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Mágico regalo navideño

Cuento de Navidad del escritor argentino Enrique Arenz

 

Su abuelo le había regalado una caja de madera vistosamente trabajada. “Esta caja es mágica ─le dijo, ya casi sin aliento─, no la abras hasta que sea Nochebuena, pero no cualquier Nochebuena, sino una que va a ser muy especial”. 

El anciano murió días después, y Martín, de tan sólo siete años, fue llevado a un hogar sustituto. Un día, cansado de oscuras iniquidades, agarró la caja del abuelo y se escapó. Ahora tenía nueve años y era un chico más de la calle. Vagabundeaba por la ciudad, recogía sobras de comida en los restaurantes y juntaba cartones y latitas para vender.

A la escuela llegó a ir muy poco, pero los consejos de su abuelo suplieron la educación que no tuvo: “Nunca robes, nunca te drogues, nunca ofendas al buen Dios con actos malos”. Y era tal el respeto, la veneración, que sentía por el abuelo, que se había jurado no hacer jamás cosa alguna que aquél desaprobara. Pero la calle no paga nobleza: los otros chicos lo marginaron y debió vivir solitariamente. 

Dormía bajo el puente de una autopista, en el reparo de un ángulo formado por dos anchas columnas de hormigón. Su única compañía era un perro de edad indefinida que se le unió el mismo día que saltó el paredón, como si lo hubiera estado esperando en esa vereda. Era un animalito cariñoso al que llamó Noche por su pelaje renegrido y por el rasgo siberiano de sus increíbles ojos celestes, dos luminarias de inteligencia que jugueteaban sobre esa tierna nocturnancia. No se apartaba de Martín, y más de una vez lo defendió de grandulones pendencieros a quienes enfrentó con gruñidos intimidantes.

En ese refugio secreto, Martín tenía una colchoneta mugrienta y un par de frazadas que debía acomodar para que sus agujeros no coincidieran. En las noches frías el perro se acurrucaba junto a él para proporcionarle calor. Varias cajas de embalaje cortaban el viento y hacían las veces de armario donde Martín acomodaba sus modestas pertenencias y las pocas ropitas que le daban algunas buenas personas. Debajo de todas esas cosas, cuidadosamente envuelta, conservaba la caja del abuelo, ilusionado siempre en que llegara el momento de abrirla.

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La Navidad estaba próxima, y Martín lo sabía porque había visto los adornos en las vidrieras y escuchado los villancicos que difundían las disquerías del centro, pero no tenía la menor idea de cuándo era la Nochebuena.

La fiebre fuerte lo sorprendió durmiendo. Se despertó tiritando, agitado, con fuertes mareos y sequedad pegajosa en la boca. Hacía días que venía decaído, pero ahora se sentía tan enfermo que se convenció de que iba a morir.

“Si voy a morir, tengo que abrir la caja ─pensó lúcidamente en medio del aturdimiento de la fiebre─. ¿Será hoy la Nochebuena? Sí, seguro, porque los autos que pasan por arriba van como más apurados”.

Con esfuerzo se arrodilló, encendió un farol de querosén, desenvolvió la caja mágica y buscó bajo su remera la llave enhebrada en la correíta del crucifijo, mientras el piso le daba vueltas y la autopista ondulaba como una cinta de papel.

La caja gimió al abrirse y un suave olor achocolatado del tabaco del abuelo lo acarició dulcemente. Martín esperaba algo extraordinario, tal vez luces de colores y estrellas saltarinas, un mundo fantástico encerrado en una verdadera caja mágica. ¿Y qué encontró? Para su desencanto, tan sólo un pequeño muñeco tallado en madera, un hombrecito de rostro bonachón que tenía sus manos extendidas hacia él. Sus zapatones descansaban sobre un pedestal que ostentaba, escrito en relieve, un nombre raro que a Martín le costó deletrear: “Tallderín”.

Desilusionado, levantó el muñeco y lo observó con desdeñosa curiosidad. Algún detalle impreciso en esa carita le recordaba algo, pero sintiéndose incapaz ya de pensar y de mantenerse erguido, apoyó a Tallderín en el suelo y se dejó caer sobre la colchoneta. 

Los delirios de la fiebre lo vapulearon.

Ve a su abuelo, hábil tallista, esculpiendo santos y ángeles en madera; las velas siempre encendidas, el humo dulzón de la pipa que se mezcla con el aroma de los sahumerios; se contempla a sí mismo yendo despreocupado a la escuela, pero al regresar termina bajo el puente de la autopista. Se angustia porque no quiere volver a estar solo, pero enseguida aparecen el abuelo y su perro Noche. ¡Qué suerte, todo fue un mal sueño! Está otra vez acostado en su cuartito sin ventana, escuchando al abuelo que repuja sus imaginerías. Pero de pronto todo se pone lúgubre: ve una y otra vez al anciano agonizante que intenta hablarle, que se esfuerza por respirar una vez más para decirle algo, pero no puede, queda inmóvil y lo sigue mirando. Allí están los señores que fueron a llevárselo; los vecinos, que murmuran en la puerta de la casa. Ahora está en el Hogar adonde lo manda el juez… ¡Horrible lugar! Huye de esos juegos que no comprende pero que le causan temor y repugnancia. Las visiones se precipitan, se hacen aterradoras, insoportables.

Hasta que lo acuna la levedad, el piadoso aletargamiento.

* * *

Despertó en una habitación muy iluminada, en una cama alta con sábanas limpias y una almohada blandita y perfumada. Una señora de blanco lo miró sonriente y exclamó:

─¡Pero qué bien! Nos hemos despertado.

─¿Dónde estoy?

─Estás en un sanatorio. Estuviste muy enfermito, yo soy la doctora que te atendió. Un señor te encontró y te trajo aquí. Ya lo vas a conocer, él se hizo cargo de todo. ¿Cómo te llamás?

─Martín, señora, Martín Anzábal.

─Yo soy Clara ─se presentó la médica, y le explicó que lo habían encontrado deshidratado y muy débil─. Ah, Martín, ahí está tu cajita. Estabas abrazado a ella cuando te trajeron.

Martín preguntó por el muñequito.

La doctora le contestó que no había visto ningún muñequito, y que la caja estaba cerrada con llave.

Martín se tocó el pecho y lo alivió sentir el contorno de la llave bajo el pijama. Quiso saber dónde estaba su perro Noche, pero nadie en el sanatorio había oído hablar del animalito, aunque, para tranquilizarlo, Clara le prometió que lo buscarían. Comió con avidez lo que le sirvieron y volvió a dormirse.

A la mañana siguiente, no bien hubo desayunado, llegó un hombre joven de aspecto muy agradable.

─Hola Martín.

─Hola… ¿quién es usted?

─Me llamo Diego. Soy la persona que te trajo aquí.

Martín lo miró con timidez.

─Gracias, señor, pero ¿cómo me encontró?

Diego acercó una silla.

─Mirá, es difícil de explicar, alguien me paró en la autopista, poco antes de llegar al puentecito, y me dijo que debajo había un chiquito muy enfermo. No me preguntes por qué me detuve en medio de la noche ni por qué accedí a lo que me pedía ese desconocido. No lo sé, pero ese hombre tenía una mirada tan… apacible, qué sé yo, sentí que podía confiar en él. Me llevó hasta donde vos estabas, me ayudó a cargarte en el auto, y después… simplemente desapareció.

Martín quedó pensativo. Luego preguntó:

─¿Era Nochebuena cuando me encontró?

─No, Martín, faltan cuatro días para Nochebuena. Si para entonces te ponés bien, estás invitado a mi casa.

 

Convaleciente, con ropa y zapatillas nuevas y el pelito corto, Martín fue llevado por Diego a su casa. Ya había conocido a Belén, la esposa de Diego, quien lo había visitado a diario y colmado de atenciones y afecto. No tenían hijos. La noche que rescató a Martín, Diego venía del Centro de fertilidad, afligido por traerle a Belén nuevamente malas noticias.

No es para asombrarse, entonces, que ese chiquito de la calle se ganara en pocos días el amor de aquellos dos corazones anhelosos de hijos soñados que no llegaban. Tampoco nos ha de llamar la atención que decidieran llevarlo a casa como hijo adoptivo. Una sola cosa opacó el júbilo de Martín: su mascota no pudo ser hallada. 

Esa Nochebuena, ya instalado en una maravillosa habitación con televisión y computadora, Martín decidió abrir la caja del abuelo antes de bajar a cenar con su nueva familia, porque esa sí era una Nochebuena especial, y lo que recordaba de lo sucedido bajo la autopista era tan confuso que tal vez todo había sido un sueño.

Cuando abrió la caja, la revelación fue sorprendente: ¡los ojos del enigmático hombrecito!, ese fue el detalle impreciso que no pudo descifrar bajo el puente. Y tras esa sorpresa, una intensa emoción. No recordaba cuándo había llorado por última vez, pero ahora las lágrimas se desquitaban. Y en medio de estremecidos sollozos apenas podía articular unas palabras salidas de su corazón: “Gracias, abuelo, gracias, abuelo”.

Era nomás una figura tallada en madera con olor achocolatado lo que había en la caja. Y un nombre escrito en relieve que Martín recordaba muy bien y jamás olvidaría: “Tallderín”.

Pero no se trataba de un hombrecito sino de un perro, un hermoso perro negro de ojos celestes y mirada apacible.

Muerdago

© Enrique Arenz
Prohibida su reproducción en internet

Sin la expresa autorización del autor

 Publicado en:
Diario La Capital de Mar del Plata

Diciembre de 2006

Libro Mágica Navidad (Editorial Dunken, 2012)

 

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