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No puede haber sociedad sin ética ni ética sin libertad

No puede haber sociedad sin ética ni ética sin libertad

El error de los intelectuales
Ensayo del escritor argentino Enrique Arenz

 

Capítulo 3º

 

En su Ética a Nicómaco, Aristóteles afirma que el fin último de todo hombre es alcanzar su propia felicidad y que la felicidad consiste en el hábito de vivir bien y obrar bien, es decir: en la posesión de la virtud.

Claro que el propio estagirita reconocía que el ejercicio de la «perfecta virtud» era algo muy difícil de lograr, únicamente compatible con el sueño y con la inactividad durante toda la vida en medio de los mayores sufrimientos y desventuras, por lo cual —decía— nadie llamaría feliz al hombre que viviera de ese modo. Pero aclaraba enseguida que la virtud no es la felicidad sino el medio para alcanzarla, pues mientras el hombre ejercite actos de virtudes perfectas, será feliz; y cuando esta virtud sea perfectísima, la felicidad será perfecta.

Se comprende, pues, que la moral aristotélica, severamente intelectualista —la más elevada dentro del paganismo— haya sido siempre inaccesible al común de las personas y tan sólo practicable por algunos ascetas y hombres ejemplares. El cristianismo la asimiló fácilmente, pero incorporó al carácter intelectualista de la felicidad, el concepto espiritualista del amor al prójimo. Desde entonces la ética tiene dos dimensiones en Occidente: la religiosa —dogmática y rígida, con premios y castigos eternos—; y la social —dinámica y cambiante, según las épocas y la evolución de la cultura—.

Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿Acaso el hábito de vivir bien y obrar bien tiene que ser necesariamente un atributo poco menos que heroico, un acto de renunciamiento a la vida y al mundo?

La respuesta es definitivamente no, siempre que se den dos condiciones esenciales: por un lado la separación entre lo religioso y lo terrenal; y por el otro, la vigencia de un sistema de organización social que no sea intrínsecamente desmoralizador y corruptor.

Porque si el hábito de la virtud nos apartara del mundo real, ¿con quién habríamos de practicarlo? El hombre aislado no necesita ética alguna. El vivir bien y obrar bien —prescindiendo del aspecto religioso que queda circunscripto al sagrado recinto de la conciencia de cada cual— sólo tiene sentido en el trato cotidiano con nuestros semejantes, en un contexto de relaciones humanas y con el único objeto de hacer posible la cooperación social.

 

La importancia de la libertad

Es verdad que durante siglos la ética fue para la gente una pesada carga, pero ello se debió simplemente a que la humanidad no acertaba a organizarse en un sistema que armonizara y condicionara recíprocamente lo individual con lo social. Había desigualdad de derechos y una asfixiante superposición de lo teológico con lo político y lo social.

Durante la Edad Media, por ejemplo, no ganaba más quien trabajaba o producía más sino el que tenía derecho a gastar más según su rango social. El prelado, el juez, el noble, el alto funcionario de la corona, tienen el derecho de vivir mejor que los demás, con el decoro que su alto linaje exige. Al mismo tiempo se condena por inmoral el afán de lucro de plebeyos, banqueros y mercaderes. El propio Santo Tomás justifica el sistema de privilegios al asegurar que a cada persona le corresponde tanta riqueza como sea necesaria para la vida propia de su condición.

El siglo XVIII traería para Occidente el gran hallazgo, la libertad individual; y de la mano de ella un cambio trascendente: el capitalismo, único sistema en el cual el hombre conquista su rango social con lo que produce y aporta a la comunidad. Se declara inmoral toda desigualdad ante la ley, se ponen límites al poder del Estado y se liberan las energías humanas por primera vez en la historia a través de ese todavía hoy sorprendente proceso de cooperación social e intercambio que se llama mercado libre.

La nueva filosofía transforma espectacularmente el mundo. Cada ciudadano, cualquiera sea su condición, disfruta del derecho —ético y legal— de buscar el éxito personal y la riqueza económica, pero tiene un solo y recto camino para intentarlo: servir a los demás con eficiencia y honradez. Por primera vez el ser humano puede vivir en paz con su conciencia, formando parte del mundo real con ajuste a la más perfecta virtud humanamente alcanzable.

Este cambio social, tenazmente tergiversado por los historiadores socialistas, produce, además de riqueza y bienestar, un fenómeno inesperado: el concepto de la ética se amplía y se perfecciona extendiéndose por capilaridad a sectores cada vez más amplios de la población. Ya no es una excelencia de minorías sino un capital que todos quieren poseer. La ética se transforma en una virtud competitiva. Todos descubren lo ventajoso que resulta saber ejercerla mejor y más refinadamente que los demás.

 

Los sistemas corruptores

Lo antedicho demuestra dos cosas: primero, que la ética es, en el mundo moderno, el arte de la convivencia civilizada; y segundo, que así como no puede haber sociedad sin ética, tampoco puede haber ética sin libertad. He ahí la clave para comprender la corrupción que pudrió desde adentro al mundo comunista, y que tan severamente afecta a la Argentina y a muchos países del mundo. Es que la falta de libertad (sobre todo en el plano económico) transforma a las buenas personas en hipócritas que hablan a toda hora de conductas decentes pero se justifican a sí mismas por no practicarlas.

Ahora bien, el Derecho no es otra cosa que una colección de preceptos éticos a que se hallan sometidos por igual todos los ciudadanos. Pero no es toda la ética sino su expresión mínima indispensable para asegurar el funcionamiento ordenado de la sociedad y preservarla no sólo del fraude y la violencia de los delincuentes sino también —y particularmente— de la arbitrariedad de los gobernantes.

Pero los valores éticos de una sociedad —infinitos y cambiantes— están reservados a los individuos, porque si no se cree en la capacidad del hombre libre para discernir entre el bien y el mal, no queda más remedio que sustituir el orden social de la libertad por la omnipotencia del Estado.

«La gran superstición política del pasado era el derecho divino de los reyes; la gran superstición política de hoy es el derecho divino de los parlamentos», escribió Herbert Spencer.

La audaz creencia de que todo lo que la autoridad considere ético debe ser legislado y que toda ley, por arbitraria que sea, debe ser obedecida por los ciudadanos, ha dado lugar a lo que se conoce como teoría del positivismo jurídico, verdadera negación de los derechos humanos inalienables y fundamento ideológico de los modernos sistemas políticos generadores de corrupción y desmoralización.

¿Y qué es lo que ocurre en la Argentina de hoy? Existe aquí tal fárrago de leyes y reglamentos reguladores del concepto de lo que es bueno y lo que es malo en cada insignificante cosa de nuestra vida, que el concepto de ética se ha reducido aquí a una lamentable habilidad: no dejarnos descubrir cuando violamos la ley.


Ética sin recompensa

Es que aquí como en cualquier otra parte, la gente deja de creer en la ética cuando su ejercicio estricto ya no es el camino más ventajoso para el éxito personal.

Efectivamente. Si el hombre se desenvuelve en un ambiente donde ser honrado y servicial tiene recompensa, y cuanto más honrado se es y más entusiastamente se trabaja, mayor será el reconocimiento de la sociedad y más tentadoras las ganancias que ésta le prodigará como premio (así fue la Argentina entre 1853 y 1943), al mismo tiempo que la inmoralidad, la deslealtad, la holganza, la «viveza» y la «trampa» constituyen caminos peligrosos que conducen sin remedio a la condena social, la deshonra y el fracaso, es obvio que ese hombre no dudará en elegir la primera conducta, desarrollando sus energías creadoras y reprimiendo toda tentación autodestructiva.

Pero si ese mismo hombre se halla en medio de un asfixiante sistema donde poderosas inhibiciones presionan sobre sus energías creativas (intervencionismo estatal, fiscalismo desmedido, inflación monetaria, privilegios corporativos en desmedro del individuo, leyes laborales a la medida del poder sindical, burocracia opresiva y controles de todo tipo), enrarecido ambiente donde elegir el camino del esfuerzo personal y la honradez es una estupidez que conduce a la ruina, porque aunque quiera y se empeñe en el intento sus energías creativas no podrán liberarse de aquellas férreas coacciones inhibitorias, es natural que, para poder sobrevivir y preservar a su familia, ese hombre —que no es un santo ni un héroe, sino simplemente un ser humano—, termine por adaptarse al sistema y dedicarse a vivir del esfuerzo de los demás, a violar cotidianamente la ley, a engañar a sus semejantes, a cortejar y sobornar funcionarios, a defraudar a sus clientes o, en el mejor de los casos, a vegetar en alguna improductiva oficina pública. Sus energías productivas se irán adormeciendo, pero sus peores condiciones humanas se ejercitarán, se desarrollarán, y alcanzarán insospechada destreza.

Por eso es un error creer que en la Argentina las cosas andan mal porque no hay moral. Definitivamente no es la moral lo que condiciona el éxito de los sistemas sociales, sino que son estos sistemas los que condicionan el comportamiento moral de las personas.

Cuando se desconoce la importancia de la libertad como fundamento de una sociedad próspera, rigurosamente ética y llena de ilusiones por el porvenir, el hábito de la virtud vuelve a ser como en las épocas de Aristóteles, únicamente compatible con el sueño y con la inactividad durante toda la vida, en medio de los mayores sufrimientos y desventuras.

 

 

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