Secciones

El marplatense que volteó la piedra movediza de Tandil


Cuento del escritor argentino Enrique Arenz


“El mito es la última verdad de la historia,
lo demás es efímero periodismo”

Jorge Luis Borges

 Piedra-movediza-tandil-cuento-enrique-arenz-foto-Copyrigh-De-Enrique-Arenz

 

La piedra movediza de Tandil se desbarrancó misteriosamente el 29 de febrero de 1912. Nadie pudo determinar la causa ni la hora exacta.

Hubo muchas hipótesis. La más exculpatoria aseguró que la piedra siempre se estuvo cayendo y que su base finalmente se pulverizó. Otras, más realistas, acusaron a las detonaciones de las canteras vecinas, y hasta se insinuó que algún minero de las inmediaciones gastó un par de cartuchos para poner fin a la molesta presencia de curiosos.

En cierta ocasión estaba yo en un café leyendo el diario cuando un desconocido  se me acercó para decirme casi al oído que tenía una historia que yo podría escribir. Resignado, lo invité a sentarse. El sujeto arrancó con una frase que derritió mi apatía: “Yo sé quién hizo caer la piedra movediza de Tandil”.

Escuché la historia. No diré que me desagradó, era original y contenía algunos detalles sugestivos, pero me pareció tan inverosímil que no pude considerarla seriamente. Logró sin embargo que el asunto se metiera acosadoramente en mi cabeza.

Ese mismo día me puse a buscar cuanto sitio web, libro, revista y monografía había disponible sobre el enigma de la piedra movediza. Leí la crónica de Caras y Caretas publicada en 1912, el artículo de Ricardo Rojas La piedra muerta, publicado en La Nación, el informe de Osvaldo Soriano para la revista Panorama, la conferencia titulada Santuario megalítico dictada por el profesor Alejandro Sorondo en el Instituto Popular de Conferencias del diario La Prensa, y la advertencia sorprendentemente anticipatoria del naturalista argentino Eduardo Ladislao Holmberg.

Al analizar esos textos y examinar las fotografías y postales anteriores a 1912 lo primero que uno advierte es el poco respeto que le tuvieron turistas y lugareños a esa belleza única en el mundo. Un acróbata venido de Europa hace piruetas sobre su vértice más alto; grafitis irreverentes escritos con pintura negra la cubren groseramente, y predomina el hábito de ponerle botellas de vidrio debajo para verlas estallar. Se divertían dañando y poniendo en riesgo lo que se debiera haber preservado celosamente.

Poco después de aquella entrevista se cumplieron los cien años de la caída de la piedra. En abril de 2012 fui a Tandil para husmear y ver la réplica que había hecho construir la municipalidad cinco años antes.

Después de que uno trepa la fatigosa e interminable escalera del cerro, y cuando logra desfalleciente sortear el último peldaño ¿qué ve? una decepcionante copia de resina y símil piedra, sin movimiento, atornillada cruelmente a la base. La réplica exaspera como un gato embalsamado. Para colmo con solo girar la cabeza y mirar hacia abajo uno ve a la verdadera piedra, yacente, despedazada, irreconocible.

Pero ocurrió algo importante durante esa visita, un hallazgo casual que me persuadió de que la historia escuchada era verdadera. De ese hallazgo hablaré más adelante. Ahora revelaré los hechos tal como creo que ocurrieron.

Quien hizo caer la piedra movediza fue un marplatense, Felipe Alzín, un muchachón musculoso, solitario y de escasa inteligencia, herrador de caballos, frecuentador de burdeles y miembro secundario de la secta religiosa Eunebius, derivada tardíamente de las hermandades cerentiana y cleobiana.

Esa secta funcionaba con las modalidades de una logia secreta en los sótanos de una panadería marplatense ubicada en la calle América (hoy, avenida Luro), contaba con numerosos miembros activos, muchos de ellos respetables profesionales y hombres del comercio local, y era presidida por un conocido hotelero de la ciudad.

Mi confidente dijo ser nieto de uno de aquellos sectarios. Pronunció apellidos sorprendentes. Prometí no revelar ninguno.

Según este relato, el herrero Felipe fue inducido a destruir la piedra movediza porque las autoridades de la secta estaban convencidas de que un demonio o espíritu maligno residía en sus entrañas y que desde sus oscilaciones trasmitía efluvios de malignidad hacia todos los rincones del planeta.

Pero atención: otras creencias de la época aseguraban todo lo contrario, que la piedra movediza era el habitáculo de un heraldo celeste puesto por Dios para controlar los impulsos autodestructivos de su criatura pensante.

En la secta Eunebius hubo un apasionado debate acerca de esta contradicción, pero predominó el criterio del hotelero y sus secuaces.

Entonces Felipe Alzín, que tenía graves pecados que expiar, incluyendo estupro y un oscuro homicidio, aceptó la oferta de limpiar su conciencia y gozar de impunidad legal a cambio de la acción heroica de terminar con esa fuente de perversidad.

El herrero fue a Tandil y escaló el cerro al mediodía, cuando el tórrido calor veraniego aseguraba la ausencia de merodeadores. Llevó consigo cuatro elementos: el libro del ritual, un recipiente con aceite aromatizado, un pequeño triángulo de plata y un trozo de riel de tranvía. Empujó intermitentemente el borde de la roca hasta acelerar lo más que pudo su casi imperceptible vaivén porque ese día no había viento que la impulsara; esperó a que el ciclo del balanceo la llevara al máximo de su inclinación sobre el vacío. Insertó en ese momento el riel lo más ajustadamente que pudo en el ángulo de inclinación  para impedirle el retorno a su punto de equilibrio y arrojó el aceite sobre el curvado borde del barranco. Luego  se arrodilló, besó el triángulo y comenzó un ritual cuyas características se han perdido.

Primero hubo leves vibraciones, luego fuertes crujidos y sacudidas, hasta que la piedra comenzó a agitarse furiosa mientras su retador, imperturbable, leía las oraciones del libro.

La roca tuvo un último estremecimiento que sacudió el cerro. Esta convulsión debió desplazar su delicado eje de gravedad. (Yo deduzco que las trepidaciones pudieron deberse a la presión ejercida por la inercia de la piedra de trescientas toneladas sobre el riel que impedía su retorno pendular, lo que debió provocar roturas en la zona de la trabazón, saltos de fragmentos y cascajos acompañados de chirridos y traqueteos, y finalmente la rotación seguramente atronadora de la mole al pivotar sobre el acero).

Felipe se puso de pie, se acercó a la piedra agonizante, tomó con sus manos de herrero el borde en su punto más alto y empujó hacia arriba con todas sus hercúleas fuerzas. La piedra movediza, que sacada ya de su punto de basculación apenas se sostenía en el filo lubricado de la hondonada, cayó ruidosamente al vacío y se partió en tres trozos de cuyas grietas y cavidades Felipe declaró haber visto emerger destellos de colores.

El conjuro contra el espíritu siniestro se había consumado.

Pero paradójicamente en lugar de terminarse los males del mundo, las peores tragedias se sucedieron en progresiva aceleración a partir entonces. Cuarenta y cinco días más tarde, el 14 de abril de 1912, se produjo el naufragio del Titanic; el 28 de junio de 1914 fue asesinado el archiduque Francisco Fernando de Austria y se desencadenó la primera guerra mundial, y el 24 de abril de 1915 comenzó el genocidio armenio; en 1919 la Argentina vivió la Semana Trágica con cientos de muertos, y ese mismo año se inició la pandemia de poliomielitis. Luego Europa engendró los tres totalitarismos más sangrientos del siglo xx, vivimos la segunda gran guerra, el horror del Holocausto y las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki.

Esta última catástrofe debió ser insoportable para un arrepentido Felipe Alzín que se suicidó el 9 de agosto de 1945. No quiso ver lo que aun vendría por su culpa: el gulag soviético, las guerras de Corea, Vietnam y Medio Oriente, las dictaduras latinoamericanas, las limpiezas étnicas, las hambrunas en África, Asia y algunos países de América y mil calamidades más.

Pero ya mucho antes del suicidio de Felipe la secta se venía desintegrando entre enfrentamientos internos y mutuas recriminaciones. Hicieron un pacto de silencio y cada cual volvió a sus negocios.

Recordarán que hablé de un hallazgo. Cuando yo bajaba del cerro, a mitad de la escalera de descenso, vi una casi borrada inscripción sobre una roca. Hay muchos grafitis antiguos por todas partes, pero a éste sólo podía verlo quien observara ávidamente el entorno en busca de detalles reveladores. Está tallada con un objeto punzante y dice: FA. 13 udra 3209.

Por simple intuición consulté a un experto en sectas antiguas. La respuesta fue asombrosa: según el calendario de los cerentianos y cleobianos “13 udra 3209” equivale al 29 de febrero de 1912. Fue fácil deducir el significado de las dos letras mayúsculas: eran las iniciales de Felipe Alzín.

Los más crédulos aceptarán que en la piedra no había un demonio sino un ángel guardián destinado a protegernos de nosotros mismos, y que su destrucción nos dejó inermes y expuestos a sucesos terribles de los cuales aún no hemos conocido lo peor.

Los racionalistas dirán que la piedra movediza fue solamente una piedra, y que su caída nada tuvo que ver con los avatares de la humanidad.

Yo prefiero navegar por el lado oscuro de la historia, repasar una y otra vez los interrogantes que no tienen respuesta: ¿Creía de verdad la cúpula sectaria que un espíritu maligno habitaba la piedra movediza, o ese fue un pretexto para manipular al herrero? ¿Urdieron el plan nada más que para dañar a Tandil? Si fue así debió de existir una razón poderosa. No la conocemos.

Una rara coincidencia que sólo anoto a modo de curiosidad: Mar del Plata empezó a levantar vuelo justamente en ese tiempo. En 1912 la familia de Victoria Ocampo instaló en Playa Grande una lujosa mansión de madera traída en barco desde Londres, todo un símbolo de la predilección de las clases altas por la ciudad; en 1913 se inauguró la Rambla Bristol y se iniciaron las obras del puerto. A Mar del Plata se la comenzó a conocer como la Biarritz sudamericana. En 1919 los marplatenses eligieron el primer intendente socialista que impulsó el turismo de la clase media y soñó una Mar del Plata popular, preferida y mimada de los viajeros del país y del mundo. ¿Quién se lo impediría? Si no tenía competidores cercanos que pudieran rivalizar con ella.

La bella y amigable ciudad de Tandil no volvió a ser la misma después del 29 de febrero de 1912. Desde entonces los tandilenses sobrellevan un sentimiento de culpa por la pérdida de su piedra movediza. El alma melancólica de la ciudad sufre en silencio una herida que no cicatriza con el paso de las generaciones, y aún llora por el corazón pétreo apuñalado un siglo atrás.

© Enrique Arenz 2012

Más información sobre la piedra movediza 

Comentarios, ideas y sugerencias:

Comentarios