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Una ilusión de ultratumba

Una ilusión de ultratumba

Cuento del escritor argentino Enrique Arenz

 

Escribí de joven un cuento tan recargado de retórica y suntuosidades verbales que nunca lo pude mejorar. Debí haber entregado esa venialidad juvenil a la purificación del fuego, pero por causa de factores inmanejables que intentaré explicar, nunca pude hacerlo. El cuento se llamó Los cipreses olvidados, y hasta fue generosamente publicado en la revista femenina Vosotras.

El caso es de lo más extraño. Cada tanto, cuando abro un cajón o reviso alguna vieja carpeta, se me aparece sorpresivamente una copia del relato, y entonces me ocurre lo de siempre: compulsivamente (no me puedo resistir) releo el cuento por enésima vez.

Trataré de explicarme. Desde que escribí ese cuento he sentido una extraña fascinación por sus dos personajes (Dalmiro y Cecilia), y la relación amorosa que los unió, una relación inconcebible, absolutamente insensata, y que sin embargo la soberbia de mi voluntad creadora hizo estéticamente posible.

Y esa fascinación, lejos de decaer, aumenta obsesivamente con los años, hasta el punto de inducirme a mantener, mediante relecturas e inútiles intentos de corrección, la ilusión de su falsa realidad.

Mi hipótesis es que como ellos sólo pueden vivir “literariamente”, es decir, en la mente de los lectores, tal como ocurrió multiplicadamente cuando el cuento se publicó, me asedian para que yo relea la historia y poder así reencontrarse y amarse una vez más en el ámbito de mi imaginación.

Me da vergüenza reconocerlo, pero estas presiones me están desquiciando hasta el extremo de inducirme inclinaciones suicidas. Por eso me propongo romper ese círculo obsesivo mediante un experimento psicoanalítico.

He renunciado a reeditar un cuento que no puedo corregir, pero nada me impide comentárselo a ustedes, glosarlo, hablarles de la trama y del amor de sus personajes, y hasta transcribirles algunos de sus fragmentos menos detestables. Seré honesto: mi intención es transferirles a ustedes mi problema. Cuento para ello con la curiosidad y la imprudencia propias de todo buen lector. Pero quiero actuar con lealtad y advertirles que desde el preciso momento en que conozcan los hechos narrados, yo, presumiblemente, habré quedado aliviado de mi carga, pero ignoro lo que pasará con ustedes. Planteada esta prevención, paso a contarles la historia:

Dalmiro es un sujeto taciturno, cuarentón, vive solo, trabaja en una oficina cualquiera y entre sus muchas rarezas se cuenta la de visitar con asiduidad el antiguo cementerio de Mar del Plata. Esto no tiene nada de raro, pues yo mismo acostumbraba a ir de tanto en tanto a ese mismo cementerio, y les aseguro que nada tengo que ver con el personaje. Fue precisamente en una de esas visitas cuando observé por casualidad la imagen desolada de un hombre maduro que conversaba con una adolescente junto a una vieja sepultura cubierta de malezas.

No sé por qué me llamó tanto la atención esa escena, pero excitó mi imaginación y me inspiró para escribir el cuento y crear a sus dos únicos personajes.

Comencé la narración diciendo que a Cecilia la había conocido en el cementerio de La Loma.

“Fue una de esas tardes invernales en que Dalmiro acostumbraba recorrer la quietud de la vieja necrópolis marplatense disfrutando del encanto de sus propios pasos lentos y sonoros al arrastrar las hojas secas bajo los cipreses solemnes, de la brisa helada del atardecer que parece venir desde las cruces lejanas, del susurro de alguna anciana hablándole a un mármol enmohecido, y de ese tenue vaho que enturbia con su invisible manto el silencio diáfano del paisaje. Rara conjunción que encajaba con su soledad crónica y le proporcionaba a su vieja tristeza un placentero entorno”.

Se me ocurrió hacer caminar a mi personaje por los mismos lugares que yo solía recorrer. Imaginemos a Dalmiro ingresando por el pórtico de la calle Almafuerte. Lo vemos avanzar por el pasaje central examinando la silueta lúgubre de los añosos cipreses que lo bordean con majestuosidad, y desde allí dirigirse hacia el sectormás antiguo, donde las artísticas y ricas bóvedas de las familias patricias alternan, en serena tolerancia, con humildes sepulcros de pésima construcción y peor gusto arquitectónico.

“La tarde en que conoció a Cecilia había huroneado en el Panteón Francés, en cuyos ceñidos pasadizos algunas destartaladas urnas lo tentaron a atisbar sus mortuorios contenidos”.

Como ustedes comprenderán, tuve que inventarle a Dalmiro algunos antecedentes que insinuaran las posibles motivaciones inconscientes de aquellas frecuentes visitas al cementerio. Primero intenté conocer mis propias razones para hacerlo, pero advirtiendo que eso no sería nada sencillo, me incliné por la creación libre. He aquí lo que me salió:

“Dalmiro ignoraba su procedencia. Ni siquiera conocía el nombre de su madre (que seguramente descansaba en algún lugar de ese cementerio). Sabía tan sólo que ella había muerto poco tiempo después de darlo a luz. Nada pudo averiguar acerca de su padre. Alguien lo había llevado al Hogar de Huérfanos en cuyos registros no quedó otra constancia que la fecha de su ingreso: 4 de abril de 1928. Permaneció en el orfanato hasta cumplir los siete años de edad. Fue entonces que un matrimonio de ancianos lo adoptó con intenciones y sentimientos no suficientemente claros. De su infancia en el internado tenía algunos recuerdos sombríos: verjas de hierro y ventanales con barrotes, corredores desnudos, santos de yeso que lo seguían con la mirada, la sala inmensa y fría en cuya aterradora oscuridad los niños más grandes se complacían en asustar a los más pequeños; su desconsolado llanto en medio de las noches sin que nadie acudiera a serenarlo y arroparlo; los rostros severos de aquellas mujeres gritonas, con miradas aceradas.

“Un día aparecieron los Reyes Magos y le regalaron un camioncito color verde. ¡Eso sí que lo recordaba con emoción! Fue tal vez la única alegría de su infancia. Por la noche había tenido fiebre, y al día siguiente comenzaron las alucinaciones: hombres vestidos de blanco, paredes y camas blancas, vértigos e imágenes terroríficas. Más tarde supo que había enfermado de meningitis. Las débiles reminiscencias se esfuman totalmente a partir de entonces. No recordaba su larga convalecencia, ni los dos años que aún permaneció en el instituto, ni el instante en que, según le contaron, la directora lo llamó para decirle que aquellos buenos ancianos lo adoptarían ese mismo día. No recordaba nada de esto. Sin embargo no había olvidado los acontecimientos posteriores: los malos tratos de sus tutores, las amenazas de volverlo a encerrar en el asilo…”

Retomo ahora el relato de lo que acontecía en el cementerio. Podemos suponer que Dalmiro se encontraba aquella tarde acosado por tan ingratos recuerdos. Lo vemos ya en el final de su recorrido. Sus pasos erráticos lo habían llevado a un sector de fosas protegidas por el follaje espeso de una descuidada floresta de coníferas. Yo solía quedarme allí, contemplandolas destartaladas lápidas sin flores que predominan en ese triste conjunto, y, naturalmente, imaginé a Dalmiro haciendo exactamente lo mismo. Veámoslo, pues, frente a ese paupérrimo grupo de losas desaliñadas y semihundidas observando, con la sensibilidad propia de los seres solitarios, que algunas fosas se reconocen apenas por una simple cruz que emerge torcida entre el pastizal.

“La tarde declinaba cuando se produjo el encuentro.

“Dalmiro vio que ella lo estaba mirando con inocente curiosidad. Era demasiado joven, se diría que casi una niña. (Recuerden ustedes al hombre maduro y a la chica que yo había visto conversando: esa es la escena que estoy describiendo). Había en su pálido semblante una sonrisa inocente, como si el caudal de su desbordante adolescencia pasara inadvertido para ella. Su largo cabello rubio se dividía en dos trenzas cuyos destellos dorados parecían jugar traviesamente con sus pequeños senos apenas insinuados bajo la blusa blanca.

“Dalmiro quedó confundido. Y es comprensible si se tiene en cuenta que siempre había sido un hombre ignorado por las mujeres. Era una de esas personas que parecen no existir para sus semejantes, siempre anónimas, siempre grises, esfumadas tras una personalidad deslucida. Tal vez atesoraba el recuerdo de amores recónditos, algunos jamás revelados a quienes los inspiraron, y otros fatalmente derrotados por su constante inseguridad. Nadie lo creía capaz de sentimientos apasionados ni poseedor de un espíritu romántico. Andaba siempre solo y errabundo, ensimismado en sus mustias meditaciones.

“Sin embargo, la aparición de Cecilia logró interrumpir ese sino adverso y cambiar sorprendentemente la vida de Dalmiro”.

Aquí alteré el orden temporal de la narración para describir la relación amorosa que se estableció espontáneamente entre Dalmiro y Cecilia luego de aquel encuentro.

“Extasiado por la ternura de esa niña, se entregó por completo a la desconocida aventura de ser feliz. De su mano, le enseñó ella a contemplar, en los atardeceres de aquel invierno, sus propias sombras proyectadas largamente sobre las playas desiertas. Juntos vivieron la elegía de compartir las confidencias más hondas, y juntos también descifraron uno a uno los dulces y asombrosos secretos del amor”.

Bien, aquí debo hacerles una aclaración. Esta relación no estaba en mis intenciones creadoras. Mis personajes vivieron por su cuenta una pasión que yo, por las razones que ustedes van a conocer luego, no podía permitir. Cien veces rehice el episodio del encuentro con el vano propósito de modificar tan alarmante derivación, pero todo fue inútil. Hiciera lo que hiciera, siempre terminaban uno en brazos del otro. Noche tras noche hube de presenciar esa locura no consentida por mí, viendo impotente como se besaban, cómo se poseían incansablemente, desenfrenadamente. Noche tras noche los vi mientras escribía y corregía, y también los vi en sueños. Y cuando no los veía no podía dejar de pensar en ellos. ¡Ah, los ojos de Cecilia me volvían loco! Cuando ella clavaba sus dilatadas pupilas en los ojos de Dalmiro, mis propios ojos se instalaban inexplicablemente en los del personaje para recibir todo el fuego de aquella intensa voluptuosidad. Así un día tras otro, hasta que mi cabeza empezó a trastornarse.

Pero vayamos ya al final. El relato, luego de describir extensamente la vida amorosa de Cecilia y Dalmiro, vuelve en su última parte a la escena inicial:

“Cuando se produjo el inesperado encuentro con Cecilia en aquella fría tarde de julio, Dalmiro se sorprendió de no avergonzarse al saludarlo la joven con esa encantadora sonrisa. Hubo un corto diálogo. Dalmiro se sintió importante, desenvuelto, capaz de una frase segura y hasta de una cierta actitud conquistadora. ¡Se creyó interesante y seductor!, tal el prodigioso efecto sobre ese corazón transido, de una jovencita de trenzas doradas y sonrisa transparente”.

Y ahora el desenlace:

“Se despidieron con el compromiso de encontrarse al día siguiente. La tarde llagaba a su fin cuando Dalmiro se alejó con un adiós emocionado. Ella, con sus ojos cálidos y profundos, lo miró alejarse desde la fotografía ovalada insertada en el agrietado mármol de su yerma sepultura. Una inscripción lateral decía: Cecilia Morales. Falleció el 3 de abril de 1928 a los 17 años de edad

Eso es todo. Si a partir de este momento ustedes sienten que una fuerza desconocida los impulsa a releer estas páginas, o a buscar obsesivamente la versión original del relato en un ejemplar de Vosotrasdel año 1979, mi hipótesis será acertada y yo podré, finalmente, tratar de olvidar a Cecilia Morales.

Pero… Estoy pensando mientras escribo. Lo que aquí importa no es la historia inventada por mí sino lo que creo que provoqué con el acto imprudente de escribirla.

La sepultura de Cecilia Morales existe, pueden ustedes verificarlo si visitan el pequeño bosque de coníferas en el sector Sudeste del cementerio de La Loma. Allí verán -si es que todavía se conserva- su fotografía ovalada y la borrosa inscripción con su nombre y la fecha de su muerte. (El hombre solitario que yo vi aquella tarde estaba en realidad contemplando esa fotografía. Lo demás salió de mi imaginación… )

Esa fue mi insensatez. ¡Hice que un personaje totalmente ficticio, Dalmiro, tuviera una tierna relación con una jovencita muerta hacía más de cincuenta años! ¿Se dan cuenta de lo que he hecho? ¡Yo soy el causante de esa ilusión de ultratumba! Mi culpa imperdonable es haberle hecho vivir a la pobre criatura ese intenso amor pasional, amor quizás anhelado y jamás vivido en tan corta existencia. Por eso ella, pobre y hermosa niña, se aferra ahora desesperadamente a la ilusión de esos reencuentros amorosos que sólo se producen cuando alguien lee la historia.

¿Podré liberarme de Cecilia Morales? Ahora tengo el presentimiento de que eso no va a ser tan sencillo. Han pasado más de treinta y cinco años desde que escribí Los cipreses olvidados. Desde entonces he visto mil veces los ojos de ella cada vez que yo, instalado en mi personaje, presenciaba sus momentos de pasión. Esa mirada…, mis impulsos suicidas, esa oscura y fatal derivación incestuosa que no pude evitar cuando escribí el relato…

Dalmiro nunca existió, y ella lo sabe. Yo inventé a Dalmiro; yo también estuve frente a la tumba de Cecilia aquella tarde de invierno… Ahora lo veo con claridad: el hombre que ella ama… ¡no es Dalmiro!.

 

© Enrique Arenz 2000.
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