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La naturaleza sagrada de la libertad

La naturaleza sagrada de la libertad

El error de los intelectuales
Ensayo del escritor argentino Enrique Arenz

 

Capítulo 6º

 

Volaba aún el polvo del muro de Berlín cuando la Iglesia, luego de dos siglos de dura controversia con el liberalismo, reconoció las ventajas del sistema capitalista, si bien con reservas y recomendaciones de orden moral.

En su Encíclica Centesimus annus el papa Juan Pablo II sorprendió a religiosos y laicos con inéditas afirmaciones de aceptación de la economía de mercado, aunque critica el fenómeno del consumismo generado por la propensión del capitalismo a crear hábitos de consumo y estilos de vida perjudiciales para la salud física y espiritual de las personas.

Sin embargo, con admirable perspicacia, evita el pontífice sugerir la intervención del Estado, y propone en cambio el desafío de una gran obra educativa y cultural dirigida a los consumidores para que estos hagan un uso responsable de la capacidad de elección.
En un mercado libre es el consumidor quien decide qué artículos hay que producir, de qué calidad, a qué costos y en qué cantidad. Esa decisión individual moviliza capitales, crea laboratorios, remunera a científicos y técnicos, alienta grandes proyectos industriales y manda a la ruina a cuanto empresario no ha sabido percibir al instante sus cambiantes necesidades y apetencias.
Todo ello con la decisión de comprar o abstenerse de hacerlo.

 

Aprender a vivir en libertad

Pero no podemos ignorar que si muchas de las cosas que hoy se fabrican en el mundo capitalista para consumo masivo son superfluas, o dañinas para la salud o destructoras del medio ambiente, es porque importantes grupos de consumidores están dispuestos a gastar su dinero en eses bienes de consumo. Unos lo hacen por ignorancia o vulgaridad y otros porque todavía no han aprendido a vivir en libertad, lo cual los convierte en dóciles seguidores de la publicidad televisiva.

Pero esta sumisión no es sino un recurso inconsciente para eludir la fastidiosa responsabilidad de pensar, es decir, de elegir por sí mismos en qué gastar su propio dinero. Si deciden mal es porque no están preparados para ejercer con inteligencia el enorme poder que el sistema puso sus manos.

Es decir, el hombre en libertad desarrolla extraordinarias energías creadoras, pero claro, si no está culturalmente preparado para ejercer su poder de elección, puede ir demasiado lejos en la aceleración del progreso científico y poner en peligro su propia supervivencia.

El desafío de educar para el progreso
Y en este punto debemos reconocer que el Papa tiene razón. Hay en la actualidad un uso de las ciencias que responde a intereses creados, y estos intereses se nutren de la estupidez humana. Por eso, como lo propone el pontífice, es indispensable educar para la libertad.

Pero no nos equivoquemos: podemos aspirar a orientar adecuadamente el progreso mediante la educación, pero lo que no ocurrirá nunca en un mercado libre es que ese progreso se detenga. Ante un cambio de hábitos y preferencias de los consumidores, los capitales simplemente se trasladan de los sectores inactivos hacia otros más rentables. Pero no por ello desaparecerían ni el afán de lucro ni esa misteriosa avidez para alcanzar más y más cosas que caracteriza al género humano y que, en libertad, moviliza, nos guste o no nos guste, el progreso científico de la humanidad.

Es que todos estamos empeñados en la búsqueda de la felicidad. Y lo hacemos con tal intensidad que no hay acción humana que no tenga, directa o indirectamente, esa última y suprema finalidad.

Pero como nadie alcanza en este mundo la plenitud de ese estado ideal, ante cada meta lograda, ante cada dicha parcial de cuántas solemos alcanzar en la vida, aparece un nuevo deseo más ambicioso y acuciante que el anterior. Estos efímeros gozos -o treguas, si así lo prefieren los melancólicos- son como los peldaños de una interminable escalera que se eleva hacia lo absoluto.

 


¿Somos «simplistas» los liberales?

El mercado libre es por de pronto la única forma de obtener el progreso material. El Papa lo reconoce explícitamente cuando escribe en su Encíclica:

«34. Da la impresión de que, tanto a nivel de Naciones, como de relaciones internacionales, el libre mercado sea el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades».

 

El economista Milton Friedman había dicho algo parecido hace ya muchos años:

«Si hay un solo servicio que los economistas liberales prestaron a la humanidad, es el de haber demostrado que la libertad de intercambio era la condición de la prosperidad».

 

Sin embargo, economistas e intelectuales contrarios a la libertad nos han acusado habitualmente a los liberales de ingenuos y simplistas.

 

¿Somos así los amantes de la libertad?

Veamos. Es verdad que la teoría liberal clásica (desde el fundador de la ciencia económica, Adam Smith, hasta su expresión más acabada y moderna, la Escuela Austríaca fundada por Carl Menger) es el reino mismo de la simplicidad. Todo lo liberal es simple, racional, fácil de comprender. Pero una cosa es la simplicidad, como sinónimo de claridad y sencillez, y otra muy distinta es el simplismo (o la simpleza, para decirlo con más propiedad) como tendencia a esquematizar neciamente lo que tiene una naturaleza compleja y multifacética.

Simple es todo aquello que no tiene partes. No teniendo partes no se puede descomponer; no pudiendo descomponerse no puede destruirse, y no pudiendo destruirse constituye el todo más acabado, más universal, más permanente. Así son -irrebatibles, indestructibles- las ideas de la libertad.

Cuando los economistas liberales explican el mecanismo del mercado, están en verdad expresando con ideas simples la complejidad inabarcable de la naturaleza humana. La famosa metáfora de «la mano invisible» de Adam Smith, y las llamadas construcciones imaginarias de Ludwig von Mises (tales como el «estado natural de reposo» y la «economía de uniforma giro») pretenden tan sólo interpretar la insondable realidad de los procesos económicos y plantearlos de una manera clara.

El economista liberal es simple para comprender y respetar lo problemático, lo que no se atreve a manipular, precisamente porque sabe que la complejidad de la acción humana es absolutamente inmanejable.

Cuando Marx y su continuador Keynes ensamblan trabajosamente sus complicadísimos andamiajes ideológicos para regimentar a la sociedad por el simple voluntarismo de una elite de funcionarios presuntamente dotados de virtudes superiores a las del resto de la sociedad, están diciendo con necia arrogancia:
“La vida humana es cosa sencilla, los bienes económicos existen en abundancia y sólo es cuestión de distribuirlos con justicia; la sociedad puede ser organizada desde el Estado y la economía dirigida o centralmente planificada”.


La ingenuidad de los dirigistas

Es decir: ingenuamente simplifican lo que es complejo (la vida humana, la cooperación social) y complican lo que es simple: la ciencia económica, que es ante todo humilde aceptación de lo inmanejable, de lo superlativamente complicado.

Las ideas liberales son simples; la realidad que interpretan es compleja. Las ideas de marxistas, keynesianos y dirigistas en general son extremadamente complicadas (intente el lector leer la Teoría general de Keynes), pero la realidad que pretenden interpretar es en exceso simplificada, ridículamente ingenua.

¡Los simplistas, pues, son ellos! El liberal renuncia a toda pretensión de someter a la sociedad. La considera una empresa demasiado presuntuosa, demasiado sobrehumana, y, sobre todo, absolutamente inmoral y sacrílega.

Permítanme recordar que Dios ha desistido de determinar autoritariamente la conducta humana, por eso le dio a su criatura pensante el libre albedrío y ni siquiera trató de impedir la consumación de su pecado original. Sin pretender insinuar que Dios es liberal -lo cual, más que blasfemo, sería ofensivo para muchos obispos y curas que atribuyen esta ideología a Satanás-, lo que intento es resaltar que somos criaturas hechas a imagen y semejanza de nuestro Creador, que es un Ser libre de libertad absoluta.

La simplicidad de la doctrina liberal consiste en aceptar que las acciones del hombre en este mundo son tan enigmáticas, cambiantes e impredecibles, que sólo Dios podría dirigirlas si no hubiera decidido abstenerse de hacerlo para dar coherencia y sentido trascendente a su propia obra.

Los liberales, a diferencia de nuestros adversarios, rehusamos meter el dedo donde Dios no lo hace, es decir, en la conciencia del hombre, para torcer su carácter, sus preferencias y sus decisiones individuales. Somos en esto extremadamente cautelosos y simples. Más aún, somos sensitivos, responsables, sutiles en nuestra voluntad de sacudirnos toda soberbia que nos impulse -presuntuosa e ingenuamente- a cuestionar la naturaleza sagrada de la libertad.

Pero, admitámoslo: sin educación la libertad puede transformarse en un arma mortal. Y es en este gran desafío de nuestro tiempo donde la nueva clase empresarial argentina tiene un inmenso campo de acción.

En los Estados Unidos los grandes millonarios han financiado fundaciones y creado bibliotecas públicas y universidades desde tiempos inmemoriales. Andrew Carnegie fue un gran filántropo de la cultura. Escribió en su libro El evangelio de la riqueza las siguientes palabras que sintetizan su lúcido pensamiento:

«En el sistema de la libre empresa, los hombres tienen la obligación de entregar parte de sus bienes para causas socialmente útiles».

 

El orden social de la libertad es producto de la cultura. Rockefeller comprendió muy bien esta realidad cuando fundó la gran universidad que lleva su nombre. Declaró en esa oportunidad:

«Esta es la mejor inversión que jamás he hecho en mi vida».

 

 

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