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Prólogo 1. El eterno retorno de la Navidad


E
n noviembre de 1994 andaba yo por el salón de una concurrida tienda cuando observé que una joven mujerque caminaba distraída por el lugar, se topó inadvertidamente con la recién armada góndola navideña.

¡Qué escena para un observador sensitivo! Adornos de rutilantes colores y una bien alineada formación de muñequitos de pesebre la saludaron con un “¡Hola, ya estamos en Navidad! Ella sonrió amorosamente y contestó: “¡Hola!”, con sus ojos dulcificados.

Esa tarde disfruté observando las sutiles reacciones de los que se acercaban a esa góndola. Me llamó la atención que muchas de estas personas —casi todas mujeres, algunas con chicos— no pudieron resistir la tentación de comprar algo.

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¿Por qué tanta anticipación? “Y… qué sé yo —atinarían a contestar algunas si las interrogásemos—, para evitar aglomeraciones de último momento”; otras: “Para repartir el gasto de fin de año”; o bien la excusa más común: “Antes de que se agoten las novedades…”

Patrañas. Estas buenas señoras se anticipan en las compras y preparativos navideños porque son sentimentales y desean regocijarse del mágico espíritu de la Navidad desde lo antes posible.

Es que la Navidad es para la mayoría de la gente —aún para los no creyentes— un clima espiritual único, un estado de ánimo en el que se conjugan la nostalgia, los afectos más recónditos y los sueños que nunca se realizaron. Es una ilusión que nos aleja de la dura realidad y nos proyecta hacia la infancia. Nos hace idealizar la felicidad, esa mariposa anómala y huidiza.

Yo había leído todos los cuentos de Navidad de los grandes escritores: Dickens, Dostoievski, Maupassant, Alarcón, O. Henry, Daudet, Hans C. Andersen, Mujica Lainez y tantos otros, y creía que nada nuevo podía decirse en esa temática. Sin embargo, estimulado por la ternura ritual que había presenciado esa tarde de 1994, y también por cierta extraña y perturbadora entrevista que tuve días después con un sacerdote franciscano de noventa años, decidí escribir mis propios cuentos de Navidad (el lector juzgará si valió la pena).

En literatura, se considera al cuento navideño como narrativa fantástica edificante: Dios y su maravilla pertenecen al mundo de lo sobrenatural. Con el tiempo ese fue mi género predilecto, y empezar a escribir todos los años, ya desde octubre, un cuento de Navidad para el diario La Capital de Mar del Plata, ha sido mí manera de disfrutar anticipada y prolongadamente el clima nostálgico de la Navidad.

El espíritu de la Navidad es incomparable, nos llena de expectativas, nos hace soñar, nos vuelve un poco mejores y nos reconcilia con nuestros semejantes. Soldados enemigos han silenciado el estruendo de sus armas y se han abrazado bajo las estrellas en Nochebuena.

Yo sé que no todos piensan y sienten igual, y que por diversas razones hay personas que se ponen mal con las Fiestas. Pero aún para ellas la Navidad es un misterio inseparable de sus vidas. Es un tiempo que regresa cada año con igual intensidad. ¿Quién podría prescindir de esta festividad? ¿Quién sería capaz de separar la Navidad de su corazón o de arrancarla de su vida?

En el maravilloso cuento de Charles Dickens Canción de Navidad, el personaje central, Ebenezer Scrooge, un comerciante avaro y carente de todo sentimiento humanitario, recibe en Navidad la visita de tres espectros. El primero de ellos es el “Espíritu de las Navidades pasadas”, quien transportándolo hacia atrás en el tiempo le hace ver todas las Navidades que ha desperdiciado, ocasiones de poner en práctica los sentimientos de amor, caridad y bondad.

El difunto socio de Scrooge, el viejo Marley, también se le aparece, arrastrando una larga cadena cuyos eslabones eran cajas de caudales, llaves, candados, libros de contabilidad y escrituras, cadenas que, explica entre gemidos, él mismo se había forjado en vida.

“En esta época del año —se lamenta el fantasma— es cuando sufro más. ¿Por qué pasé entre mis semejantes, fijos los ojos en el suelo y no supe alzarlos a la Divina Estrella que guió a los Reyes Magos hasta la pobre cabaña donde había nacido el Rey del Mundo? ¿Acaso no había moradores humildes donde su luz pudiera conducirme?”

Es que la Navidad conmemora un acontecimiento trascendental, el suceso más importante de todos los tiempos. Fue un milagro dos milenios atrás, y es un milagro el que se repite cada año, en la guerra y en la paz, en la pobreza y en la prosperidad, en el dolor y en la alegría. Es el milagro de un eterno retorno, el de un tiempo de esperanza que siempre vuelve a nuestros desfallecientes corazones.


Enrique Arenz 
2001

Prólogo del libro Cuentos de Navidad (2001, Editorial Dunken)

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