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Una lección de humildad

Una lección de humildad

Cuento de Navidad del escritor argentino Enrique Arenz

 

Nacho, hijo único de diez años, era la personificación viva del niño consentido. Sus padres no le negaban nada. Lo que se dice, nada.

─Quiero pavo trufado para Nochebuena ─había reclamado luego de ver una película donde una de esas ostentosas aves lucía su dorada piel en una mesa navideña.

Ah, la cosa era seria: si Nacho quería comer pavo, habría pavo en la cena de Nochebuena. Lo primero fue conseguir trufas, toda una aventura en la Argentina. Después, encargar, tan sobre la fecha, un pavo chico deshuesado. Se consiguieron las trufas y el pavo. El 23 de diciembre todos colaboraron en la preparación del trabajoso relleno. La doméstica le dio las últimas puntadas, lo puso en el horno y se fue luego de dar recomendaciones sobre el tiempo de cocción.

Pero, ay, un descuido, un olvido, y el pavo relleno… ¡se carbonizó!

Nacho no tenía consuelo.

Culpó a su madre por haberse distraído, le dijo que no la perdonaría nunca por haber quemado su pavo, y juró que no festejaría la Navidad. Se encerró en su habitación, no quiso cenar, lloró y pataleó durante horas hasta que se acostó y se durmió.

La luz del día lo despertó. Primera sorpresa: los rayos de sol se filtraban por extraños agujeritos en las paredes. Al apoyar los pies en el suelo sintió la aspereza de la tierra. ¿Qué es esto? Claramente esa no era su habitación: paredes de chapa, sábanas rotas en su camita, una cortina de plástico en lugar de puerta. Las únicas ropas que había sobre un banquito eran una remera descolorida, un vaquero deshilachado y zapatillas viejas. La cortina se apartó y apareció su madre.

─Hola, Nacho. Vestite que te sirvo el mate cocido, yo ya me tengo que ir a trabajar.

Nacho no podía creer lo que veía y escuchaba: ¿Desde cuándo su madre trabajaba? ¿Y esa ropa ordinaria que llevaba puesta? ¿Y ese peinado horrible? Hasta su mirada era diferente. Parecía tensa, ansiosa. ¿Estaré soñando? Sí, seguro, esto es una pesadilla.

Se vistió y pasó al cuarto contiguo. Seguía el piso de tierra, una mesa con un hule ajado, un armario de madera, una cocinita con una garrafa y una palangana con agua para lavarse la cara. La madre le sirvió un tazón de mate cocido y unas rodajas de galleta. Ni mermelada, ni manteca, ni galletitas, sólo pan y mate cocido.

Intentó preguntarle a su madre por qué estaban en ese rancho, pero la mujer, atareadísima, no lo escuchó. Vamos, le dijo. ¿Adónde? ¿Cómo adónde?, a donde vas siempre, a la Fundación.

Salieron. Estaban en un barrio desconocido, todas casillas de madera y chapa, calles estrechas y sinuosas, llenas de pozos y charcos de agua estancada. Caminaron unos minutos y entraron en un salón grande donde una multitud de chicos jugaban y corrían. Un hombre joven al que su mamá llamó padre Raúl lo recibió afectuosamente: Hola, Nacho, andá a jugar.

La mamá se despidió y se fue casi corriendo.

Nacho estaba en el colmo del desconcierto, los chicos lo llamaban por su nombre y lo invitaban a jugar a la pelota. Todos vestían muy pobremente pero se los veía contentos, parlanchines e incansables en sus juegos de pelota, metegol, básquet y jueguitos en dos computadoras. Las niñas jugaban con muñecas, saltaban con la cuerda y se divertían mimando a un par de gatitos del lugar.

Nacho no tardó en adaptarse e integrarse a esos extraños compañeritos cuyos juegos compartió con entusiasmo. El tiempo pasó rápido. Al mediodía fueron todos al comedor y se sentaron a unas mesas largas con mantel de polietileno. En un rincón había un árbol de Navidad, y al costado, un belén enorme con montañas hechas con papel encolado y grandes figuras de yeso. El piso estaba hecho con arcilla, arena y piedras. Nacho contempló fascinado esa representación y vio con asombro que Jesús había nacido en un lugar Pesebre porcelanapobrísimo, más pobre que el rancho en el que se había despertado aquella mañana. Y que en esa pobreza extrema el Salvador se asemejaba más a esos chicos que a él. ¡Jesús tenía piso de tierra y una cuna de paja! No era eso lo que él había visto en el pesebre pequeñito de porcelana esmaltada que ponían todos los años en su casa.

Unas señoras con delantales blancos pasaron con una olla grande y sirvieron en cada plato un cucharón y medio de guiso con papas, lentejas y algo de carne. Para beber, agua; de pos­tre, una banana.

Nacho, sociable por naturaleza, no paró de conversar con los chicos que estaban sentados cerca de él. Un morochito a su derecha le preguntó:

─¿Vas a venir mañana a la cena de Nochebuena?

─Eh… no ─voy a comer en casa.

─Mirá que el padre va a servir ravioles y hamburguesas con papas fritas. También están invitados los viejos, bueno, los que tienen padres. Yo como no tengo a nadie pienso comerme doble ración.

─Mi mamá trabaja en un restaurant, así que voy a venir con mi hermanita, los dos solitos ─dijo el que estaba enfrente.

─¿Ravioles y hamburguesas?, esa no es comida para una Nochebuena ─opinó despectivamente Nacho.

─¿Y qué es para vos una comida de Nochebuena?

─Y… pavo relleno.

Una sonora carcajada festejó la ocurrencia de Nacho, que en el acto se sintió avergonzado, aunque supo esquivar el resbalón riendo con los demás.

Nacho se fue enterando de las historias de aquellos nuevos amiguitos. Muchos eran inmigrantes o hijos de inmigrantes de países vecinos, y otros habían venido de provincias del Norte. Uno había sido abandonado por sus padres, otro fue recogido de la calle por el padre Raúl, aquél tenía muchos hermanos y un padre que estaba en la cárcel, otro confesó que había sido rescatado de la droga y que llegó a robar para comprar paco. Algunos estaban bajo tutela de jueces de menores y vivían en la Fundación. Sus personalidades eran diferentes, pero los unía un mismo destino de desamparo y marginalidad. Sobrevi­vían gracias a que el padre Raúl se ocupaba de ellos.

 Al anochecer su madre pasó a buscarlo y regresaron a la casilla. Hoy papá viene tarde. ¿Por qué? Porque tiene que juntar cartones en el centro. ¿Papá es cartonero? Qué, ¿no sabés que está sin trabajo? Nacho no contestó. Algo anormal estaba sucediendo en su familia: su padre era escribano público, ¿cómo iba a estar juntando cartones? Si aquello era un sueño, estaba durando demasiado.

La madre le sirvió otro tazón de mate cocido, pero esta vez con una sorpresa: dos medialunas que sobraron en su trabajo. Tal parece que hoy no cenamos, pensó resignado. Vio que su mamá sólo tomaba un poco de mate cocido. Lo apenó haberse comido las dos medialunas sin ofrecerle una.

Se lavó los dientes en la palangana, fue con una linterna a la letrina que estaba afuera y luego se acostó a dormir. Estaba agotado.

Cuando despertó en la mañana vio con alivio que estaba otra vez en su confortable habitación del primer piso. Se asomó a su baño personal, limpito y perfumado. Todo estaba en orden: la computadora, el plasma, la alfombra en el piso, el placar con su ropa nueva, sus libros, no faltaba nada. Parece que todo fue un sueño nomás, se dijo aliviado.

─Hola mamá ─saludó sin vestigio del enojo del día anterior.

─¡Buen día, Nacho! ¿Cómo dormiste?

─Más o menos, soñé algo…

─Desayuná rápido que está por venir el padre Raúl.

Nacho se sobresaltó:

─¿El… padre Raúl?

─Sí, es un sacerdote amigo al que siempre ayudamos. Tiene una fundación solidaria en una villa de emergencia y alimenta y cuida a chiquitos muy pobres.

Nacho quedó pensativo. Desayunó callado su chocolate con mermelada y manteca. Recordaba con ternura el gesto de su mamá que en el sueño se quedó sin cenar por darle a él las dos medialunas.

Sonó el timbre.

─Pase, padre, quiero que conozca a mi hijo Nacho.

─Hola, amiguito.

─Ho… hola…

¡Era el mismo cura del sueño! El visitante se sentó a la mesa, la madre le sirvió un café y le dijo que la esperara un minuto, que iba hasta arriba para traerle algo que le había preparado.

Nacho permaneció callado. El padre Raúl lo miró con una sonrisa de complicidad y le dijo:  

─Vi que ayer te divertiste mucho con mis chicos. Son todos muy buenos y muy inteligentes. Tal vez quieras volver a jugar con ellos alguna tarde.

─Padre, ¿me puede decir qué pasó? Ayer yo era pobre y mamá me dejó en el comedor. Y usted estaba allí y habló conmigo… pero después me desperté otra vez en esta casa.

El sacerdote acercó su cara a Nacho y le dijo en voz baja:

─Nacho, esto será un secreto entre vos y yo. Tu mamá me había hablado de tu berrinche porque se quemó el pavo de Navidad y la trataste muy mal. Estaba muy preocupada por tu conducta y se sen­tía culpable por haberte malcriado. Entonces, por mi cuenta, sin decirle nada a ella, decidí que era hora de que recibieras la gran lección de la Navidad. Y para eso debías conocer por un día la situación de chicos que no han tenido tu suerte en la vida.

─¿Y eso cómo lo hizo?

─Digamos que fue un pequeño suceso extraordinario, cosas que ocurren en esta época. Lo importante es que vos ya no sos el mismo de antes, y estoy seguro de que te gustaría venir esta noche a nuestra cena, a comer ravioles y hamburguesas con papas fritas.

Nacho, como todo niño imaginativo, tomó con naturalidad y hasta con entusiasmo las explicaciones del padre Raúl. ¡Había sido protagonista de un acontecimiento “paranormal”, como en la serie Lost!

─La verdad, padre, sí, quisiera volver a ver a esos chicos.

─Bien, vamos a hablar con tu mamá.

Cuando la mujer regresó el sacerdote le comentó que a Nacho le gustaría participar esa noche de la cena comunitaria con los chicos de la villa y sus familias.

─Sí, mamá, dale, vamos los tres, por favor… Ya que se te quemó el pavo.

Nacho jamás olvidaría esa Nochebuena, la más hermosa de su vida. Había aprendido la lección de la Navidad: la gran lección de humildad que nos enseña a sentir gratitud por lo que hemos recibido de la vida, a ser amigables con nuestros semejantes cualquiera sea su condición, y, sobre todo, a mostrarnos siempre solidarios y compasivos con nuestros hermanos menos afortunados.

Muerdago

© Enrique Arenz
Prohibida su reproducción en internet

sin la expresa autorización del autor.

Publicado en:
Libro Mágica Navidad (Editorial Dunken, 2012)

 

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