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Setenta veces siete

Setenta veces siete

Cuento del escritor argentino Enrique Arenz

 

El padre Elpidio les daba misa todos los santos días. Y todos comulgaban. Todos menos Armanio Rocamora, que necesitaba confesar y no encontraba en Tierra Santa un sacerdote que hablara español.

(El que cuenta es el chofer palestino de nuestro grupo: Baraka Abudt, mientras él y yo, a solas, nos fumábamos una shisha ―pipa de agua― en un café típico de Nazaret, expurgado de mujeres y presidido por un gran retrato de Yasser Arafat.

Baraka habla bien el español, no es musulmán, pertenece a la minoría católica de Cisjordania y tiene permiso para entrar y salir del Estado de Israel transportando peregrinos y turistas. A los árabes hay que dejarlos hablar. Cuando narran les brota laSherezade que llevan en el alma. Dramatizan, exageran, vociferan y hacen mohines extraordinariamente expresivos que insinúan lo que sus palabras jamás dirán. Y nunca defraudan a quien espera oír una buena historia).

Eran diez personas: cuatro matrimonios uruguayos, Armanio Rocamora, que también era uruguayo pero viajaba solo, y una argentina, Analía Radamonti, de unos cuarenta años. Me gustaba esa mujer, buen cuerpo, mirada provocadora. Usted sabe… nosotros los árabes… (Juntó el dedo pulgar con el índice y lanzó una risotada) un pelo de al-Mhbl, nos tira más que dos camellos y un burro juntos, pero, aclaremos, los cristianos somos monógamos… (Y alzó divertido la mirada al cielo como si Dios fuera su compinche. Le recordé al sultán medieval Chiyas ud Din Khilji que tuvo un harén con 15.000 mujeres)

Pero hay uno más moderno: el rey Ibn Saud, el fundador de Arabia Saudita: ¡tenía 20.000 mujeres el hijo de puta! Pero sigamos con la historia. Uno de los matrimonios del grupo era joven; otro, de más de setenta, y los dos restantes, de mediana edad. Yo los llevaba de iglesia en iglesia por todos los lugares sagrados de Tierra Santa y los regresaba antes del anochecer a su alojamiento en el sector cristiano de la antigua Jerusalén. Y cada día el padre Elpidio, un salesiano de Valladolid, joven y bien plantado, dictadorzuelo como todos los guías espirituales que andan por aquí, decía una misa y les daba la comunión a todos. A todos menos a Armanio.

Este uruguayo solitario, algo raro pero muy educado y conversador, participaba de todas esas ceremonias, leía en ocasiones los Evangelios, escuchaba con atención las homilías y, como hombre de fe, se conmovía ante el misterio de la Eucaristía. Pero cuando llegaba el momento de comulgar daba respetuosamente un paso atrás.

El padre Elpidio conocía el problema de Armanio y se había comprometido a buscarle algún sacerdote que hablara español. Usted me preguntará por qué no lo confesó él mismo. Mire, según mi experiencia, nunca los guías espirituales confiesan a sus peregrinos, tal vez porque no les gusta mezclar el trabajo de guía con el de confesor y evitar enterarse de los secretos íntimos de las personas con quienes deben convivir durante muchos días.

Pero me llamó la atención que este cura no pareciera perder el sueño por encontrarle un confesor a Armanio, y no porque no hubiesen sacerdotes españoles o hispanoamericanos en Tierra Santa. Está lleno. Yo le hubiera localizado uno al instante si me lo hubieran pedido, pero no quise entrometerme porque los choferes debemos mantener distancia de los grupos. Salvo asistir a las misas, que es un derecho de todo católico, las reglas dicen que los choferes ni siquiera almorzamos en la misma mesa en que lo hacen los peregrinos con sus guías.

Y yo a ese Armanio lo veía muy ansioso, como si lo atormentaran pecados muy graves, y el padre Elpidio, que uno supone debería estar atento a esas penurias rebañegas, parecía como si no le importara mucho. Y eso que Armanio le había dicho bien clarito (y yo lo escuché desde el volante): “Hice el esfuerzo de venir a Tierra Santa para ponerme al día con mis postergados deberes religiosos y regresar a Montevideo espiritualmente renovado”.

Usted sabe que el tiempo vuela en estas apasionantes excursiones. Ya habían pasado cinco días sin que Armanio pudiera remojar su alma compungida. Su desazón iba en aumento hasta el punto de estropearle el placer de los paseos.

En una de las pocas conversaciones que tuve con él, me dijo que veía con envidia cómo los demás comulgaban día tras día sin ninguna amonestación de sus cristianas conciencias.

“¿Estaremos ante la comunión de los justos?”, me dijo. Yo, un poco en broma, le contesté: “¿Acaso el justo no peca setenta veces siete?” Y Armanio, sarcásticamente: “¡Pero estos ya se gastaron el cupo…!”

Ese día Armanio estaba tan apesadumbrado que llegó a decirme que dudaba del carácter sacramental de la confesión y que sospechaba que era un invento de la Iglesia para darle poder a los sacerdotes. “¡En ningún Evangelio dice que Jesús estableció la confesión como sacramento!”, casi gritó Armanio, alterado. Yo disentí con él respetuosamente, y hasta me permití reconvenirlo haciéndole saber que esas eran herejías luteranas. Le recordé que Jesús instruyó a sus discípulos para que fueran por el mundo perdonando los pecados de la gente, y que para perdonar algo hay primero que saber de qué se trata, lo cual implica tácitamente la confesión. “¿Pero acaso Dios necesita un intérprete?”, me respondió. “Si yo me arrepiento de un pecado se lo digo directamente a Él. Debiera ser un asunto entre Dios y yo, sin intermediarios, qué carajo”.

De puro discreto que soy, evité continuar con esa sacrílega conversación. Enseguida se calmó y volvimos a reírnos del comportamiento de los otros componentes del grupo. Y en eso Armanio tenía toda la razón: los hechos cotidianos contradecían esa postura tan suelta de “yo-comulgo-porque-estoy-libre-de-pecado”. Por empezar, Analía Radamonti era divorciada, así que mal podía recibir los sacramentos de la Iglesia, pero el padre Elpidio es uno de esos sacerdotes autoritarios que se arrogan el poder de dispensar a unos lo que les niegan a otros. Tierra Santa está plagada de clérigos que se sienten como Papas en miniatura. ¡Si los conoceré yo que trabajo con ellos y debo aguantarlos! Lo cierto es que en el grupo surgían diferencias y antipatías que no debieran existir en una comunidad cristiana que recorre con veneración desde la cuna de Belén hasta el Santo Sepulcro, desde la Vía Dolorosa hasta la basílica de la Dormición de María. Vea, un matrimonio se había puesto de punta con otro por una cuestión de atrasos en los horarios y otras nimiedades, ¿a usted le parece? El matrimonio más joven, que gozaba de una de buena posición económica, despertó envidias y rencores porque sus gastos eran altos en relación a las posibilidades escuálidas de los demás; los dos matrimonios de mediana edad descubrieron que eran vecinos de Punta del Este, aunque no se conocían ni siquiera de las actividades diocesanas, lo cual es bastante raro entre católicos que se dicen practicantes en un país laico como Uruguay. ¡Para qué! Ser de una misma ciudad y verse por primera vez las caras en la otra punta del mundo podría ser para muchos una sorpresa agradable, pero para éstos fue, o por lo menos eso me pareció a mí, como un ramito de ortiga en los sobacos.

La mujer argentina discutió una vez con el sacerdote por algo que había pasado entre ellos. “¡Vos me dijiste…!” “¡No, lo que yo te dije…!” Dimes y diretes que no pude descifrar. El padre Elpidio, que tiene una lengua filosa, descargó una tarde en mis oídos, como al pasar, algunas culebrillas censoras del comportamiento de la dama. Yo, como siempre, porque debo ser muy cauteloso si quiero seguir trabajando con la Iglesia y las agencias de peregrinaciones, simulé no comprender.

Armanio, que se daba con todo el mundo, mantuvo algún contacto amistoso con la argentina. Yo a ella la miraba por el espejo con cierto descaro, reconozco que me atraía su personalidad misteriosa… y también… sus muslos abundantes, contenidos a la cincha por pantalones que parecían a punto de reventar. Suelo tener fantasías que, bueno, ¡para qué le voy a contar!, pero soy un buen cristiano… (Miró otra vez al cielo y le guiñó un ojo al Altísimo). El asunto es que los vi conversando muy sonrientes y locuaces en uno de las travesías por el desierto. Yo no dejaba de observar por el espejo: ella le mostraba su llamativa pulsera dorada con sartas de corales y una placa cerámica con los colores de la bandera de su país, pero después cambió de ubicación con la excusa de fotografiar una caravana de beduinos. Se vino al primer asiento, se arrodilló enfocando su cámara hacia la ventanilla y me mostró generosamente su soberbio culo, bien redondo y cachetudo, una grupa de yegua para ser jineteada en una gloriosa cabalgata.

 

(Baraka chupó ansiosamente la boquilla de la pipa, sonrió y sacudió la cabeza como quien quiere librarse de una idea fija que lo obsesiona. En seguida continuó:)

 

La mujer ya no volvió a sentarse junto a Armanio y se quedó conversando conmigo. Era provocadora laguacha, como dicen ustedes. Al día siguiente ella lo abordó muy pimpante a Armanio, en tanto que el uruguayo, algo tenso, intentaba mantener cierta distancia; luego vi que ella ni siquiera lo miraba cuando éste, tímidamente, trató de acercársele. Ese mismo día Analía anduvo rondándole al padre Elpidio con insistentes preguntas y cargosos comentarios sobre el Evangelio de San Juan.

Al día siguiente visitamos el santuario del Primado de San Pedro en Tabgha. Después de la misa, el padre Elpidio y Armanio fueron juntos hasta el vehículo para conversar y descansar un poco, mientras los demás paseaban por las orillas del Mar de Galilea y juntaban pequeñas piedras para llevarse (los peregrinos suelen imaginar que alguna de esas piedras pudo haber sido pisada por Jesús). Yo estaba dormitando en el último asiento. No me vieron. Hablaron de Analía, aunque no entendí lo que dijeron… Conversaron en voz baja, sólo oí el nombre de ella, pero recuerdo que el tono de Armanio era como de reproche, mientras el cura parecía darle alguna explicación. Luego bajaron y se unieron a los demás.

Lo que me resultó muy extraño fue que al otro día los vi a los dos hombres en compañía de la argentina, muy amigotes los tres.

A todo esto los roces entre los matrimonios se habían venido agravando y hasta evitaban saludarse por las mañanas. Llegó un momento en que durante las comidas el grupo se dividía en tres bandos y ocupaban mesas separadas: cuatro en una mesa, tres en otra, y los restantes en una tercera. El cura y Armanio se sentaban alternativamente con unos y con otros, según la ocasión y las circunstancias. Analía, en cambio, había tomado partido por el matrimonio más joven. Al momento de bendecir los alimentos el padre lo hacía en voz lo suficientemente alta como para que les llegara a todos.

Eso sí, cuando en las misas diarias llegaba el saludo de la paz, todos se abrazaban y se besaban, “La paz sea contigo, la paz sea contigo”. Chuic, chuic. Pero apenas ponían un pie fuera del templo las intrigas y ojerizas volvían a torcer las caras y a desviar las miradas.

Armanio en cambio tertuliaba con todos y se alejaba de las rencillas, pero él seguía sin entender cómo con tantos resentimientos e intolerancias, las conciencias de aquellos piadosos y justos cristianos no les reclamaban una confesión reparadora.

Yo era todavía más severo que Armanio en mis íntimas reprobaciones: pensaba que hasta el padre Elpidio tendría que confesarse antes de celebrar la Eucaristía. En primer lugar, por su desinterés en reconciliar y mantener unido a su pequeño rebaño. ¡Si hasta por momentos parecía echar paladas de carbón a esa hoguera de ruindades! Y en segundo lugar por su indolencia para darle al uruguayo la paz espiritual que reclamaba.

Hubo un día libre y yo me fui a descansar a mi pueblo.

A la mañana siguiente me entero de que Analía Radamonti había dejado el hotel sin despedirse de nadie. Y todavía faltaban dos días de peregrinación.

“Me parece que ésta está un poco chiflada”, bisbiseó la lengua ligera del padre Elpidio cuando nos puso al tanto de la inexplicable novedad.

Llegó el último día.

La misa se celebraría en uno de los pequeños oratorios del santuario de la Transfiguración, en la cima del Monte Tabor. Minutos antes de iniciarse la ceremonia lo veo a Armanio separado del grupo, deambulando nervioso por la nave principal. Parece como desesperado; mira ansiosamente para todos lados. Me acerco a él y lo llamo porque me preocupa su estado de ánimo. Ni me ve ni me escucha, mira acá y allá como fiera acorralada, se detiene, clava sus ojos ansiosos en un confesionario ocupado por un sacerdote palestino que se adormece de aburrimiento en la semioscuridad del templo. Armanio va hacia él con determinación, se arrodilla atropelladamente, tanto que hace crujir el reclinatorio, sobresalta al cura que da un respingo y hace maquinalmente el gesto de la bendición. Y el uruguayo suelta el rollo de su confesión a toda velocidad. El cura quiere interrumpirlo y comienza a parlotear en árabe mientras hace gestos exagerados, se toca varias veces la punta de la lengua con el índice y después una oreja tratando de hacerle saber a ese extranjero despistado que él no entiende lo que le está diciendo. Yo no puedo creer lo que veo, me acerco al confesionario con la intención de mediar, hacer de intérprete, no sé, lo que sea para ayudar, pero, indeciso, me detengo a pocos pasos. Armanio, imperturbable y hablando atropelladamente y en un tono cada vez más alto sigue sacudiendo su conciencia como si volcara el contenido de una pesada bolsa de papas a los pies de aquel cura que no salía de su perplejidad. Hasta que arroja la última papa ―o zapallo gigante, si usted lo prefiere―, hace la Señal de la Cruz, lanza un suspiro de alivio y se encamina, ahora tranquilo y sin apuro, al altar donde el padre Elpidio, ya revestido, está acomodando la vinajera para iniciar la misa.

Y, tal como yo lo esperaba, al momento del Ágape Armanio se pone en la fila. Cuando le llega el turno, el padre Elpidio se detiene atónito con la Hostia en la mano, lo mira serio y le dice algo al oído. Supongo que le diría con su autoridad canónica: “Pero Armanio, si tú no has confesado, no puedes comulgar”. ¿Y qué hace Armanio? Con voz inapropiadamente alta, sobreactuando una suerte de arrebato herético, exclama: “Ministro del Señor, presbítero de la Santa Iglesia, soy el único de este grupo de pecadores que puede comulgar porque acabo de confesar con un cura palestino que no entendió un pito lo que le dije, pero ante mi imposibilidad y la desidia suya al no conseguirme un confesor, mi gesto tiene que ser suficientemente valedero para Dios. Él seguramente me entendió y confío en que me absolverá… a usted y a los demás, no sé. Así que… ¡deme la comunión!”

La delgada hoja de pan ácimo tembló de miedo antes de entrar en la boca exageradamente abierta de Armanio, y en esa caverna furibunda se perdió vaya uno a saber entre qué miasmas irredentas.

Terminó la peregrinación y se fueron todos de Israel.

No habrá pasado ni una semana cuando veo en la televisión israelí una noticia bastante habitual en esta región violenta: habían encontrado, flotando en las aguas del Jordán, el cuerpo sin vida de una mujer golpeada y apuñalada. No la pudieron identificar porque no le encontraron ningún documento, aunque la policía dedujo que era extranjera, de Sudamérica, dijeron, porque llevaba una pulsera con sartas de corales y una placa cerámica con los colores de la bandera argentina.

(Tomamos otro té y seguimos fumando en silencio. Si ustedes hubieran visto las muecas y los movimientos oculares del expresivo Baraka mientras contaba esta historia, sabrían ―quizás la palabra apropiada sería: sospecharían, o intuirían― bastante más de lo que pude trasmitirles con mis ineficaces palabras escritas.

Hubiera querido preguntarle al chofer palestino si había llegado a escuchar la confesión de Armanio, y si era así, qué fue lo que escuchó, pero preferí no hacerlo. Por dos razones: una, él nunca me lo diría; y la otra, toda buena historia debe tener un final incierto).


© Enrique Arenz. Prohibida su reproducción.

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