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Anticipo de la novela en proceso de escritura: «Año 3023»

Una era de anarcocapitalismo sin
gobernantes ni políticos.

Un mundo de oportunidades ilimitadas
donde
cada uno puede elegir enfrentar
el fracaso,
o dejar que el
fracaso lo derrote.

Una sociedad libre y próspera, donde
los que están
arriba temen caerse,
y los que se caen lo pierden
todo, incluida la libertad, que es el valor
más preciado después de la vida.

Un tiempo de hedonismo extremo,
donde la sexualidad
se liberó de
ancestrales prohibiciones religiosas
y se consolidó como la ciencia del amor
y del
bienestar físico y espiritual.

1

Me quedan veintiún días de vida. El día 22 la agencia de ejecución penal «Davenach & Cía.» me atará a una camilla para inyectarme tres drogas letales. Se habrá cumplido la sentencia que dictó otra agencia privada, la de «Justicia Suprema Set Lex». Mi abogado dice que el fallo fue negligente, pero ¿qué se podía esperar de la agencia más barata del mercado, la única que pude pagar después de que bloquearan todos mis ahorros?

Un amigo se ofreció para comprarme drogas de alta calidad, porque las que utiliza la agencia Davenach son de segundas marcas, lentas y muy dolorosas.

Mientras espero mi último día, escribiré los hechos que me llevaron a esta injusta condena, pero antes voy a hablar del sistema de organización social que rige en el año 3022.

Un día el mundo libre y democrático se hartó de los políticos y del poder abusivo del Estado e impuso el orden espontáneo del capitalismo sin regulaciones ni controles, donde toda la economía, pero también la Justicia, la seguridad, la educación, los derechos humanos y los beneficios de la previsión social, quedaron a cargo de agencias privadas competitivas que se guían por su propia ética y responden a las leyes de la cooperación voluntaria entre las personas.

Todo empezó en Japón, un pueblo disciplinado, poseedor de una cultura milenaria y de un altísimo grado de educación para el trabajo y la convivencia respetuosa. Los japoneses sólo querían terminar con la corrupción endémica de su administración pública, pero fueron más allá y adoptaron el novedoso sistema de autogobierno ideado hace un milenio por pensadores occidentales.

Al principio, el mundo se escandalizó ante esa abolición de toda autoridad política en Japón, pero poco a poco los simples ciudadanos de otros países comenzaron a verla como la única salida ante el autoritarismo, la cleptocracia inevitable de la política y el sometimiento que padecían por el exceso de leyes regulatorias e impuestos abusivos. Y también por el peligro siempre omnipresente de dictaduras y guerras. Pero, sobre todo, como una manera drástica y definitiva de desprenderse de una clase política incorregible, porque cada vez que la reemplazaban mediante el voto, los sucesores siempre terminaban siendo peores que los expulsados.

Entonces descubrieron que el problema no eran los políticos sino el poder en sí mismo. Porque el poder halaga y encumbra de una manera misteriosa, embriaga de importancia a los insignificantes humanos que logran alcanzarlo a (casi siempre engañando a los votantes con proyectos estúpidos y promesas incumplibles), pero también los cambia, los corrompe, los insensibiliza y les bloquea toda conciencia crítica y moral bajo el pretexto mentiroso de la razón de Estado. La solución fue abolir el poder estatal y derogar los impuestos que lo sostenían. Cuando los europeos entendieron el absurdo de que sus estados «de bienestar», les quitaran la mitad o más de lo que producían, salieron a la calle y en tres días de movilización unánime e ininterrumpida, dieron por tierra con esa ilusión secular de: «te saco todo esto, pero mirá cuánto te doy a cambio». «¿Me das qué, parásito de mierda?», gritaron todos a la vez. Se desintegraron como papel mojado gobiernos, monarquías y parlamentos.

Siglos creyendo la buena gente que era una gran ventaja trabajar la mitad del año para el Estado a cambio de medicina, educación, policía, y una vejez segura. Pero alguien gritó: «¡Somos como caballos de carrera: el patrón nos da alfalfa, establo y veterinario gratis a cambio de que corramos para que él se lleve las ganancias!» Y por primera vez en siglos, todos descubrieron lo obvio: que sus servidores en lugar de servirlos los esclavizaban como si fueran animales sumisos. Me preguntarán: ¿por qué no lo vieron antes? Porque nada vale menos que una idea transformadora cuando aún no ha llegado su tiempo. Pero cuando ese tiempo llega, su resplandor provoca cambios aluvionales e imparables.

La Argentina fue uno de los últimos países americanos en demoler los infames corrales, y un día ya lejano nuestros antepasados también le dijeron basta al poder de unos pocos sujetos ambiciosos que pretendían mandar y exprimir a sus compatriotas.

Yo nací bajo el nuevo sistema, mis padres y abuelos, también. Desde hace siglos no conocemos otra cosa que esto que se ha dado en llamar «autogobierno», pero por la historia sabemos lo que fue el terrible caos al que los políticos poderosos de otros tiempos llevaron a la humanidad, cuando tomaban decisiones alejadas de la realidad en representación de los ciudadanos y siempre «por el bien de ellos». Entorpecían la producción (cuando no la impedían o aniquilaban), redistribuían riquezas ajenas, ponían siempre nuevos impuestos y el Estado era cada vez más grande y torpe. No hacía nada bien, era lento y desordenado, inventaba controles para crear nuevos ministerios y nombrar más burócratas, vigilaba a los emprendedores y les quitaba la libertad para trabajar, ahorrar e iniciar actividades innovadoras. Paralizaban la creación de riqueza y empobrecía sin remedio a todos. Los únicos que se volvían cada vez más ricos eran los políticos y sus amigos los empresarios incompetentes, sedientos de protección arancelaria y de contratos amañados de obra pública.

Todavía hay más de setenta países, casi todos gobernados por autocracias o tiranías, que continúan con el viejo sistema. Pueblos abrumados por el atraso tecnológico, la pobreza y la indigencia. Sabemos poco de esas naciones marginales porque han quedado aislados de la comunidad internacional y sólo pueden comerciar entre ellas y de forma muy primitiva.

En nuestro mundo avanzado, todo lo que antes monopolizaba el Estado lo hacen agencias privadas, que son empresas de servicios sociales de todo tipo y tamaño, algunas gigantescas, otras medianas y muchas pequeñas. Todas compiten libremente para ven­dernos seguridad, salud, educación, protección de nuestros derechos y administración de Justicia.

Sólo tenemos una Constitución y dos Códigos: el Penal y el Civil y Comercial. Una Convención Constituyente elegida por sufragio democrático hace quinientos años dejó en pie sólo la Declaración de Derechos y Garantías de la vieja constitución Alberdiana, abolió los tres poderes del Estado y creó las figuras y funciones de las agencias privadas a cargo de los distintos servicios que antes eran feudos de la política. La Convención declaró la nueva Constitución y los dos Códigos, los hizo públicos y depositó sendas copias, en carácter de custodia, en cada obispado católico, en la Unión de iglesias Evangélicas, en la Gran Mezquita de Buenos Aires y en todas las sinagogas judías, porque se consideró que estos cuatro grandes credos, sin tener ningún poder de coacción sobre las personas, son la fuente de autoridad moral más importante de nuestra sociedad, y, por consiguiente, garantes éticos de la legalidad fundamental.

Luego de poner en marcha el nuevo sistema, la Convención decretó su propia disolución.

Pero la actividad política no se terminó del todo, porque los dos códigos vigentes son revisados cada cinco años por una Asamblea Legislativa elegida por sufragio universal y que sólo dura un año en sus funciones. Cada ciudadano elige un solo asambleísta de una lista de postulantes honorarios de su ciudad de residencia. Todos los candidatos deben poseer un posgrado universitario como requisito mínimo de idoneidad, además de no tener antecedentes penales ni procesos en trámite. Los legisladores electos sólo debaten las modificaciones sugeridas por las distintas agencias o por iniciativa popular, y quedan facultadas para aprobar, modificar o rechazar las reformas propuestas. Depositan el texto final en las Instituciones religiosas para su custodia, y en la agencia privada que se ocupa de registrar, difundir e informar sobre todo lo relacionado con la legislación pú­blica, además de llevar las estadísticas de los resultados de su aplicación.


Cada legislador vuelve a su trabajo privado.

La Constitución y los dos Códigos son sagrados y nadie puede incumplirlos. ¿Quiénes los hacen cumplir? Las agencias privadas que la gente elige en cada ciudad del país. ¿Quién organiza y controla las elecciones quinquenales de reforma legislativa? Agencias privadas también elegidas por las personas. El sufragio universal es un derecho, no una obligación: el que quiere ejercerlo debe pagar una tarifa con la que se costean las utilidades de las agencias organizadoras.

No existen impuestos nacionales ni provinciales. Se terminó el federalismo: el país es ahora unitario, no hay gobernadores en las provincias ni intendentes en las comunas. El ordenamiento de las ciudades está a cargo de agencias de administración comunal elegidas por los ciudadanos cada tres años. En lugar de tasas municipales, los vecinos pagan una tarifa mensual por los servicios que desean recibir. Las obras públicas son iniciativas de empresas privadas que compiten en proyectos y precios. Una agencia las evalúa y las autoriza. Estas obras no las financia el ciudadano sino la empresa que las construye. Luego, cada persona paga por la prestación que recibe y sólo cuando la necesita. Por ejemplo: peaje en una calle, el paseo por una plaza, playa o peatonal o el alumbrado público frente a su casa.

Es decir, cada ciudadano o cada familia (o los habitantes de una cuadra o un barrio entero si todos se ponen de acuerdo) pagan a la empresa o agencia prestadora aquellos servicios que desean tener. Puedo no ir nunca a una playa, y no pago el derecho de tomar sol sobre la arena o meterme en el mar, o en el río. Si no tengo litigios con nadie, no pago por un servicio de Justicia que no necesito. Nada es gratis, se paga por todo: por la salud, por la educación, por la Justicia, por la seguridad, y por la protección de los derechos individuales. Pero los precios de estos servicios cotidianos son muy baratos porque surgen de la gran competencia entre las agencias que los ofrecen, y también por el creciente rendimiento del trabajo humano (eso que los economistas llaman «productividad»).  

Cuando necesite el servicio de Justicia, si yo soy el denunciante o el litigante, pagaré el precio de mercado y en la agencia que yo elija, ya sea entre las más eficientes, rápidas y de mayor seriedad y prestigio (que son las más costosas), o entre las económicas, como me ocurrió a mí cuando me caí del sistema y quedé en el desamparo.

Si la agencia elegida dicta una sentencia en mi favor, una agencia policial que yo elegiré y pagaré, me hará el servicio de ejecutarla. Por supuesto, hay varias instancias, hasta llegar a la agencia de Justicia Suprema, que, obvio, no es una sola como en el viejo mundo sino varias que compiten entre sí.  

La moneda que tenemos ahora es criptodigital; no existe más el dinero papel, los pagos se hacen apoyando un anillo fonovisual-inteligente y el dedo índice sobre los dispositivos detectores de códigos bancarios y huellas dactilares instalados en comercios y en todo tipo de servicios. Estos teléfonos anillos tienen múltiples funciones, entre ellas, proyectar imágenes tridimensionales (del tamaño que uno quiera) de aquellas personas con las que se comunica.

No existe un banco Central ni superintendencia de bancos, porque el mercado hace sus propias regulaciones, y los bancos sólo sobreviven si dan buenos servicios a sus clientes. Si un banco quiebra, arrastra con él a todos sus clientes y ahorristas, y ese riesgo hace que la gente elija muy bien en quién confía su dinero. Los bancos administran las cuentas de los ciudadanos, pagan intereses a los ahorristas, administran fideicomisos y fondos comunes de inversión y otorgan créditos y muchos otros servicios. Lo hacen con prudencia y mucha profesionalidad para ganarse la confianza del público.

Nuestra moneda constitucional es el Cripto$Peso (C$) La Constitución estableció una cantidad fija e inmodificable de criptopesos en circulación: Cien mil millones (C$ 100.000.000.000) decretaron los constituyentes hace cinco siglos. Y ese es todo el dinero que se mueve en nuestra economía. Al existir una cantidad constante de criptopesos, los precios siempre tienden a la baja en proporción directa al aumento de la producción, mientras que los sueldos pueden tanto subir como bajar, según la «productividad del trabajo» (mayor rendimiento logrado por mejores equipamientos, tecnología, capacitación, etc.). A mayor produc­tividad, mayores son los salarios que se ven obligados a pagar los empresarios si quieren conseguir personal idóneo o evitar que se les vaya el que tienen. Si a un empleador las condiciones del mercado le exigen reducir costos y debe despedir trabajadores, lo hace muy a su pesar (porque nadie quiere perder personal capacitado). Las indemnizaciones no son obligatorias, pero por una costumbre arraigada se otorgan compensaciones económicas cuando se producen despidos por razones de mercado.

Las agencias de estadísticas contratadas por las cámaras empresarias dan todos los meses los índices de deflación. Cada punto de deflación puede poner en dificultades o mandar a la quiebra a algunas empresas, pero aumenta el poder adquisitivo de los ciudadanos y abre las puertas a nuevas emprendimientos y oportunidades de negocios.

Y todos contentos. Bueno, todos los que logran mantenerse en el sistema. Los que nos hemos caído somos un capítulo aparte.

 

3

Cuando conocí a la que sería mi esposa, Sara Balcarce, yo estaba dando mis primeros pasos como ingeniero en la gigante corporación Industrias integradas Sigma Digital, conglomerado de más de veinte empresas multinacionales que incluían hasta un laboratorio farmacéutico en el que se desarrollaban medicamentos avanzados basados en anticuerpos monoclonales. Nos casamos y, como dije antes, al poco tiempo me trasladaron a Buenos Aires. Mi sueldo se duplicó y mi esposa empezó a ejercer su profesión en un importante estudio porteño. Logramos tener una buena vida, no nos sobraba la plata pero con los ingresos de los dos pudimos comprar una casa confortable en Recoleta, educar a nuestros dos hijos en los colegios más exclusivos y darnos el gusto de viajar al exterior durante las vacaciones.

Aunque hoy son habituales los matrimonios de tres o más personas, nosotros, por nuestra educación católica (más que por nuestras creencias, ya que los dos somos agnósticos), preferimos la monogamia tradicional, muy en retroceso en estos tiempos porque se la considera una unión egoísta y cerrada. Y también porque los matrimonios poligámicos tienen una ventaja: si algún consorte pierde el empleo, los otros pueden mantener a la familia y evitar su caída.

Cada tanto nos enterábamos de que alguna familia conocida se había caído del sistema, y eso nos angustiaba mucho. Caerse del sistema significaba quedarse sin nada, en la calle y a la buena de Dios, y esa amenaza aterraba a Sara.

Las personas de este tiempo les temen a dos cosas: a la muerte, que es inevitable, y a la caída del sistema, que depende en buena medida de lo que cada cual haga con su vida. Y no es que haya desempleo, ya que a diario se crean nuevos puestos laborales para todas las capacidades, sino que a determinadas personas no las quiere contratar nadie. Los desplomados (así se les dice a los caídos del sistema) son los que fueron cesanteados no por razones de mercado sino por mala conducta, por descuidos en su aspecto personal, por haber sido condenado por algún delito, por adicciones severas sin lograr recuperación, o por haber renunciado imprudentemente a sus empleos teniendo más de cincuenta años. Nadie quiere contratar a un hombre o mujer que pase de esa edad porque hay cientos de miles de jóvenes más preparados, entusiastas y actualizados en las tecnologías cuánticas que son preferidos para los nuevos empleos. Para no hablar de los viejos que pasan de los setenta años. Si estas personas no aportaron desde jóvenes a una aseguradora de retiro y son echados de sus empleos cuando dejan de ser útiles, a menos que tengan hijos dispuestos a mantenerlos, se caen del sistema y pasan a ser verdaderos excluidos o parias. Y hay personas que, por imprevisores, optan por no contratar seguros de retiro mientras son jóvenes. Confían en que van a poder reunir ahorros suficientes para su vejez. Algunos lo logran, otros, no.

En un sistema donde no existe el desempleo ni la pobreza, los desplomados son figuras fantasmales que enturbian con su desplazamiento miserable la estética de nuestras modernas y limpias ciudades. Este drama humano no fue previsto por los entusiastas constitucionalistas de hace cinco siglos. No previeron lo que podía pasar con la desaparición total del Estado y de la actividad política. Al fin y al cabo (reflexionan ahora algunos intelectuales), el Estado era como un padre de todos, negligente, torpe e inmoral, pero padre al fin, al que uno podía acudir en busca de alguna ayuda cuando todas las puertas se habían cerrado. Ahora, desde el punto de vista legal, no se puede hacer nada.

Son pocos los ciudadanos que piensan en estos desdichados, y cuando lo hacen es porque los ven deambulando harapientos y desesperados, visión ingrata que los hace temer por su propio futuro. En cierto modo, estas sombras vivientes, máculas desdorosas que se desplazan impotentes y sin rumbo, resultan paradojalmente un ejemplo útil para los jóvenes exitosos, porque al contemplar esos destinos sin esperanza toman conciencia de la necesidad de prevenir la vejez.

Entre los desplomados casi no quedan los muy viejos, porque se mueren pronto o se suicidan con la asistencia de las agencias de eutanasia. Estas agencias, que proporcionan una muerte sin dolor a cualquiera que lo solicite, no les cobran aranceles a los caídos. A cambio de sus servicios se quedan con sus restos, cedidos por contrato, para la comercialización de los órganos y otras piezas anatómicas.

Hay organizaciones de caridad que tratan de ayudar a estas personas. También las Iglesias colectan fondos para ellos, pero los desplomados cada vez son más, y la caridad no pueden atenderlos a todos. Y aun aquéllos que reciben la ayuda también viven en la peor pobreza y al margen de la sociedad activa y próspera. Es además humillante y muy penoso para quienes tuvieron una vida decorosa y de pronto deben ir a pedir comida a una institución religiosa o civil.

En los alrededores de las grandes ciudades se congregan estos marginales que sobreviven como pueden. Duermen en hexágonos tubulares plásticos de dos metros y medio de largo y vistosos colores que alquilan a muy bajo precio las empresas dedicadas a ese negocio, intercambian con otros caídos algunos bienes y servicios que ellos producen de manera artesanal. Usan el trueque y medios de pago alternativos como los cigarrillos, porros de marihuana, botellas de bebidas y cualquier cosa que tenga un valor de mercado, porque todos ellos han perdido el acceso a sus cuentas bancarias al habérseles bloqueado los anillos electrónicos indispensable para hacer pagos o recibirlos. Todas las ciudades tienen sus barrios periféricos de hexágonos apilados con baños colectivos y senderos arbolados donde duermen los desplomados, y es común ver a ejecutivos de ambos sexos ofreciendo servicios sexuales a cambio de ropa o comida, o a gerentes y directores de otros tiempos, mendigando cigarrillos para usarlos como moneda de trueque. Las agencias que administran la seguridad policial controlan las entradas y salidas de los desplomados a las ciudades productivas, y suelen ser muy duros con ellos para que no se amontonen ni molesten demasiado a los ciudadanos activos.

Todavía no son demasiados estos marginales. Tal vez un cinco por ciento de la población. Pero se observa con preocupación que se multiplican. Nadie sabe qué hacer con ellos porque no existe ninguna autoridad que pueda intervenir, salvo instituciones de bien público sin fines de lucro y algunas órdenes religiosas que se instalan en los conglomerados de hexágonos para ayudarlos como pueden. Estas entidades suelen otorgar becas para que algunos niños nacidos del otro lado del sistema puedan asistir a las escuelas privadas. Esto, que beneficia a muy pocos, se solventa con donaciones que hace algunas personas compasivas, porque la gran mayoría se ha endurecido y sólo se preocupa por su propio presente y por la incertidumbre de su futuro.

Los caídos carecen de atención médica y sólo algunos logran internarse en los escasos hospitales públicos de esas instituciones de caridad. La mayoría muere por enfermedades curables, por falta de atención y de medicamentos. La expectativa de vida en el mundo formal es hoy de 110 años, y entre los caídos, apenas de 70, con mucha suerte.

Desplomarse súbitamente, de un día para el otro, es una amenaza que se cierne sobre todos los ciudadanos. Yo, como muchos otros, no pensaba en eso como tampoco pensaba en la muerte. Pero el azar me tenía reservado ambos destinos cuando todavía estaba en la primera mitad de mi vida.

Pero volviendo a lo que estaba contando, Tuve una familia feliz y un excelente puesto de trabajo. Nuestros dos hijos se pusieron de novios con dos hermanas y contrajeron un matrimonio de cuatro. A Sara y a mí no nos gustó esa decisión, pero la respetamos y les regalamos a los cuatro un departamento espacioso con una cama de cuatro plazas para que vivan como ellos quieren.

Confieso que en más de una ocasión pasó por mi mente la fantasía de imaginar cómo sería la vida sexual de dos hombres y dos mujeres conviviendo en la intimidad. Y eso me trajo ciertas inquietudes que no se habían asomado antes a mi conciencia pero que seguramente ya estaban latentes desde mi juventud. Comencé a pensar que una sola mujer, por mucho que uno la amara, podría, desde el punto de vista sexual, ser poco para un hombre moderno. Y también para muchas mujeres. Y empecé a imaginar que un matrimonio de cuatro permitía el intercambio de las parejas y los nuevos placeres que era posible hallar en una convivencia variada y con seguridad mucho más excitante que la repetida, y no pocas veces rutinaria, monogamia.

Hice coraje y se lo comenté a Sara una noche en que estábamos acostados y nos disponíamos a tener sexo.

—¿Nunca pensaste cómo será la vida sexual de los chicos? —le pregunté mientras comenzaba a tocarla como a ella le gustaba.

—Qué se yo… No me interesa.

—No me niegues que alguna vez imaginaste a los cuatro en esa cama grande teniendo sexo intercambiado.

Ella gimió cuando puse mis dedos entre sus piernas. Yo insistí mientras ella se excitaba con mis maniobras acostumbradas.

—Debe de ser interesante hacerlo un día con uno, otro día con el otro. ¿A vos te gustaría coger con otro hombre mientras yo lo hago con otra mujer, los dos en la misma cama?

—No, me parece que no… Yo sólo te quiero a vos —me abrazó y me besó en la boca mientras deslizaba su pierna debajo de la mía para que nos acopláramos. Sara no necesitaba mucho preámbulo para ser penetrada y disfrutar de un rápido primer orgasmo.

—Tal vez debiéramos pensarlo, no estaría mal una experiencia más intensa…

—Abrazame que ya estoy por acabar —rogó sin prestar atención a mis palabras.

Dejé de hablar por un breve tiempo, me puse arriba de ella y esperé que gozara su primer orgasmo, que era siempre menos intenso que el segundo. Cuando terminaron sus estremecimientos y se relejó, volvimos a la posición de costado y yo reduje mis movimientos hasta una dulce lentitud para prolongar el placer y seguir hablando de lo que me importaba.

—No me contestaste.

—¿Qué cosa? —Ella todavía estaba flotando en el éxtasis, por lo que fui desconsiderado al insistir en la conversación.

—Decía si a vos te parece como a mí que sería gratificante hacerlo con otra pareja, juntos.

—Yo quiero disfrutar con vos, no me interesa otro hombre.

—¿Y otra mujer?

—¿Qué decís?

—Qué te parecería otra mujer…

—¿Querés otra mujer para vos? —se alarmó.

—Para los dos, podría ser una bisexual…

—¿Qué?

—Una bisexual, para que la compartamos…

—¿Hablás en serio? ¡A mí no me gustan las mujeres!¡No soy lesbiana, por si no lo sabés!

Se había puesto tensa y yo, ansioso. Mi erección huyó espantada. Nos separamos y ella se puso boca arriba mirando seria el cielorraso. Traté de arreglarlo.

—Sara, no quise ofenderte. Sólo fue una idea loca. Nada serio.

—Pero me hablás de traer otra mujer a esta cama. ¿No estás conforme conmigo? ¿Qué te pasa?

—Te pido disculpas. No fue eso lo que pensé. Por supuesto que estoy conforme con nuestra intimidad. Pero pensé en los chicos y, no sé, me vinieron ciertas fantasías.

—Está bien. No estoy enojada. Me molestó que me propusieras eso. Nuestro matrimonio es monógamo y los dos lo elegimos así. No pensemos en cosas raras a esta altura de nuestra vida.

—De acuerdo, de acuerdo. Olvidate lo que dije.

Se puso otra vez de costado y me besó. Me acarició con habilidad y en segundos estuve otra vez listo para recomenzar lo interrumpido. Estuvimos moviéndonos unos segundos, luego ella se puso encima de mí, se quitó el camisón e hizo bambolear sus grandes senos con el movimiento circular de su cuerpo sabiendo que eso me gustaba. Me hizo acabar en seguida; y, como le ocurría siempre, al sentir mi pulsátil derrame estalló su excitación y tuvo su segundo y más impetuoso orgasmo.

A la mañana siguiente ella se levantó con buen humor y yo desayuné un poco avergonzado por lo que le había dicho la noche anterior. Ella no mencionó para nada el asunto y no volvimos a hablar de esa loca fantasía mía.

6

Quinientos tres años antes

En el año 2520 la República Argentina estalló.

Ya desde varios siglos antes el país había perdido una parte de la Patagonia que se transformó en un reinado ancestral Mapuche con reconocimiento internacional, se había producido la sexta hiperinflación de la historia, soportó varias autocracias con períodos alternados de recuperación democrática y hasta una fracasada experiencia socialista que duró casi un siglo. El último experimento fue democrático, de insulsa economía dirigida e inflacionaria, parecido a los de los siglos XX, XXI y XXII. Los ciudadanos, hartos de los políticos, de las penurias económicas y de la falta de libertades decidieron cambiar el sistema de organización social siguiendo los lineamientos de los más importantes países del mundo.

Como en otras latitudes, incluidos sus vecinos los uruguayos, chilenos y brasileños, la siempre dominante clase media simplemente salió a la calle y se quedó ahí durante días hasta que cayó el gobierno, renunciaron todos los legisladores y el poder pasó transitoriamente al presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

El nuevo presidente provisional entendió lo que la inmensa mayoría de los argentinos querían, designó una junta consultiva entre los principales representantes de la sociedad en rebeldía (donde no hubo políticos ni sindicalistas) y todos coincidieron en que había que realizar, en menos de cinco años, las siguientes transformaciones:


  • Convocar de inmediato a una Convención Constituyente con el mandato de dictar una nueva Constitución donde se ratifiquen los derechos y garantías individuales del Art. 14ª de la Constitución histórica pero queden abolidos los tres poderes del Estado.
  • Destituir a todas las autoridades provinciales y municipales y declarar a la Argentina como República de autogobierno con economía de mercado.
  • Establecer la institucionalidad de agencias privadas que se hagan cargo de ofrecer, en concurso simultáneo y permanente competitividad, los servicios de Justicia, seguridad, salud, edu­cación, obras públicas de infraestructura y administración municipal, carcelaria y de defensa territorial.
  • Dejar cesantes a todos los empleados públicos nacionales, provinciales y municipales, incluyendo policías, militares y fuerzas de seguridad, pero con sus salarios asegurados durante cinco años. Para esto, el presidente provisional contratará fideicomisos con bancos privados que administrarán el patrimonio fideicomitido y depositarán todos los meses los salarios de los exfuncionarios en sus respectivas cuentas bancarias.
  • Privatizar todas las empresas estatales y los bancos oficiales, nacionales y provinciales. Poner a la venta todos los edificios públicos, ministerios, secretarías, tribunales y hasta la casa de gobierno de Balcarce 50. Los fondos obtenidos de estas ventas se destinarán a la cancelación de la deuda pública.
  • Crear un nuevo signo monetario digital cuya cantidad para toda la economía será fija e inamovible, encriptada mediante un algoritmo inaccesible e inalterable. Esta nueva moneda competirá libremente con el dinero papel actual, y con otras monedas privadas locales o extranjeras. Su cotización será establecida diariamente por el mercado libre de divisas. La Convención fijará un tiempo al cabo del cual la moneda de papel deberá ser convertida por los bancos a la cripto moneda de transacciones exclusivamente electrónicas.
  • Liquidar las cajas de jubilaciones y transferir en fideicomisos sus fondos y el dinero obtenido por la venta de sus bienes, equipamientos y edificios, a los bancos privadas que acepten participar, quienes abonaran mensualmente las jubilaciones habituales a sus beneficiarios, pero en este caso sin otra fecha de vencimiento que la del fallecimiento de cada uno de estos. Simultáneamente se institucionalizará el seguro privado de retiro, que será voluntario y de libre elección para todos los ciudadanos que deseen prevenir las contingencias de la vejez.
  • Derogar todas las leyes nacionales y provinciales y promulgar sólo dos códigos: uno, Penal y Contravencional, y el otro, Civil y Comercial, con sus respectivos reglamentos procedimentales. Con la derogación de las leyes se extinguirán todos los impuestos nacionales y provinciales y tasas municipales por servicios. Tanto la producción de bienes y servicios como la exportación e importación de productos o materias primas son actividades libres para cualquier ciudadano, empresa o sociedad de hecho, sin otras limitaciones que las que determine la nueva Constitución y los dos códigos que se pondrán en vigencia.
  • Derogar todos los convenios colectivos de trabajo. Los salarios serán fijados por el mercado, y las condiciones de trabajo, por el Código Civil y Comercial. Los sindicatos existentes y los nuevos que se creasen, serán libres de ejercer sus funciones de protección y asesoramiento gremial y legal a sus afiliados, y la administración de sus mutuales de salud, las que serán de adhesión libre. Cada ciudadano que quiera afiliarse voluntariamente a un sindicato podrá elegir en cuál hacerlo, independientemente de su especialidad laboral. El Código Penal castigará cualquier tipo de coacción, extorsión o violencia sindical contra las empresas privadas o trabajadores que no quieran afiliarse. Se reconocerá el derecho de huelga, pero también el derecho del empleador de prescindir de los empleados que hagan abandono de su trabajo.
  • Establecer una Convención Legislativa quinquenal, elegida por los ciudadanos entre candidatos que se postulen a título personal o en representación de entidades civiles, con exigencias severísimas de idoneidad intelectual y moral, para reformar parcialmente los dos códigos (Penal y Civil) e incorporar de ser necesario nuevos artículos, siempre sobre la base de iniciativas populares validadas con la firma de una cantidad mínima de ciudadanos, o bien a solicitud de las agencias privadas o cámaras empresariales dentro de sus esferas de competencia.
  • A partir de la aprobación de las nuevas normas, la Convención otorgará por única vez poderes especiales al presidente provisional para que en un plazo de cinco años deje en pleno funcionamiento la nueva Constitución de la República Argentina, pero a su vez deberá hacer un seguimiento de las transformaciones y podrá intervenir como autoridad soberana en caso de incumplimientos o desviaciones del plan adoptado. Cumplidos los cinco años, ambas autoridades (Convención y Presidencia provisional) quedarán disueltas y ninguna otra autoridad política podrá reemplazarlas.

 

Cuando la población se enteró de estas directivas para la futura Convención Constituyente hubo una gran conmoción. La mayoría lo festejó en las calles, pero muchos otros, sobre todo las personas ligadas a la administración nacional y provincial, empleados, altos funcionarios, proveedores del Estado, empresarios prebendarios de la obra pública, dirigentes sindicales y policías y militares estallaron en furioso rechazo. Hubo manifestaciones violentas y hasta enfrentamientos armados, murieron muchas personas de uno y otro bando, pero finalmente la gente votó con sensatez una Convención Constituyente dispuesta a materializar la tarea transformadora encomendada.

Todos los países del mundo evolucionado festejaron esta decisión tardía pero trascendental de la Argentina y los grandes empresarios extranjeros se atropellaban para lle­gar primero a un país donde todo estaba por hacerse y un campo gigantesco de oportunidades de negocios se abría tentador a inversores grandes y pequeños, en el campo, en la industria, en la minería, en los transportes, en la banca, en los servicios aerocomerciales, en las compañías navieras y, por supuesto, en el mundo de la inteligencia artificial, las artes y las ciencias.

Antes de que transcurrieran los cinco años de gracia, los empleados públicos cesanteados ya tenían nuevos empleos mejor remunerados, aunque siguieron percibiendo, de pleno derecho y hasta su extinción, sus antiguos salarios asegurados por los fideicomisos.

El comercio exterior fue lo primero que alzó vuelo. Muchas grandes empresas nacionales y extranjeras se dedicaron a construir nuevos puertos y a reformar los existentes para recibir buques de carga de más de dos millones de toneladas que llegaban de a millares de todo el mundo para traer mercaderías e insumos y llevar productos argentinos. Pronto se terminó la mano de obra disponible y hubo que traer inmigrantes de países fuera del sistema para que hicieran los trabajos más ingratos (aunque muy bien pagados) que rechazaban los argentinos. En poco tiempo la población llegó a trecientos millones de habitantes y el país se posicionó como el más próspero y evolucionado de América, con las excepciones de EE. UU. y Canadá.

Para el año 2540 comenzaron a verse los primeros «desplomados», o caídos del sistema. Eran por entonces muy pocos y nadie se interesó en ellos. Sólo las iglesias predicaban sobre este nuevo e inesperado flagelo social e instaban a sus fieles a no permitir que ningún hermano quedara fuera del sistema y totalmente desamparado. Algunos fieles ayudaban, y otros se mostraban indiferentes.

Desplomados había en todo el mundo autogobernado, pero como todas las personas activas (las que vivían dentro del sistema) estaban en plena efervescencia evolutiva y embarcadas en entusiastas planes y negocios, no tenían tiempo ni predisposición para prestar atención a este nuevo drama humano. Recién siglos más tarde, cuando los desplomados ya eran claramente visibles por todos lados, comenzó a generarse una preocupación colectiva en todo el mundo. La gente entendió entonces que todos estaban expuestos a esa catástrofe personal, y que cualquiera podía caerse del sistema, lo cual los aterró. Pero se inquietaban por ellos y por sus familias, no por los desgraciados que ya se habían caído. Casos había en que ni los hijos se preocupaban por sus padres desplomados. La velocidad con que las personas, desde muy jóvenes, lograban prosperar y avanzar en sus proyectos de vida, los volvió muy egoístas e insensibles. Es que la sensibilidad humanitaria requiere tiempo de reflexión, y el tiempo era la materia más escasa y valiosa del nuevo mundo. Sólo las iglesias y las entidades de bien público sin fines de lucro hacían algo por los desplomados. No había otro medio institucional para sacarlos de ese destino.

 

 

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