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Yo le conté la Navidad a San Lucas

Cuento de Navidad del escritor argentino Enrique Arenz

Ilustracion Yo le conte en gris001


1

Salimos de Nazaret a la madrugada y llegamos a Belén al anochecer del cuarto día. La travesía en caravana fue agotadora pero segura. De los ondulantes campos de trigo con abundantes fuentes y bosques de encinas de Galilea, pasamos a las depresiones menos fértiles de Samaria; y de Samaria, a los áridos declives de Judea con sus bajas colinas y valles pedregosos.

José caminaba a mi lado. Estaba fastidiado por tener que ir a Belén con su mujer embarazada nada más que para empadronarse. María iba sobre mi lomo. Era liviana, casi no la sentía. ¡Y qué niña tan dulce! Me hablaba todo el tiempo, me hacía mimos, me acariciaba las orejas. Era una felicidad llevarla a cuestas.

Soy una de las pocas personas que recuerdan sus vidas anteriores. Fui mosca en la edad de piedra, ratón siglos después y hace dos mil años reaparecí en este mundo como un simpático y sufrido burrito

Anochecía cuando llegamos al pueblito de David.

¡Dios, qué gentío! Las angostas calles de Belén estaban atestadas de personas y animales. Era una noche lluviosa y fría. Nos costó abrirnos paso en dirección del mesón de Jeremías, el único del pueblo. José conocía al dueño.

─Amigo José, cuánto lo siento. No tengo lugar para ustedes.

─Por favor, Jeremías ─suplicó José─ un rincón para que descanse María, está por dar a luz…

─José, es imposible, tengo gente hasta en mi propia cocina. Todos han venido a cumplir el edicto de Augusto César; ¿y sabes para qué? ─Jeremías miró cautelosamente a los costados y bajó la voz─: para cobrarnos más impuestos, para eso nos quieren censar. Pero, en fin, veamos qué puedo hacer por ti. A ver… mira, aquí cerca tengo el establo, es una gruta, cruzando ese descampado; puedes albergarte allí si lo deseas; al menos tendrás un abrigo. Llévate esta lámpara de aceite.


2

Entramos en la oscura gruta. Nos miraron con curiosidad una vaca un buey y varias ovejas. Me acerqué a ellos mientras María se arrodillaba para orar y José improvisaba un lecho tendiendo una manta de lino sobre una piedra plana.

─Hola.

─Hola─ contestó la vaca mirándome con desconfianza.

─Gruuf─ bufó el buey de mal humor.

─Vengo con esta pobre gente que no consiguió alojamiento.

─¿Quiénes son?

─Ella se llama María y está encinta.

La vaca observó detenidamente a María.

─Qué raro… ─ murmuró.

─¿Raro…? ¿Qué es lo que te llama la atención?

─No sé… esa mujer tiene algo especial. Su silueta parece resplandecer.

Contemplé a María que oraba en silencio y noté que hasta José la vigilaba con nerviosismo. “Es el candil que proyecta extrañas sombras”, me dije sin convencerme. Intuí que algo extraordinario estaba por suceder en aquella miserable cueva. 

3

─José─ la voz de María nos sobresaltó.

─¿Sí…?

─Creo que voy a tener al niño…

─No te preocupes, todo va a salir bien.

─Parece que va a parir ─susurró la vaca─. Esto va a ser divertido.

María comenzó a quejarse por los dolores del parto. José hizo de matrona con habilidad. El establo se iluminó con una luz suave y azulada y se oyó el llanto de un bebé. José iba y venía atareado. El pequeño lloraba como cualquier recién nacido. José acomodó un poco el heno de un comedero cercano, lo cubrió con una blanca piel de cordero y colocó allí al niño ya lavado y envuelto en pañales.

─Qué feíto es ─bromeó José.

─Es hermoso ─replicó la madre mientras lo acariciaba desde su improvisado lecho.

María entonó una canción de cuna y al terminar su arrullo le dijo al bebé con voz muy baja: “Bienvenido a este mundo, Señor”.

El pequeño se durmió. La vaca y yo nos acercamos con arrobamiento. Hasta el buey se sintió atraído por el enigma de esa escena irrepetible y levantándose trabajosamente se acercó al pesebre.

María estaba dormida. José contemplaba al niño y por momentos dormitaba. La vaca, el buey, dos de las ovejas y yo rodeamos el pesebre y miramos extasiados esa imagen cautivadora. El recién nacido tenía el pelito renegrido y la tez morena. Sus manitas, al moverse, dejaban, como luciérnagas, una estela en la semioscuridad.

Y así nos quedamos inmóviles, no sé por cuánto tiempo.

Aturdido salí de la gruta y comencé a caminar sin rumbo. No habrá pasado ni una hora cuando el cielo ahora estrellado y limpio comenzó a relampaguear. A pocos pasos de mí se hallaban unos pastores con sus rebaños. Algo increíble ocurrió entonces. Un destello deslumbrante rasgó la penumbra neblinosa de la madrugada y un gigantesco joven alado descendió de las alturas y quedó suspendido en el aire frente a los horrorizados pastores.

─Pastores de Belén, no teman, soy un ángel del Señorlos tranquilizó con voz profunda y suave el joven alado─; vengo a darles una noticia de grandísimo gozo para el pueblo: hoy ha nacido en la ciudad de David, el Mesías, Cristo Nuestro Señor. Vayan a adorarlo. Esto les servirá de señal: hallarán al niño envuelto en pañales, acostado en un pobrísimo pesebre

Dicho esto un gigantesco telón con estrellas pareció descorrerse en el firmamento y cientos de seres alados, algunos con largas trompetas, entonaron estas alabanzas:

 

“Gloria a Dios en las alturas
Ha nacido el Salvador
Paz en la Tierra
A todos los hombres que ama el Señor”
 

 4                                                                                       

Ignoro lo que pasó después en la gruta. José tuvo que entregarme al recaudador de impuestos luego de empadronar las tierras y el taller de carpintería que poseía en Nazaret, y el funcionario romano me vendió a unos mercaderes persas que me llevaron a Siria. A los pocos días enfermé y morí. Mi espíritu vagabundeó confusamente durante cerca de sesenta años. Yo hasta hace poco no conservaba recuerdo alguno de esas épocas de trashumante incorpóreo, hasta que días atrás tuve una repentina visión de ese oscuro pasado.

Entonces se develó para mí el misterio de los Evangelios. ¿Por qué el único Evangelio en el que se describe el Nacimiento es el de San Lucas? Mateo, por ejemplo, sólo relata la visita de los tres magos de oriente y la matanza de los niños por orden de Herodes, acontecimientos históricos conocidos por todos en su época, pero nada dice del Nacimiento en la gruta y la revelación de los pastores. San Marcos y San Juan, por su parte, inician sus evangelios describiendo a un Jesús ya grande, que se le aparece a Juan el Bautista a orillas del río Jordán. Pero ninguno de los tres menciona la gruta de Belén porque no podían saber lo que sucedió allí, ya que por alguna razón Dios dispuso que los únicos testigos de ese acontecimiento fueran animales. ¿Cómo lo supo Lucas? ¿Cómo podía saber todo eso un erudito de Antioquía nacido veinte o treinta años después a cientos de kilómetros de distancia? Más aún: ¿Por qué Lucas no describe la visita de los magos y el crimen de Herodes, hechos, como dije, narrados por Mateo y que se produjeron poco después del Nacimiento?

5

Este enigma ha intrigado a los estudiosos por siglos. Pero ahora sé lo que ocurrió, y se lo digo a usted que es escritor para que lo divulgue. Sesenta años después de mi muerte, mi espíritu pasó por Antioquía y se sintió misteriosamente atraído por un médico muy respetado, hombre culto y sensitivo que en sus horas libres escribía poemas y narraciones mitológicas. Me le aparecí en sueños y le conté la historia de Belén.

Lucas (o Lucano), un gentil que todavía no había conocido a Silas ni a Pablo de Tarso y por lo tanto nada sabía aún sobre el Cris­tianismo, escribió inmediatamente lo que había soñado. Pero en ese escrito, que más tarde formaría parte de su Evangelio, no me menciona para nada, típica negación de todo escritor que plagia las ideas de otro. No le guardo rencor; después de todo, ¿quién se atreve a confesar que dialogó con el espíritu de un burro?

La prueba de que yo fui testigo lúcido de aquellos acontecimientos está en la omisión que hace Lucas de la llegada de los magos y la masacre de los inocentes. Él no podía conocerlos porque cuando ocurrieron yo ya no estaba en Belén, por lo tanto no se los pude relatar.

Y esto es todo. Fui yo quien le contó la Navidad a este Santo, y él se lo contó a toda la humanidad…

*  *  *

El anciano sacerdote terminó su extraño relato y se reclinó en la mecedora de su celda franciscana. Su mirada cansada quedó como perdida en el milenario pasado que acababa de evocar. No me respondió cuando me despedí de él.

 

© Enrique Arenz
Prohibida su reporducción en internet
sin la expresa autorización del autor.

Publicado en:

Diario La Capital de Mar del Plata, diciembre de 1994
Diario El Comercio de Ecuador, diciembre de 2007

Cuentos de Navidad (Editorial Dunken, 2001) 
Mágica Navidad (Editorial Dunken, 2012

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