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La rama de acebo

Cuento de Navidad del escritor argentino Enrique Arenz

 

Acebo 4─Casildo, usted necesita un trasplante ─le explicó la cardióloga─. Lo pondremos en la lista de espera hasta que tengamos un donante. Mientras tanto tiene que permanecer hospitalizado

Casildo Balodis asintió con la cabeza. Las explicaciones eran lacónicas, pero ¿cómo se atrevería él, un indigente sin familia, a discutir lo que deci­dían aquellos doctores? 

Andaría por los cincuenta y cinco años, flaco, marchito, canoso, ojos apagados. Vivió en una pensión mientras la salud le permitió trabajar, siempre en rudas ocupaciones como la de pocero o peón de mudanzas. Cuando se agravó su insuficiencia car­díaca terminó langui­deciendo en un colchón bajo un co­bertizo destartalado. Los preocupados vecinos lo convencieron de que se hiciera ver. Un taxista del barrio lo cargó en su auto, lo llevó al hospital y lo dejó en la guardia. Los otros se apuraron a desmantelar el cobertizo.

En el hospital lo tuvieron días en un pasillo, hasta que se desocupó una cama en la unidad de cuidados críticos. Allí lo controlaban médicos rotativos a los que nunca terminaba de conocer, aunque la cardióloga lo veía regularmente.

Le costó adaptarse a los pinchazos, a los estudios con aparatos gigantes y al ordenado y poco explícito mundo hospitalario. Lo avergonzaba no te­ner ropa decente ni limpia, ni dinero para darles una propina a esas abnegadas enfermeras que debían bañarlo, cambiarlo y asistirlo en sus miserias porque no podía moverse de la cama.

Con el tiempo su salud empeoró. La cardióloga ordenaba nuevos estudios y le reforzaba o cambiaba los medicamentos. “Estás en la lista de emergencia, Casildo, tenés que tener paciencia”, le recordaba a falta de mejores noticias.

La rama de aceboLa única persona que lo visitaba era una monja, la hermana Dagni, que se sentaba junto a su cama para darle ánimos y hablarle de Dios. Ha­bía algo en la mirada de la religiosa, en algunos de sus gestos y quizás también en su acento ligeramente extranjero, que le traían al enfermo reminiscencias y una sensación de confianza.

A ella sí se animaba Casildo a confiarle sus preocupaciones, y la buena mujer le traía de vez en cuando algún dato nuevo sobre su salud. Poca cosa, pero sus explicaciones sencillas lo tranquilizaban. Ella no lo engañaba: el tiempo, insidioso, ya estaba contando al revés, pero le recomendaba que confiara en Dios y que rezara.

Casildo nunca había sido un hombre de fe, pero arrastrado por semejante marea de temores e incertidumbres se abrazó a la tabla que le ofrecía la religiosa: el buen Dios que escucha y ayuda al más humilde y desvalido de sus hijos. “¡Dios te tiene en cuenta!”, le repetía. “Estamos cerca de Navidad que es expresión de humildad, la humildad de un Dios que se hace hombre por amor, que elige para nacer una aldea de pastores, una madre campesina, y la cuna más pobre del mundo”. 

Y así fue que una terrible noche en que sus bronquios crepitaban, silbaban y borboteaban como una caldera, se sintió tan indefenso y asustado que se puso a hablar con Dios:

“Querido Jesús, yo sé que no valgo mucho, fui siempre un pobre jornalero porque no estudié, nunca aprendí un oficio ni pude conseguir un empleo fijo. Pero jamás robé, nunca hice mal a nadie y creo que no te he ofendido en mi vida con una sola mala acción. Bueno… por ahí, cuando le pinché las cuatro gomas a ese patrón que no me pagó; o la noche que le birlé la novia al Chueco…  Sí, algunas picardías tendrás que perdonarme, pocas, me parece. Reconozco, eso sí, que fui muy dejado como creyente, pero vos recordarás que cuando yo era un chiquito, cada Nochebuena ma­má traía una rama de acebo y la ponía en un florerito. Vi­víamos en una casilla donde a veces no te­níamos ni carbón para el brasero, pero nunca faltó en Navidad la rama de acebo. Es que mamá había nacido en Letonia y para los letones el acebo es un árbol mágico. Ella contaba que cuando vos estabas en la cruz, un pajarito trató de quitarte las espinas con su pico, y que por eso le quedó el color de tu sangre en el pecho y se convirtió en el petirrojo o pechito colorado, y que vos, conmovido por su bondad, creaste el acebo, con hojas puntudas como tu corona y frutos que maduran en invierno, para que los petirrojos puedan alimentarse. Mamá me decía que vos llevabas regalos a los chicos de las casas donde po­nían acebo. Yo me dormía ilusionado y por la mañana encontraba mi regalo junto al acebo, envuelto en un papel verde con angelitos blancos. No era mucho, algún juguetito, un chocolate y figuritas de cartón, pero, ¡qué feliz me ha­cían! Hasta que mamá murió, cuando yo tendría ocho años. Pobre mamá, nunca tuve una foto de ella y su cara se me ha ido borrando… Pasaron los años, crecí, trabajé en lo que pude, siempre honradamente, y me fui haciendo viejo sin darme cuenta. Y me olvidé de vos, no te lo voy a negar. Y ahora que me siento morir, arrepentido de no haberte rezado ni un padrenuestro en todos estos años, he vuelto a pensar en vos gracias a la hermana Dagni. Ella me enseñó que aunque yo te haya olvidado vos no dejaste de amarme, y que ahorita mismo me estás escuchando. Por eso quiero pedirte que no me abandones, que me ayudes a salir de ésta, que no me lleves a ese lugar donde la hermana dice que todo es luz y alegría, porque todavía no conocí la parte linda de la vida. Me pongo en tus manos y confío en tu bondad” 

La hermana Dagni dejó de visitarlo. Casildo preguntó por ella pero nadie la conocía. Quedó desconcertado, pero ya no podía pensar en otra cosa que en su enfermedad, ahora complicada con mareos, confusión, y falta de voz.

Las noches eran largas y temibles: se despertaba con tos, palpitaciones y dificultades respiratorias. Entonces la enfermera le elevaba un poco la cabecera y le administraba un inótropo. Al rato se aliviaba, pero le costaba volverse a dormir. Podía estar horas buscándole sentido a las sombras movedizas de aquella semioscuridad palpitante.

Durante el día estaba obsesivamente alerta a cuanto ocurría en su entorno: la jefa de enfermería, que iba y venía, iba y venía, siempre enojada porque le asignaban más enfermos de los que podía atender; o ese médico joven, de barba y pelo largo, “el tirabombas”, le decían, que despotricaba porque el presupuesto obligaba al hospital a elegir entre una práctica de alta complejidad y el plan de vacunación. “¿Qué será una práctica de alta complejidad?”

Con la llegada de diciembre los pacientes fueron mermando. Unos se iban detrás de sigilosos biombos, otros, dados de alta para pasar las fiestas con sus familias.

La noche del 24 de diciembre Casildo Balodis quedó solo, en mitad de una fila de camas vacías. Una enfermera de guardia, desconocida para él, hojeaba una revista en el extremo del corredor. El silencio era aplastante por lo inusual.

Serían las nueve de la noche cuando vio entrar en la sala a una mujer muy elegante y desenvuelta que fue hasta el escritorio de la enfermera, examinó una carpeta y anotó algo. De inmediato se encaminó con un sonoro taconeo hacia la única cama ocupada. Sólo entonces la reconoció: era la cardióloga. Maquillaje, perfume, minifalda, blusa de seda, tacones altísimos… Tan linda y llena de vida la doctora, arreglada seguramente para festejar la Nochebuena.

―Hola, amigo, ¿cómo estás?

Con gestos, Casildo le dio a entender que ahí andaba… mal, como siempre.

―Bueno, tranquilo. Lo que necesitás es descansar y relajarte, así que voy a darte un sedante más fuerte para que duermas… Ah, mirá Casildo, una monjita me paró en la entrada del hospital y me pidió que te alcanzara esto.

Abrió su cartera y sacó una ramita de acebo. Casildo miró las hojas espinosas con azorada incredulidad. La doctora sonrió, dejó la rama sobre la silla, le dio al paciente una palmadita y se fue. Otra vez el taconeo altanero que ahora se alejaba por pasillos y escaleras mientras el silencio se iba adueñando otra vez de la sala.

A los pocos minutos se le acercó la enfermera con una jeringa. Sin hablarle ni mirarlo vertió un medicamento en el recipiente del suero y abrió la válvula para acelerar el goteo.

Casildo se durmió enseguida.

En mitad de la noche, en la madrugada de esa Navidad, abrió los ojos sobresaltado como si alguien lo hubiera tocado. Miró a su alrededor. No había nadie, pero vio sobre la silla, al lado de la rama de acebo, una pequeña caja envuelta en papel verde con angelitos blancos. No tenía fuerzas para abrirla, sólo la tomó y la sujetó amorosamente sobre su pecho. Por un segundo resplandecieron en aquel rostro sin luz dos lágrimas y una levísima sonrisa.

Y se dejó llevar por esa somnolencia intensa, cálida, envolvente como un abrazo entrañable, un sueño dulcemente irresistible que le prometía una calma deliciosa, un descanso confortable, sin malestares ni agitación.

Antes de dormirse, un pensamiento lúcido destelló en su cerebro aletargado: “La hermana Dagni, tan… tan parecida a mamá…”

Muerdago

 © Enrique Arenz
Prohibida su reproducción en internet

sin la expresa autorización del autor

 

 Publicado en:

Diario  La Capital de Mar del Plata
Diciembre de 2010

Libro Mágica Navidad (Editorial Dunken, 2012)

 

 

 

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