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Reconciliarse en Navidad

Cuento de Navidad del escritor argentino Enrique Arenz

 

Hace ya muchos años una parejita de novios paseaba por una plaza de Mar del Plata. Como tantas veces, discutieron por alguna tontería; como tantas veces, los alfilerazos pudieron más que la razón.

Los dos eran impulsivos y de carácter difícil, aunque siempre lograban balancear sus enojos. Pero, ay, aquella tarde la joven reaccionó mal. Sin decir palabra le dio la espalda al muchacho y se fue, taconeando y derechito, hacia el cordón de la vereda donde justo en ese momento se detenía el autobús que la dejaba en la esquina de su casa. Lo abordó decidida, y desde el primer escalón le echó al novio una mirada colérica que él nunca olvidaría. El joven se dijo: se terminó.

No la llamó por teléfono ni pasó por su casa. Al cabo de tres o cuatro días ella lo llamó a él. Hola, ¿cómo estás, Emiliano? ¿Yo?, bien… ¿qué querés? ¿Cómo qué quiero?, te hablaba para saludarte. Silencio; él esperó inútilmente una inmediata disculpa. Ella le preguntó: ¿Qué te parece si nos encontramos? ¿Para qué? ¿Cómo para qué?, para vernos… La verdad, Muriel, no tengo ganas de verte. Otro silencio.

Si ella hubiera dicho estuve mal, disculpame, ahí habría terminado todo. Pero no sólo no se disculpó sino que, acaso para desdramatizar la situación, empleó un tonito entre burlón e indulgente que aguijoneó la atolondrada imaginación de Emiliano: ¡Esta mina me está insinuando que el plantón me lo tuve merecido! Entonces, arrebatado como era, le dijo que no quería verla, ni ahora ni nunca.

Clic. Conversación terminada.

Durante varios días Emiliano dejó de atender el insistente teléfono. Después no, después se abalanzaba sobre el aparato esperando escuchar la voz de Muriel, a quien imaginaba arrepentida y llorosa. Pero ella no volvió a llamar.

Yo que soy uno de los pocos amigos de Emiliano sabía que la extrañaba horrores. Y seguramente a ella le sucedía lo mismo.

Cada vez que se acercaba la Navidad el recuerdo se le hacía a mi amigo particularmente doloroso. Es que con sus padres (gente muy mayor; Emiliano, hijo único) y la familia de Muriel, ha­bía compartido inolvidables cenas de Nochebuena. Después de la ruptura hubo mucha melancolía en las módicas celebraciones de su casa. Los viejos que­rían mucho a Muriel y sufrieron con la repentina separación. No vas a encontrar otra chica como esa, le reprochaba su madre. Llamala, hijo, llamala para reconciliarte ahora que estamos en épocas de Navidad. Navidad es para perdonarse.

Pero repito, esto pasó hace muchísimos años, treinta y dos, para ser exacto. Cuando se produjo el extraño suceso que voy a contar, Emiliano ya tenía cincuenta y siete. Nunca olvidó a Muriel ni volvió a enamorarse, aunque no le faltaron amigas ocasionales. De Muriel supe muy poco. Una vez, hará de esto quince años, tal vez más, la vi en compañía de un hombre, y poco después me enteré de algo que no me animé a hacérselo saber a Emiliano. Para entonces mi amigo ya vivía en Buenos Aires: cuando sus padres murieron recibió una buena oferta de trabajo, vendió la casa y se fue para siempre.

Nos seguimos viendo cada vez que yo debía viajar a la Capital. En esas ocasiones evitaba hablar de su vida íntima, pero una vez me confesó que la soledad le pesaba cada vez más, que por su forma de ser no podía cultivar amistades duraderas, y que los fines de semana y días festivos solía languidecer en mostradores nocturnos.

Para la Navidad número treinta y dos (desde su ruptura con Muriel), con el pretexto de escapar al bullicio porteño y eludir compromisos profesionales, decidió tomarse vacaciones en diciembre y viajar a su ciudad natal. Lo vi bien, animoso, encantado de volver a caminar por su ciudad después de décadas de ausencia.

Anticipándose a mi obligada invitación, me hizo saber que en la Nochebuena quería estar solo, que tenía decidido recluirse en su hotel con una botella de escocés. Nos veríamos antes de fin de año para hacer un brindis.

En la tarde del 24 salió a caminar por el centro. Lo hizo durante horas, hasta que impensadamente se encontró en la misma plaza y en el mismo sitio donde ha­bía estado por última vez con Muriel. Sus pasos errantes lo habían llevado justo a ese lugar donde treinta y dos años atrás había discutido con su novia por algo que ni siquiera podía recordar.

Se dio cuenta de dónde estaba cuando vio al autobús acercándose a la parada. Pensativo, miró sin interés la rutina urbana de unos pasajeros bajando y otros subiendo, hasta que un taconeo enérgico lo arrancó de su ensimismamiento y le aceleró el corazón. Una mujer alta y muy delgada, asombrosamente parecida a Muriel, se dirigía apresuradamente al vehículo y trepaba ágilmente antes de que arrancara. Emiliano, que había quedado paralizado por esa escena tan similar a la que tenía grabada en su rencorosa memoria, se sobresaltó cuando la mujer, que hasta ese instante sólo ha­bía visto de espaldas, giró su cabeza y lo miró largamente en un gesto que era un calco del que Muriel le había dirigido aquella otra tarde, pero con una perturbadora diferencia: no había vestigios de rabia insultante en esa mirada, como había creído ver treinta y dos años atrás en una quizás deformada percepción, sino más bien una mezcla de enojo y vacilación, casi como de remordimiento, el remordimiento de quien advierte tardíamente que se dejó llevar por un impulso irrazonable.

El autobús no había avanzado ni veinte metros cuando frenó un poco bruscamente. Se abrió la puerta, la mujer que se parecía a Muriel descendió apresuradamente y comenzó a caminar hacia Emiliano mirándolo fijamente a los ojos. ¿Es ella? No, ¿cómo va a ser ella…? Estoy delirando. ¡Sí, es ella!, hermosa como siempre, un poco cambiada; claro, los años… aunque apenas si aparenta treinta y pico.

La mujer se detiene frente a él, le echa los brazos al cuello, junta su mejilla a la suya y le suplica tiernamente que la perdone. No sé por qué hice eso, le dice, te amo y nunca querría herirte.

Emiliano respira aliviado, por fin Muriel reconocía su culpa. Le responde conmovido que por supuesto la perdona, y que él también debe disculparse por su destrato cuando ella quiso salvar la relación.

En las horas posteriores a aquel reencuentro debieron de pasar muchas cosas entre esas dos personas que se amaban y que por una trivialidad estuvieron distanciadas durante toda una vida, pero Emiliano no podía ahora reconstruir en su memoria sino aspectos fragmentarios muy confusos de esos acontecimientos. Recordaba muy bien el momento mágico del abrazo y la dulce reconciliación, y también recordaba que regresó tarde a su hotel, muy feliz y sin rastros ya del resentimiento que lo había atormentado toda la vida. Los dos se ha­bían perdonado en Nochebuena y eso era maravilloso.

Todo esto me lo contó Emiliano entre copa y copa cuando nos vimos en un bar el 30 de diciembre. Yo lo escuché con incredulidad y cierta cautela. Me sentí muy incómodo por no haberle hecho saber en su momento las noticias de Muriel que me habían llegado hacía ya mucho tiempo. Ahora, después de escuchar esta historia, estaba obligado a sincerarme con él.

Entonces se lo dije, con la mayor suavidad posible.

Emiliano pareció no escuchar o no entender mis palabras. Siguió ha­blando, divagó un poco, ordenó otra vuelta y evocó los consejos de su madre: La Navidad es ideal para perdonarse. Cuánta razón tenía…

Hubo un largo silencio. Emiliano bajó la mirada para que yo no viera sus lágrimas y murmuró apenas: “Lástima que no lo intenté antes, cuando Muriel, pobrecita, estaba todavía con vida”.

Muerdago

 

© Enrique Arenz
Prohibida su reproducción en internet
sin la expresa autorización del autor-

Publicado en:
Diario La Capital de Mar del Plata
Diciembre de 2012

Diario El Comercio de Quito, Ecuador
Diciembre 2013

 

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