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Secciones


Los influyentes (1978)

Denuncia sobre una lacra que prolifera bajo todos los gobiernos militares

 

Existe en el país la clase de los “influyentes”, especie de secta que profesa el culto de la cuña, que como toda minoría es aborrecida y envidiada a la vez, a tal punto que parece estar de moda el jactarse de pertenecer a ella.

Cualquier honesto empleado público ha debido soportar alguna vez la baladronada de quienes haciendo valer su amistad con algún alto funcionario logran imponer la prioridad de sus intereses domésticos aún contra la ley y en perjuicio del interés comunitario.

Estas cosas que sucedieron siempre, alcanzan hoy alarmante propagación. El influyente no necesita lesionar el principio de igualdad ante la ley para obtener lo que se propone. Su singular sicología le hace creer que forma parte de un sistema preexistente en donde las relaciones intercomprometidas son indispensables para obtener cualquier logro posible, y que el mundo es una montaña de basura, dependiendo de la mayor o menor “adaptación” de cada cual, el estar encima o debajo de ella. A partir de este horrendo concepto, claro está, no existen principios éticos que el influyente no considere meras formalidades de convivencia civilizada creadas con el solo fin de encubrir una realidad siniestra.

Cada influyente tiene su propia herramienta, su cuña. Normalmente un encumbrado amigo a quien no duda en distraer de sus importantes funciones para aburrirlo con la larga exposición de algún problema baladí hasta que finalmente -y esto es lo lamentable- consigue esa orden telefónica que relampagueante desciende la escala jerárquica del gallinero burocrático para torcer en su favor el curso de un trámite administrativo.

Las pretensiones son de los más variadas. Suelen ir desde la obtención de pequeños privilegios menores hasta la adopción de graves decisiones políticas a favor de importantes intereses creados, y a veces -esto es afortunadamente excepcional- se ha llegado a conceder indemnidad para la consumación de actos delictivos.

Entre los pequeños influyentes adviértese la enorme proporción numérica de gente anciana, retirada de sus actividades laborales, con pocas cosas en qué ocupar su tiempo y con mucho aburrimiento in extremis, los que suelen hacer de la influencia un juego casi sensual, no exento de perversidad.

Es sabido que estas personas proliferan como hongos cada vez que irrumpe un nuevo gobierno militar, lo que no deja de ser paradójico si atendemos a las razones éticas que suelen justificar tales cambios, y son mucho más peligrosos que los “amigos” de los políticos en épocas de normalidad institucional. Debe ser porque estos conspicuos ciudadanos, alérgicos a la política, piensan que con la revolución les llegó la hora de la revancha, y se lanzan como piara de gruñentes a hacer antesalas con la ilusión de obtener esa pequeña conquista que los conforte en sus angustias existenciales.

¿Pero quién es el culpable de que estos desubicados existan y se salgan con la suya? Sin duda ese alto funcionario que accede a sus inadmisibles pretensiones por comodidad mental, por conformismo, o vaya a saber por qué inconfesable razón.

Esta situación se ha agravado últimamente al generalizarse en la población la propensión a asimilar estas desviaciones, lo que hace de cada ciudadano un posible aspirante a influyente. Esto no podrá cambiar en tanto el Estado concentre tanto poder para conceder privilegios a unos negándoselos a otros.

Indudablemente hay funcionarios con agallas y dignidad suficiente como para no prestarse de instrumento de nadie ni permitir que la amistad pueda ser invocada con propósitos subalternos. Pero lamentablemente son los menos. Por eso cuando se habla de jerarquizar la administración pública no debe olvidarse este fundamental aspecto de la personalidad del buen funcionario, y sobre todo, debe procurarse que el buen ejemplo venga desde lo más arriba posible.

 

© Enique Arenz. (Publicado en Correo de la Semana el 6 de febrero de 1978)

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