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Un escritor en el otro mundo

Cuento del escritor argentino Enrique Arenz

 

En vida fui agnóstico. No ateo, porque el ateo también profesa una fe ciega en lo indemostrable. No, simplemente agnóstico, alguien que desconoce, que considera a lo sobrenatural como inaccesible al entendimiento humano.

Pero ahora que estoy muerto comprobé que hay otro mundo.

Tal como lo había anticipado el místico sueco Emanuel Swedenborg, en esta dimensión todos hacemos lo que más nos apasionó en vida: los escritores seguimos escribiendo, los músicos, haciendo música, los pintores, mezclando colores, y los ingenieros proyectando superestructuras de escala planetaria. La felicidad parece consistir en el disfrute de las vocaciones personales sin preocupaciones ni deberes mundanales que las entorpezcan. No hay bloqueos ni desalientos ni síndrome de la página en blanco. El ocio y el aburrimiento no existen: todas las almas que me rodean están siempre produciendo algo de la nada.

No escribo con un bolígrafo ni con una computadora sino con mi pensamiento, imaginándome a mí mismo sentado ante una pantalla, con mis dedos inexistentes saltando sobre un teclado.

Sé que ningún humano leerá lo que escribo, ni siquiera los muertos que me rodean, que están cada cual en lo suyo. Pero lo novedoso es que ahora no me importa. Cuando vivía quería ser leído, y aunque publiqué libros que se vendieron con pasable demanda, nunca supe si alguien terminó de leer provechosamente alguno. Más bien sospechaba que muy de vez en cuando algún estreñido se llevaba un ejemplar al baño para distraerse en el tiempo muerto exigido por la lenta naturaleza. La crítica, más que ignorarme, me sepultó en sus maliciosos encasillamientos: literatura pasatista, tramas lúdicas superficiales, juegos verbales insustanciales y efectistas. Muchas veces me pregunté si después de muerto alcanzaría el reconocimiento merecido. «Si la gloria viene después de la muerte, no tengo prisa», escribió el poeta romano Marcial. A lo que yo agregué: «Y si la gloria ha de provenir de este mundo adocenado ¿para qué la quiero?»

Pero con prisa o sin ella la muerte llega y no trae necesariamente la gloria postrera.

Verme cara a cara con Jesucristo me desconcertó por mi falta de fe, pero mi asombro fue superlativo cuando, con un optimismo bastante infundado, supuse que se me consideraba merecedor, si no de recompensa, al menos de respeto literario.
Me explicaré mejor.

Siempre me supe un escritor innovador y hasta revolucionario, pero también un tipo odioso, egoísta y capaz de las peores felonías. Sibarita pervertido, fue el calificativo que me dedicó una mujer de lenguaje culto y despecho salvaje, pero no mentirosa.

 Tuve todos los defectos que la modernidad atribuye al hombre ruin, características que algunos confunden con el mítico temperamento atribuido a los artistas que no pueden adaptarse al mundo real y desdeñan las pobres mediocridades humanas. ¿Qué fui, según mi propia y objetiva opinión? Un egocéntrico engreído, pedante y vanidoso, eso fui, aunque con justificación, por estar dotado de inteligencia y de una finísima sensibilidad creadora. Lo malo es que mi fama de tipo insufrible se fue consolidando con mi propia ayuda, sin que al mismo tiempo trascendiera la calidad de mi producción literaria.

Tuve muchas mujeres, bellas e inteligentes todas. Y algunos hombres jóvenes, ninguno suficientemente culto. A las mujeres las aparté de mi vida no bien comenzábamos a sentir, ellas o yo, los primeros síntomas del enamoramiento.  A los muchachos les exigía admiración y entrega hasta el servilismo para luego, cansado de soportar sus ramplonerías, los pateaba lejos. Mi única gran pasión amorosa me devastó siendo muy jovencito y me sirvió de modelo literario. Jamás me permití repetir la experiencia, aunque sí lo hice muchas veces en la ficción.

No sé si existen las amistades y los afectos verdaderos. Si los hay, no los conocí. En cambio viví placenteramente entregado a ternuras fingidas, sobre todo en las buenas épocas en que me publicaban y estaba siempre rodeado de gente, profesionales de los mimos y del elogio fácil, vividores y parásitos todos, mujeres y hombres que, no exagero, eran casi tan ambiciosos, simuladores y egoístas como yo. Siempre supe y acepté que la humanidad es eso: un gran basural con focos de combustión. Entendí desde muy joven que había que subir hasta la cima, y que una vez allí debía aprender a separar los malos olores de los perfumes caros, el humo acre, de los vapores epicúreos, unos y otros salidos de la misma podredumbre. Hipocresías inevitables, tan naturales para mí como las guerras y las diarreas. Tuve siempre una sola satisfacción espiritual, la de escribir todo el tiempo y expresar en metáforas luminosas sentimientos que inventaba porque no creía en ellos. Jamás me arrepentí de nada, ni antes ni después de muerto, pero mi perspicacia me permitió reconocer siempre la pobre cosa que era yo como persona.

Con el correr de los años la soledad y el olvido comenzaron a darme algunas señales ingratas y no pocas humillaciones. Los peores momentos fueron los de mi vejez, cuando me resigné a pagar por sexo y en una ocasión el trava que traje a casa me golpeó y me robó todo lo que tenía.

Morí solo, al final de una cruel agonía. Fue en ese trance cuando tuve el gesto más cercano a una contrición de que tenga recuerdo: “Me merezco este triste final”, me dije doblado por el dolor. Todavía no sé si fue un gesto de debilidad o sobreactuación Shakespearana.

Luego de una etapa de confusión supe que estaba en la Eternidad.

Entonces tuve una sola inquietud: ¿qué castigo me espera? Pero ahí estaba Jesús, bondadoso y paternal. Me miró y me sonrió. Tuve entonces la certeza de haber sido admitido, no como premio por mi conducta sino como reconocimiento al escritor cuya obra fue un aporte al Universo. Si como persona fui peor que el promedio, como escritor agregué algo nuevo a la Creación. ¿Qué podía importarme que los imbéciles mortales me ignoraran si el mismísimo Dios se manifestaba como mi gran lector, mi exégeta, mi crítico ecuánime?

Debo hacer un comentario marginal: me sobresalté cuando descubrí a la virgen María. Ante su proximidad me sentí empequeñecido y avergonzado, una sensación emocional jamás experimentada antes y que aún no he podido entender. 

Lo primero que me pregunté es qué destino tengo aquí. Y la respuesta surgió enseguida: escribir infinitamente. Escribir sin la ansiedad de publicar y sin escuchar lo que opinan colegas envidiosos y entornos obsecuentes. ¡Escribir sin autocensura, sin miedo a saltar vallas estéticas y conceptos intocables! Y me solté, ¡viva la libertad creadora!

*  *  *

Después de una inexplicable interrupción sigo escribiendo.

Algo pasó.

Todo lo que conté antes ha cambiado repentinamente. Tal vez me equivoqué al suponerme admitido y sólo se me estaba mostrando lo que nunca iba a tener; o acaso mi destino se modificó cuando el gran Lector leyó mis cuentos trabajados hasta la perfección y la gran novela latinoamericana que escribí aquí.

Cuando de pronto empecé a ver personas vivas llegué a pensar que nunca había muerto. Enseguida me desengañé: estoy otra vez en la Tierra, sí, pero fatalmente incorpóreo, despojado de todo posible contacto con la vida material. Me han dejado como a mitad de camino en lo que pareciera ser una transición hacia mi destino final.

Preocupado por estas novedades empecé a vagar desorientado. Pero como sigo escribiendo, no me quejo. La escritura es lo único que me ha quedado de la vida paradisíaca que conocí fugazmente. Ahora pareciera que se acerca el momento de encontrarme ante la otra cara de la vida sobrenatural, lo opuesto a Dios.

La incertidumbre fue la primera piraña psíquica que me lanzó un tarascón traicionero. Luego aparecieron las otras, las que en vida supe mantener a raya: la melancolía, la ansiedad, la depresión y el miedo. Nunca pudieron conmigo, apenas si se tomaron una pálida revancha durante mi vejez, pero siempre, hasta en los peores momentos de mi agonía, logré ahuyentarlas. Ahora, envalentonadas, han vuelto en una frenética danza de dientes mostrar.

Escribo velozmente, sin detenerme.

Lo haré mientras pueda, porque tengo un presentimiento aterrador: no tardarán en quitarme la escritura, lo único que me justificó en vida, lo único que me hace feliz después de muer…

* * *

El neurólogo convocado por el jefe de la unidad de cuidados intensivos del Hospital General observó la línea plana en el monitor del electroencefalógrafo. Asintió con la cabeza y desconectaron el respirador.

 


© Enrique Arenz. Prohibida su reproducción.

 

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