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Un ángel en Facebook

Cuento de Navidad del escritor argentino Enrique Arenz

Facebook

Celeste tenía once años cuando su padre se fue de la casa luego de un altercado conyugal. Ocurrió a mediados de noviembre. El repentino escenario de un hogar lúgubre con un padre ausente y una madre ensimismada que casi no le hablaba, rompió el corazón de la niña y le quitó la alegría infantil.

Pasaron varias semanas sin tener noticias de su papá. La madre le había explicado que decidieron separarse por desavenencias de la pareja, y le aseguró que su padre vendría a buscarla para pasar algunos fines de semana con ella no bien resolviera sus muchas complicaciones.

Pero Celeste sabía que su papá tenía otra mujer y que su mamá sa­lía con un compañero de oficina. No era tan pequeña como para no entender lo que pasaba, pero tampoco tan madura como para explicarse cómo era posible qué aquellas infidelidades inconcebibles destruyeran casi de golpe la armonía de una familia que siempre se había amado.

La llegada de diciembre aportó su cuota de aflicción. Su padre la ha­bía llamada una sola vez por teléfono. Hablaron muy poco, él, titubeante, casi en voz baja; la niña, con monosílabos, sin saber qué decirle.

Celeste lo extrañaba horrores, y sabía que la próxima Navidad ya no sería la hermosa fiesta de los años anteriores. Su melancolía se agudizaba, y su madre, atareada entre sus ocupaciones y sus largas y susurrantes charlas telefónicas, no advertía que la pobre niña estaba cayendo en un sopor progresivo que la aislaba hasta de sus amiguitas.

Pasaba horas con su computadora, encerrada en su habitación del primer piso. Era lo único que la distraía. Estaba registrada en la red social Facebook y ya se había conectado con decenas de amigos virtuales de todo el mundo con quienes intercambiaba saludos, comentarios, opiniones diversas y fotografías digitales.

Un día buscó en esa red una palabra que la obsesionada: Navidad. Se le aparecieron varias opciones. Una de ellas exhibía un hermoso Facebook Navidadárbol de Navidad azulado. La abrió y vio que tenía cerca de dos mil seguidores. Hizo clic en “Me gusta” y apareció un rectángulo que la invitaba a escribir lo que pensaba.

Tecleó casi instintivamente: “Pido a Dios un milagro para esta Navidad: que mamá y papá ordenen sus vidas, se reconcilien y pasen conmigo la próxima Nochebuena como lo hicieron siempre”. Otro clic, y luego de unos segundos apareció su pequeña fotografía de usuaria junto al texto que acababa de escribir. Fue simplemente como un pequeño desahogo. Apagó la computadora y se acostó.

Pasaron varios días. Una tarde estaba repasando su correo electrónico en el que aparecían varios de los habituales mensajes enviados por Facebook, pero para su sorpresa en uno de ellos se le informaba que un tal Omael le había respondido. Intrigada, hizo clic en el enlace y se encontró con la página de la Navidad: allí estaba todavía su angustiado mensaje, ya olvidado por ella, y debajo una pequeña fotografía y una respuesta. La fotografía era la de un joven sonriente de extraño nombre, Omael, y el texto decía así: “Celeste, leí tu mensaje. Tranquila, procuraré solucionar tu problema. Tendrás noticias mías”.

“¡Alguien se está burlando de mí! ─pensó la niña─. Hay personas que se divierten en internet molestando a los demás; no debí escribir ese deseo”. Lo eliminó de la página e hizo clic en “Ya no me gusta”.

Por esos días su mamá empezó a sacar las cajas de los adornos navideños. Había estado muy seria y retraída la semana anterior, pero de pronto había recuperado su sonrisa y su buen ánimo. Le propuso a Celeste ornamentar la casa entre las dos. Fue un alivio para la niña volver a interactuar y conversar con su madre. Como el momento fue especialmente relajado y afectuoso, Celeste se animó a preguntarle a su madre cómo festeja­rían ese año la Navidad si papá no estaba con ellas. La madre la abrazó y le explicó que su papá vendría a saludarla y a traerle su regalo.

─Seguramente ha estado viajando mucho por su trabajo─ le explicó─, está con algunos problemas, pero él te quiere mucho y pronto vas a verlo con regularidad.

Los niños suelen ser extremadamente espontáneos, y con esa espontaneidad Celeste le preguntó a su madre:

─¿Vas a invitar a ese amigo tuyo de la oficina para la cena de Nochebuena?

Sorprendida, la mujer se quedó mirándola sin saber qué decir. No podía creer que su hija estuviera al tanto de su secreta relación extramatrimonial. Ruborizada, se sentó, le tomó las manos y le dijo:

─Vos… te referís a Alberto.

─No sé cómo se llama, sé que tenés un amigo…

─Sí, es Alberto… No, ya no somos amigos, nos hemos peleado.

Celeste, sin decir palabra, la interrogó con una mirada llena de ansiedad.

─Hace unos días me llegó un mail donde una persona me hizo saber cosas muy feas que yo ignoraba sobre la vida de Alberto ─le confió la madre─. Por empezar, vive en pareja con otra mujer y a mí me lo ocultó. Me puse a averiguar sobre los datos que me daba ese informante y descubrí que todo era verdad. Vos sabés que yo soy la jefa de mi oficina, por lo tanto Alberto era mi subordinado. Fui muy tonta, me hice muy amiga de él porque se mostraba tan comprensivo, tan colaborador mío, tan adulador de mi capacidad creativa… y yo que siempre he tenido la necesidad de que me reconozcan y me valoren. Soy tan vulnerable a los halagos, tan estúpida, tendría que decir. Pero este sinvergüenza sólo me estaba utilizando en su provecho personal. Te la hago corta: me llevé una gran decepción y lo mandé al diablo, definitivamente. Así que no te preocupes, nadie ocupa ahora mi vida. Pasaremos la Navidad vos y yo, solitas”.

─¿Quién te avisó todo eso sobre Alberto? ─preguntó Celeste.

─No sé, tal vez alguna compañera que quiso abrirme los ojos antes de que fuera tarde. Firmaba como…, no me acuerdo, esperá, era un nombre raro, a ver… ─fue hasta su Notebook y abrió los mensajes recibidos─; acá está: Omael, ese es el seudónimo que usó. Me hizo un favor; sea quien sea, le estoy agradecida.

La niña se sintió como en sueños: lo que estaba escuchando no podía ser cierto. Con un pretexto fue hasta su habitación, encendió la computadora y abrió su propia página de Facebook. Omael le había dejado un mensaje nuevo: “Celeste, ya resolví la mitad de tu problema, ahora dame unos días para resolver la otra mitad. Creo que esa parte va a ser la más difícil”.

Ahora estaba segura de que alguien, tal vez un ángel llamado Omael, estaba haciendo para ella un milagro de Navidad. ¡Y lo hacía a través de la red! Celeste sabía que hasta el papa Benedicto tenía su propia página en Facebook, pero nunca había ni soñado que los ángeles también usaran las redes sociales. Escribió como respuesta: “Gracias, Omael, supongo que la otra mitad del problema es la situación personal de papá. Pobre, seguramente está muy confundido y angustiado”.

Pasaron varios días sin ninguna novedad.

Llegó el 24 de diciembre y el silencio de Omael era total. Ningún nuevo mensaje. Era Nochebuena y ya no quedaba tiempo. Se sintió otra vez desmoralizada e incrédula. Había pasado horas frente a su computadora contestando mensajes de sus amigas que la saludaban por las Fiestas, pero lo que ella esperaba ansiosamente era alguna noticia de Omael.

Eran ya las nueve de la noche cuando la sobresaltó el sonido característico de nuevos mensajes en su cuenta de correo electrónico. Entró rápidamente a su correo y allí estaba el nuevo mensaje. ¡Era de Omael! “Celeste, misión cumplida. Primero puse en su lugar a ese mal bicho de Alberto; luego debí ocuparme de quien urdió el plan para perjudicar a tu mamá en su trabajo, distraerla con la ruptura de su matrimonio y aprovechar su mal momento para desplazarla de su puesto y hacer una gran estafa. ¿Sabés quién era esa persona? Esto va a ser un secreto entre vos y yo: la mismísima mujer de Alberto, quien se ocupó de seducir a tu papá. No le reproches nunca nada porque está terriblemente avergonzado, y te aseguro que la tentación fue muy fuerte. Ahora sólo tenés que bajar a la sala para ver realizado tu milagro navideño. Nunca pierdas la fe. Tu amigo Omael, ángel adscripto a internet y las redes sociales”.

Celeste bajó corriendo y se detuvo en los últimos escalones desde donde contempló con emoción la escena tan soñada, su milagro navideño: allí estaba su padre abrazado con su madre en lo que era notoriamente un gesto recíproco de arrepentimiento, perdón y reconciliación.

Muerdago

© Enrique Arenz
Prohibida su reproducción en internet

sin la expresa autorización del autor

Publicado en:
Diario  El Comercio de Ecuador

13 de diciembre de 2009 

Libro Mágica Navidad (Editorial Dunken, 2012)

 

 

 

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