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No quieras estar sola en Navidad

Cuento de Navidad del escritor argentino Enrique Arenz

 

Me llamo Camila Ritordo, soy contadora pública. Cuando sucedió lo que voy a contar yo tenía treinta y cinco años, vivía en Tandil y ejercía mi profesión en forma independiente.

Mi novio me había dejado después de diez años de accidentada relación. A los pocos meses falleció mi madre. Quedé sola.

Pero descubrí que vivir en soledad no es tan malo para una mujer. Al contrario, es hasta fascinante, siempre que una se organice y esquive la mortal rutina. Comencé a disfrutar de mi hogar: cocinaba, invitaba a mis amigas, cambiaba periódicamente la decoración y los colores de cada ambiente.

Claro, hasta que llegó diciembre.

Aclararé que yo no era una mujer religiosa (aunque sí, ambiguamente supersticiosa, de esas que encienden velas a santos no reconocidos y queman sahumerios frente a una estatuilla del Buda), pero fui educada en una familia católica y, seas o no creyente, la Navidad es la fiesta en la que todos necesitamos una familia.

Mi primer diciembre en soledad me trajo melancolía. Hasta que pen­sé: ¿no será buena idea festejar sola esta Navidad? Si me quedo en Tandil mis amigos querrán invitarme. Si digo que no, algunos se pueden ofender, otros murmurarán.

Decidí entonces viajar para esa fecha a Buenos Aires, la gran ciudad donde es posible estar sola en medio de una multitud.

El 23 de diciembre me alojé en un hotel de la avenida Callao. Esa misma mañana reservé mesa para la cena de Nochebuena en un conocido (y caro) restaurant céntrico.

Por la tarde salí a caminar por el centro de Buenos Aires, feliz de mi decisión. Hacer algo diferente siempre nos excita y nos inquieta. Me esperaba una Navidad distinta, no necesariamente una Navidad con ángeles y sucesos milagrosos, en los que no creía, pero sí una Navidad para hacer de la soledad un arte superior.

Ah, pero no quieras estar sola en Navidad.

Caminaba por el centro cuando al cruzar una plazoleta veo a un chiquito de la calle, muy sucio y míseramente vestido, sentado en uno de los bancos. Tez blanca, cabello castaño y ojos claros y tristes, de unos nueve o diez años. Disimuladamente le tomé una foto con mi celular porque era la imagen del desamparo y la desolación. Y no pensaba hacer otra cosa, pero al pasar frente a él, me miró con sus ojazos infinitamente tiernos y me pidió con timidez si le podía dar algunas monedas para comer.

Me partió el alma su humildad, su vocecita casi inaudible, su cuerpito flacuchento. Me detuve y me senté a su lado. Se llamaba Ariel. Con renuencia me comentó que no tenía a nadie, que sus padres lo habían abandonado, que a veces dormía con una tía en una villa de Avellaneda, pero que sólo podía quedarse unos pocos días porque la anciana empezaba a molestarse y lo echaba. Se notaba que no quería hablar de su familia, y sospeché que no estaba siendo sincero.

─Vení, Ariel, vamos a tomar un café con leche y después me seguís contando.

El chico, pobrecito, no tenía la traza para entrar en una confite­ría elegante, así que elegí un barcito modesto, con poca gente, sin espejos ni sillas tapizadas y le hice servir un café con leche con un tostado de jamón y queso y algunas medialunas.

Mientras saciaba su apetito atrasado Ariel me contó que había abandonado la escuela el año anterior, que sabía leer y escribir muy bien y que le gustaría volver a estudiar.

Como me dijo que dormía en la calle no se me ocurrió otra cosa que llevarlo conmigo al hotel. Pedí hablar con el gerente, me dijeron que no estaba, entonces, con una actitud resuelta que no admitía réplica, le hice saber al conserje que hasta que pudiera hablar con el gerente el niño ocuparía la segunda cama de mi habitación. Y antes de que el empleado pudiera abrir la boca yo ya estaba en el ascensor con Ariel. Sí, una locura, ya lo sé, dejen que les siga contando.

Preparé la ducha y le pedí que se bañara mientras yo salía a comprarle ropa y calzado. Volví enseguida con tres remeritas, una bermuda, un vaquero, calzoncillos, un buzo liviano, una campera tipo chalequito, medias y zapatillas. Ariel, envuelto en la toalla, estaba recostado en su cama mirando la televisión. Aprobó complacido lo que le compré, eligió lo que se pondría y fue a vestirse al baño.

Luego le corté las uñas de las manos y los pies y lo llevé a una peluquería. Lo vieran aseado y con el pelo corto: era un chico hermosísimo y lleno de encanto.

Esa noche fuimos a comer hamburguesas y papas fritas y regresamos al hotel temprano porque Ariel estaba agotado y se le cerraban los ojos.

Yo casi no dormí. Por un lado estaba feliz de haber ayudado a ese chico, pero por el otro me preocupaban las posibles consecuencias legales de haber alojado conmigo a un menor de edad. Esto podía acarrearme hasta una acusación de pedofilia. El sentido común me recriminaba: “Camila, debiste seguir de largo”; pero mi intuición femenina sentenció: “Pase lo que pase, hiciste lo correcto”.

Bien, hice lo correcto, ¿pero qué haré con el pequeño cuando el 26 yo deba regresar a Tandil? No voy a dejarlo otra vez en la calle ni a entregarlo a las autoridades. Por otra parte, llevármelo conmigo a Tandil era ilegal, casi un secuestro. Sentí incertidumbre y un poco de miedo, pero me di ánimos diciéndome que lo que pudiera ocurrirme tendrá su recompensa en la acción misma. ¿Acaso mi novio no me había dicho cuando me dejó que yo era un dechado de virtudes? Y yo le creí, por eso lo perdoné. Esa iba a ser mi Navidad diferente, y, lo más inesperado, una Navidad en la que no iba a estar sola.

 

El 24 por la mañana llamé al restaurant para ampliar la reservación. Esa noche llegamos en un taxi poco antes de las once. Me esperaba una sorpresa: las mesas habían sido unidas en largas hileras, de manera que todos los comensales participaríamos un poco “familiarmente” en el festejo de la Nochebuena. Seguramente el propósito era que entraran más clientes, pero la idea no me pareció mala: familias y parejas participaban de un clima de regocijo compartido.

Nos tocó la última mesa de una de las filas del medio. Ariel y yo nos sentamos uno frente al otro. Quedaba un cubierto libre en la cabecera. No tardó en ocuparlo un hombre de unos cuarenta años que nos saludó con mucha cortesía, consultó la carta e hizo el pedido al mozo.

Fue inevitable que iniciáramos una conversación formal. Se llamaba Marcos, era abogado especializado (anoten esta coincidencia) en derecho de familia, y estaba solo porque se había divorciado ha­cía menos de un año.

Hubo “onda”, como dicen los chicos, y confieso que no pude frenar mi deseo de agradar. Aunque yo me declaré soltera, él debió suponer que Ariel era mi hijo.

Me sorprendió que fuera Ariel quien más entusiastamente conversara con Marcos. Dio la casualidad de que los dos eran de Racing, el club de Avellaneda. Descubrí con satisfacción que Marcos era uno de esos pocos hombres que saben conversar con un niño poniéndose a su altura y respetando sus opiniones como si fuese una persona mayor. Se mostró asombrado por los conocimientos futbolísticos de Ariel.

─Así que ustedes son de Avellaneda…─comentó.

─No, yo vivo en Tandil ─aclaré, y sentí que me ponía colorada.

─Cómo… ─dijo Marcos, y lo miró a Ariel.

─Bueno, esa es una larga historia.

Comenzaron a servir la comida. Ariel se levantó para ir al baño. Aproveché esa breve ausencia para poner al tanto a Marcos de mi encuentro casual con Ariel y mi audaz gesto de llevármelo conmigo.

Marcos se mostró inicialmente desconcertado pero enseguida dijo que admiraba mi actitud y me ofreció sus servicios profesionales si acaso yo pensaba solicitar la tenencia del chico o bien llegara a tener problemas legales por lo que había hecho. Y me dio su tarjeta profesional.

─Desde ya te aclaro, no te voy a cobrar ni siquiera los gastos. Has tenido un impulso de gran generosidad al ayudar a un chico desconocido sin pensar en las consecuencias a que te exponías. Eso es ser buena persona y tener coraje. Quiero que me dejes contribuir para que tu buena obra tenga un final feliz. Yo tuve un hijo de la edad de Ariel… falleció hace dos años.

─Marcos… ¿cómo ocurrió eso?

─Un accidente. Se ahogó en la piscina de casa.

─¡Por Dios!

─La culpa fue mía, mi esposa no estaba en casa. Me descuidé un segundo y… ─su voz se estranguló.

─Marcos, eso debió ser espantoso.

─Me cuesta sobrellevarlo. Luego de esa desgracia nuestro matrimonio naufragó, ella nunca me lo perdonó y yo la entiendo. Pero dejemos los pensamientos tristes que hoy es Nochebuena.

Ariel regresó y empezamos a comer. Conversamos los tres como si nos conociéramos de toda la vida. Yo te confieso que estaba encandilada con Marcos. Tuve una serie de misteriosos estímulos que se condensaron en forma de violenta simpa­tía. Todas las mujeres buscamos el hombre distinto, bondadoso, educado, sensible, respetuoso y simpático, y cuando creemos que lo hemos encontrado, nos enamoremos, aunque después venga el desencanto. Su vivo interés por Ariel (ahora más comprensible para mí porque era evidente que le recordaba a su hijo muerto) y su sincero ofrecimiento de asistencia legal me conmovieron y me hicieron sentir segura y protegida.

Marcos resultó ser muy creyente. Cuando yo le confesé mi agnosticismo, le restó importancia: “A veces parece que la fe nos abandona, sobre todo cuando nos ocurren sucesos ingratos, pero un día algo nos muestra que Dios está siempre a nuestro lado y que jamás nos abandona. Porque, te aseguro Camila, cuando Dios quiere hablarte sabe cómo hacerse escuchar”.

Marcos le contó a Ariel lo de su hijo, pero en un tono sereno que no le generó angustia. Le dijo que lo extrañaba mucho, que esa era la primera Navidad que se animaba a festejar desde entonces y aseguró que esa noche, gracias a nuestra compañía, había vuelto a tener paz.

─Te aseguro, Camila, que en este encuentro hay algo sobrenatural. Aunque vos seas escéptica ─rió al hacer esta última acotación─. Fijate si no: a mí me llevaron a otra mesa. Como estaba en un lugar de mucho tránsito, pedí que me cambiaran. Cuando me trajeron para este sector me ofrecieron la última mesa de aquella fila, ahí donde está ese señor calvo. Me iba a sentar y en ese momento lo vi a Ariel, que justo se dio vuelta, cruzamos una mirada, no sé si vos te diste cuenta…

─Sí ─contestó Ariel con sorprendente seguridad.

─Bueno, te vi a vos, vi este asiento libre y se lo pedí al mozo. Parecería que algo me hizo atravesar todo el salón para unirme a ustedes.

Se acercaba la medianoche. Marcos había pedido una botella de champaña para los dos y Coca Cola para Ariel. Cuando dieron las doce todos levantamos la copa en un brindis colectivo mientras golpeteábamos las botellas con las cucharitas del postre en un ruidoso tintineo.

Cuando brindamos entre nosotros y nos deseamos feliz Navidad, Ariel volvió a sorprendernos. Se paró, le dio un beso a Marcos, rodeó la mesa y vino hacia mí. Me abrazó y me dijo al oído: “Muchas gracias, Camila, nunca voy a olvidar lo que hiciste por mí”. Me conmovió de tal manera que lo abracé y me puse tontamente a llorar. Cuántas emociones juntas estallaron en ese momento de ternura. Vi que Marcos, emocionado por la escena y seguramente recordando otras navidades en que había tenido una feliz familia a su lado, se secaba sus ojos con un pañuelo.

 

A las dos de la mañana Marcos nos llevó en su auto hasta el hotel. Quedamos en que él pasaría a buscarnos antes del mediodía para llevarnos a almorzar.

Ariel estaba muy feliz, dijo que Marcos le encantaba y que yo era la mujer más buena del mundo.

Lo abracé otra vez, me dijo que me quería y nos acostamos. Yo flotaba sobre una nube: me habían ocurrido muchas cosas hermosas en esa Nochebuena. Me dormí en el acto, ya sin preocupaciones ni ansiedades.

A la mañana siguiente me desperté tarde. Ariel no estaba en la habitación y su cama aparecía tendida como si nadie hubiera dormido en ella. Sobre la almohada había una nota.

A las once Marcos entró en la recepción del hotel. Yo temblaba y debía de estar pálida. Me miró serio y me preguntó qué había sucedido. Sin decir una palabra le alcancé la nota de Ariel. Él la leyó en voz alta:

“Tuve hambre y me alimentaste, tuve sed y me diste de beber, me sentí solo y
abandonado y me diste tu amorosa compañía sin dudarlo.
Porque lo hiciste por el más desvalido de mis pequeños,
lo hiciste por mí”.

Fotos de Buenos Aires 009

En el hotel me facturaron habitación single. Cuando aclaré que debían cobrarme doble, me miraron raro y me dijeron: “Si usted fue la única huésped…” Instintivamente busqué en mi celular la fotografía que le había tomado a Ariel en la plazoleta: sólo apareció un banco vacío.

Han pasado dos años desde aquellos acontecimientos Marcos y yo nos casamos y hoy tenemos un bebé que se llama Ariel, y otro en camino.

Marcos tenía razón: cuando Dios quiere hablarnos, sabe cómo hacerse escuchar.

Muerdago

© Enrique Arenz
Prohibida su reproducción en internet

sin la expresa autorización del autor.

Publicado en:

Libro Mágica Navidad (Editorial Dunken, 2012)

 

 

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