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Wilm Hosenfeld, un oficial nazi que salvó judíos y polacos

por Enrique Arenz

Este capitán del ejército alemán fue uno de los nazis heroicos que arriesgaron su propia vida para ayudar a judíos y polacos durante la ocupación alemana en Polonia.

Se llamaba Wilm Hosenfeld, un ser bondadoso y valiente cuyos actos humanitarios jamás habríamos conocido si la casualidad y la gratitud de uno de sus beneficiarios no los hubieran rescatado del olvido  muchos años después de su injusta  muerte en un campo de prisioneros de la Unión Soviética.

Nadie sabía una palabra sobre la vida de este militar alemán, uno más de los tantos oficiales del Ejército germano, afiliado además al partido nazi, y su nombre habría quedado en el más injusto anonimato si un libro autobiográfico del pianista judío polaco Wladyzlaw Szpilman no hubiera caído, casi por casualidad, en las manos del cineasta Román Polansky.

Aunque Szpilman fue un concertista y compositor relativamente famoso en el mundo cultural de la posguerra, su libro titulado “El pianista del gheto de Varsovia”  no logró mayor difusión. 

Polansky, que había conocido en su desdichada niñez el horror del nazismo en Cracovia donde su madre murió en un campo de concentración por ser descendiente de judío por parte de padre, conmovido por esos recuerdos y los hechos narrados en esas páginas, decidió filmar la película El Pianista que todos los amantes de la música hemos visto con irreprimible emotividad. La película se estrenó en el año 2002 y ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes y tres Óscar de la Academia de Holliwood.

Esta es la historia: En noviembre de 1944, el ejército alemán en Varsovia estaba reacondicionando una casona abandonada para ser utilizada como el cuartel general de las fuerzas de ocupación. Al mando de esas tareas estaba el capitán  Wilm Hosenfeld. Este oficial recorría los recovecos de esa antigua casa mientras tomaba notas y planeaba la refacción cuando se encontró sorpresivamente frente a un sujeto vestido con harapos, flaco, mugriento, de larga barba negra y apariencia de haber sufrido muchas privaciones. Era Władysław Szpilman, un judío que venía escapando de los alemanes desde hacía años, y que por haber sido un artista conocido y muy querido por los polacos que lo escuchaban en la radio Varsovia recibió ayuda de muchos de ellos que se arriesgaron por protegerlo. Pero la situación se fue agravando a partir del levantamiento del gheto de Varsovia y Szpilman terminó escondiéndose en el desván de esa casona semiderruída, donde carecía de agua, calor y comida. 

El pianistaq

La escena más intensa de la película El pianista

Szpilman quedó paralizado de terror cuando se enfrentó con ese uniformado que se había quedado mirándolo con curiosidad y gesto adusto. El oficial lo interrogó, y cuando Szpilman le dijo que era pianista le ordenó que lo siguiera. Pasaron a una habitación donde había un piano de concierto cubierto de polvo. El capitan levantó la tapa y le pidió al pianista que tocara algo. Szpilman, con las manos entumecidas por el frío y las uñas sin cortar, arrimó tembloroso una silla al teclado y tocó un fragmento de la “Ballada No. 1” en Sol menor de Federico Chopin. Cuando terminó, Hosenfeld se quedó un largo instante mirándolo con asombro y admiración. En la película se ve al pianista, protagonizado magistralmente por el actor Adrien Brody, mirando al piso, sin atreverse a levantar la vista. Sabía que cualquier judío hallado por un oficial alemán recibía una muerte inmediata, porque esas eran las órdenes del alto mando.

Sin embargo el oficial alemán le pidió al fugitivo que le mostrara su escondite. Una vez en el lugar, lo inspeccionó y le sugirió disimular mejor el acceso a la buhardilla para no correr el riesgo de ser hallado. Finalmente le proveyó comida y le recomendó que se mantuviera oculto. Durante un mes, Hosenfeld le dejó cada día una porción de comida envuelta en papel de periódico. En esas hojas Szpilman podía leer las últimas noticias que anunciaban la pronta caída de Alemania.

Cuando Polonia fue liberada por el ejército soviético, el capitán Hosenfeld fue tomado prisionero por junto con otros militares alemanes, y Wladyzlaw Szpilman volvió a desempeñar su cargo de director y pianista de la Radio Polaca.

Por entonces Szpilman no conocía ni siquiera el nombre del oficial nazi a quien le debía la vida. No tardó en averiguarlo. Intercedió por él ante la autoridad comunista de Varsovia a la cual solicitó insistentemente que se lo localizara y se le reconocieran sus gestos humanitarios. Fue inútil. Las nuevas autoridades polacas no estaban dispuestas a aceptar que un nazi mereciera consideración alguna por su conducta durante la guerra, y menos, agradecimiento. Trataron de sacarse de encima al molesto pianista pero éste no cejaba en sus reclamos. Finalmente le dijeron que lo que él pedía era imposible, que se trataba de un oficial de inteligencia y que por ese motivo ya había sido llevado a Stalingrado para ser exhaustivamente interrogado.

Szpilman escribió inmediatamente sus memorias y el libro se publicó en Polonia en 1946, apenas un año después de terminada la guerra. En uno de los capítulos narra vívidamente su encuentro con el capitán Hosenfeld y hace público su infinito agradecimiento por la ayuda recibida. Le debe la vida y quiere retribuir ese compromiso moral difundiendo el acto humanitario, siempre con la esperanza de poder rescatarlo. Lamentablemente el libro fue censurado por las nuevas autoridades comunistas, y retirado inmediatamente de circulación.

Hubo que esperar a que la URSS desapareciera para conocerse que el capitán Hosenfeld fue torturado en interminables interrogatorios y sometido durante siete años a durísimas condiciones de cautiverio. Se enfermó, no recibió atención médica y falleció en una celda el 13 de agosto de 1952.Tenía 57 años. “El hecho es que toda suerte de canallas y malhechores siguen libres, mientras que este hombre, que merece una condecoración, tiene que sufrir”, se lamentó en 1950 Leon Warm, otro judío a quien Hosenfeld había salvado en Varsovia.

Debieron pasar cincuenta años hasta que el libro de Szpilman volviera a editarse en inglés. Eso sucedió en 1998, y fue un éxito editorial, aunque nunca llegó a tener una difusión masiva. Pero, como dijimos, el libro llegó a las manos de Román Polansky quien decidió filmar la película que mostró, ahora sí masivamente, ese suceso tan conmovedor.

Pero eso no es todo. Según se ha sabido recientemente, Hosenfeld, que era miembro del partido nazi desde 1935, estaba profundamente desilusionado del partido y de sus dirigentes, especialmente cuando vio la forma en que eran tratados los polacos. Había escrito en su diario que los alemanes pagarían muy caro esos crímenes. Él y otros oficiales sentían simpatía por el pueblo de la Polonia ocupada. Avergonzados de lo que Alemania estaba haciendo, se ofrecieron secretamente a quienes necesitaban su ayuda.

Hosenfeld se hizo amigo de muchos polacos e incluso se esforzó en aprender su lengua. Era muy católico, acudía a los oficios religiosos, se confesaba y tomaba la comunión en iglesias polacas, a pesar de que esto les estaba prohibido a los oficiales alemanes. Sus actos en favor de los polacos comenzaron ya en 1939 cuando, en contra del reglamento, permitió que los prisioneros de guerra tuvieran acceso a sus familias e incluso consiguió la liberación de algunos de ellos.

En numerosas ocasiones utilizó su alto cargo para dar refugio a personas que estaban en peligro de ser arrestados por la Gestapo, ya fueran polacos o judíos, y hasta llegó a proteger a un alemán perseguido por desertor. Su ayuda consistía muchas veces en proporcionarles documentación para que pudieran trabajar en el centro deportivo que estaba a su cargo. En no pocas oportunidades les asignaba nombres falsos para mantenerlas ocultas, ya que figuraban en las listas de la Gestapo. 

Según consigna Wikipedia, el hijo del pianista Wladyslaw Spilman, Andrzej Szpilman (cuando ya su padre había fallecido), solicitó al Estado de Israel que reconociera a Hosenfeld como  “Justo entre las Naciones”, un título que se concede a los no judíos que arriesgaron su vida por salvar a los judíos. El 25 de noviembre de 2008 se produjo dicho reconocimiento, y el 19 de junio de 2009 Israel honró la figura de Hosenfeld en una ceremonia celebrada en Berlín. Hosenfeld se convertía así en uno de los pocos militares alemanes que participaron en la II Guerra Mundial merecedores de recibir ese título de honor, una distinción concedida por el centro Yad Vashem del Holocausto.

Los hijos de ambos protagonistas, Hosenfeld y Szpilman, asistieron emocionados a la ceremonia. “Somos conscientes de que este es el mayor honor con que el Estado de Israel reconoce a los no judíos”, declaró el hijo del capitán alemán, Detlev Hosenfeld.  “El salvador de la vida de judíos al que honramos muestra que hubo gente de uniforme, incluso bajo la dictadura y el terror, que defendieron la humanidad y la compasión”, dijo el embajador adjunto de Israel en Berlín, Ilan Mor.

Por su parte, el presidente de Polonia concedió en 2007 a Wilm Hosenfeld la Cruz de Comandante de la Polonia Restituida. Si el pobre Hosenfeld hubiera vivido para recibir esos honores…

Es conmovedor y reconciliador con la condición humana saber que en la terrible Alemania nazi hubo personas decentes que desobedecieron a un tirano y despreciaron el peligro para servir a los altos valores de la humanidad. Por ejemplo: el coronel Claus von Stauffenberg, que el 20 de julio de 1944 comandó junto a varios oficiales el golpe de Estado conocido como Operación Valquiria para asesinar a Hitler y a Himler y arrestar a sus principales lugartenientes, operación que fracasó y todos los implicados fueron sometidos a juicios humillantes y ahorcados con cuerdas de piano; o los hermanos Sophie y Hans Scholl, estudiantes universitarios, activistas antinazis pertenecientes a la organización Rosa Blanca, que fueron condenados por repartir volantes en la universidad y ejecutados en la guillotina en febrero de 1943; o el sacerdote franciscano Maximiliano Kolbo, que se ofreció a a los nazis para ser ejecutado en lugar de otro prisionero que tenía esposa e hijos y murió de hambre y sed en una celda de Auschwits (el papa Francisco, en su reciente visita a Polonia, oró en su oscuro y aterrador calabozo); y Oskar Schindler, empresario alemán, también rescatado del olvido por una película, “La lista de Schindler”, que sobornó a oficiales nazis hasta perder toda su fortuna para que le asignaran judíos para trabajar en sus fábricas con el único propósito de salvarlos de las cámaras de gas. Rescató a más de un millar de personas.

Sabemos que hubo otros héroes, y seguramente muchos cuyos nombres aún no conocemos y quizás salgan a la luz para que podamos honrarlos como se merecen. Causa melancolía que estos casos hayan sido conocidos cuando sus protagonistas ya habían muerto, pero nos hace sentir a todos un poco mejores personas y más optimistas sobre el futuro de la humanidad.

Video de: La escena más intensa de la película El Pianista

 

(Se permite su reproducción. Se ruega citar este sitio)

 

 

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