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Pianistas: consejos para tocar bien

Pianistas: consejos para tocar bien

Recomendaciones para que los pianistas y estudiantes de piano mejoren ilimitadamente su técnica.

Cuando subí a You-tube algunos videos que grabé por pura diversión en mi viejo piano Zimmerman, tuve la sorpresa de recibir muchos mensajes de jóvenes pianistas que me solicitaban sugerencias y consejos para tocar mejor. Como yo me recibí de profesor de piano en el Instituto Musical Sebastiani de Mar del Plata que fue el mejor conservatorio privado que tuvo la ciudad en su tiempo (hablo de los años cincuenta y sesenta), y, además, tomé clases de perfeccionamiento con excelentes maestros (entre ellos, la concertista Regina Braier), enseñé y fui músico profesional durante mis lejanos años juveniles, pensé que podía exponer mi experiencia práctica en el estudio del piano como un aporte desinteresado hacia la juventud estudiosa y entusiasta.

Me decidí entonces a escribir estas lecciones destinadas a estudiantes de piano que ya han alcanzado el nivel medio, que han estudiado (o están estudiando) los Preludios y fugas de El Clave Bien Temperado de Juan Sebastián Bach, los Estudios más accesible de Chopin y las sonatas de Mozart y de Beethoven entre otros autores y obras de similar dificultad. También, naturalmente, pueden sacar buen provecho los que estén en niveles inferiores, aunque no daré indicaciones sobre aspectos didácticos elementales que recibirán de sus respectivos maestros.

Mi objetivo es aconsejar, desde mi experiencia práctica, el camino hacia el perfeccionamiento técnico, gradual y sistemático. No voy a decir cuál debe ser la postura del cuerpo ni la posición de las manos y los brazos al sentarse frente al teclado porque doy por supuesto que eso ya lo saben.

Lo que me propongo es simplemente revelar algunos secretos para tocar cada vez mejor, alcanzar la mayor precisión posible en la pulsación de todos los dedos, lograr la brillantez del toque “perlado”, aprender a memorizar y familiarizarse paulatinamente con la técnica necesaria para poder sentarse ante un piano y ejecutar un repertorio con la habilidad que todo pianista desea exhibir. 

Y si bien algunos ejecutantes han nacido con una predisposición natural hacia la perfección, todo pianista, aún el menos dotado, si tienen vocación y una inquebrantable voluntad de trabajo, puede alcanzar el nivel de perfección que se proponga. Decididamente no hay límites para lo que uno puede lograr con el estudio metódico y paciente. En todo caso hay límites en nuestro entusiasmo, nuestra fuerza de voluntad y las ganas que tenemos de aprender. Mientras la llama de una pasión permanezca encendida, todo es posible y todo es alcanzable, incluyendo el virtuosismo pianístico. Si esa llama se enfría y se apaga, será mejor emplear el tiempo en otra cosa.

Y hablando del valioso tiempo, no lo perdamos aquí. Vayamos a los consejos:

Desde este instante, cada vez que el alumno se siente a estudiar el piano deberá observar rigurosamente el cumplimiento de las siguientes cuatro condiciones:

  1. Relajarse totalmente antes de comenzar a estudiar.
  2. Concentrarse profundamente en lo que se está estudiando.
  3. Respetar siempre la digitación adoptada para cada obra.
  4. Escucharse al estudiar (y también al tocar para el público).

 

La relajación

Esto me lo enseñó mi primera profesora de piano, la legendaria Carmen Pereyra de Lezcano, discípula nada menos que de Alberto Williams, cuando yo aun no tenía cinco años: Al sentarse ante el teclado el alumno debe aflojar todos sus músculos, dejar los brazos laxos, los hombros caídos y los músculos de la cara y el cuello lo más distendidos posible (relajar el maxilar inferior es lo más difícil, pero hay que intentarlo). Esto cuesta un poco al comienzo, pero en la medida en que uno lo practica diariamente se va haciendo automático.

En las prácticas iniciales de relajación recomiendo permanecer inmóvil con los brazos colgados a los costados el tiempo necesarios para ir logrando la distensión gradual de todos los músculos, desde la cabeza hasta las piernas. Atención con los hombros, que jamás deben estar levantados ni tensos.

Cuando hayan alcanzado el estado óptimo de relajación será conveniente que hagan un ejercicio mental muy importante: suprimir todos los pensamientos y poner la mente en blanco. Con uno o dos minutos de “silencio” mental  que acompañe a la relajación  será suficiente.

Recién entonces podemos comenzar a estudiar. Pero ante todo deberemos esforzarnos en utilizar solamente los músculos necesarios para lo que estamos estudiando. Activamos el músculo necesario para oprimir una tecla con un dedo y dejamos en laxitud el resto de los músculos de nuestro cuerpo. Oprimida la tecla, desactivamos en el acto el músculo de ese dedo y activamos el que corresponda a los dedos que ahora deben actuar. Esto parece imposible en una ejecución pianística; sin embargo si uno se acostumbra a utilizar los músculos que necesita y desactivar los que no usa, con el tiempo esta habilidad se hace automática.

La relajación no es un requisito sólo para estudiar, es también una condición indispensable para tocar profesionalmente. Por más que uno haya preparado concienzudamente un repertorio y se sienta seguro en su ejecución, al estar frente al público los nervios nos traicionan. Si no hemos adquirido el hábito de relajarnos por completo, la tensión nos va a endurecer de tal manera que nuestros brazos van a parecer garrotes y vamos a tocar terriblemente mal. (Martha Argerich dijo una vez que había que estar al 120% para lograr sobre el escenario el 70 u 80% de efectividad) 

Hay muchos libros que enseñan la técnica de la relajación y del control mental. Es de gran utilidad leerlos y practicar los ejercicios que proponen. También es útil la gimnasia yoga en lo que respecta a dominar la respiración diafragmática y lograr una total relajación muscular y lo que se denomina “estado alfa” de la mente, qué es cuando ésta se halla liberada de toda excitación, flotando en una nube de serenidad.

Esto es tan importante que me obligo a hacer una advertencia: sin relajación es preferible no sentarse a tocar. Una de las ventajas de empezar a estudiar el piano de pequeño es que en la infancia la relajación se logra en forma natural, sin esfuerzo ni necesidad de buscarla. En mi caso me quedó esa condición tan grabada, que apenas me termino de sentar al piano automáticamente me relajo. El problema es que con los años, si no prestamos atención a este asunto, nos volvemos tensos y tendemos a perder esa tan valiosa naturalidad. Por eso es necesario recuperarla si la hemos perdido. Y eso requiere ejercitaciones conscientes y metódicas.

La concentración

El paso siguiente es concentrarse en el estudio. Después de relejarse totalmente, nos concentramos, es decir, no pensamos ni nos distraemos en ninguna otra cosa que no sea cada nota que tocamos, cada acorde, cada arpegio, cada efecto sonoro. La concentración disminuye con los minutos y tiende a diluirse. Si no logramos reencausar la concentración es preferible que dejemos de tocar. A veces es conveniente suspender el estudio y hacer otra cosa para descansar y volver luego al piano. (Recordar que la mejor forma de descansar de un determinado trabajo es hacer otro trabajo).

Yo recomiendo que se empiece por estudiar una hora con absoluta concentración todas las mañanas, para tocar luego otra hora por la tarde o la noche. Insistiré en que siempre debemos estar concentrados, porque de lo contrario el estudio no sirve de nada. En la medida en que logramos el dominio de la relajación y la concentración, podemos aumentar el tiempo de estudio. Yo aconsejo este régimen: dos horas por la mañana, y una hora por la tarde.

No es necesario más tiempo para llegar a tocar bien el piano, siempre que lo hagamos todos los días con regularidad y respetando las cuatro condiciones que estamos estudiando aquí. Un aspecto que suele descuidarse es el mantenimiento de las obras que ya hemos aprendido. A veces pasan meses sin que volvamos a tocar esas piezas y cuando un día queremos hacerlo descubrimos que las hemos olvidado. Nuestros dedos no responden y la memoria nos traiciona.

Para evitar que esto nos suceda es indispensable dedicar metódicamente un día de cada semana (por ejemplo, todos los sábados) a repasar, aunque sea una sola vez, las piezas que hemos incorporado ya aprendidas a nuestro repertorio. Si al hacer ese repaso descubrimos alguna imperfección o alguna inseguridad, es necesario tomar la partitura y trabajar algunos minutos ese pasaje rebelde. Esta es la forma no sólo de mantener el repertorio sino de ir perfeccionándolo.

Digitación. Imposible ─atención a esto─, imposible llegar a tocar bien el piano si no respetamos desde la primera lectura de una obra su digitación, ya sea la indicada en la partitura, o la que establezcamos nosotros, si es que consideramos conveniente cambiarla total o parcialmente, en cuyo caso hay que tomarse el trabajo de anotarla con lápiz en dicha partitura. Hay dos clases de digitaciones: la antigua y la moderna. La antigua es la que utiliza en notas sucesivas los dedos que están más próximos, aunque estos deban repetirse en las mismas notas. La moderna, que propusieron  Liszt y otros pedagogos ya en el siglo XIX, consiste en no repetir los mismos dedos en iguales notas sucesivas cercanas entre sí. Las digitaciones que traen las  partituras para pianos de las editoriales importantes suelen consistir en una combinación pragmática de las dos digitaciones, pero yo recomiendo modificarlas y tratar, dentro de lo posible, de utilizar únicamente la digitación moderna. Puede resultar molesta y dificultosa al principio, pero es tan eficaz para lograr precisión en la articulación de pasajes rápidos que termina por hacerse adictiva para el pianista que descubre todas sus ventajas. A continuación pongo como ejemplo de digitación moderna un fragmento del Preludio II de Juan Sebastián Bach (del Clave bien temperado, Libro 1º). Los números manuscritos fueron puestos por mí en reemplazo de los impresos.

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(Un consejo práctico: hay que tener una pequeña caja de útiles siempre cerca del piano en la que guardemos un lápiz, un sacapuntas, una goma de borrar y un corrector líquido. Si cuando decidimos cambiar una digitación o hacer cualquier indicación en la partitura, tenemos que levantarnos del piano y ponernos a buscar un lápiz por toda la casa, lo probable es que no lo hagamos y confiemos en nuestra memoria. Es una pésima opción. La memoria es traicionera: hay que anotarlo todo).


Aprender a escucharse

Saber escucharse mientras estudiamos o ejecutamos una pieza, es casi un arte. Lo natural es que toquemos sin escucharnos. Se requiere un esfuerzo consciente para prestar atentos oídos a cada nota y al efecto sonoro del conjunto. Las obras de Bach, particularmente las fugas a dos y tres voces, son ideales para ejercitar esta condición. En saber escucharse está el secreto de tocar bien: advertir cuando lo hacemos mal mediante el simple recurso de escucharnos atentamente para ir corrigiendo los matices, los errores y las imperfecciones.

También es importante escuchar a otros pianistas, sobre todo a los grandes y consagrados, porque aprendemos de ellos y luego aprendemos de nuestros errores si los escuchamos muy atentamente.

 

Lograr la articulación “perlada” (o “juego perlé”)

A veces observamos en la partitura la indicación de leggiero, o leggieramenteo bien, non legato o cuasi stacatto. Estas indicaciones están casi siempre referidas a pasajes rápidos o muy rápidos. A veces una obra entera puede llevar la indicación de non legato, como la Suite Inglesa Nº 2 de Juan Sebastián Bach. En estos casos cada nota debe durar una fracción de tiempo menor a su valor natural. Se articulan las notas de manera que la mano se retira imperceptiblemente del teclado dejando entre nota y nota un silencio de ínfima duración que permite obtener lo que se llama articulación perlada. Es todo lo contrario al legatísimo que consiste en que el sonido de una nota se superpone sobre el sonido de la siguiente.

Yo aconsejo practicar la articulación perlada en todos los pasajes rápidos (estén o no indicados por el autor), ya que con esa manera de tocar se logra un extraordinario efecto de diafanidad y perfección, comenzando con las obras de Bach que se prestan a este tipo de pulsación. El uso moderado del pedal derecho ayuda a lograr este efecto: demasiado pedal, lo anula. En las obras de Bach, articular perladamente con la mano izquierda se hace algo difícil, pero es necesario practicar con esa mano por separado pacientemente hasta lograr esa sucesión de sonidos límpidos, claros y nítidamente separados unos de otros, pero sin que dicha articulación se confunda con el stacatto (o picado), que exige una mayor brevedad en la duración de cada nota y una pulsación más seca. Para diferenciar ambas articulaciones podemos decir que en el non legato se le quita a cada nota un cuarto de su duración, y en el stacatto se le quita la mitad. En el piano, la articulación perlada equivale al movimiento de arco del violín cuando en pasajes rápidos el arco cambia de dirección en cada nota. 

Los grandes pianistas ejecutan maravillosamente la articulación perlada. Yo recomiendo escuchar las obras de Bach tocadas por Glenn Gould quien exhibe un extraordinario dominio de esta pulsación en ambas manos. También los grandes pianistas de jazz, sobre todo los afroamericanos, exhiben en sus improvisaciones un dominio asombroso de esta técnica. En el video que sigue se puede apreciar el efecto perlado que obtiene el pianista Glenn Gould en ambas manos.

Cómo memorizar

En la ejecución del piano la memoria es un factor fundamental. Siempre estamos tocando de memoria, aunque tengamos por delante la partitura, porque es imposible leer simultáneamente todas las notas escritas en dos claves diferentes de la obra que estamos tocando. Creemos que lo hacemos pero en realidad estamos usando fundamentalmente la memoria de los dedos, que es la que nos permite ejecutar los pasajes más complejos sin vacilación. Aunque muchos pianistas se han acostumbrado a tocar únicamente con partitura porque tienen miedo de olvidarse en mitad de la ejecución, en realidad se están apoyando en una muleta psicológica, porque aunque miren la partitura no la están leyendo: los dedos van delante de esa presunta lectura. Yo aconsejo romper ese tabú. Apenas aprendamos un fragmento de una obra, tratemos siempre de memorizarla y tocarla sin la partitura. Es más, aconsejo estudiar sin la partitura cuando estamos seguros de lo que tenemos que tocar y su digitación. Cuando se aprendió una obra completa, ya la hemos memorizado, aunque no lo sepamos. Diversos pedagogos han enseñado que una partitura está totalmente aprendida cuando es posible ejecutarla tres veces seguidas sin ningún error. Yo agrego que si somos capaces de hacer eso también podemos tocarla de memoria. 

Pero en esto no hay muchos consejos para dar: se trata de autoconfianza, de seguridad en sí mismo. Hay que lograrlo con esfuerzo y voluntad positiva. De todas maneras, si un buen pianista no puede tocar de memoria y necesita hacerlo con la partitura, eso no lo desmerece como artista y siempre será un buen pianista.

 

Enrique Arenz 
(Se permite su reproducción con la condición de citar este sitio)

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Juan Sebastián Bach y su obra 
"El clave bien temperado"

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