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La Navidad del cartonero

Cuento de Navidad del escritor argentino Enrique Arenz

 

1

Juan Manuel era muy conocido en las calles del microcentro porteño. Flaco, encorvado y canoso, arañaba los cincuenta años pero se le podían dar muchos más. Era hosco y poco dado a conversar, pero sus compañeros de cirujeo lo respetaban porque a pesar de sus privaciones jamás le negaba una mano a quien la necesitara.

Ahora ocupaba una pieza en una de las tantas casas tomadas de San Telmo. Había tenido una fcartoneroamilia, una mujer y dos hijos pequeños que murieron en el incendio de la casilla donde vivían. Cuando aquella madrugada trágica Juan Manuel regresó a la villa empujando su destartalado carrito cargado de cartones y botellas, se encontró con los destellos del patrullero, con los vecinos amontonados, y finalmente con el cuadro atroz de la casilla convertida en cenizas. Cuentan que tuvo un infarto y algunos lo dieron por muerto.

Durante años nadie lo vio, hasta que un día reapareció avejentado, melancólico y más callado que nunca. Desde entonces su silueta encorvada y laboriosa deambulaba con su carrito por las calles céntricas de Buenos Aires cuando la oscuridad ahuyentaba a los últimos transeúntes.

 

2

En una cálida noche de diciembre, a eso de las doce, dos chicos asustados, un varoncito de unos ocho años y una niña de seis, pobremente vestidos, corren por la calle Defensa escondiéndose de a ratos en los pórticos de vetustos conventillos. La chiquita está cansada y lloriquea; el varón la alienta: “Vamos, Romina, ya falta poco”. Al llegar a San Lorenzo doblan a la izquierda y se detienen indecisos frente a un portal destartalado.

─Sebastián me dijo que el portón está siempre sin llave ─explicó el niño─. Tenemos que ir por el pasillo y cruzar el patio hasta el fondo de todo; ahí está la pieza de Juan Manuel. No tengas miedo, Romina, seguime a mí.

─Tengo hambre, Nico ─se quejó Romina.

─Algo nos va a dar Juan Manuel, no te preocupes.

Atravesaron el patio apenas iluminado por la luna y golpearon en la pieza del fondo. La puerta se entreabrió y se asomó el cartonero.

─¿Qué hacen ustedes tan tarde? ─les preguntó, sorprendido por esa visita menuda.

─Venimos a pedirle ayuda, Juan Manuel.

─A ustedes los conozco… ¿no piden limosna con un acordeoncito en San Martín y Paraguay, por ahí?

─Si… estábamos con el Chucho Medina, pero nos escapamos.

─¿Con el Chucho, ese explotador de chicos de la calle?

─Sí. Tenemos miedo porque nos está buscando.

─Bueno, entren.

Una vez en el interior de la desordenada y pobre habitación de Juan Manuel, éste les calentó un par de salchichas y abrió una lata de sardinas que los pequeños devoraron en segundos.

─Ahora díganme como se llaman y por qué vinieron a verme.

─Yo soy Nico y ella es mi hermana Romina. A usted lo conocemos de la calle, pero el que nos dio su dirección y nos aconsejó que lo viniéramos a ver fue Sebastián, un chico que se drogaba, ¿se acuerda?; usted lo llevó con el padre César.

─Ah, sí, ya sé, Sebastián, buen pibe. Pero háblenme de ustedes, ¿qué fue lo que les pasó?

─Mamá se fue el año pasado a Mar del Plata para buscar trabajo, prometió que volvería a buscarnos enseguida, pero no la vimos más. Nos dejó con el Chucho, para que nos cuidara.

─¿Y justo con ese hijo de una gran siete los dejó?

─Pero era por poco tiempo, dos meses nos dijo, y el Chucho fue el único que quiso ocuparse de nosotros.

─Claro, para hacerlos mendigar, y cuando tengan unos años más,  mandarlos a robar. Si lo conoceré a ese sinvergüenza. Me imagino por qué se escaparon, los trataba mal, seguro.

─No nos daba de comer cuando no le traíamos la plata que nos exigía. Es tan malo que una vez nos encerró toda la noche en un sótano lleno de bichos y ratas. Pero más que nada nos escapamos para buscar a mamá.

─Bueno, pero me dicen que ella se fue el año pasado… ¿querrá volver con ustedes?

─Mamá nos quiere ─exclamó con firmeza Romina─; seguro que nos quiere. La extrañamos mucho. En la Navidad pasada Nico decía que iba a venir pero no vino, y ahora que se acerca otra Navidad le dije a Nico: Nico, tenemos que escaparnos para buscarla a mamá.

─Pero si ya hace un año… ─dudó Juan Manuel.

─A lo mejor está enferma, o le pasó algo;  por eso queremos ir a Mar del Plata ─dijo Nico en tono de súplica.

─¿Cómo se llama tu mamá?

─Antenora  Martínez.

─Bueno, ustedes estarán cansados. Por hoy, suficiente. Voy a poner una frazada en el suelo para que duerman. Mañana les voy a comprar leche y algunas medialunas para el desayuno, y luego veremos.

 

3

Cuando los chicos se durmieron, Juan Manuel salió sin hacer ruido. Fue hasta el parque Lezama y caminó por uno de sus senderos interiores. No se veía un alma, hasta que una sombra rodeada de gatos montaraces se agitó entre los arbustos.

─¿Sos vos, Rainer? ─preguntó Juan Manuel.

─El mismo ─contestó la sombra. Un hombre joven y alto, de ojos claros, vestido con remera y vaqueros, salió de la oscuridad─. Les traje la comida a mis amigos los gatos. ¿En qué andás, Juan Manuel, a estas horas?

─Vinieron a verme dos chicos que buscan a su madre.

─Ah, sí, estoy enterado: Romina y Nico. El Chucho Medina anda buscándolos como loco. Ojo, que es un tipo peligroso.

─¡Bah!, petiso fanfarrón. ¿Dónde está la madre de los pibes?

Rainer movió la cabeza y suspiró.

─Es triste…, pero esa tal Antenora los abandonó; peor, los vendió al Chucho.

─¡Cómo que los vendió!

─Parece que la mujer estaba desesperada por la miseria y se los entregó a ese sinvergüenza. Creo que anda por Mar del Plata, no estoy seguro, pero te lo puedo averiguar si me das tiempo.

─Por favor, Rainer. Esos chicos me hacen acordar a… ─Juan Manuel se emocionó─, bueno, vos sabés, a mis pobrecitos…  Si pudiéramos ayudarlos.

─Vos cuidate del rufián. Nos vemos en dos o tres días.

 

4

Juan Manuel terminaba de acomodar los cartones en la esquina de San Martín y Tres Sargentos cuando sorpresivamente lo rodearon tres hombres, dos de ellos fornidos y uno retacón, que lo llevaron a empujones contra la cortina metálica de una cochera de Tres Sargentos. Los fornidos lo sujetaron mientras el de baja estatura lo increpó colérico.

─¿Dónde están los chicos, cabrón?

Juan Manuel reconoció al Chucho. Sin perder la calma le contestó:

─Están bajo mi protección. Olvidate de ellos, Chucho…

─¡Pero vos quién sos, ciruja! ¡Yo pagué por los mocosos y son míos!

─Las personas no se compran, Chucho ─le contestó desafiante Juan Manuel─; los chicos vinieron conmigo para que los proteja de vos. Quieren volver con su madre.

─¿Su madre? Si esa se borró.

─Mirá, Chucho, esas criaturas quieren vivir una vida decente y yo los voy a ayudar.

─No me hagás perder la paciencia, cabrón. Me decís dónde los escondiste o te hago cantar a golpes.

─Qué valiente, Chucho, entre tres le van a pegar a un viejo.

─Ajá, vos lo dijiste ─y lo dobló al pobre Juan Manuel con un puñetazo en el estómago.

El Chucho, rabioso, amagó un nuevo golpe, pero repentinamente se le apareció por detrás un hombre joven vestido con vaqueros que lo tomó por el cuello y lo arrojó al suelo. Desconcertado, el bravucón extrajo un cuchillo, pero el recién llegado lo desarmó de un certero puntapié. Varios cartoneros que reconocieron a Juan Manuel se acercaron amenazadores, y como los delincuentes les temen a esos trabajadores nocturnos, los tres forajidos huyeron por Tres Sargentos hacia el bajo.

─Gracias… Rainer ─Juan Manuel casi no podía respirar─, qué…  oportuno… que… llegaste. 

─Te dije que este sujeto era peligroso. ¿Ya ibas para el depósito?; vamos, te llevo el carrito. ¡Gracias, muchachos!

 

5

En el puerto de Mar del Plata, una mujer joven de apariencia muy modesta se dirigía a su hospedaje de la calle Cerrito, luego de una agotadora jornada de trabajo en una compañía pesquera, cuando un hombre le salió al paso.

─Hola, Antenora ─la saludó el desconocido.

─¿Quién es usted? ─la mujer retrocedió desconfiada.

─No te asustes, me llamo Rainer. Vine a hablarte de tus hijos.

─¿Les sucedió algo? ─preguntó la mujer con ansiedad.

─No, tranquila, están bien, los cobija un amigo que los escondió del Chucho.

─Ese malandra… ¿Pero qué pasó, se escaparon, pobrecitos?

─Sí, porque el Chucho los maltrataba, pero más que nada porque ellos te extrañan y querían buscarte. ¿Cómo pudiste vendérselos a ese crápula?

La mujer se puso a llorar.

─No, no los vendí. Él me prometió que los trataría bien, que los alimentaría y sólo los haría mendigar un poco, hasta que yo pudiera mantenerlos. Me dio un dinero, sí, para viajar… Cuando conseguí este trabajo volví a la Capital y fui a verlo para llevarme a mis hijos. Le ofrecí devolverle en cuotas el dinero que me había dado, pero me insultó y hasta me amenazó con hacerme tirar al Riachuelo si lo seguía molestando. Yo tuve que volver acá para no perder este empleo. No tengo a nadie que me apoye para enfrentar a ese cretino, no sé qué hacer…

─Bueno, Antenora, tal vez mi amigo y yo podamos ayudarte; pero decime, ¿querés sinceramente que los chicos vuelvan con vos?

─Sí, eso es lo único que quiero en la vida. 

 

6

Cuando Juan Manuel supo estas novedades preguntó a Rainer:

─¿Qué hacemos, entonces?

─Mi idea es que los chicos viajen en la víspera de Navidad a Mar del Plata. Pero son muy chiquitos, tienen que ir con alguien. Vas a tener que acompañarlos.

─No, Rainer, no me pidas eso, es mucho compromiso…

─Vamos, Juan Manuel, animate, es una buena obra. No podemos rescatar a todos los chicos de la calle, pero a estos dos no les vamos a fallar.

─Esos chiquilines son una maravilla, Rainer, y vieras qué inteligentes son; si fueran a la escuela…

─Con más razón, Juan Manuel. Mirá, yo te lo distraigo al Chucho y vos te llevas a los chicos.

─Está bien, si lo crees necesario. Pero… ¿tiene que ser necesariamente el 24?

─Sí.

─Pero Rainer, esta Nochebuena tiene que suceder lo que me prometiste.

─¿Dudás de mi palabra?

─No, Rainer, pero si voy a estar en Mar del Plata, justo para Nochebuena…

─¿Y qué problema hay? Vos llevás a los chicos con su madre, y el mismo 24 antes de la medianoche, estés donde estés, yo cumplo con lo prometido. Ahora decime, ¿tenés alguna pilcha pasable para viajar?

 

7

Rainer arregló todo, compró los pasajes y consiguió algo de ropa y zapatillas para los chicos. El 24 de diciembre muy temprano Juan Manuel y los dos hermanitos tomaron el tren en Constitución y por la tarde llegaron a la estación de Mar del Plata donde Antenora los estaba esperando. El reencuentro fue conmovedor y trajo para Juan Manuel una dolorosa evocación; pero al ver a los chicos tan dichosos en brazos de su madre, su corazón se iluminó.

Los cuatro fueron hasta la pensión de la mujer donde Rainer había alquilado y pagado una habitación más grande, con baño y agua caliente para que los chicos estuvieran cómodos. Juan Manuel los invitó a merendar en un bar de las inmediaciones donde conversaron larga y animadamente. Antenora no sabía cómo agradecer a Juan Manuel su gesto de enfrentarse al Chucho para proteger a los chicos y llevarlos con ella. Propuso que esa noche los cuatro celebraran la Nochebuena en la pensión, donde la dueña iba a servir una cena especial para los pensionistas. Juan Manuel se excusó; Antenora y los chicos agotaron sus ruegos, pero Juan Manuel, nuevamente melancólico y áspero, mantuvo su negativa y se despidió de ellos.

 

8

A las nueve de la noche Juan Manuel caminaba apesadumbrado por la calle Ayolas y se metía en la cuadra más oscura, solitaria y desoladora del puerto marplatense, la que tiene de un lado los feos paredones laterales de La Sagrada Familia y enfrente la lóbrega silueta de un depósito abandonado. Una voz conocida lo llamó a sus espaldas.

─Juan Manuel, aquí estoy.

─Hola, Rainer. Los chicos ya están con su madre. Todo bien…

─Entonces vamos a lo nuestro. ¿Estás listo para dar el gran paso?

Juan Manuel se encogió de hombros.

─Sí, claro… eso fue lo convenido, ¿no? ─respondió con cierta vacilación.

─Sí, y además es lo que tanto has anhelado; pero decime, ¿me parece a mí, o no estás muy entusiasmado?

Juan Manuel miró el piso y movió su cabeza como confundido.

─Qué cosa, Rainer, tanto insistirte en eso, ¿no?, y vos que siempre lo postergabas con alguna excusa: “Tal vez la Navidad que viene, me decías, todavía no estás preparado”; hasta que un día me puse firme y te pude arrancar una promesa… y ahora…

─¿Ahora, qué?

─No sé… es que me encariñé con esos mocosos… Y Antenora, pobre, tan sola y desvalida con ellos… Es una buena mujer, ¿sabés?

Rainer que venía conteniendo la risa estalló en una carcajada.

─Ay, mi querido Juan Manuel, te veía venir.

─¿Eh…? No me digas que vos…  

Rainer siguió riendo por toda respuesta. Su risa se fue apagando hasta languidecer en una sonrisa cargada de ternura y emoción; ahora dos lágrimas titilaban en sus dulces ojos.

─Querido amigo, ¿te das cuenta del cambio que se produjo en tu corazón? ¡Has vuelto a encontrarle un sentido a la vida! Es natural que ya no quieras dejar este mundo para convertirte en un ángel como yo.

Rainer abrazó al cartonero que se había quedado sin palabras. Luego le dijo:

─Bueno, Juan Manuel, ahora tenés que ir a celebrar la Nochebuena con Antenora y sus hijos. Ah, casi me olvido (qué distraído me estoy volviendo con los siglos), tomá esta bolsita, son unos regalitos para ellos que nunca antes tuvieron un regalo de Navidad.

Juan Manuel suspiró y se quedó mirando con asombro y gratitud a ese amigo entrañable, bondadoso espíritu celeste que estuvo a su lado en los momentos más duros de su vida y lo ayudó a encontrar la paz en la fe y en el servicio a los demás. Todo ello mientras urdía pacientemente (¡acababa de descubrirlo!) para él y otros tres seres infortunados, una quimera inimaginable: el milagro de unirlos en una Nochebuena y reconciliarlos con la vida. 

Muerdago

© Enrique Arenz
Prohibida su reproducción en internet

sin la expresa autorización del autor. 

Publicado en:
Diario La Capital de Mar del Plata

Diciembre de 2002

Libro No confíes en tu biblioteca (Editorial Dunken, 2001)
Libro Mágica Navidad (Editorial Dunken, 2012)

 

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