y cada jefe de cuerpo de Ejército tienen autonomía en sus jurisdicciones.

—Entonces, general, usted reconoce ante Dios que bajo su responsabilidad se ha privado de la libertad a muchos sospechosos que están siendo sometidos a tortura para sacarles información. Y que dos de esas personas han fallecido a consecuencia de los tormentos recibidos.

—Bueno, usted lo dice con crudeza. Pero, sí… eso es lo que ha ocurrido hasta hoy. Por ahora es todo lo que tengo para confesarle. Le repito lo que le dije antes y le diré siempre: como católico me arrepiento de causar sufrimiento a esas personas y a sus familias, como soldado estoy cumpliendo con un deber inexcusable.

Le di la absolución y me retiré. Con el corazón tajeado, pero más templado que la vez anterior. Primero, porque estas inhumanas revelaciones yo ya las esperaba, y segundo, porque con el padre Jorge le habíamos encontrado un sentido humanitario a mi ingrata misión: averiguar datos que nos permitieran salvar a varios sacerdotes nuestros que estaban en peligro. Esa vez no pude sacarle nada por falta de tiempo.

 

La tercera citación me llegó una semana después. Esta vez debí dirigirme a la residencia presidencial de Olivos, era un sábado por la tarde y me encontré con un Videla relajado, vestido de civil, con remera, vaquero y mocasines de gamuza, como una persona común que se está tomando un merecido descanso. Sin el uniforme era menos intimidante, parecía más bajo, delgado y hasta físicamente frágil.

Esta vez, antes de confesar me llevó a los jardines de la residencia, ordenó que nos sirvieran café y conversamos largamente sobre los dramáticos problemas económicos que había dejado el gobierno anterior. Salió el tema del sindicalismo. Me dijo que, con pocas excepciones, el gobierno se llevaba muy bien con sus históricos dirigentes, y que estaban colaborando mucho.

—No se olvide que casi todos son peronistas de derecha que hasta se han enfrentado a los tiros con la guerrilla, sobre todo después de la matanza de Ezeiza, el día que regresó Perón. A Rucci lo mataron los Montoneros nada más que para condicionarlo a Perón. Fernando Abal Medina, caído en 1970, había escrito: «La burocracia sindical es parte del campo contrarrevolucionario». Por ahora hemos nombrado, al frente de los sindicatos más importantes y en carácter de interventores, a militares retirados, pero a sus ex dirigentes los hemos designado asesores de los interventores, así conservan sus posiciones y algunos privilegios. A cambio, nos dan una mano delatando a subversivos que actúan en los sindicatos de base, seccionales del interior y delegados de fábricas. Mucho trotskismo, mucho maoísmo infiltrados, que actúan como brazos políticos del ERP. También hay comunistas, pero con ellos no tenemos problema. 

Luego de la amable charla me llevó a la capilla de la residencia y ambos nos inclinamos ante el Santísimo Sacramento. Luego me invitó a sentarme en una silla y él esta vez se arrodilló frente a mí en un reclinatorio que había sido dispuesto con esa finalidad.

—Padre, debo decirle que hemos ejecutado ya a trescientos guerrilleros y puesto en cautiverio a otros cuatrocientos cincuenta, entre ellos a doce mujeres embarazadas que serán mantenidas prisioneras hasta que den a luz.

—¿Mujeres embarazadas?

—Increíble, ¿no? Eso no lo habíamos previsto, y tuvimos que improvisar una maternidad en la Escuela de Mecánica de la Armada, porque, dígame usted, padre, ¿quién iba a imaginar que mujeres jóvenes con embarazos de sieto u ocho meses expondrían a sus bebés en medio de una militancia activa tan riesgosa? Luego de dar a luz estas mujeres también serán ejecutadas.

Sentí vértigo por el destino de esas chicas indefensas que parirían en una siniestra maternidad clandestina, vaya uno a saber con qué trato y con qué calidad de atención obstétrica. Sólo atiné a preguntar:

—¿Qué harán con esos niños cuando nazcan?

—Hemos ordenado que cada oficial responsable intente alguna forma anónima de entregarlos a sus familiares más cercanos, aunque todavía no sabemos si esto se podrá hacer. ¿Cómo les decimos a esas familias que ese bebé es de ellos sin aclararles el destino de sus madres? ¿Cómo los inscribirán sin la documentación pertinente? No, no es nada sencillo… Mientras tanto, se buscarán familias de militares o de amigos de militares que acepten hacerse cargo transitoriamente de las criaturas.

—No he oído ni leído en los diarios que se hable de arrestados o desaparecidos, sólo noticias de enfrentamientos e intentos de fuga donde los subversivos siempre terminan muertos…

—Sí, en los enfrentamientos no perdonamos a nadie. Los intentos de fuga fueron simulados, pero como han despertado sospechas, ya no usaremos ese método. Respecto de los arrestados, algunos familiares están presentando recursos de habeas corpus en los tribunales. Nadie sabe aún lo de los muertos en cautiverio. Hasta ahora la creencia generalizada es que podrían estar escondidos o arrestados en alguna guarnición. A los menos peligrosos (y para salvar un poco las apariencias) los estamos blanqueando como detenidos bajo el Estado de Sitio. Esos han nacido de nuevo.

—General, no bien usted asumió la presidencia le escuché decir en un discurso que la prensa tiene libertad para criticar los actos de gobierno. ¿Eso fue sincero?

—No lo dije exactamente así; pedí a la prensa que publique libre y responsablemente sus opiniones. Pero les hemos advertido a los directores de los medios que no deben publicar ninguna información acerca de la guerra antisubversiva ni sobre actos terroristas ni de muertos o desaparecidos, excepto cuando se trate de enfrentamientos armados que se den a conocer por la Secretaría de Prensa. Hasta ahora están colaborando porque siguen apoyando a este nuevo gobierno con muchas esperanzas. Pero no me engaño, si no solucionamos pronto la crisis económica que hemos heredado todo se nos va a dar vuelta. El argentino medio es muy cambiante, muy veleta, ahora nos aplaude, mañana, no sé… Padre, esto recién empieza, no sé si lograremos gobernar con la eficacia que quisiéramos, pero de lo que sí estoy convencido es de que vamos a terminar con los delincuentes subversivos tal como lo disponen los cuatro decretos del gobierno anterior, en uno de los cuales se nos ordena a las fuerzas armadas «aniquilar el accionar subversivo». Nosotros modificamos ese decreto por otro de carácter secreto que sustituyó el concepto impreciso de «aniquilar el accionar…», por el de «aniquilar a los delincuentes subversivos».

Viendo que el general Videla no tenía apuro y estaba muy relajado dispuesto a hablar todo lo que yo creyera necesario, hice coraje y le pregunté:

—¿Han arrestado a algún sacerdote?

—Todavía no, queremos ser muy cuidadosos con eso porque tenemos buenas relaciones con la Iglesia. Los sacerdotes enrolados en el Movimiento de Curas del Tercer Mundo son alrededor de cuatrocientos, pero sabemos que la mayoría no comparte la violencia. Los que están muy cercanos a los grupos subversivos han de ser un centenar. Se están perfeccionando los informes de inteligencia. No iremos por ellos hasta estar seguros.

—¿Puedo preguntarle si hay jesuitas entre los investigados?

—Cinco. Espero que ninguno sea amigo suyo.

—No, no lo creo porque me he mantenido alejado de los curas del tercer Mundo y no comparto la teología de la liberación ni las ideas locas de Hélder Cámara. Preguntaba por simple curiosidad. Bien, general, ¿desea agregar algo más?

—No, padre, creo que por hoy es todo lo que tengo para decirle. Créame que cada vez que hablo con usted siento un gran alivio espiritual. Es como si el creyente, buena persona y buen padre de familia que hay en mí, se sacara de encima una carga abrumadora acumulada por el militar que también llevo conmigo. Ahora le pido su absolución.

 

De la Quinta de Olivos me fui directamente a verlo a mi superior Bergoglio. Le conté sólo lo indispensable para que él pudiera hacer algo por los jesuitas en peligro. Son cinco, le dije, no sé sus nombres. Yo sí, me contestó, pero por ahora lo único que está a mi alcance es advertirles del riesgo que están corriendo. Tengo algunos contactos militares, pero no puedo salir a interceder por mis curas sin que vos quedes expuesto. Tampoco los puedo sacar del país porque ya se habrán tomado las previsiones fronterizas. Estoy pensando en sacar a uno con mi propio pasaporte, ya que se parece a mí y es de mi edad. Está metido hasta el cuello, ya veré qué hago. Ya lo perdí a mi querido Carlos Mujica en 1974 y todavía no me he recuperado de ese golpe.

—Sé que lo mataron a balazos, pero ignoro los detalles.

—Pobre Carlos, vivía para hacer el bien, pero se equivocó de ideología. Él fue uno de los fundadores del movimiento de curas del Tercer Mundo. Estuvo muy comprometido con Montoneros y yo siempre intenté disuadirlo. Llegamos a discutir muy fuerte. Yo le decía que la violencia siempre conduce al sufrimiento de los pueblos, que ese no era el camino para ayudar a los pobres. Y un día me escuchó, reflexionó con inteligencia y comprendió que si en la Argentina estábamos otra vez en democracia la violencia ya no se justificaba. Fue entonces cuando dijo en una célebre homilía: «Como dice la Biblia, hay que dejar las armas y empuñar los arados». Lo mataron los mismos Montoneros el 11 de mayo de 1974 al terminar de dar misa en San Francisco Solano, de Villa Luro.

—¿Pero no fue la triple A de López Rega?

—Eso dictaminó la Justicia en base a un dudoso testimonio, pero yo sé que no fue así. Los Montoneros no toleraban que Mujica, que ejercía una gran influencia sobre los otros curas, condenara la lucha armada que para ellos era la única fuente del poder. «El poder sale de la punta de los fusiles», predicaba Firmenich.

Permanecimos unos minutos en silencio cada cual metido en sus cavilaciones. Luego le dije:

—Jorge, ¿sabés lo que me mata de estas confesiones? Que este hombre me dice que después de hablar conmigo siente un gran alivio espiritual, como si se sacara toda culpa de encima. ¡Y me la carga a mí! Soy el amortiguador de su conciencia, el chivo emisario de los judíos que sale de Olivos camino del desierto. ¡Eso me hace sentir cómplice, Jorge!

—¿Es tan dramático lo que te está confesando?

—Terrible, secuestran, torturan y matan a cientos de personas. ¡Todos los días! No debí decirte esto, pero no puedo sobrellevarlo. En este momento en que hablamos vos y yo, hay centenares de compatriotas que están padeciendo suplicios espantosos.

Bergoglio empalideció y se tomó la frente con las manos.

—Dios Santo… en la Iglesia nadie sabe eso. Vení —me dijo con la voz quebrada—, vamos a rezar juntos y a pedirle a Dios que nos dé fortaleza para poder enfrentar esta espeluznante realidad.

 

3

Tres días después de haber estado en la residencia de Olivos, cuatro personas armadas vestidas de civil entraron sigilosamente en la Iglesia de San Ignacio. Yo estaba orando en la semioscuridad del templo vacío cuando me cayeron encima como una jauría, me tiraron al piso, me esposaron, me sacaron a los empujones del templo y me introdujeron con brutalidad en un Ford Falcon que esperaba en la puerta. Me ordenaron que no hablara y me cubrieron la cabeza con una capucha.

Me bajaron en una unidad militar que luego supe era la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), me llevaron a una celda subterránea donde se podía oler el sudor del miedo de los que ya habían padecido la agonía de la electricidad, o de los que esperaban aterrados su turno, y ahí me dejaron sin darme una sola explicación. Cada tanto se oían ruidos de puertas metálicas, gritos de carceleros y súplicas desesperadas de algún preso que se llevaban tal vez por segunda o tercera vez para ponerle un electrodo en los testículos y otro en la encía. A la media hora lo traían de vuelta, imagino que arrastrándolo semiinconsciente, para tirarlo sobre el camastro de su celda. (Más tarde supe que al recibir descargas eléctricas de esa bárbara forma, la víctima, una vez devuelta a su calabozo, experimenta el tormento adicional de sentir como si decenas de astillas de vidrio estuvieran incrustadas dentro de su garganta, lo que lo obliga a permanecer inmóvil en su lecho durante horas, con una sed abrasadora y sin poder tragar ni su saliva). Después se llevaban a otro. Temblé esperando el momento en que vendrían por mí. Pero no, esa noche me trajeron un plato de comida y agua. A las diez se apagaron las luces, y cuando cesaron todos los ruidos metálicos y dejaron de escucharse las voces autoritarias de los carceleros, comencé a oír sollozos y gemidos provenientes de celdas cercanas a la mía.

No dormí en toda la noche. Intenté orar, pero no pude concentrarme, no fui capaz de sentir la presencia de Dios en ese momento de desamparo. Me desesperé tratando de imaginar la razón por la que me habían secuestrado. La única explicación que se me ocurría era que Bergoglio hubiese hecho movimientos imprudentes para rescatar a sus curas, y que Videla se haya enterado. Pero eso lo descarté enseguida porque los que me arrestaron eran de la Armada.

A las ocho del día siguiente vinieron a buscarme dos carceleros con uniforme de fajina, me esposaron y me dijeron que sería recibido por el jefe de operaciones, Capitán de Navío Gregorio Muñoz. Cuando estuve parado y esposado ante el marino, éste me miró con curiosidad y me preguntó:

—¿Usted es el cura Bernardo…? —examinó una planilla—, a ver… ¿Bernardo Montesini?

—Sí, señor.

—¿Es jesuita?

—Sí.

—¿Qué relaciones tiene con el padre Jorge Bergoglio?

—Él es mi superior, esa es mi única relación.

—¿Qué función cumple usted dentro de la orden?

—En estos momentos soy… —iba a decir confesor, pero recordé que eso era secreto—, soy asistente espiritual del general Videla.

—¿Cómo dice?

—Que soy el asistente espiritual del señor presidente de la Nación.

El capitán Muñoz quedó mirándome desconcertado, su cara se puso gris y se alargó como si fuera de cera calentada. Enseguida tomó el teléfono y ordenó que lo comunicaran con el edecán de turno en la casa Rosada. Mientras esperaba, me dijo en un tono ahora respetuoso:

—Espere un minuto, padre.

Se apartó de mí y me dio la espalda para que yo no escuchara. Estuvo hablando en voz baja un par de minutos. Colgó, fue hasta la puerta a las zancadas, llamó a uno de los carceleros que esperaban afuera y le ordenó que me quitara las esposas. En seguida me dijo en tono amable:

—Tome asiento, padre. Le debo una disculpa. Recibimos una denuncia contra usted, lo estuvieron «caminando» y vieron que se encontraba con Bergoglio. Usted no está en ninguna lista de sospechosos, pero nos ordenaron que lo interrogáramos. Nadie de Ejército nos avisó que usted desempeña funciones oficiales.

—¿Me trajeron a los empujones, me maltrataron como a un terrorista y me tuvieron una noche preso sin antes averiguar quién era yo? No lo puedo creer —protesté, agrandado porque vi al capitán Muñoz ignominiosamente apichonado por las posibles consecuencias de lo sucedido.

—Es que…, a usted puedo decírselo porque es uno de los nuestros, el almirante Massera y el general Videla se llevan como el culo, perdóneme la expresión. No hay coordinación entre las dos armas, y nosotros estamos en el medio cumpliendo órdenes a veces absurdas que nos ponen en estos problemas. Yo no sé cómo disculparme con usted, padre, no sé, no tengo palabras…

—¿Tiene idea de cómo va a reaccionar Videla cuando se entere de lo que le hicieron al sacerdote de su mayor confianza? —le dije con tono calmado, pero fingiendo una rabia contenida.

El capitán Muñoz bajó la vista entregado, apabullado. Entretanto yo ya había pergeñado una estrategia para sacar ventaja del mal momento pasado. Sintiéndome dueño de la situación, le dije:

—No se preocupe, capitán, no se lo diré, ni a Videla ni a nadie, pero con una condición.

—Lo que usted diga, padre.

—Mi condición es que me informe sobre la situación de los curas jesuitas que ustedes tienen en la mira. Ojo, no es para ayudarlos a ellos, es para colaborar con ustedes si resultara necesario, porque yo soy uno de ustedes, ¿le queda claro, capitán?

—Sí, sí, por supuesto, padre. Soy un hombre agradecido, no sabe cuánto valoro que tenga la grandeza de dejar pasar este desgraciado malentendido y me evite el disgusto de que el señor presidente se entere de lo que pasó. Por supuesto, cuente con que le informaré todo lo que sé sobre los jesuitas sospechosos. Son cinco, vea —hojeó nerviosamente un legajo—, me informaron que uno acaba de salir del país, así que quedan cuatro: Julián Cabrera, Ernesto Zanfoni, Pedro Argibal y Gonzalo Álvarez. Le anoto los nombres en este papel. A los dos primeros ya los estamos buscando, pero ignoramos dónde se hallan. Sospechamos que Bergoglio los ha escondido, pero tenemos órdenes estrictas de no meternos con él. Está bien visto en los altos mandos por sus contactos con el peronismo de derecha. Sobre Pedro y Gonzalo no hay por el momento nada decidido porque inteligencia no armó todavía sus carpetas con las evidencias mínimas que necesitamos antes de proceder. Comprendo su interés, padre, debe de ser muy desagradable tener en su congregación a estos enemigos de la patria.

—No los conozco ni sé dónde puedan estar, pero no bien tenga alguna pista, se la hago saber. Como usted dice, es inaceptable que haya subversivos en nuestra comunidad. ¿Cómo podré comunicarme con usted?

—Deme el papel, ahí mismo le anoto mis dos teléfonos directos. Llámeme a cualquier hora. Le estaré muy agradecidos por su colaboración. Y si necesita algo, lo que sea, no dude en pedírmelo. Otra vez, muchas gracias por su comprensión.

 

4

Lo primero que hice cuando regresé a San Ignacio fue bañarme, afeitarme y cambiarme la ropa sucia y arrugada. Enseguida lo llamé a Bergoglio y le pedí que nos encontráramos en la Catedral de Buenos Aires, por precaución. Luego te explico, Jorge, le dije ante su extrañeza. Haceme caso, nos vemos a las tres en la catedral, Yo voy a estar rezando desde una hora antes, a la altura del mausoleo de San Martín.

A las tres en punto llegó Bergoglio a la catedral. Cuando me vio arrodillado en uno de los bancos, hizo lo propio junto a mí y hablamos sin mirarnos, como si los dos estuviéramos orando. Cuando le conté lo que me había sucedido se quedó literalmente sin palabras. No te preocupes, me apresuré a aclararle, cuando me identifiqué como el asistente espiritual de Videla, el oficial a cargo hizo una llamada para verificarlo y enseguida se disculpó.

—¿Pero le preguntaste por qué te fueron a buscar?

—Me dijo que fue un error, porque me vieron visitarte a vos muy seguido. ¡Fijate! Los dos estamos siendo vigilados. Te tienen desconfianza, Jorge, creen que estás escondiendo a los curas jesuitas que buscan, aunque el capitán me aseguró que sos un intocable por órdenes de arriba.

—¿Te dijeron si hubo alguna denuncia? —preguntó Bergoglio preocupado.

—No sé, alguien ordenó que me arrestaran y me interrogaran por si yo resultaba ser un contacto tuyo con los prófugos. Me salvé por un pelo de que me torturaran. Vos no sabés, Jorge, lo que es la mazmorra donde encierran a la gente secuestrada. Jamás experimenté una sensación igual de miedo y aislamiento. Te aseguro que hasta la fe perdés ahí dentro. De lo que me enteré es que hay desencuentros entre la Armada y el Ejército al punto que no se comunican sus novedades, esto no presagia nada bueno.

—Yo ya lo sabía, Bernardo, pero no pensé que iba a salir a la superficie tan pronto. Massera es un tipo muy ambicioso con planes políticos propios y no le gusta que Videla tenga formalmente más poder que él. ¿Qué otra cosa averiguaste?

—Que uno de los jesuitas más comprometidos acaba de salir del país. ¿Tuviste algo que ver vos con eso?

—Sí, es Alfredo, el que te dije que se parecía a mí. Yo lo tenía en Formosa y lo hice salir con mi pasaporte. Por lo menos ya pude salvar a uno.

—Pero quedan los otros cuatro, y a dos ya los están buscando —se los nombré—. A los otros dos todavía no les terminaron de armar sus carpetas, pero en cualquier momento se los llevan. ¿Qué pensás hacer?

Bergoglio se quedó pensando. Finalmente me confió:

—A Julián lo tengo recluido en la Manzana Jesuítica de Córdoba, y a Ernesto, cuidando las ruinas de Nuestra Señora de Loreto, en Misiones. Pedro y Gonzalo están acá, en la Capital, y ya no los puedo mover. Si quieren, los agarran. ¿Quedaste bien con ese capitán Muñoz?

—Aunque no lo creas, para él soy un colaborador del proceso. Le prometí que no le comentaría lo de mi arresto al general Videla para evitarle problemas. Quedó agradecidísimo y convencido de que «estamos» en el mismo bando. Le prometí que si averiguaba algo sobre los prófugos le pasaría la información. A su vez le dejé en claro que estaba en deuda conmigo y que le pediría un favor cuando lo necesitara. Y hasta le saqué sus teléfonos directos. Como verás, Jorge, me comporté como un buen jesuita.

Bergoglio se tapó la cara con el libro de oraciones y contuvo una carcajada.

—Ya lo creo, y eso que no te interesa la política. Ahora tenés un importante contacto amigo en la Armada. Estoy pensando que quizás en algún momento podría ser necesario que le pidas una audiencia para mí.

—Sí, pero más adelante, no quiero que piense que vine corriendo a hablar con vos. Debo evitar que me pierda la confianza.

 

Pasó mucho tiempo sin que Videla me citara.

El 22 de mayo su edecán me llamó para que fuera nuevamente a la residencia de Olivos, esta vez al mediodía, porque el general me invitaba a almorzar.

Videla me presentó a su esposa, una señora dulce, educada, encantadora. Me dieron la impresión de ser un matrimonio normal, muy unido y sociable. Me atendieron como a un amigo de la casa con una sencillez increíble. Me preguntaron sobre mi familia y se interesaron por mis inquietudes intelectuales. Les conté que me atraía la arqueología religiosa y que estaba haciendo estudios para dedicarme a buscar lugares cristianos bajo las arenas de Tierra Santa, lo cual pareció interesarles mucho como católicos practicantes que son los dos. Si hasta me pidieron que bendijera los alimentos cuando nos sentamos a la mesa. Contra todo lo que pueda creerse, Videla era un hombre agradabilísimo, con inquietudes intelectuales y muy informado. Había leído El imperio jestico de Leopoldo Lugones y visitado las ruinas de muchas misiones guaraníes del siglo xv. Un anfitrión afable, simpático, de fácil y grata sonrisa, que sabía hacer sentir cómodo a sus invitados, lo que en otras circunstancias y en otro contexto denominaríamos «un buen tipo». Llegué a reírme con ellos como si fueran dos antiguos y queridos amigos. Lo observaba opinar sobre música clásica y escuchar con interés mis puntos de vista sobre el cristianismo de la antigüedad, y por momentos me hacía olvidar que ese mismo hombre, cuando se ponía el uniforme y se sentaba en su despacho de la Casa Rosada, se transformaba en el ángel exterminador del Apocalipsis.

Tuvimos una larga y distendida sobremesa. Me contó sobre su encuentro con los escritores Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Esteban Ratti y el sacerdote Leonardo Castellani en un almuerzo servido en la Casa Rosada el 19 de mayo.

—¿Sabe, padre, lo que me dijo el gran Borges apenas me saludó? «¡He aquí al vencedor del peronismo!» —y se rio de buena gana por la ocurrencia de ese antiperonista irreductible, como lo definió con humor—. Lo que Borges no sabe es que ya no quedan militares gorilas, ahora todos nos hemos peronizado. Tuvimos una charla muy interesante con estos intelectuales, hablamos de la ley del libro, de la SADE y de los avatares de la literatura en general.

Su esposa intervino para mencionar orgullosa lo que estos notables escritores habían declarado a la prensa sobre su marido después de aquel encuentro. Fue a buscar unos recortes de diarios que había guardado. Borges había dicho «Videla es todo un caballero», y Sábato, «El presidente me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó por su amplitud de criterio y su cultura».

—Sin duda exageraron por cortesía —comentó Videla con una modestia que me pareció sincera.

Le pregunté por el padre Castellani, al cual yo conocía personalmente y hacía tiempo que no veía.

—Ya debe de andar cerca de los ochenta. Lo vi bien. Lúcido. Es un extraordinario escritor de ensayos, poesía y novelas. Por algo se lo llamó el Chesterton argentino. Yo había leído varias obras de él, entre ellas El Evangelio de Jesucristo, y esa curiosa novela Juan XXIII (XXIV) donde cuestiona el celibato sacerdotal. Tuvimos también un breve aparte a solas que luego le voy a contar.

Llegó la hora de la confesión. Fuimos a la capilla y comenzó a hablar:

—Antes que nada, quiero comentarle que después del almuerzo con los escritores, el padre Castellani se me acercó y discretamente me dio un papel con el nombre del escritor Haroldo Conti, un ex alumno suyo que había sido arrestado por el batallón 601 de Inteligencia del Ejército. Le dije que me ocuparía, pero sólo pude programarle una visita a la enfermería de la cárcel de Devoto donde se encuentra postrado. Para el 601 es un agente de Cuba que trasmitía las órdenes de Fidel Castro a los grupos subversivos. Lo golpearon mucho para hacerlo confesar. En el estado en que lo dejaron no creo que sobreviva mucho tiempo. Lamento el disgusto que se habrá llevado el pobre viejo. Pero… yo ya no podía hacer nada. Seguimos con los arrestos masivos en todo el país. A esta ciudad no llegan casi noticias de lo que sucede en La Rioja, Tucumán, Córdoba, Santiago del Estero y otras provincias, pero estamos avanzando implacablemente. ¿Se acuerda que le hablé de la subversión como una epidemia? Bueno, el virus penetró hasta en los cuarteles. ¿Tiene presente el caso del asalto al Comando Sanidad del Ejército, en setiembre de 1973, que le costó la vida al teniente Duarte Ardoy?

—Sí, vagamente. ¿No fue un conscripto de esa unidad el que les facilitó el acceso a los asaltantes del ERP? El hecho me impresionó porque no hacía ni cuatro meses que teníamos nuevamente un gobierno democrático.

—¿Y el asalto al Batallón de Arsenales 121, en 1974?

—No… ese no lo tengo presente. Fueron tantos…

—Bueno, el entregador también fue un soldado. Mataron al coronel Arturo Carpani Costa e hirieron a cuatro suboficiales y a dos conscriptos. En el enfrentamiento murieron dos guerrilleros, pero lograron llevarse cientos de armas de guerra y municiones. Y no crea que se trató de dos casos aislados, tenemos en nuestras unidades a muchos conscriptos solapados esperando su oportunidad. Los estamos detectando uno por uno. En esos casos hacemos actas de deserción para encubrir su desaparición.

—¿Han ajusticiado a mucha gente?

—En enfrentamientos han muerto hasta ahora cerca de trescientos. En los centros de detención, miles, pero sólo puedo hablar por lo que sucede en el Ejército. La Armada nos está escatimando información, y la Fuerza Aérea, por su propia naturaleza, no tiene casi actividad antisubversiva.

—¿No actúan coordinados con la Armada? —me atreví a preguntar.

—Sí, la junta se reúne normalmente y se discuten los grandes temas del gobierno, pero no sé qué pasa, el almirante Massera se está cortando solo en todo lo relacionado con la guerra. Tengo que hablar con él y arreglar esto. ¿Por qué me lo pregunta? ¿Usted considera que eso es importante a los efectos de mi confesión?

—Tratándose de vidas humanas, sí, por supuesto, creo que la coordinación entre las fuerzas es un elemento primordial. Le pregunto: ¿podría ocurrir que la Marina arreste a una persona que el Ejército proteja o considere inocente?

—No…, creo que eso no podría suceder… —Videla hizo silencio por unos segundos sin dejar de mirarme a los ojos. Finalmente hizo un gesto de disgusto y reconoció—: O tal vez debería decir: no sé. A esta altura no compartimos ni siquiera las mismas listas ni los informes de inteligencia. Tiene razón, padre, esa es una falla de mi gobierno y la responsabilidad es mía. Podría darse el caso que usted menciona. No se me había pasado por la cabeza.

—General, por la forma en que me lo dice me da la impresión de que el asunto es tomado con demasiada ligereza, diría, si me lo permite, hasta con frivolidad. Se trata de la vida o la muerte de seres humanos, no puede existir el riesgo de desinteligencias que lleven a morir a personas que no tienen nada que ver con la guerrilla.

—Tiene razón, tiene razón. Mea culpa. Me abocaré de inmediato a corregir eso.

—¿Se han fugado al exterior algunos de los buscados?

—Unos cuantos. En estos momentos hasta los máximos jerarcas están debatiendo si tienen que irse del país ante la presión ejercida por las fuerzas armadas. Casualmente se nos esfumó un jesuita. Es como si se lo hubiera tragado la tierra. Seguramente ya salió del país, y eso que tenemos todas las fronteras controladas.

—Hablando de jesuitas, ¿qué opinión tiene de nuestro Superior provincial, el padre Jorge Bergoglio?

—Inmejorable. Sabemos que no tiene la menor vinculación con la subversión. Espero por su bien que no intente encubrir a los jesuitas que buscamos.

—¿Se ha muerto más gente en los interrogatorios?

—Sí, por desgracia. Los oficiales y suboficiales que se encargan de eso parecen enloquecer cuando tienen la picana en la mano y a un sospechoso inmovilizado sobre una mesa. No trabajan con profesionalismo sino por instinto, no tanto con el afán de lograr información, sino por el espectáculo que los sobreexcita. Disfrutan con el sufrimiento que provocan. Pero ya no podemos volver atrás. Los necesitamos. Esta maquinaria ya está trabajando sola y ni yo podría detenerla.

—Pero general, ¿cómo no va a poder dar órdenes usted para que no se abuse de la tortura y se la limite a lo mínimamente necesario? ¿Y si alguien no tiene los datos que le requieren y lo siguen picaneando? Eso es un horror.

—Me da vergüenza, padre, pero se lo tengo que decir: en el trance de la tortura muchos han pronunciado los primeros nombres que les vinieron a la memoria, nombres de personas conocidas, compañeros de estudios, amigos personales, que no tenían nada que ver. Esa gente falsamente delatada terminó detenida, interrogada y finalmente muerta. Sí, así es, hubo varios casos así.

Esta última revelación me provocó nauseas. En cada nueva confesión de Videla me enteraba de algo peor que me empujaba a descender otro escalón hacia el abismo. No sólo estaban torturando y matando a guerrilleros, también caía gente inocente que para salir del tormento delataba a otros inocentes.

—Intentaremos tener más cuidado. Los militares llamamos a eso «daño colateral», como cuando en un bombardeo mueren civiles o una bomba cae inadvertidamente sobre un hospital. Nadie desea eso, pero lamentablemente ocurre con mucha frecuencia. Estamos teniendo la cooperación de algunos arrepentidos. Con ellos somos benévolos.

—¿A qué le llama ser benévolo?

—Los hemos alojado en lugares especiales, los reeducamos, los conectamos con sus familiares, les cambiaremos la identidad y los sacaremos del país para que no los maten sus propios compañeros.

Aquí terminó la confesión. Volví a cargar sobre mis hombros todo el peso de la conciencia de Videla, mientras él se sentía una vez más aliviado y más seguro como cristiano de estar haciendo un gran sacrificio personal al permitir que el militar que convivía con él en su mismo cuerpo siguiera cumpliendo con su deber. 


5

No volví a tener noticias de Videla durante varias semanas.

Llegó julio, el mes más horrible de 1976. El viernes 2 de ese mes, al mediodía, los montoneros hicieron estallar una poderosa bomba en el edificio de la Policía Federal con un saldo de veintitrés policías y civiles muertos y sesenta heridos, entre ellos varios mutilados o paralizados de por vida. Cuando vi al día siguiente el impresionante cortejo fúnebre escoltado por motocicletas de la Policía, pensé: ¿realmente estaremos en una guerra?

Dos días más tarde, el domingo 4 de julio, a las ocho de la mañana, un comando de cuatro personas vestidas de civil entró en la Iglesia de San Patricio y asesinó a balazos a tres sacerdotes palotinos y a dos seminaristas de la misma congregación irlandesa.

Creo que fue el día 5 cuando me llamó Bergoglio para anoticiarme con la voz temblorosa que gente de la Armada acababa de «chupar» a los dos sacerdotes jesuitas que estaban en Buenos Aires, Pedro Argibal y Gonzalo Álvarez. Desesperado, Bergoglio me pidió que le consiguiera una audiencia urgente con el capitán Muñoz.

Llamé de inmediato al marino quien sin vacilar me respondió que sí, que con gusto recibiría al padre Bergoglio a la tarde del día siguiente.

Luego de la audiencia, por la noche, nos encontramos Bergoglio y yo en el comedor de San Ignacio para cenar juntos.

—¿Cómo te atendió el capitán Muñoz? —le pregunté ansioso.

—Bien, la atención fue correcta, pero no sabés lo que me hizo ese mal bicho. Le hablé de los dos sacerdotes que habían arrestado, le juré que eran muchachos recuperables, con algunas confusas ideas de izquierda pero que no habían tenido ninguna relación con los grupos subversivos. Me escuchó con seriedad y atención y cuando terminé de hablar me propuso una negociación ventajosa para las dos partes.

—¿Negociación…?

—Usó esa palabra. Me dijo que dejaría en libertad a los dos chicos, pero que a cambio yo debía entregarles a los otros dos que tengo escondidos.

—¿Eso te propuso el hijo de una gran…?

—Así como lo escuchás. No hay duda de que a estos muchachos se los llevaron nada más que para extorsionarme, porque lo que le interesa a la Armada es el paradero de los otros dos.

—¿Y qué le contestaste?

—No podía hacerme el guapo con él, así que puse cara de póker y le mentí, le dije que no sabía dónde estaban, que yo no los encubría, que jamás ayudaría a nadie vinculado con la guerrilla, y que sólo me interesaba por los dos detenidos porque son inocentes.

—¿Y te creyó?

—Mirá, estos tipos no son tontos. Serán brutos, pero no tontos. Sabía que yo estaba mintiendo, pero fingió que me creía. Dijo aparentando preocupación: «Qué macana, ¿no?; bueno, va a tener que ocuparse de averiguar el paradero de estos dos delincuentes y una vez que me consiga esa información le doy mi palabra de dejar en libertad a los dos curitas». Se puso de pie para dar por terminada la entrevista mientras me advertía, siempre en buen tono: «Mire que sólo le puedo dar cinco días porque estoy muy presionado por mis superiores. Si en ese plazo no me da una respuesta sus muchachos la van a pasar mal. Piénselo, padre, usted tiene contactos y recursos para seguirles el rastro a los prófugos. Salva a dos o pierde a los cuatro, porque tarde o temprano terminaremos por encontrar a los otros».

—¿Y que más te dijo?

—Me pidió una medallita.

—¡Una medallita!

—Sí, y me la hizo bendecir. Es para mi hija menor que está en catequesis, va a tomar la primera comunión, me dijo con beatífica sonrisa. Tomó la medallita, la besó y se la guardó en el bolsillo.

Bergoglio esbozó una amarga sonrisa y quedó en silencio.

—¿Y qué pensás hacer, Jorge? —le pregunté

—No sé, no sé, Bernardo. Julián y Ernesto están seriamente comprometidos, pero Pedro y Gonzalo son dos ángeles, te lo aseguro. Tengo cinco días para decidir. De mis cuatro curas, dos van a morir seguro. ¿Y yo voy a decidir quién vive y quien muere? No, no, Bernardo, no. Aunque si no lo hago morirán los cuatro, o, en el mejor de los casos, los dos inocentes que han agarrado. Te aseguro que no sé por dónde salir de esta trampa perfecta en la que me hizo caer este degenerado.

Bergoglio no pudo contener las lágrimas, y yo terminé abrazándolo y llorando con él.

 

El 19 de julio, un grupo de tareas del Ejército irrumpió en un edificio de departamentos de Villa Martelli y mató en un enfrentamiento al comandante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) Mario Roberto Santucho. Murieron otras tres personas que lo acompañaban y un chiquito de tres años que estaba con ellos. En el operativo también murió el capitán Juan Carlos Leonetti, que comandaba el grupo. En una de las valijas de Santucho se encontró una lista con los nombres de 395 miembros de la Juventud Guevarista y algunos del ERP. También hallaron planes de sangrientos atentados que se estaban organizando y lo más alarmante de todo: la inminente unificación del ERP con Montoneros para formar un gran ejército de liberación. Todos los que figuraban en las listas fueron capturados y ejecutados, según supe más tarde.

 

La última confesión que recibí del general Videla fue el 18 de octubre de ese año. Se excusó pudoroso por no haberme llamado antes: las cosas se le estaban complicando mucho en la conducción del gobierno nacional. Fuimos a la capilla de Olivos y allí tuvimos este último diálogo confesional.

—Se habrá enterado, padre, de los últimos acontecimientos, lo de la bomba que hizo volar el edificio de la Policía, y el enfrentamiento con Santucho, quien fue abatido al igual que otros jerarcas. Desgraciadamente mataron a un oficial nuestro.

—¿Y el asesinato de los cinco religiosos palotinos?

—Ese episodio todavía no lo tengo claro. A esos sacerdotes no los teníamos entre los sospechosos. Cuatro personas de civil en un auto negro que ingresan al templo a las ocho de la mañana y desaparecen enseguida sin dejar rastros. Yo sospecho de algún comando parapolicial o de un grupo de tareas de la Armada, pero Massera me juró que él no dio ninguna orden en ese sentido.

—Todos los días me entero de algún asesinato, algún secuestro, atentados, enfrentamientos. Es terrible lo que está ocurriendo.

— El mes pasado Montoneros hizo volar con un coche bomba un ómnibus policial en Rosario. Hubo decenas de muertos y heridos graves. La Policía es la que está llevando la peor parte: durante estos meses murieron más de setenta oficiales y agentes.

—¿Es verdad que se fugaron varios importantes jefes montoneros?

—Sí, el jefe de ellos Mario Firmenich, su segundo, Roberto Cirilo Perdía, Galimberti y algunos más se las tomaron alegremente, lograron salir del país a fines de septiembre. Ahora están en el «exilio», como los muy caraduras llaman a su cobarde fuga. Digo cobarde porque ellos son los comandantes y dejaron aquí a sus subordinados que siguen obedeciendo sus órdenes y continúan luchando todavía con mucha actitud y una gran capacidad de daño.

—Pero general, ¿cómo pudieron irse del país tan fácilmente?

—¿Massera…? —insinuó enigmático.

—¿Desconfía de Massera?

—Está totalmente en contra de nuestra política económica y tiene ambiciones políticas personales. Hasta me han llegado rumores de algún pacto negro con el mismísimo Firmenich.

—Eso suena muy novelesco.

—Sí, puede ser, no debo dejarme ganar por la paranoia. Pero la pregunta la hizo usted, padre: «¿Cómo pudieron irse tan fácilmente del país?» Bueno, yo le contesto: alguien les abrió la puerta.

—Siguen las torturas, supongo.

—Sí, eso no va a terminar mientras esta guerra continúe. Ahora usamos «el submarino» que es un método menos letal que la electricidad y da el mismo resultado. No pudimos renovar el plantel de interrogadores porque casi nadie, como le dije, quiere aceptar esa responsabilidad. Nos estamos arreglando con personal policial, sobre todo de la provincia de Buenos Aires, que está acostumbrado a torturar a delincuentes comunes.

—No me ha hablado del operativo Independencia en Tucumán.

—Los hemos derrotado casi por completo. Según los últimos informes del general Bussi, desde marzo de este año se han producido alrededor de doscientas bajas entre los últimos combatientes. Acuérdese que el foco guerrillero de Tucumán fue establecido por el ERP en 1970 con la intención de ocupar con las armas un importante espacio territorial y solicitar el reconocimiento internacional. Ese sueño se les hizo humo. Tucumán ya no representa un peligro para la Argentina.

—¿Y cómo están las relaciones internacionales?

—Bien, hace poco, el 7 de este mes para ser preciso, el secretario de Estado Henry Kissinger, nada menos, le dijo a nuestro canciller, el almirante César Guzzetti: «Cuanto antes tengan éxito con esta guerra, mejor». Es decir, nos están bancando porque saben que estamos en una justa causa para toda América.

—¿Y si en las elecciones presidenciales del mes próximo gana el demócrata Jimmy Carter?

—Y… cambiaría todo. Pero primero tiene que ganar, nosotros apostamos por nuestros amigos los republicanos.

—¿No le preocupa, general, que alguna vez usted tenga que rendir cuentas por tanta sangre derramada?

—¿Por qué tendría que preocuparme? Al contrario, si usted me pregunta cómo imagino mi futuro personal, le digo que me veo retirado disfrutando del reconocimiento de la Historia y del agradecimiento del pueblo argentino. Tal vez dando conferencias en el exterior sobre la exitosa experiencia argentina en la lucha contra el terrorismo. Cuando la gente me ve, me llena de demostraciones de afecto y cálido apoyo. Estamos librando una dura guerra, y en las guerras los pueblos siempre enaltecen a sus ejércitos victoriosos.

—Una última pregunta, general: ¿Qué pasó con los jesuitas que estaban buscando?

—Bueno, yo ya le había dicho que uno se nos fue del país. De los cuatro restantes, los dos más jóvenes que no estaban vinculados con la guerrilla estuvieron unos días bajo arresto y luego se los dejó en libertad. Los otros dos, que sí tenían serios antecedentes, fueron encontrados y arrestados por la Armada. Ya los han ejecutado.

 

Epílogo

Fue la última confesión que pude soportar.

Esa interminable secuencia de monstruosidades que en octubre de 1976 era todavía desconocida para la gran mayoría de los argentinos y que yo debía cargar sobre mi conciencia con la imposición del silencio sacramental, terminó por enfermarme. Videla me hablaba siempre de una guerra, pero yo sólo veía una desproporcionada represión ejercida por tres poderosas fuerzas armadas, más las fuerzas de seguridad y policiales (alrededor de doscientos cincuenta mil efectivos) contra unos miles de criminales delirantes que iban cayendo como moscas, cada vez más desorganizados y con menos capacidad de respuesta.

Hablé de mi estado de salud con monseñor Aramburu y me envió a Suiza. Él mismo se ocupó de despedirme del general Videla con el pretexto de mi urgente necesidad de atención médica en el exterior. Después logré venir a Madrid para seguir mis estudios arqueológicos. Regresé a la Argentina ocho años más tarde, cuando el presidente constitucional Raúl Alfonsín ordenó los juicios a las juntas militares que gobernaron entre 1976 y 1983, y Videla y Massera fueron condenados a reclusión perpetua.

Pero en Buenos Aires, los recuerdos ingratos, las secuelas de la dictadura y mis propios remordimientos aceleraron el ciclo de mi enfermedad. Volví a España, esta vez definitivamente.

Después me fui enterando de dos leyes exculpatorias sancionadas bajo presión militar y de los indultos del presidente Menem, todos anulados en 2007 por la Corte Suprema de Justicia que los consideró inaplicables e inconstitucionales, menos, curiosamente, los indultos a los ex subversivos, cuyos crímenes no fueron considerados de lesa humanidad. Videla volvió a la cárcel y se reabrieron los procesos interrumpidos, los que siguen hasta hoy. Son alrededor de 2.700 las personas procesadas y privadas de la libertad, muchas de ellas ya condenadas. Dicen que algunas de esas condenas han sido injustas, basadas en testimonios dudosos y con pruebas insuficientes. No sé qué pensar. Creo que todos los militares de esa época (y por supuesto, muchos civiles) fuimos, me incluyo, responsables por acción u omisión de lo que sucedió.

Cuando el general Videla ya tenía 87 años, me escribió rogándome que viajara a Buenos Aires para escuchar su última confesión. Quería morir en estado de gracia, y creía haber ofendido mucho a Dios en estos últimos treinta años a causa del rencor acumulado por el descrédito y la persecución que había padecido. Se lamentaba de la ingratitud de los argentinos y del injusto trato que esta sociedad olvidadiza les había dado a sus heroicos uniformados, rebajándolos a la condición de represores genocidas. Y me recordaba en esa carta que el propio Mario Firmenich —el indultado jefe montonero, considerado por muchos un socio de Massera— había declarado sobre ese pasado de sangre y brutalidad: «En un país que ha vivido una guerra civil, todos tenemos sangre en las manos».

Me resultó amargamente irónico que Videla y Firmenich coincidieran en algo: los dos creían haber protagonizado una guerra épica. El general Videla terminaba diciendo: «Usted sabe, padre, que no hice otra cosa que cumplir con mi deber de soldado; no solamente salvé la vida de miles de argentinos, sino a la Patria misma de la esclavitud marxista. Si Dios me dio esta cruz, debo llevarla hasta el fin de mis días sin quejarme ni permitirme odios ni resentimientos contra nadie».

Esa era toda la contrición que dejaba traslucir su carta, y por eso quería confesar conmigo, para morir en paz. Ni una palabra de los crímenes de lesa humanidad, homicidios, desapariciones forzadas, tormentos y apropiación de menores, por los que fue juzgado y condenado en infinidad de causas.

Rompí esa carta y jamás la contesté.

Pocos meses después supe que encontraron muerto a Videla en su celda de la penitenciaría de Marcos Paz. Sentí compasión, porque: ¿era necesario que un anciano de 87 años muriera en la cárcel, enfermo, sin atención médica y lejos de su familia? Eso ocurrió el 17 de mayo de 2013.  Una Justicia que en cierto modo fue ejemplar, terminó degradada en oscura venganza.

Yo nunca me recuperé del colapso nervioso y físico que me causó ser el confesor de Videla y haber entablado con él una relación personal muy cercana y casi amistosa. Mientras miles de argentinos padecían atrocidades en los centros clandestinos de detención, yo lo absolvía sacramentalmente en nombre de Dios, nuestro Señor.

Pero tuve un acto de coraje durante esos desdichados meses de 1976. Uno solo, que lejos de enaltecerme devastó mi vida para siempre. Apenas Bergoglio me puso al tanto del infame chantaje del capitán Gregorio Muñoz, tomé una decisión inmediata. Sin perder un minuto y sin decirle nada a mi superior me fui hasta la ESMA, entré en el despacho de Muñoz, ignoré su mano tendida, no le dije ni siquiera buen día y le arrojé sobre el escritorio un papel con la localización de la Manzana Jesuítica cordobesa y de unas ruinas guaraníes.

—Los jesuitas que usted busca están refugiados en estos lugares —le dije secamente—, ahora ponga en libertad a los dos sacerdotes porteños que arrestó indebidamente.

Con ese gesto me convertí en un delator de la dictadura, manché mis manos con sangre y acepté voluntariamente llevar para siempre esa carga sobre mi conciencia. ¿Por qué lo hice? La respuesta es estremecedoramente paradojal: yo también tenía un deber que cumplir, el deber de evitarle esa misma vergüenza, esa misma culpa, ese mismo dolor lacerante a mi superior y amigo, el ahora venerado Francisco, jefe de nuestra Santa Iglesia.

 

Esta es una ficción basada en trágicos hechos reales.

 

© Enrique Arenz, 2017 – Prohibida su reproducción por cualquier medio
Registrado el 1/6/17 en DNDA Exp. 2017-09082833 -APN-DNDA#MJ

 

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