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Un milagro está por suceder

Cuento de Navidad del escritor argentino Enrique Arenz

 

1

Anselmo ya estaba viejo, cansado de la ciudad y desilusionado de la vida cuando compró ese pequeño campoconejos cerca de Balcarce para dedicarse a la cría de conejos. Una casita sencilla, un galpón con muchas herramientas, un molino para el agua, prolíficas conejeras y árboles que gemían con el viento nocturno, eran su mundo de olvido y de relativo sosiego.

Se acercaba la Navidad, y aunque desde que enviudó ignoraba esa festividad, esta vez el aroma de los jazmines le trajo traicioneramente el recuerdo de Navidades lejanas, cuando Alex, su único hijo, era un chiquito inquieto y el matrimonio se desvivía por hacerlo feliz.

 

*  *  *

En una escuelita hogar de Balcarce, Valentín, un alumno de doce años, leía un artículo ilustrado sobre la cría de conejos en una revista agraria que le había alcanzado su maestro. Tanto lo atrapó esa nota que llamó a sus compañeritos internos para leerles algunos párrafos y mostrarles los dibujos y fotografías.

 

*  *  *

A mediados de diciembre don Anselmo fue hasta Balcarce a vender conejos. Ya se volvía cuando un hombre joven, de anteojos y barba entrecana, se acercó a su camioneta.

─Buenos días, don Anselmo.

─Buenos días, señor… ¿nos conocemos?

─Nos hemos cruzado algunas veces, aquí en el mercado.

─Ajá… bueno, encantado…

─Me llamo Pablo, soy docente en un hogar parroquial de chicos muy pobres de la zona. Tratamos de enseñarles algunos oficios para que puedan defenderse, y resulta, fíjese usted, que algunos de ellos quieren criar conejos.

─No me diga; pero mire ¿no?

─Sí, salió de ellos solitos. Y usted perdonará mi atrevimiento, pero quería preguntarle si aceptaría darles algunas clases a estos chicos…

─¿Clases…?

─Sí, sobre la crianza de conejos, algunas nociones elementales…

─No, mi amigo, no;  ya no tengo ni edad ni voluntad para esos compromisos…

─Son chiquitos sin familia, prácticamente los recogimos de la calle.

─… ¿Cuántos son?

─Cinco; tienen entre diez y doce años… Don Anselmo, se trata de rescatarlos del delito.

Estas últimas palabras y una rara tibieza en la mirada de Pablo desoxidaron alguna cuerda en el corazón de Anselmo. Pensó en su hijo. De adolescente frecuentaba malas compañías y él no había podido enderezarlo. Sabía que no le había dedicado todo el esfuerzo y la atención que necesitó. Jamás olvidaría el día que lo arrestaron por un hurto. El disgusto fue tan demoledor que lo paralizó, le impidió hablarle, aconsejarlo como un buen padre, y desde entonces la caída del joven había sido imparable. Hasta que la ira encegueció a don Anselmo. Discutieron,  fue cruel en sus reproches “¡tu madre se murió por tu culpa!”, lo abofeteó (todavía le dolía a él ese golpe) y le gritó entre sollozos de impotencia: “¡No deshonres mi apellido, caradura, sinvergüenza!”. Y Alex, confundido como todo joven que se ha descarriado y se siente perdido en la oscuridad, se fue de su casa, Dios sabe adónde. Ya habían pasado cinco años.

─¿Y qué es lo que tenía pensado? ─, le preguntó al maestro.

─Estamos en vacaciones, la idea era llevarlos por una semana a su quinta para que observen y trabajen con usted.

─En fin… tengo una habitaci000ón vacía, ¿quiere traerlos el lunes? 

─El lunes estamos en su quinta.

 

2

Los cinco chicos estaban entusiasmadísimos. Escuchaban seriecitos las lecciones de don Anselmo y trabajaban responsablemente en la alimentación de los animales y en la limpieza de las conejeras. Y como habían aprendido en la escuela algo de carpintería y albañilería, ayudaron a Anselmo en reparaciones postergadas en la casa y en el galpón. El viejo estaba encantado con ellos. Les preparaba el desayuno y los despertaba a las siete, y luego ellos se turnaban para cocinar y limpiar la casa. El maestro iba todas las mañanas en su viejo automóvil, llevaba provisiones que le donaban los comerciantes de Balcarce, participaba con los chicos en las actividades de la quinta y a las once los hacía practicar aritmética y escritura.

La semana pasó volando. Don Anselmo y los chicos se habían hecho tan amigos que entre todos decidieron quedarse una semana más. Pero como la Navidad estaba próxima Anselmo propuso que la pasaran todos juntos, incluido el maestro, que vivía solo. La invitación fue calurosamente aceptada y todos convinieron en que había que preparar un árbol de Navidad. Don Anselmo y Valentín, el mayorcito de los chicos, se encargarían de comprar los adornos.

 

3

El 22 de diciembre un recluso salía de la cárcel de Batán. El doctor Peralta Sánchez, un viejo abogado penalista que siempre lo había asistido gratuitamente, lo esperó a la salida y lo llevó en su automóvil hasta una modesta pensión de la avenida Luro.

─Mirá ─le dijo el letrado─, no sé cómo la Cámara te concedió la libertad. No es mérito mío, consideralo más bien como un regalo de Navidad. Bueno, lo que importa, Alex, es que aproveches la oportunidad y cambies de vida. 

─La pasé muy mal estos dos años adentro. Hasta pensé en matarme. Téngame fe, voy a cambiar, no quiero volver a ese infierno.

─¿Supiste algo de tu padre?

─Me dijeron que está en el campo. Me gustaría verlo, pero no quiero. ¿Con qué cara, habiendo estado otra vez en la cárcel?

─¿Y no pensás que a lo mejor él quiere verte?

─No sé, estaba muy indignado conmigo, y con razón. No creo que me perdone todas las que le hice… No, doctor, tengo que salir adelante solo.

 

4

Los chicos, con la ayuda de don Anselmo y el maestro talaron una gran rama de pino, y luego de sostenerla con arena dentro de una lata y emparejar su contorno con gajos pacientemente agregados, comenzaron a ornamentarla. “Primero hay que poner las luces”, indicó don Anselmo. Cuando las probaron, una gran algarabía festejó el inició de los destellos. Luego vinieron las bochas de colores, las campanitas doradas, los Papá Noel, los angelitos y por último la estrella de Belén, casi tocando el techo. Ya no eran cinco sino siete los “chicos” que alborotaban y reían en esa casa.

En la mañana del 24 el maestro llegó temprano con gaseosas, comestibles y regalos que acomodó al pie del pino. Les anunció que dejaba la escuelita hasta después de las vacaciones porque tenía que viajar a Junín por razones impostergables, y que esa noche se retiraría temprano. El párroco vendría a buscar a los chicos después de Navidad.

Esa tarde Don Anselmo salió a caminar bajo los árboles en compañía de Valentín, con quien tenía una especial afinidad.

─Tendremos una Navidad familiar ─comentó don Anselmo─, porque nosotros somos como una familia, ¿no es cierto?

─¿Usted no ha tenido hijos, don Anselmo? ─preguntó el chico.

─Sí…, tengo un hijo…, se llama Alex. Ya es un hombre…

─¿Va a venir esta noche?

Anselmo hizo un largo silencio antes de contestar.

─Mi hijo y yo estamos disgustados. Nos peleamos una vez, hace años…

─Pero usted no lo abandonó, ¿no?

─No, el ya era grande… ¿Por qué me preguntás eso?

─Porque a mí, mi papá me abandonó cuando nací. Pero usted es una buena persona.

Estas palabras conmovieron a don Anselmo. Pensó: ¿cómo debe calificarse la actitud de un padre que insulta, golpea y deja ir a la calle a un hijo estragado y le guarda rencor durante años en lugar de salir a buscarlo para reparar el error?

─Valentín, te voy a confiar algo. Mi hijo se hizo un delincuente y yo no me ocupé de él. Es como si lo hubiera abandonado…

La voz se le estranguló. Siguieron caminando en silencio. Valentín reanudó el diálogo con suavidad:

─¿No debería ir a buscarlo, don Anselmo?

El viejo movió la cabeza sombríamente.

 ─No…, tengo miedo de que no me perdone.

Otro prolongado silencio que también rompe Valentín:

─El maestro nos enseñó que si uno no hace lo que debe, nunca sabrá cómo habría resultado.

Anselmo lo miró con los ojos enrojecidos. El chico continuó:

─Es Nochebuena, tal vez si lo invita a nuestra fiesta pueda reconciliarse con él.

─Es que… no sé dónde buscarlo.

─¿No tiene algún pariente o alguien a quien preguntar?

─No, no tengo otros familiares… Pero… esperá… ¡claro! ¡El doctor Peralta Sánchez, era su abogado defensor!

─¿Y qué espera para llamarlo, don Anselmo? Volvamos a la casa.

 

*  *  *

Estaba anocheciendo cuando Alex deja la pensión para caminar y quizás pasar la Nochebuena en algún bar, donde buscará ahuyentar los ingratos recuerdos que lo atormentan: su mamá, que sufrió tanto por él y que murió sin a verlo encarrilado; Laurita, la chiquilina tandilense que lo había amado tanto y a quien él le había destrozado su sueño de una familia. Pobre criatura, alguien le dio la noticia de que había muerto en un accidente… 

Una voz a sus espaldas interrumpe sus cavilaciones.

─Hola, Alex.

Se vuelve sorprendido y se encuentra frente a un anciano a quien casi no reconoce.

─Papá…, ¡sos vos! ¿Qué hacés acá?

─Le hablé al doctor Peralta y me dio tu dirección, ¿Cómo estás, hijo?

─¿Me buscaste…?

─Quería que pasáramos la Nochebuena juntos.

─Gracias, papá… yo también quería verte, pero me avergonzaba que me vieras como un ex presidiario, sin trabajo…, un perdedor.

Conmovido, don Anselmo abrazó a su hijo.

─No digas eso, yo me siento avergonzado por haberte abandonado. Pero aún estoy a tiempo de hacer lo que no hice antes. Por de pronto te puedo ofrecer que trabajes conmigo. Tengo un pequeño criadero de conejos y necesito que me ayuden. Están conmigo cinco chicos que aprenden el oficio. Esta noche celebramos todos la Nochebuena y les prometí que irías conmigo.

 5 

La cena de Nochebuena fue bulliciosa, emotiva y cargada de sorpresas y misteriosas expectativas. El momento triste fue cuando Pablo se levantó de la mesa para despedirse. Abrazó a todos, miró largamente a Alex a los ojos, lo palmeó con una tierna sonrisa, y se fue cuando todavía no era la medianoche.

La emoción los había dejado a todos silenciosos. Alex les comentó que al despedirse de Pablo descubrió en sus ojos la misma mirada que había visto en otras personas y en momentos difíciles de su vida: primero fue un presidiario, que se le acercó para darle ánimos cuando estaba sumido en una gran depresión; después, un empleado de Tribunales, que lo miró y le sonrió alentadoramente cuando compareció por su pedido de excarcelación. Y ahora, Pablo, con idéntico espíritu desbordante de generosidad.

Lo que Alex no dijo es que también había percibido una extraña, dulce y perturbadora expresión en Valentín, quien desde un extremo de la mesa lo contemplaba con inocultable satisfacción, porque se sentía el hacedor del reencuentro de ese hombre agradable con su anciano padre.

Pero el pequeño también pensaba en su propio padre, y su corazoncito le decía (porque los niños suelen tener esas premoniciones mágicas) que ese padre a quien no había conocido estaba cerca, muy cerca de él, y que pronto lo recuperaría para siempre.

Todavía no era medianoche, y faltaba abrir los regalos de Pablo. El verdadero milagro de aquella Navidad estaba aún por suceder.

Muerdago

© Enrique Arenz
Prohibida su reproducción en internet
sin la expresa autorización del autor

Publicado en:
Diario La Capital de Mar del Plata

Diciembre de 2003

Libro No confíes en tu biblioteca (Editorial Dunken, 2001)
Libro Mágica Navidad (Editorial Dunken. 2012)

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