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Libertad: un sistema de fronteras móviles: Epílogo

Libertad: un sistema de fronteras móviles: Epílogo

Ensayo de Enrique Arenz sobre la doctrina liberal

 

Epílogo de la primera edición (1986), con agregado del año 2007: Dudar hasta de las ideas liberales

 

No podría dar por concluido este trabajo sin hacer una advertencia. Se están produciendo en el mundo ciertas especiales circunstancias sociopolíticas que, analizadas superficialmente y sin la suficiente dosis de realismo, podrían inducirnos engañosamente a creer que las ideas liberales aquí expuestas tienen alentadoras perspectivas de ser universalmente aceptadas. (Esto fue escrito en 1986).

Lamento no compartir tan seductora opinión.

La ideología liberal, es verdad, parece haberse puesto de moda en Europa luego del agotamiento del “Estado benefactor” de la socialdemocracia. Al parecer, una nueva mentalidad individualista y antiestatista aparecida sorpresivamente en la opinión pública de los países industrializados (sin que los intelectuales hayan intervenido en el asunto) ha dejado atónitos a políticos y sindicalistas, quienes se apresuran a amoldarse a las nuevas circunstancias al comprobar que sus discursos y esquemas tradicionales amenazan con desplomarse.

¿Qué es lo que está ocurriendo en el mundo? Por lo visto el hombre medio de los países desarrollados ha comenzado a rebelarse contra la masificación y el estatismo. Todo parece indicar que el fenómeno de la rebelión de las masas tan magistralmente descrito por Ortega y Gasset estaría, no precisamente llegando a su fin, pero sí experimentando profundas transformaciones. Las primeras manifestaciones de este fenómeno nuevo, que muy pocos observadores sagaces tuvieron en su momento la sensibilidad de percibir, comenzaron a exteriorizarse a mediados de la década de los setenta. A partir de ese momento aparecen en la superficie de las sociedades industriales ciertos sutiles cambios. La era de las concentraciones callejeras y de las turbamultas irracionales parece ceder ante el avance arrollador de una nueva mentalidad individualista que seduce progresivamente a cada vez más amplios sectores sociales.

Esto se observa hoy con nitidez en Europa y en los Estados Unidos, pero también está ocurriendo, aunque en menor proporción, en la Argentina y en muchos otros países latinoamericanos. El hombre medio no sabe lo que es el liberalismo porque sus intelectuales, sus educadores, sus pastores y sus dirigentes en general aun lo ignoran, pero es evidente que se ha cansado de obedecer a la burocracia estatal y desea ser un individuo independiente, dueño de sus ideas y sentimientos. Es una reacción intuitiva contra las insoportables extralimitaciones del intervencionismo estatal en la vida privada de las personas.

Guy Sorman, en su recomendable libro La solución liberal, analiza este fenómeno sociopolítico de la siguiente manera: “Todos sentimos que estamos viviendo una revolución tecnológica simbolizada por la microinformática y la microbiología, es decir, la combinación de lo infinitamente pequeño y lo infinitamente poderoso. Su consecuencia es una desmasificación de la sociedad. Salimos de la era de las masas, que exigía una concentración cada vez mayor de individuos en un lugar dado para crear el mayor número de riquezas posible. La fábrica, el trabajo en serie, la máquina, la estandarización de los modos de producción y de los modos de vida, la concentración urbana, la concentración de las horas de trabajo y de las horas de ocio en el día, la semana, la v ida: esas eran las condiciones del progreso económico, y al mismo tiempo sus resultados. Todo eso ya no es necesario gracias a la revolución que aportan a la producción la microelectrónica y la robótica”.

Hayek ya lo había anticipado en 1947 cuando dijo que si los políticos no destruían el mundo cabría la esperanza porque vendrían nuevas generaciones que no sólo redescubrirían las ventajas materiales de la libertad sino que también comprenderían la justificación moral de una filosofía liberal.

Hasta aquí todo está muy bien. Sin embargo no debemos engañarnos. Este fenómeno nuevo que yo denomino la rebelión del individuo y que los italianos llaman “la sociedad fragmentada”, constituiría ciertamente una oportunidad valiosísima para aplicar las ideas liberales si hubiera en el mundo suficientes intelectuales y políticos formados en esa doctrina y preparados técnicamente para aprovechar esta sorprendente transformación popular y conducir eficazmente un drástico proceso de cambio que desmantele la burocracia, disminuya los impuestos, elimine privilegios, subsidios, barreras aduaneras y rigideces reglamentaristas, derogue leyes y conceptos jurídicos hegemónicos y establezca sin vacilaciones un verdadero orden social de la libertad.

Pero desafortunadamente no es así. No hay líderes liberales en el mundo como para encauzar convenientemente esta inesperada revulsión social. El prejuicio antiliberal y la sacralidad del Estado (y de la “Razón de Estado”) siguen hondamente arraigado en la mentalidad de las actuales clases dirigentes. Y me animo a decir que lo va a seguir estando por mucho tiempo, tal vez por largas décadas. Y esos nuevos defensores de la libertad que han aparecido por todas partes (conversos del socialismo algunos, esnobs otros, y oportunistas políticos los más) conciben al liberalismo de una manera que ellos llaman “práctica” o “realista” y que en verdad no es sino la expresión de una hábil y tibia concesión que el intervencionismo a ultranza hace a la ideología liberal para adaptarse a ese nuevo hecho social y continuar manipulando, esta vez en nombre de la libertad, la economía de las naciones e interfiriendo con nuevos y más sutiles métodos, las esferas privadas de acción de los ciudadanos.

Basta con leer los libros de algunos de estos nuevos “liberales” (Salwyn Schapiro, Solfram Engel, entre otros) para advertir que tienen poco de liberales y mucho de intervencionistas. Son en cierto modo discípulos de la parte mala de la evolución de la doctrina liberal, asimiladores no de los aciertos sino de los errores de algunos de sus exponentes, como el “neoliberal” Benedetto Croce, quien más allá de sus indiscutibles méritos intelectuales, llegó a insinuar la posibilidad de limitar las libertades económicas y dejar intactas las demás libertades. Gravísima equivocación que el socialismo, rápido de reflejos, aprovechó para filtrar su concepto de la libertad divisible. Si lo decía Croce…

No nos engañemos con estos personajes ni nos sintamos defraudados y alarmados por la creencia de que los líderes liberales están haciendo inaceptables concesiones al intervencionismo. Puede haber algunos, no lo niego, pero en términos generales es a la inversa: el intervencionismo está haciendo concesiones a la ideología liberal.

Que yo sepa, The Foundation for Economic Education de Irvington, Nueva York, o la Sociedad de Mont Pellerín, de suiza, o los catedráticos de la Escuela Astríaca de Economía, cuyo más alto exponente es el premio Nobel Friedrich Von Hayek, o el Centro de Estudios sobre la Libertad, de Buenos Aires que dirige el doctor Alberto Benegas Linch, por nombrar sólo algunos de los más importantes foros mundiales del liberalismo, no han licuado en ningún momento sus principios con los del intervencionismo. ¿Pero que peso o influencia pueden tener estas heroicas y aisladas instituciones sobre las decisiones de los grandes y demagógicos partidos políticos de nuestro tiempo?

Tal vez los intelectuales modernos hayan dejado de creer en el marxismo, pero todavía no han descubierto los apasionantes fundamentos de la cosmovisión liberal. Por ahora siguen soñando en una especie de paradisíaco “socialismo en libertad” donde el fructífero sistema capitalista pueda convivir en armónica tolerancia con el Estado benefactor y redistribuidor de ingresos ajenos, novísimo proyecto ubicado quizás un poco a la “derecha” de la anticuada socialdemocracia, pero ciertamente bastante a la “izquierda” del modelo liberal. En el confuso y contradictorio esquema que ellos proponen, ciertos valores básicos del liberalismo, tales como la libertad individual, la propiedad privada, el mercado libre, la legitimidad del lucro y los prosupuestos públicos equilibrados, son aceptados como fines fundamentales; pero al mismo tiempo sostienen intransigentemente la dogmática creencia de que el Estado y sus funcionarios deben intervenir en mil cuestiones de la vida económica, por ejemplo: en la radicación de capitales externos, en el comercio exterior, en la protección de ciertos sectores productivos ineficientes, en el control de los recursos energéticos, en la fijación compulsiva de los salarios, en los controles de cambios, en el sostenimiento de grandes planes de seguridad social y, por supuesto, en la aplicación de políticas monetarias.

“Yo quiero que las empresas privadas ganen mucho dinero –declaró el aggiornado socialista español Felipe González, y agregó–: para poder luego distribuirlo con justicia”. Así son los dirigentes e intelectuales de nuestro tiempo. No han aprendido aún que aquellos loables fines que antes repudiaban pero que ahora, obligados por las circunstancias, comparten a regañadientes con los liberales, son absolutamente incompatibles con el intervencionismo compulsivo, por atenuado que éste sea. Pero aún, ignoran la naturaleza injusta y altamente inmoral del “distribucionismo”, que induce a la gente a mirar al que está socialmente arriba y nunca al que está debajo. Hasta los ricos hablan de redistribución, y téngase por seguro que no lo hacen pensando en los pobre sino en ellos mismos, creyendo que en el reparto les va a tocar algo de alguien más rico que ellos. La distribución de la riqueza requiere el uso de la fuerza y del trato desigual a los ciudadanos. Por eso es inmoral e injusta.

Y ahí está, a mi juicio, el peligro: todas estas confusiones y ambigüedades lejos de ayudar a la idea liberal, conspiran contra ella. Debemos los liberales estar seguros de nuestras ideas y no transigir con el oportunismo político. El modelo teórico del liberalismo es como un vaso de agua químicamente pura: basta una sola bacteria contaminante para que el líquido se corrompa. Hablo del modelo teórico, no de su aplicación práctica que no tiene necesariamente que ajustarse estrictamente a aquél para tener éxito. “No es necesario alcanzar las formas puras de la economía de mercado –suele afirmar Álvaro Alsogaray cuando explica su postulado de la “tendencia”–, sino que basta con ponerse en movimiento en dicho sentido para lograr de inmediato positivos resultados; es el sentido del movimiento lo que cuenta”.

Comparto este simple y a la vez sólido razonamiento. Ahora bien, cuando nos ponemos en movimiento para ir hacia alguna parte, podemos razonablemente titubear acerca de muchas cosas: medios a utilizar, variaciones en la velocidad, rutas a seguir, rodeos atajos, etc. Podemos sobre la marcha cambiar todos y cada uno de estos factores, pero de lo único que no podemos dudar (a menos que seamos alegres aventureros) es del punto geográfico hacia el cual nos dirigimos. Si un gobierno decide ponerse en movimiento en el sentido liberal tiene que tener claramente visualizado el modelo perfecto y preservarlo de toda posible contaminación teórica. ¡Hay que saber hacia dónde vamos antes de internarnos en la selva! No tiene sentido discutir si alguna vez llegaremos al final del camino, es decir, si podremos o no finalmente los seres humanos organizarnos socialmente conforme ese modelo teórico. De lo que sí podemos estar seguros es que cuanto más nos acerquemos a él –y esa es infinita y apasionante tarea del perfeccionismo humano–, mayores y más estimulantes serán los resultados obtenidos. Pero, insisto, tenemos que marchar hacia un objetivo claro y preciso. ¿Qué orientación segura podríamos darle a dicha tendencia si el modelo hacia el cual pretendemos dirigirnos es ambiguo, movedizo, contradictorio y cambiante?

¿Acaso no hemos visto cómo han fracasado muchos gobiernos de tendencia liberal (o conservadora) votados no hace mucho en Europa y en los Estados Unidos? Sin ir más lejos: tanto el gobierno de Ronald Reagan como el de Margaret Thatcher no han logrado, pese a sus declarados propósitos y al cabo de más de cinco años de esfuerzos, doblegar la burocracia y reducir el déficit de sus respectivos presupuestos. Según Guy Sorman, la retención pública sobre la riqueza nacional ha aumentado en Gran Bretaña, entre los años 1979 y 1983, de un 35% a un 39%, y en Estados Unidos del 27,8% al 31,6%. ¿Y qué ocurrió en Suecia, la “socialista” Suecia, nación admirada por progresistas e intelectuales de todo pelaje? Después de cincuenta años de socialismo, los suecos se habían hartado del Estado paternalista y todopoderoso que comenzaba a amenazar hasta la vida íntima de cada ciudadano, y en 1976 decidieron votar a los conservadores. Estos fueron tomados tan de sorpresa y, lo que es aun peor, con sus convicciones ideológicas tan diluidas y teñidas de intervencionismo, que durante los cuatro años que les tocó gobernar no hicieron nada por cambiar el sistema heredado. ¡Continuaron administrando el gigantesco Estado paternalista tal como lo habían estructurado sus adversarios durante medio siglo de socialismo estéril! El pueblo sueco estaba preocupado porque su industria había quedado fuera de la competencia europea (aunque tal vez ignoraba que eso se debía a las leyes laborales destructoras de empleos y a los altos impuestos a las ganancias con que se castigaba a los que producían); y además era evidente que ese pueblo había querido terminar con su situación de servidumbre, pero no encontró dirigentes lúcidos que supieran cómo hacerlo. Los desplazados socialdemócratas, en tanto, hábiles oportunistas políticos, entendieron rápidamente lo que ocurría en el electorado, adoptaron un discurso formalmente más “liberal” que el de sus fracasados enemigos políticos y reconquistaron el poder. ¿Para qué? Para que todo siguiera igual.

Debemos, por lo tanto, estar alerta y no equivocarnos. Este vertiginoso cambio operado en las masas ha sido espontáneo, impulsado por los notables progresos de la ciencia y, en cierto modo, (sería injusto no reconocerlo) ayudado por la incansable prédica de los pocos liberales auténticos que andan por el mundo con su frágil vela encendida tratando de iluminar las oscuras cavernas de la ignorancia. Pero de ninguna manera dicho cambio fue inducido o acompañado por los intelectuales y clases dirigentes quienes, salvo honrosas excepciones, hicieron todo lo posible por impedirlo.

Así como las masas de este siglo arrastraron al mundo hacia tenebrosos totalitarismos (y aún lo hacen en muchos lugares de la tierra) al oponerse insensatamente a las fuentes de su propio bienestar, al abjurar de la libertad individual y al arrollar a las claudicantes clases rectoras liberales que debieron replegarse sin atinar a luchar por sus convicciones, hoy, esas mismas masas desean fragmentarse y volver a la libertad (aparentemente sin saber por qué ni para qué), pero la nueva clase dirigente surgida de sus propias filas, producto, inevitable de aquella rebelión que dio por tierra con el liberalismo vigente hasta 1914, se opone a que ese cambio se produzca. A lo sumo acepta ceder un poco, lo suficiente como para no ser barrida por el incontenible avance de esta nueva moda, tan frívola y pasajera como otras modas ideológicas que se alternan pendularmente. Acepta, decíamos, ceder un poco, pero no lo bastante como para poner en tela de juicio las creencias sacrosantas sostenidas tan afanosamente durante interminables décadas.

No nos equivoquemos. La rebelión del individuo sería un hecho valioso si lo pudiéramos conducir eficazmente. Pero no lo podemos hacer, porque el liberalismo es una cosmovisión científica, producto de la cultura, no de una simple y transitoria moda popular.

El socialismo, el estatismo y el prejuicio antiliberal dominan el mundo no porque las masas adhieran conscientemente a tales ideas sino porque los intelectuales creen en ellas. El socialismo es un error de los intelectuales, ha dicho acertadamente Hayek. Se han equivocado pero hasta ahora no lo saben. Y como para bien o para mal son ellos los que conducen el mundo, si no logramos persuadirlos de la superioridad del orden social de la libertad, y formar nuevos intelectuales con claras ideas liberales y firmes propósitos de defenderlas, de nada valdrá que las masas se entusiasmen fugazmente con la idea de un cambio novedoso. Cansadas de su efímera aventura seguirán en su anárquica rebeldía predispuestas siempre a nuevas frivolidades, esta vez probablemente autoritarias o hegemónicas, que, a diferencia de lo que ocurre hoy, encontrarán seguramente los intelectuales y dirigentes preparados para aprovechar la oportunidad.

El fenómeno ofrece sin embargo una ventaja: toda moda ideológica atrae a la juventud y facilita la militancia política. El liberalismo que fue siempre un estigma para quienes nos atrevíamos a divulgarlo, hoy seduce, aquí en la Argentina, a miles de estudiantes secundarios y universitarios que se proclaman orgullosamente activistas de la libertad. Si estos jóvenes no caen en la tentación de la política demagógica fácil, la manera rápida de llegar al poder, y logran penetrar en el conocimiento profundo de la filosofía liberal, ellos serán los esclarecidos intelectuales y dirigentes liberales del mañana que eliminarán de la faz de la tierra hasta el último vestigio de miseria y autoritarismo.

 

Agregado en marzo de 2007

Consejo para los jóvenes: DUDAR HASTA DE LAS IDEAS LIBERALES

En fin, amigo lector, creo que dije todo lo que me proponía decir. Ahora permítame que quizás contradiga mis propias palabras con el más importante consejo que un auténtico liberal puede darle a quién aspira a serlo: dude de todo, cuestione todo, analícelo racionalmente todo y al mismo tiempo esté abierto a todas las ideas, revise todos los pensamientos, escuche con respeto las ideas de los demás y sólo rechácelas cuando su razonamiento le indique claramente que son falsas. Un liberal no puede tener certezas últimas y definitivas, sencillamente porque la certeza absoluta es la muerte del intelecto.

René Descartes afirmaba que podía y debía dudar de todo,excepto de que dudaba, porque sólo el pensamiento está en nuestro poder: “Pienso, luego existo”. Esta era su única certeza, tan firme y segura que, decía, ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos eran capaces de conmoverla. Esa fue para Descartes el primer principio de su filosofía.

En El discurso del método, Descartes señala las cuatro condiciones del pensamiento que se autoimpuso:

1) No aceptar nunca cosa alguna como verdadera que no conociese como tal con la más clara evidencia, es decir, evitar cuidadosamente la precipitación, y no admitir en mis juicios nada más que lo que se presentase a mi espíritu tan clara y distintamente que no tuviese ocasión alguna de ponerlo en duda.

2) Dividir cada una de los problemas que examinase en tantas partes como fuera posible.

3) Conducir ordenadamente mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y fáciles de conocer para ascender poco a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más complejos, suponiendo un orden incluso entre los que no se preceden naturalmente.

4) Hacer siempre enumeraciones tan completas y revisiones tan generales que estuviese seguro de no omitir nada.

Por lo tanto, amigo lector, no puedo sino aconsejarle: piense en las ideas liberales que acabo de exponer, pero no esté demasiado segura de ellas. Yo creo que son las ideas más acabadas que ha logrado elaborar hasta hoy la humanidad en materia de política, de economía y de organización social, pero eso no impide que en el futuro puedan surgir otras maneras de ver las cosas. Tal vez ya existen pensadores que están en condiciones de demostrarnos con evidencia irrefutable que hay otra manera de organizar la sociedad que no sea sobre los principios de la libertad individual. Tendrán que sudar mucho para lograrlo, pero… ¿quién sabe?

En síntesis: dude de todo, incluso de las ideas liberales.

 

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