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¿Se puede ser escritor católico y liberal?

Reflexiones del escritor argentino Enrique Arenz

 

Pasé la meta de los setenta años, la edad en que, según Borges, los escritores entramos en el ocaso. No porque perdamos creatividad o dominio del oficio, sino porque ya no podremos abordar sensatamente proyectos demasiado ambiciosos, por ejemplo: “la gran novela latinoamericana”.

Pero más allá de límites y desmesuras, estar en la séptima década es para un escritor un buen momento para mirar hacia atrás, aceptar lo hecho y comenzar a perdonarse por todo lo que dejó en el camino.

Tengo nueve libros publicados y estoy avanzando en el número diez, un libro de cuentos fantásticos. Pero escribí otros libros, impresentables todos, algunos, de los tiempos prehistóricos de la Olivetti y el carbónico que ya fueron piadosamente triturados. Otros, los más cercanos, gestados ya en mis primeros procesadores de texto, aguardan impacientes que un desdeñoso clic los mande a la papelera, previo “cortar y pegar” de algunos fragmentos rescatables que podrían quizás reciclarse.

Publiqué alrededor de trescientos artículos periodísticos; un centenar en La Prensa y el resto en La Capital de Mar del Plata y en otros medios gráficos y digitales, algunos extranjeros.

¿Es una obra escasa? Sí, y esa exigüidad alguna vez me mortificó. Ahora no, ahora sé que escribí lo que escribí, y lo hice cada vez que tuve algo que decir o una historia que contar.

Algunos de mis cuentos, como No confíes en tu biblioteca o La confesión de Hitler me complacen especialmente porque tienen originalidad y una estructura, creo, acertada. Son cuentos relativamente largos con tramas atractivas y desarrollos concisos que sorprenden al lector y lo inducen a la relectura.

De los nueve libros publicados no me arrepiento de ninguno, aunque no he dejado de corregirlos interminablemente, aún después de editados, pensando siempre en posibles reediciones. En la actualidad, siete de ellos (en sus novísimas versiones) están disponibles en mi sitio oficial de Internet para ser bajados gratuitamente.

Permítanme que haga una mención especial a mis cuentos de Navidad : de todo lo que he escrito son lo único que me enorgullece. Amo esas pequeñas narraciones porque sé que con ellas toqué el corazón de mucha buena gente. He escrito veintisiete cuentos de Navidad, todo un récord cuantitativo en ese género literario que el ensayista francés Louis Vax define como “fantástico edificante” y que el escritor norteamericano Paul Auster menosprecia llamándolos “cuentos de hadas para adultos”. Género que han abordado casi todos los grandes escritores aunque ninguno le dio demasiada importancia, con excepción de Dickens y Emilia Pardo Bazán.

Todo lo que escribí es modesto y sin pretensiones. Soy consciente de que no ocupo ningún lugar en el catálogo de la gran literatura, y aunque he recibido algunos mimos de lectores generosos que no pocas veces me rescataron del desaliento, no me la creo. Nunca me la he creído, gracias a Dios.

 

Católico y liberal

Soy un hombre de fe educado en una familia católica, pero también abracé desde muy joven el ideario liberal; liberal en lo político y, sobre todo, en lo económico. Ser católico y liberal al mismo tiempo parece una contradicción, pero no lo es. Y lo explicaré en pocas palabras: Dios nos dio el libre albedrío y nos trazó el recto camino cuando dictó en el Sinaí: “No matarás, no robarás, no codiciarás los bienes ajenos, no desearás la casa de tu prójimo”. Y esos son los fundamentos del liberalismo. Por lo tanto ser creyente y ser liberal son condiciones complementarias y jamás antagónicas.

Pero vean lo que sucede: el liberalismo es un sistema de ideas que nos enseña a ser tolerantes y respetuosos con los que son diferentes o piensan, creen o sienten de manera diferente, pero al mismo tiempo nos espolea para que lo cuestionemos todo, lo pongamos todo a prueba y discutamos libremente ideas, creencias y saberes en las ciencias y en las artes.

Y acá está el problema: los liberales católicos nos sentimos con el derecho de polemizar no sólo con los maestros y pensadores del propio liberalismo sino también con los teólogos y autoridades de la madre Iglesia, donde solemos meter la cuchara indiscreta en milenarias e intocables ollas del Magisterio. En ese sentido se nos suele catalogar de católicos hereticales o acráticos, porque siempre estamos queriendo suprimir prohibiciones, derribar tabúes y oxigenar retrógradas zahúrdas.

A la Iglesia no le gusta el liberalismo porque este pensamiento acepta el divorcio, aprueba el control de la natalidad y es comprensivo con los homosexuales, y menos le gusta la actitud del católico liberal que pone en entredicho desde el celibato sacerdotal hasta la legitimidad de algún sacramento no hallado ni con lupa en los Evangelios.

Al liberalismo, por su parte, le choca que un liberal sea creyente y defienda a la Iglesia, porque la mayoría de los liberales son agnósticos o ateos, y algunos, hasta anticlericales irreductibles, convencidos de que la Iglesia es una suerte de rémora que retrasa la civilización. También les impacienta que un liberal católico hable de solidaridad social y apruebe la opción de la Iglesia por los pobres, porque ellos, los liberales no creyentes, tienden a anestesiar sus conciencias con el comodín de que el libre mercado soluciona todos los problemas económicos y sociales. Está bien, yo también creo en eso, pero entretanto, mientras la gran hazaña del liberalismo se agita en meras reuniones de café, el desamparado y el hambriento son mis hermanos. Otros ven en ellos una presencia ingrata o amenazante.

Y ciertos liberales que yo llamo afectuosamente “hiperventilados”, por ejemplo, aquellos que se definen pleonásticamente como “liberales libertarios” (que es como decir: “liberales elevados al cuadrado”), suelen ser paradojalmente los más intemperantes con aquellos que, como yo, practican el saludable ejercicio intelectual de discutir, pongamos por caso, algún aspecto débil de la Escuela Austríaca de Economía, o relativizar las definiciones pasionales del objetivismo de Ayn Rand, a pesar de que todas estas antipáticas revisiones, practicadas con honestidad intelectual, conforman la esencia de un comportamiento saludablemente “popperiano”, es decir: la más elevada cumbre intelectiva del pensamiento liberal.

No lo ven así muchos de mis cofrades, y para ellos apartarse un milímetro de las teorías que los han deslumbrado es tan inaceptable como lo es para los curas conservadores que uno les diga en amistoso diálogo: Dios nos regaló el sexo para que primero nos divirtamos, y de paso, ya que estamos, procreemos (el solo orden temporal de ambos sucesos ya es axiomático). Y que, por esa misma lógica, nos atrevamos a deducir que Dios no puede ofenderse si usamos ocasionalmente métodos anticonceptivos no abortivos, o, llegada la dura necesidad, pintamos la higuera en plena soltería.

Entonces, unos y otros, católicos y liberales (en mayor proporción los primeros), se empeñan en coartar el libre pensamiento de sus propios seguidores. Eso se llama inmovilismo, y si el inmovilismo es muy desagradable y frustrante dentro de la Iglesia de Cristo, lo es mucho más en la comunidad liberal, que debiera ser, por definición, la institución de la tolerancia y del cambio permanente.

 

El escritor católico liberal en el mundo de la cultura

Ahora bien, hemos visto que resulta incómodo pertenecer simultáneamente a la Iglesia y al liberalismo. Pero si además de eso el atrevido es un escritor de ficciones las cosas se complican: uno se transforma, den­tro del mundo de la cultura, en una provocación insoportable.

Veamos lo que sucede en los ambientes literarios.

Los críticos, los profesores universitarios de filosofía y letras, los jurados de concursos literarios estatales, los intelectuales que manejan sectariamente las diversas revistas literarias y los suplementos de los principales diarios, suelen ser, casi por naturaleza, utopistas románticos de izquierda muy comprometidos con el difuso y hoy bastante hipócrita sueño anticapitalista. Rechazan por igual tanto al escritor liberal como al escritor católico ─y ni hablar de la inaudita combinación de ambos─. Al liberal, porque no conciben, no soportan, no resisten la convivencia con un pensamiento político y económico que repudian ya sea por puro prejuicio o porque lo sienten como un arma enemiga (¿No intentaron censurarlo a Vargas Llosa cuando nos honró con su visita? Y eso que Vargas Llosa no es creyente, es tan sólo un escritor liberal).

Y también rechazan al escritor católico porque descuentan que la fe le embota la libertad creadora y lo encierra en un cepo de moralina confesional, lo cual es otro prejuicio monumental.

Y ahí encontramos la inconmensurable diferencia entre un intelectual izquierdista y uno liberal. El liberal que ama la literatura acepta desprejuiciadamente al buen escritor progresista, al marxista y hasta al que ha tenido un oscuro pasado nazi, siempre que no haga propaganda con la literatura. Yo, por ejemplo,  jamás dejé de leer y admirar a Cortázar, a Neruda, a García Márquez o a Sartre porque hayan sido comunistas y hasta admiradores de Stalin. Tampoco renegaría de Gunter Grass porque en su juventud fue nacional socialista; ni dejaría de releer La mandrágora con renovado placer estético porque a su torturado y talentoso autor, Hanns Heinz Ewers, le colgaron el sambenito de “el novelista de Hitler”. Los admiro como lo que indiscutiblemente han sido, grandes creadores de la literatura universal, sin que sus humanas equivocaciones condicionen mi sereno juicio crítico.

¿Pero son así del otro lado? No. Borges fue rechazado por ser antiperonista y declarado anarquista spenceriano que se burlaba de la curiosa guerra de clases del marxismo que sólo admite beligerantes de un solo bando. Todo el mundillo intelectual de izquierda calificaba de “lúdica” a su literatura, y de “enciclopédica ignorancia” a su erudición, hasta que un halo de prestigio y admiración les llegó sorpresivamente desde la progresista Europa. A Roberto Artl, en cambio, siempre se lo reverenció porque era un izquierdista criado en los arrabales porteños, y aunque debamos reconocerle aptitud creadora, Artl escribía bastante mal. Leopoldo Lugones, que probablemente fue, después de Sarmiento, el escritor más trascendental de Hispanoamérica, transitó en su impetuosa y contradictoria vida por todos los recovecos ideológicos imaginables: pasó del socialismo al conservadorismo, de la fe católica al ateísmo, del liberalismo al militarismo belicista. Pero hoy se lo juzga sólo por su desvarío fascista de sus últimos años: La hora de la espada.

Lo que estoy tratando de decir es que un creador que durante toda una vida asumió un compromiso políticamente incorrecto, tiene que lidiar con el ninguneo tenaz de esa minúscula pero influyente comunidad intelectual que, siguiendo los consejos de Gramsci, ha tenido la habilidad de copar en la Argentina el ámbito de la cultura, la educación y el arte. Para que un libro de un escritor católico-liberal sea comentado en el suplemento de un diario de Buenos Aires, tiene que ocurrir una equivocación, o bien predominar el poder económico de alguna editorial importante.

Me preguntarán: ¿pero quién lee los suplementos literarios o las revistas dedicadas al arte y la literatura, que son en la actualidad tan chatos y poco pluralistas? Muy pocas personas, todas vinculadas a capillas y movimientos culturales diversos que, aunque unidas en su monocro­mía ideológica “revolucionaria” y anticlerical, habitualmente están enfrentadas entre sí en internas canibalescas.

Por eso para el éxito de ventas de un libro no es determinante ni mucho menos que sea comentado o recomendado en esas publicaciones, aunque tales menciones sí tienen la potestad de ubicar al autor en el Olimpo de la literatura.

En mi caso a veces la crítica me ha tratado bien. El diario La Prensa comentó dos de mis libros, y el diario marplatense La Capital, sin excepción, cada vez que apareció un nuevo libro mío publicó extensas y generosas reseñas. Pero salvo esas excepciones no he existido para la crítica literaria de mi país, aunque no descarto que ese silencio haya sido, después de todo, justo y merecido.

 

El escritor invisible y solitario

En el momento cronológico en que el sol de mi oeste literario enroje y se agranda (si es cierta la hipótesis de Borges), siento que me divertí escribiendo, diciendo siempre lo que pensaba y mintiendo lo mejor que pude en mis cuentos y novelas. Tengo muchos más lectores de lo que algún día imaginé, y disfruté viendo y acariciando sensualmente las relucientes tapas de mis libros recién impresos. Pequeñas ediciones todas que en parte se vendieron, en parte fueron a parar a bibliotecas pública y en parte regalé a mis amigos. ¿No es para estar agradecido y satisfecho?

Me han preguntado si quisiera ser recordado y leído después de muerto. Y he contestado que si me conocen no debieran preguntarme eso: si en vida he procurado ser invisible y sólo aspiré a que mis libros fueran los protagonistas de mi trabajo solitario, ¿cómo po­dría querer ser un figurón después de muerto?

Eso sí, confieso que de todo lo que he escrito me gustaría que se salvaran del olvido mis cuentos de Navidad, porque en esas sencillas historias puse mi fe cristiana, mi sensibilidad social, mi alma infantil intacta, mi capacidad de asombro, mi amor por los animales y también mi afecto tímido y muy secreto hacia las personas, toda clase de personas, en particular las cercanas a mí, quienes, por mi incompetencia en el arte de la vida, tal vez nunca llegaron a enterarse.

 

En síntesis: ser escritor católico y liberal en esta Argentina colonizada culturalmente (y acaso madura para una experiencia política inimaginable), constituye una rareza, una suerte de extravagancia. Y como dije antes, esa condición me trajo y me traerá desventajas, antipatías y rechazos. Pero la contrapartida bien ha valido la pena: creer fervientemente en la libertad que da sentido a la vida y contenido ético a la condición humana, y tenerlo a Dios a mi lado cuando escribo, hablar siempre con Él en el ejercicio cotidiano del pensamiento, y percibir su sonrisa aprobatoria o su silencio amonestador como respuesta, es un privilegio que otros escritores apegados a modalidades más “normales” se ven privados de experimentar.

Pero, ojo: no por eso escriben mal ni son necesariamente desdichados. No juzgo la vida íntima ni la conciencia de nadie: cada persona es un ser único, inigualable e irrepetible. Y debiéramos agregar: enigmático e inescrutable.

Sólo diré con la mayor humildad que la ausencia de Dios es un vacío terrible, tal vez insoportable para toda frágil criatura humana; una ausencia o negación que la cultura de nuestro tiempo promociona obstinadamente como si se tratara del estado natural y lógico de toda persona inteligente y formada.

En medio de esta corriente impetuosa que niega el plano sobrenatural en la vida cotidiana están también aquellos que tienen fe pero se avergüenzan de Dios y lo esconden para no desentonar con la altura de los tiempos. Y esta debilidad tal vez sea más difícil de sobrellevar que el honrado agnosticismo.

Pero, en fin, me equivoqué tantas veces en la vida que si llegara a descubrir que esta vez tuve algo de razón sería para mí toda una sorpresa.

 

Artículos del autor relacionados con la Iglesia, el liberalismo, la intolerancia y la cultura de izquierda, publicados en su blog de novedades:

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