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Testimonio de Hafaar, el judío que intentó salvar a Jesús

Testimonio de Hafaar, el judío que intentó salvar a Jesús

Cuento del escritor argentino Enrique Arenz

 

Soy Hafaar de Jerusalén, hijo de quien fuera un importante constructor al servicio de Herodes Antipas, y sobrino de un acaudalado comerciante de Tiro que pagó generosamente mis viajes y estudios.

Aprendí el latín y el griego, las matemáticas de Pitágoras y la geometría de Euclides, los asombrosos teoremas de Arquímedes de Siracusa, la astronomía heliocéntrica de Aristarco de Samos, la criba de Aristóstenes y la metafísica de Leucipo y de Demócrito. Los persas me enseñaron la alquimia, y los egipcios, los secretos de la construcción.

Pero mi familia cayó en desgracia y debí huir a Cafarnaúm donde gracias a mis conocimientos pude ganarme la vida como constructor de casas.

Allí conocí a un pescador llamado Simón que me encargó la construcción de su vivienda en proximidades de una sinagoga. Este Simón era discípulo de un predicador conocido como Jesús de Nazaret o Jesús el Galileo, quien, entre otras curiosidades, se proclamaba el mesías anunciado por los profetas.

Simón era un hombre sencillo y de muy escasa instrucción, pero de corazón abierto y limpio. Ese tal Jesús le había echado sobre las espaldas graves responsabilidades en la organización de aquella suerte de comunidad religiosa.

Por de pronto necesitaba un amanuense que le escribiera sus cartas y llevara un minucioso registro de todos los hechos que rodeaban las andanzas de su maestro. Me ofreció el empleo, y yo lo acepté por una sola razón: la inquina de Herodes tarde o temprano extendería su largo brazo hasta alcanzarme, y una manera de volverme invisible era convivir con esas humildes personas.

Cafarnaúm está a orillas del Mar de Galilea y a unas tres millas de la desembocadura del rio Jordán. Es una ciudad próspera, tal vez la más importante de todas las ciudades fundadas alrededor del lago, tanto que hasta tiene una aduana y una guarnición romana que en esos tiempos estaba al mando Liciastro, quien, para mi fortuna, era un agradecido amigo a quien hice favores en mis tiempos venturosos.

Cuando vi por primera vez a Jesús, éste me miró con ojos penetrantes y me preguntó por la suerte de mi familia. Conocía mi pasado y había consentido mi contratación por Simón. Le expliqué que mi tío era prisionero de Herodes y que los demás habían sido asesinados. Se mostró apesadumbrado y meneó la cabeza con los labios apretados. Desde ese día casi no volvió a hablarme.

Me relacioné amistosamente con sus otros discípulos, once, además de Simón. Eran pescadores, obreros y un recaudador de impuestos llamado Mateo. También tuve buen trato con las mujeres que los acompañaban, aunque no las recuerdo a todas: Susana, una de las más calladas, Salomé, madre de los discípulos Jacobo y Juan, las hermanas María y Marta, oriundas de Betania (siempre reñían entre ellas), la suegra de Simón, y quien era la más importante y respetada de todas, María de Magdala, bonita e inteligente, cuyos criteriosos consejos el maestro escuchaba sin el menor atisbo de orgullo o preeminencia masculina.

Mi trabajo me obligaba a permanecer siempre junto a Simón para tomar notas de todo lo que se conversaba y se resolvía en las reuniones. Como hablaban en arameo, un dialecto persa derivado del asirio, yo debía traducir todo al hebreo para que las constancias quedaran escritas en esa lengua. (Cada tanto Jesús revisaba mis notas y a veces me pedía que hiciera algunos cambios).

En esos cotidianos encuentros los doce apóstoles solían discutir acaloradamente. Los entredichos se originaban en la interpretación de las enseñanzas del maestro, o bien por el lugar jerárquico que ocupaba cada uno en el grupo, y también por los milagros que, se decía, realizaba Jesús por doquier: ciegos que veían, sordos que oían, tullidos que caminaban, endemoniados que se liberaban, panes y peces que se multiplicaban, ¡y hasta muertos que salían de sus sepulcros! Aclaro que yo nunca vi nada de eso, y como soy una persona culta que leyó, como dije, a los sabios de Grecia, mantuve un respetuoso pero escéptico silencio en relación con esas leyendas.

Sin duda Jesús tenía una personalidad descollante, era alto, delgado, y de imponente presencia. Su expresión era dulce y amigable, hablaba con suavidad, y al explicar su doctrina creaba metáforas ingeniosas que habrían deslumbrado al mismísimo Homero, pero en ciertas ocasiones sus rasgos se endurecían hasta el punto de atemorizar a sus interlocutores.

Tenía, sin embargo, un gran sentido del humor y hacía reír a sus discípulos con ocurrencias donosas y paradojas brillantes. Yo, que conocía las sátiras de Aristófanes, valoré en mucho esa virtud excelsa, tan ausente en el melancólico pueblo israelita.

Su prédica era hacer el bien, amar al prójimo, perdonar a los enemigos, acercarse a los leprosos y tocarlos sin temor ni repugnancia, ayudar a las viudas pobres y ser compasivos con los que sufren, y otras rarezas similares. Sostenía que a Dios se lo honraba con actos de amor y no con pompas y holocaustos. Yo nunca había oído hablar de esa manera, ni siquiera leí algo parecido en la Ética a Nicómaco de Aristóteles, donde el estagirita describe cuál ha de ser el recto proceder de las personas de bien, pero no menciona ni el amor ni la conmiseración hacia desconocidos.

Sus palabras conmovían a las multitudes de pobres, enfermos y oprimidos que lo seguían. Tenía el temple de un líder, y tal vez haya sido un gran hombre, como lo fue hace cuatro siglos el insigne pensador Sócrates, sobre cuyas sabias enseñanzas orales escribió su discípulo Platón en varios manuscritos, algunos de los cuales llegué a leer con asombro y admiración en mis viajes por Atenas y Alejandría. Pero de ahí a que Jesús fuera el mesías anunciado por Jeremías, Isaías, Malaquías y Miqueas, había ―para mi saber y entender― un trecho tan extenso como el desierto de Judea.

Los integrantes de la secta no siempre tenían al maestro junto a ellos. Cuando estaban solos pasaban muchas horas dialogando y entreverándose en discusiones en las que no estaban ausentes las intrigas, los gritos y hasta los insultos. Había entre ellos rivalidad y celos. A Juan, que era el más joven de todos, Jesús lo distinguía como su discípulo predilecto y amado, y esto no les gustaba a los otros, sobre todo a uno llamado Judas Iscariote, un sujeto muy desagradable, huraño y a todas luces resentido y envidioso, que pretendía ser más importante que los demás por la sola circunstancia de conocer a Jesús desde niño. Por alguna razón que nunca entendí, Jesús había asignado a Judas la administración de la bolsa del grupo. Los otros parecían despreciarlo por su personalidad atrabiliaria, y hasta murmuraban que estaba poseso. Tenía la particularidad de ser tan alto y delgado como Jesús (mientras los otros discípulos eran de mediana y baja estatura), y a veces, viéndolos de lejos o de espaldas, se los podía llegar a confundir.

Sólo la presencia señorial de Jesús los aplacaba y unía en fraternal comunión. A veces se reunían de a dos o de a tres, ocasiones en que murmuraban con cierta maledicencia unos de otros, o bien cuestionaban lo que Jesús predicaba y profetizaba.

Iscariote, cuando Juan y el maestro estaban ausentes, hacía insinuaciones descalificadoras del muchacho, y también de María de Magdala. Simón lo hacía callar en el acto, ejerciendo la autoridad que le había conferido Jesús (“Tú eres Petra, y sobre esta piedra erigiré mi Iglesia”, le oí indicarle en presencia de todos, tácito encumbramiento a primus inter pares, como decían los romanos en tiempos de la República).

Con el correr de los días me di cuenta de muchas cosas. Por empezar, Simón “Petra” no estaba muy convencido de que Jesús fuera el mesías. Tampoco le entraba en la cabeza que su propio destino consistiera en ser la piedra basal de esa secta judía semejante a la de los esenios de Qumran, con quienes había estado Jesús para purificarse, meditar y estudiar la Ley, antes de reunir a los doce.

Aquí debo hacer una aclaración importante: la diferencia que separó a Jesús de los esenios, también llamados los Iluminados de Qumran (ahora lo sé, porque al convivir décadas con ellos he llegado a conocerlos bien), fue que Jesús quería estar cerca de los pecadores, los indeseables y los débiles de espíritu, para redimirlos, enderezarlos y perdonarlos en nombre del Padre, en tanto que los esenios pretendían aislarse del mundo real para no contaminarse.

Un día que tenía deseos de desahogarse, Simón me confesó que él quería dedicar su vida a pescar y vivir tranquilo con su familia. Era feliz contemplando el crepúsculo o el amanecer desde su barcaza repleta de múgiles, sardinas y tilapias a la hora de regresar a casa. Pero una mañana estaba con su hermano Andrés reparando una red, Jesús se les acercó y les dijo: “Síganme, ahora serán pescadores de almas”, y ahí estaba, pasando necesidades y caminando por el desierto, yendo de una aldea a otra detrás de ese galileo que insistía en que era el Hijo del Hombre. Cuando Simón regresaba a su casa, luego de largas ausencias, su esposa le recriminaba el abandono de su trabajo. Le rogaba entre lágrimas que se apartara del galileo. “¿Quién lo entiende? ―repetía con lógica irrebatible―: ¡repudia el divorcio pero obliga a sus discípulos a abandonar a sus familias para ir detrás de él!”.

El pobre Simón sabía que su mujer tenía razón, pero estaba tan fascinado con la personalidad del maestro que le resultaba imposible dejar de escucharlo, admirarlo y seguirlo allí donde fuera.

En cierta ocasión el nazareno comenzó a decirles a sus discípulos y a las mujeres que se prepararan porque tendrían que ir todos a Jerusalén donde él padecería terribles tormentos en manos de los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y que sería muerto y que resucitaría al tercer día.

Estas inesperadas declaraciones causaron gran revuelo y desconcierto entre sus seguidores. María de Magdala fue la única que pareció comprender el enigmático anuncio. Vi lágrimas en sus ojos, pero logró controlarse. Los hombres, en cambio, no podían aceptar ese destino que Jesús les anticipaba.

Todos se mostraron turbados y le porfiaron al maestro que eso jamás sucedería. Como dije antes, Jesús era extremadamente manso y paciente, pero cuando lo contradecían desde la tosquedad y el palabrerío huero, su fuerte personalidad se alzaba trepidante. Y Simón se empecinó aquella vez en llevarle la contra. Y, ay, ante nuestros atónitos ojos Jesús se paró, golpeó la mesa con las palmas de sus manos y le gritó con voz estentórea: “¡Aléjate de mí, Satanás, Tú no eres más que un estorbo, no piensas en las cosas de Dios, sino en las banalidades de los hombres!”.

Aquí debo aclarar que en esos tiempos yo cumplía formalmente con la ley de Moisés, respetaba el Sabbat y frecuentaba la sinagoga, pero lo hacía únicamente para no crearme problemas, porque yo nunca fui lo que cabalmente se entiende por un “hombre religioso”. Creo en Dios, claro, ¿qué clase de persona no lo haría? Pero para mí los templos y sus rituales son patronatos ficticios, necesarios, no lo niego, para confortar a las mentes sencillas, para mantener al pueblo apacible y también, desde ya, para contrapesar el poder ilimitado de los gobernantes. Pero resultan insustanciales para aquellas personas cultas que, como yo, no viven ni de la política ni de los concilios.

Pero esto lo puedo escribir ahora en mi vejez porque muy pocos saben leer griego, y porque vivo oculto y apartado de mis enemigos. En otras circunstancias hacer alarde de irreverencia religiosa equivaldría a llamar a la desgracia con sones de trompeta.

Yo trataba de cumplir mi trabajo en silencio, discretamente, sin hacerme notar mucho y sin preocuparme ni sorprenderme demasiado por las peculiaridades que escuchaba y debía luego escribir.

En sus charlas con su gente Jesús hablaba mucho de su misión, que no era, aclaraba siempre, cambiar la Ley, como lo acusaban los fariseos y los saduceos, sino interpretar y predicar el verdadero sentido de la Ley. Lo cual no dejaba de ser presuntuoso, porque, me preguntaba yo, y aún suelo hacerlo, ¿quién era Jesús para sacudirles la silla a los príncipes del templo?

Por otra parte, eso de cargar con todos los pecados del mundo, de tener que morir para redención de la humanidad y luego resucitar de entre los muertos, eran cosas difíciles de entender para cualquiera, mucho más para quién, como yo, estudió la lógica de Aristóteles y su principio de la no contradicción.

Si hasta los habitantes de Nazaret, sus propios vecinos, repudiaron sus pretensiones. Según me contó Simón casi lo arrojan al precipicio porque un buen día Jesús, que para aquellas personas no era más que el hijo del carpintero, entró en la sinagoga, pidió el Rollo al acólito, leyó a Isaías, los miró a todos con paternal suficiencia y les dijo: “Pues bien, regocíjense, porque yo soy el enviado del que habla el profeta”. ¿Es posible imaginar tamaña impertinencia? Lo conocían de toda la vida, había crecido entre ellos, lo habían visto trabajando en el taller del viejo José, nunca hablaba con nadie, más bien caminaba solo por los alrededores desérticos, como un eremita (no sé si llegó a casarse, puede que sí, porque es costumbre que los varones lo hagan alrededor de los veinte años, y las mujeres a los catorce, y puede también que haya enviudado prematuramente) y de pronto se pone a predicar y pretende que lo reconozcan como el Mesías. Era demasiado para esa gente sencilla y cumplidora de las reglas de Moisés. Fue literalmente echado de su ciudad y no regresó jamás.

A veces mandaba a sus discípulos por distintos poblados para que se familiarizaran con la tarea que tendrían que asumir después de que él muriera y resucitara. Los hacía ir de a dos. “No vayan aún donde los gentiles ni entren a ciudades samaritanas. Primero, busquen las ovejas perdidas de Israel”, les recomendaba. No vi que aquellos sufridos pescadores y obreros hicieran esos viajes con muchas ganas, y cuando Jesús se los recriminaba, ellos se defendían diciéndole que no sabían con certeza cuáles eran sus planes. Juan, que adoraba a su maestro y nunca lo refutaba, se atrevió a increparlo una vez con estas palabras: “Señor, no sabemos adónde vas; ¿cómo podemos conocer el camino?”. Jesús lo miró largamente con tristeza, pero esa vez no se alteró ni le contestó.

No escapaba a mi perspicacia que Jesús estaba bastante decepcionado con las cortedad de entendederas de sus doce elegidos. No ocurría eso con María de Magdala, quien no sólo parecía entender claramente la misión de Jesús sino que, siendo una persona adinerada (su familia poseía una fábrica de salazón de pescado) hasta se ocupaba de costear las pequeñas necesidades de su maestro.

Por ese tiempo se produjo un extraño episodio que nunca pude descifrar y que por años atribuí, como única explicación posible, al hechizo que Jesús ejercía sobre aquellas rústicas mentes, pero que ahora, en el final de mi vida, no puedo sino relacionar con los hechos asombrosos en los que me vi posteriormente involucrado.

Una tarde, Jesús llama a Simón, a Jacobo y a Juan y les ordena que lo acompañen hasta la cima de una colina situada en el valle de Jezreel. Simón se acerca a Jesús y le habla al oído. El maestro me mira y hace un gesto afirmativo con la cabeza. Entonces Simón me hace señas para que me sume al grupo.

El monte es alto, hay que subir por senderos pedregosos y empinados y la tarde era calurosa. ¿Para qué querrá llevarnos hasta allí?, me pregunté molesto.

Cuando estamos por llegar a la cumbre Simón me ordena en voz baja que me mantenga a cierta distancia. Me ubico unos veinte pasos atrás y sigo a los cuatro hasta el final del camino. Jesús se detiene, trepa ágilmente a un peñasco y desde allí enfrenta a sus discípulos. Yo me echo detrás de unas matas desde donde puedo observar los acontecimientos y tomar mis notas sin molestar.

Jesús se quedó parado donde estaba, en silencio, con sus brazos abiertos y las palmas de sus manos dirigidas al cielo, en actitud de oración. Los tres apóstoles, inmóviles y expectantes, permanecieron frente a él.1

No sé cuánto duró esa quietud, pero de repente los tres discípulos se agitaron como sacudidos por un rayo, levantaron sus brazos y ladearon sus cabezas como si recibieran un destello enceguecedor, o tal vez una visión insoportable, y cayeron de rodillas. Apoyaron sus manos y sus rostros en el suelo y comenzaron a temblar convulsivamente, mientras Jesús continuaba mirándolos sin moverse.

Luego Simón comenzó a divagar. Sin levantar la cabeza del suelo se dirigió a Jesús con la voz agónica de los que hablan en sueños: “¡Señor, qué lugar tan agradable es este! Uno se siente muy bien aquí. Si quieres puedo ordenarle a Hafaar que construya una casa con tres habitaciones, una para Elías, otra para Moisés y otra para ti…”

Yo no podía creer lo que escuchaba. ¿Me harán construir una casa en la cima del Tabor? ¿Está loco Simón?, pensé en ese momento en el colmo de la estupefacción; ¿Habitaciones para Elías y para Moisés, nada menos? Definitivamente, estos tipos no están en sus cabales.

Jesús bajó del risco, los tocó uno por uno en el hombre y les dijo, “No teman, todo está en orden. No cuenten a nadie la visión que han tenido hasta que yo haya resucitado de entre los muertos”.

A mí sólo me echó una mirada fría y distante. Ahí supe que conocía mi escepticismo, lo aceptaba y, lo más importante, confiaba en mí discreción y lealtad.

A los pocos días de este episodio comenzaron los preparativos para el viaje de Jesús y su gente a Jerusalén. Hablé con Simón y le recordé que Jerusalén era para mí una trampa mortal. Lo comprendió y me agradeció por mis servicios.

Le entregué los rollos de mis escritos prolijamente pasados en limpio, cobré mi salario y me despedí de todos.

No pasó mucho tiempo desde la partida, tal vez una semana, día más día menos, cuando llamó a mi puerta mi amigo Liciastro, el jefe de la guarnición romana. Recuerdo que era la Pascua y mis siervas preparaban el cordero y el ázimo para la cena. Estábamos a dos días del Sabbat.

Nos saludamos fraternalmente. Luego me preguntó:

―¿Has tenido noticias de ese tal Jesús de Nazaret?

―No desde que se fueron todos a Jerusalén…

―Me llegó un mensajero de Nicodemo, que es miembro del Consejo Judaico…

―Sí, lo conozco.

―Me ha dicho que arrestaron a Jesús y lo llevaron ante Pilatos para que lo crucifique.

―¡Crucificarlo! ¿Pero de qué lo acusan a ese buen hombre?

―El propio Nicodemo fue parte del complot para desacreditarlo ante el pueblo y luego castigarlo por blasfemo. Pero Caifás y Anás han ido más lejos, lo quieren muerto, pero como la blasfemia no es para Roma un delito que se castigue con la pena de muerte, lo han acusado calumniosamente de conspirar contra la autoridad romana. Ante este giro canallesco Nicodemo se ha arrepentido y ahora trata de ayudarlo, él creé que tú podrías aportar algún testimonio en su favor…

―¡Pero yo soy un fugitivo de Herodes!

―No te preocupes por eso, Nicodemo te garantiza el salvoconducto y el indulto de la autoridad romana para ti y para tu tío si vas conmigo hoy mismo a Jerusalén para que el propio gobernador escuche tu opinión acerca de ese predicador.

―¿Deberé testimoniar ante Pilatos?

―Sí, pero reservadamente. Pilatos ya lo interrogó a Jesús y escuchó una sarta de falsos testimonios contra él. Dijo que no veía ninguna culpa en el galileo, y se lo mandó de vuelta a Caifás sugiriéndole que lo lleve ante Herodes Antipas que aunque reside en Jerusalén tiene jurisdicción sobre Galilea. Pero el tetrarca ha respondido que no es él sino el procurador romano quien debe hacer cumplir las sentencias del Sanedrín. Así que, vuelta a llevar a Jesús ante Pilatos. Entretanto, parece que al desdichado lo han humillado, maltratado y golpeado como a un delincuente.

Nos embarcamos enseguida en el puerto de Cafarnaúm y navegamos por el Mar de Galilea y después por las aguas del Jordán hasta la desembocadura en el Mar Salado. Allí nos esperaban soldados romanos con dos carros veloces para que fuéramos sin pérdida de tiempo hasta Jerusalén.

En menos que se arrodilla un camello, me encontré en la Pretoría de Roma, ya cayendo la noche, delante del mismísimo Lucio Poncio Pilatos. Estaban presentes, además de mi amigo Liciastro, Claudia, la joven esposa del procurador, Nicodemo y el primer centurión de Palestina llamado Cátulo Fulvio. El procurador fue directo al asunto:

―Amigo Hafaar, el problema que tenemos es el siguiente: Caifás y el Sanedrín en pleno, con excepción de Nicodemo, aquí presente, que es un hombre justo, han condenado a muerte a Jesús, pero yo no veo que ese inofensivo predicador haya cometido crimen alguno.

―Tu criterio es sabio y justo― dije con alguna obsecuencia.

―Tú trabajaste para uno de sus discípulos. Dime solamente a mí, y sin ningún temor, qué clase de persona es ese galileo. Quiero estar seguro de mi intuición.

―Procurador, yo estoy convencido de que es un hombre bueno que predica el amor y la misericordia entre las personas.

―Pero me aseguran que pretende ser el rey de los judíos. Cuando se lo pregunté ¿qué crees que me contestó, el muy arrogante?: “Tú lo has dicho por mí”.

―Es que él no desea eludir la muerte. Siempre sostuvo que debe morir para redención de la humanidad, de acuerdo con lo que dicen las Escrituras, y que luego resucitará de entre los muertos para establecer la nueva Alianza. Está buscando su martirio.

―Pero ¿y lo de ser el rey de los judíos, para liberarlos de… la opresión de Roma? Dijo que se ha cumplido el plazo, y que llega el reinado de Dios. Eso suena muy sedicioso.

―Nunca oí semejante cosa. Jamás. Al contrario, él siempre repetía que su reino no era de este mundo; incluso aconsejaba pagar los impuesto a César.

―¿Y qué hay de que dijo que el esclavo es igual al emperador? Un esclavo es un esclavo…

―Tal vez se refería a la misericordia de Dios, que no hace diferencia entre las personas. Él buscaba siempre las figuras retóricas de gran contraste para confortar a los desdichados…

La esposa de Poncio Pilatos intervino en la conversación:

―Te lo dije, pero no quisiste escucharme. Los sacerdotes le tienen envidia porque la gente lo escucha y lo sigue. Además lo odian porque los ha tratado de hipócritas y de sepulcros blanqueados: vistosos por fuera pero infectados de gusanos por dentro. Ese Caifás es una hiena que haría lo mismo con nosotros si pudiera. No mandes matar a ese galileo porque he tenido horribles sueños por causa de esta injusticia.

Recordé en ese momento las palabras del romano Marco Tulio, conocido como Cicerón, refiriéndose a nosotros los judíos: “Raza abyecta, nacida para la servidumbre”. Sin duda los romanos nos odiaban, y los judíos los aborrecíamos a ellos. ¿Qué estaba haciendo yo en ese lugar?

―Pero, mujer, es que no veo la forma de salvarlo. Le ofrecí al pueblo su liberación con el pretexto de la tradición pascual. Para asegurarme de que optarían por él lo puse al lado del peor reo, Barrabás, que es un asesino odiado por el pueblo, pero, ustedes lo vieron, la gentuza llevada por Caifás gritaba: ¡Barrabás, Barrabás! ¿Qué otra cosa puedo hacer? Caifás hasta me advirtió que, de ser necesario, recurriría a Vitelio, el gobernador de Siria, quien podría ordenarme ir a Roma para ser juzgado por deslealtad a César…

―¿Cuál es la situación actual de Jesús? ―interrumpió Nicodemo que hasta entonces no había hablado.

―Yo ordené que lo azoten mañana temprano. El pobre la va a pasar mal porque mis instrucciones fueron de extremo rigor y mis hombres saben hacer este trabajo con oficio y mucho placer, pero mi intención es que el castigo sea tan duro que aplaque a sus enemigos y me permitan luego dejarlo en libertad. Sin embargo sospecho que Caifás y sus secuaces no se conformarán con la zurra y me van a exigir la crucifixión. Desde ya les digo que si eso ocurre no estoy en condiciones de oponerme. Si estos sujetos provocan una revuelta y vuelve a correr sangre en Judea, César no me lo tolerará. Ya me hizo una severa advertencia. En fin… ¿Qué proponen ustedes? 

―¿Dónde está él ahora? ―pregunté

―En un calabozo, en el ergástulo de los esclavos, debajo del torreón noroccidental ―contestó Pilatos.

Un murmullo en el extremo de la sala atrajo nuestra atención. Vimos al centurión Cátulo escuchando atentamente a un oficial que le informaba alguna novedad importante. Cátulo regresó inmediatamente a la reunión.

―Encontraron el cuerpo de Iscariote, el entregador ―informó―: se ahorcó en Getsemaní.

―¿Entregador…? ¿Judas lo entregó a Jesús? ―pregunté en el colmo de la incredulidad.

―Sí, le pagaron para eso ―dijo el gobernador―. Parece que este galileo no ahorró esfuerzos para hacerse odiar por todos. No dejó estatua en su pedestal.

Un sudor frio me corrió por el espinazo. Recordé que una vez Jesús había hecho alusión elíptica a la supuesta atracción concupiscente de Poncio Pilatos por los impúberes. Según habían comentado sus propios esclavos, Pilatos acostumbraba a bañarse desnudo en compañía de efebos y niños pequeños. Jesús, en un discurso que yo relacioné instantáneamente con este hecho aberrante tan comentado por toda Judea, advirtió con inusitada severidad que “a quien escandalizara a uno solo de mis pequeños, más le valdría que le ataran al cuello una rueda de molino y lo arrojaran al mar”. A esos esclavos habladores Pilatos les hizo cortar la lengua.

¡Ni Pilatos había escapado a las amonestaciones de Jesús! Era una suerte que ni el procurador ni el Sanedrín se hubieran enterado de esas palabras que Jesús pronunció en su círculo íntimo.

Se hizo un prolongado silencio.

―Gobernador, tengo una idea ―dije. Todos me miraron―. Yo, siendo casi un niño, participé con mi padre en la construcción de los calabozos de esa parte de la fortaleza, precisamente bajo el segundo torreón. Conozco el acceso a unos túneles secretos que conducen hasta las cercanías del Mar Salado.

―¿Túneles secretos en la fortaleza Antonia? ―preguntó pasmado el gobernador―. No es posible, si yo he recorrido cada rincón de este lugar.

―Las mandó construir tu antecesor, Valerio Graco, como sistema de escape, aunque nunca se llegó a utilizar. El acceso quedó olvidado y mi familia mantuvo la debida reserva.

―Me has sorprendido, Hafaar. Pero continúa, ¿cuál es tu idea?

―¿Tienen el cadáver de Judas? ―pregunté.

―Está en el patio de la fortaleza, en un carro de la guardia― contestó Cátulo.

―Bien ―continué―, hacemos esto: liberamos a Jesús, ponemos en su lugar el cuerpo de Judas, que tiene similar contextura física, al que habría que golpear un poco en la cara para hacerlo irreconocible, y que mañana, cuando tus soldados vengan a buscarlo, lo encuentren muerto. Todos creerán que se trata de Jesús que murió durante la noche. Al verdadero Jesús lo sacamos por el sistema de túneles. Luego él puede buscar refugio entre sus amigos los esenios, los pocos que me han dicho quedan todavía allí después del reciente sismo.

Poncio Pilatos se quedó mirándome y pensando. Al rato dijo:

―¿Sabes que la idea no es mala? La apruebo, pero debe quedar entre nosotros ―me puso una mano en el hombre y me dijo―: Hafaar, vas ahora mismo con Cátulo, Liciastro y un par de oficiales de absoluta confianza hasta el ergástulo para liberar a Jesús de acuerdo con tu plan. Actúen sin pérdida de tiempo y luego vienen a informarme, a la hora que sea, me quedaré levantado.

Lo primero que hizo Cátulo fue retirar a los tres guardianes del ergástulo a quienes ordenó patrullar el exterior del Torreón. Luego buscó a dos legionarios de su confianza. Los cinco bajamos a las irrespirables mazmorras apenas iluminadas por antorchas sujetas a las paredes. Los oficiales arrastraron el cuerpo maloliente de Judas. Llegamos hasta la celda donde Jesús con su rostro penosamente lastimado permanecía de pie encadenado a los orificios de una de las paredes rocosas. Cátulo abrió los grilletes y lo hizo salir de la celda mientras los dos oficiales ingresaban el cuerpo de Judas y se disponían a desfigurarlo y a encadenarlo en el lugar de Jesús. Nos alejábamos rápidamente de la celda cuando escuchamos los puñetazos ahogados y hasta un débil gemido característico de los cadáveres que exhalan aire retenido. Yo hallé rápidamente las sinuosidades rocosas que disimulaban el acceso a la red de túneles.

Tomé una antorcha y conduje a Liciastro y a Jesús a través de esas vías de escape. Jesús, sin decir una palabra, siguió las indicaciones que le dábamos. Caminamos mucho tiempo por estrechos y húmedos pasadizos, siempre en declive, hasta que volvimos a sentir el aire fresco cargado de olor salitroso.

Cuando salimos a cielo abierto le dije a Jesús:

―Caminando toda la noche hacia allá encontrarás el Mar Salado. Bordeándolo hacia la izquierda podrás llegar hasta donde están algunos de tus amigos esenios. Mantente oculto entre ellos. Adiós y buena suerte.

Jesús no pronunció una palabra. Nosotros regresamos por donde vinimos, por precaución sellamos el acceso apilando varias rocas y verificamos que el cadáver de Judas, con la cara machucada y ensangrentada, estaba amarrado a la pared de la celda.

Cátulo repuso a los soldados de guardia y nosotros volvimos a reunirnos con Poncio Pilatos, quien nos había hecho servir la cena.

―Todo salió perfectamente ―comentó aliviado Cátulo.

―Bueno, dormiré tranquilo. En cuanto a ti, Hafaar, serás recompensado por tus servicios.

Esa noche dormí en el palacio de Poncio Pilatos. Cómo estaría de complacido conmigo el pretor de Roma que hasta me envió una esclava joven para que mi descanso fuera plácido y relajado. El sol estaba ya alto cuando me despertó bruscamente Liciastro. Pálido y agitado, exclamó:

―¡Están flagelando a Jesús!

―¿A Jesús? ¿Pero cómo lo atraparon?

―No lo creerás, pero los soldados que lo fueron a buscar lo encontraron en su celda.

―Eso es imposible, nosotros mismos lo liberamos y lo llevamos a través del túnel. ¿Qué sucedió?

―No lo sé. Poncio todavía no se enteró porque ordenó que no lo despertaran. Yo me las arreglaré para afrontar las consecuencias de este inexplicable fracaso, pero tú que eres judío correrás con desventaja, será mejor que escapes lo más lejos posible.

No había tiempo para discutir ni analizar nada. Rápidamente me puse en camino para Cafarnaúm de donde recogí algunas de mis cosas y huí a Sidón.

Allí me llegaron las noticias de la muerte de Jesús en la cruz. Como mi curiosidad era más fuerte que mi prudencia, años más tarde fui hasta el Mar Salado y me presenté en la ya reconstruida fortaleza de los esenios.

Me recibieron con desconfianza. Les pregunté si Jesús de Nazaret había estado allí. Uno dijo algo sobre un galileo desconocido que recordaba haber visto y que respondía a mis descripciones, pero otro que se presentó como el jefe de la comunidad lo hizo callar y me aseguró que no conocía a Jesús, y que nadie con ese nombre y señas había estado nunca allí, y que ellos sólo se dedicaban a escribir, meditar y orar. Los demás hicieron silencio y bajaron la cabeza.

No insistí. Sabía que no obtendría ninguna información de esos puritanos llamados a sí mismos Hijos de la Luz, para quienes todo en la vida es un secreto que debe ser celosamente ocultado a los “hijos de las tinieblas”, según catalogan al resto del mundo.

Como yo no sabía adónde ir, le rogué al jefe esenio que me aceptara como amanuense. Accedió después de hacerme varias preguntas y evaluar mi erudición. Necesitaban urgentemente un traductor del arameo y el hebreo al griego, y yo podía hacer ese trabajo. Me asignaron una pequeña celda y un lugar en el escritorio.

Pasaron los años. Yo me quedé aquí transcribiendo los textos sagrados en largos rollos de piel. Cada tanto me purifico en el agua mugrienta de la piscina para cumplir con sus ritos sencillos y dejarlos conformes.

Ahora me han dicho que se acercan las legiones romanas al mando de Tito para reprimir una rebelión en Jerusalén, y que debemos ocultar nuestros escritos en grutas de las colinas cercanas. Aunque hay mucho nerviosismo, todos confían en que Dios nos protegerá, porque, dicen convencidos: ¿no somos acaso el pueblo elegido? Yo que conozco bien a los romanos sé que ninguno de nosotros llegará a ver otro verano, así que me apresuro a terminar esta crónica. Sólo espero que una certera espada romana me proporcione una muerte piadosamente rápida.

Han transcurrido treinta y cinco años desde que ocurrieron aquellos hechos. Nunca supe qué pasó con Jesús luego de que lo sacamos de la fortaleza, cómo regresó a la celda, si es que regresó, ni qué hicieron con el cadáver de Judas.

Se acerca el momento en que conoceré por fin el misterio de la eternidad. Sabré entonces si ese galileo locuaz, inteligente y provocador era realmente el Hijo de Dios como aseguraba.

Si esa hipótesis se llegara a confirmar, si en verdad él fue el Mesías, sólo espero un don de su infinita misericordia: que valore la buena intención de mi corazón cuando procuré ayudarlo a escapar de la cruz, y que no juzgue a esa acción como un temerario intento de torcer la Voluntad de su Padre.

 

Nota del autor

En 1947 el pastor beduino Mohamed Ebid estaba buscando una cabra perdida en una colina del sector occidental del Mar Muerto cuando se encontró con el agujero de una cueva. Temiendo que su cabra hubiese caído allí, arrojó una piedra para calcular la profundidad del hueco. Oyó el ruido de algo que se rompía, se asustó y se fue. Al día siguiente regresó en compañía de su primo para explorar la gruta. Allí encontraron ocho vasijas de barro, una de ellas rota, que contenían rollos de cuero, y algunos de cobre, prolijamente atados. Desilusionados porque en las jarras no hallaron ni una moneda de oro, y sin sospechar que habían hecho el descubrimiento arqueológico más importante del siglo, los pastores decidieron llevarse los rollos para tratar de venderlos. Pero como era una mañana muy fría, decidieron encender una fogata para calentarse. No hay leña en el salvaje desierto de Judea, así que usaron uno de los rollos como combustible.

Los otros rollos pasaron por varias manos y hoy se conservan en el museo del Libro de Jerusalén: son los mundialmente famosos Rollos del Mar Muerto.

El rollo que los pastores quemaron aquella mañana es justamente el que ustedes acaban de leer. ¿Que cómo lo sé? ¿Y para qué soy escritor…?

 

Notas del Editor

1. Este episodio coincide con la descripción de la Transfiguración de Jesús que hacen los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas.

2. En este punto hay una discrepancia con la cronología de los hechos narrados por en los cuatro Evangelios canónicos. Según esos documentos Jesús fue arrestado el día de la Pascua judía, por la noche (jueves para nosotros) y juzgado ese mismo día por el Consejo Judaico. Al día siguiente (viernes, para nosotros) fue llevado primero ante Pilatos, luego ante Herodes y nuevamente ante Pilatos, quien lo hizo azotar y luego ordenó su crucifixión que se consumó ese mismo día (anterior al Sabbat). En el presente relato, en cambio, parecen haber transcurrido más días desde el arresto de Jesús hasta su muerte en la Cruz. 

3. Llamativamente, uno de los Evangelios apócrifos conocido como el Evangelio de la muerte de Pilatos, relata que a raíz de la crucifixión de Jesús, Tiberio hizo arrestar y conducir a Roma a Poncio Pilatos. El emperador lo condenó a muerte e hizo arrojar su cuerpo a las aguas del Tíber, atado a una gran rueda de molino. Se habría cumplido así la profecía de Jesús con relación a las prácticas pederastas del funcionario romano. Sin embargo la historia no registra fehacientemente este suceso.

 

© Enrique Arenz. Prohibida su reproducción.

 

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